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Tonicruz

Algo se muere en el alma

No, nadie de mi entorno ha fallecido. Sin embargo, en este último año estoy padeciendo con cierta intensidad el auténtico efecto de la crisis: la marcha obligada de los amigos. Impone la escasez de oportunidades de una ciudad muerta como Córdoba y la falta de valentía de los empresarios a la hora de reflotar negocios unida a la esclavitud que tratan de imponer las industrias ya establecidas y los bancos. No hay un duro para ciertas personas válidas. Unos -los más- se marchan a Madrid, donde todo parece más grande. Más impersonal. Que nadie me malentienda, me encanta la capital, pero no sé si es una solución a largo plazo. He vivido allí y conozco lo que da y lo que quita. Volvería a pasar mis días y mis noches, pero no sé cuántas sería capaz de aguantar una vez que me he acostumbrado a esta lánguida vida de provincias donde el tiempo es un capital más valioso que la propia renta (que siempre es escasa). Otros se van al extranjero. A ampliar estudios, a conocer idiomas y costumbres. Eso que, con egoísmo, me viene estupendamente para gorronearles alojamiento y conocimientos también a la larga los aleja a mayor distancia. Uno mira el calendario y mira la agenda. Y recuerda y refresca la memoria con fotos para acabar pensando que cualquier tiempo pasado fuera mejor. No es del todo exacto. Cualquier tiempo pasado es otro. Diferente. Único. En estos tiempos, eso desde luego, más rico.

El cambio

Cuentan que nunca es tarde para cambiar. Que el cambio no es sino una oportunidad más de la vida. Y, si bien es cierto que siempre hay tiempo para cambiar, no siempre se encuentra el momento idóneo para hacerlo. Puede ser hoy, debía haber sido ayer y -desgraciadamente- siempre queda el mañana o el pasado mañana para pensar en hacerlo.

Mutar supone siempre un trauma. No hay modificación en la conducta que no altere al ánimo. La primera reacción suele ser el miedo. El miedo es un gigante de dos cabezas. Ataca blandiendo en una mano la comodidad y en la otra los recuerdos del pasado. No tendría sentido tener miedo si no se hubiera sentido uno -aunque fuera un sólo día- feliz antes del cambio.

Luego está el vacío ante el futuro. Es primo hermano del miedo, pero tal vez agarrota aún más. No es ya que la decisión de cambiar pueda depararte un presente menos glorioso. Es que puede darse el caso de que esa alteración de la vida conduzca a la nada. A la desesperación. A la desgracia. A la soledad.

Por último, la valentía de lanzarse a un cambio se culmina con la ruptura con el entorno. Decididamente, es éste el paso más complicado. La adopción de unos hábitos sociales, de unas pautas de conducta... no tienen ningún sentido si no es por lo que nos rodea. La familia, los amigos, la pareja. Todo estalla si no se tiene el mimo suficiente de hacer que ese cambio sea un paso tan provechoso para la parte como para el todo. Porque uno, esto lo entendieron hace siglos los griegos, no vive sino por y para una sociedad.

Ahora que afronto un momento de obligado cambio, muchas son las preguntas que hacerme. Pocas respuestas. Quizá ninguna. El único que, ante esta situación de la vida, debe saber lo que más me conviene soy yo. Y probablemente ni yo lo sepa. Creo que me jugaré mi destino a los chinos una noche de copas con Satán. Eso será lo más conveniente.

Hoy

Aquel hoy fue una noche brutal. Alcohol, mujeres, incienso, felicidad... Cuando todo aquello se convirtió en pretérito pluscuamperfecto la calma no fue placentera. El sudor no refrescaba su tez, mientras que el agua apenas limpiaba el recuerdo sucio. Se miró en el espejo y contempló su rostro, que era idéntico al de ayer. Su hoy no era capaz de morir, no sabía morir. Primero miró el reloj, luego miró el calendario y llegó un momento en el que ni los meses parecían suficiente unidad de medida. Su expresión congelada en el tiempo no era de alegría ni de tristeza. Era de simpleza. Por él no pasaban las preocupaciones, ni los cuentos, ni siquiera los sueños eran capaces de anidar en su mente. Todo había empezado y acabado en un hoy que no quería pasar. Entonces, un día más volvió a vestirse con sus mejores galas, muy parecidas a las del hoy inicial. Abrió el portal de sus sueños y volvió a pedir una copa en su bar de confianza. Y entonces su presente volvió a hacerse hoy, pero de otro color diferente.

Los toros

No me gustan los toros. No entiendo a ni empatizo con la tauromaquia. Tampoco me apasionan las vidas de los toreros, ni me parece que -más allá del valor que demuestran por amor a su profesión (y al verde del dinero)- sean un ejemplo a imitar. 

Pero...

Recuerdo que cuando tenía diez o doce años se celebró un debate en mi clase (entonces no había ESO y a los alumnos se nos obligaba a pensar) sobre los toros. Yo defendía la prohibición partiendo de un pueril e incondicional respeto a la naturaleza y por mi habitual reacción ante lo rancio que siempre -incluso ya a esa edad- ha sido una constante en mi carácter. En el otro lado, con igual vehemencia pero muchos más datos, un par de hijos de aficionados y uno que, directamente, era familiar de ganaderos. 

Mis argumentos oscilaban -y lo recuerdo perfectamente- entre el "es una tortura para los pobres animales" y el "es un espectáculo cruel". Los de mis oponentes, a pesar de su corta edad, se forjaban en una serie de razonamientos que tocaban lo sociológico y económico. El bolsillo y el recuerdo a los ancestros. Citas de Lorca, Cela y Hemingway. Imágenes de Picasso.

Han pasado de aquello casi veinte años y la sociedad española sigue debatiendo el mismo tema con idéntica pasión e iguales argumentos. Sin embargo, un Parlamento Regional ha decidido prohibir (se está entregando, por cierto, Cataluña a ese ejercicio tan poco democrático del veto a lo que le disgusta) las corridas en su territorio. 

Una medida que, para empezar, le costará a cada ciudadano de ese territorio unos 70 euros. Una postura propuesta en nombre de unos supuestos ecologistas aupados, claro, por aquellos que quieren separarse lo más posible de cualquier elemento que apunte a una unidad de aquella comunidad con el resto del Estado. 

En el Parlament oyeron a los toreros, pero no les escucharon. En Barcelona consultaron a los que tienen voz y voto, pero no a los que pastan pacifícamente en las dehesas en espera de la muerte para la que han sido preparados. Los toros de lidia morirían por definición sin lidia, pero los supuestos defensores de los animales seguro que no les han preguntado. Prefieren, como los niños de diez o doce años, escucharse a sí mismos y creerse adalides de algo grande.

Estambul

Sigo a rajatabla una norma cada vez que visito una ciudad de nombre ilustre. Me fijo casi más en lo que fue que en lo que es. En las ruinas que en las glorias presentes. En lo que, por poner un ejemplo, representa la Hell´s Kitchen de Nueva York en su concepto urbano más que en el Downtown. En el Trastevere de Roma más que en Plaza de España.

En Estambul tuve la suerte de alojarme en un recobeco de una de sus viejas murallas, en lo que fue una parte del Palacio de Bucoleón. La muralla, doble en sus tiempos, como correspondía a la enjundia de lo guardado ahora es refugio de gente humilde, gatos, escombros y turistas en tropel. Por donde paseaban purpurados y ladinos emperadores se hacen bodas turcas de hummus y corderos. Siempre me rondará la duda de una formidable ucronía: ¿Y si Constantinopla nunca hubiera dejado de ser Constantinopla? ¿Y si en mayo de 1453 el eclipse lunar que desmoralizó a los resistentes no hubiera tenido lugar? ¿Y si el herrero búlgaro Orban no hubiera tenido tanto tino con las bombardas que abrieron paso a los jenízaros y bashi-bazuks?

Nada. Constantinopla estaba condenada a ser leyenda. Sólo su grandeza moldeada con alminares ha pervivido en una de las capitales del mundo. La ciudad en la que se pasó página a la Edad Media y en la que ahora los taxistas, indefectiblemente, hablan por sus móviles mientras apabullan con sus bocinas. Algunos, probablemente oriundos de Anatolia y perdidos en la gran ciudad, preguntan a los viandantes por las direcciones, toda vez que no tienen ni idea de cómo llegar. Pero no cobran de más. El turco es honrado por herencia y por presencia. Y tan gentil como lisonjero con las mujeres. Con las europeas, se entiende, porque a las de allí cada vez se las ve menos, envueltas con enfermiza y apocada devoción en sus hiyabs, hiqabs o chadors. Son muchas los y las que pasean sus costumbres -resultan asfixiantes en el calor húmedo de julio- por la neutra Santa Sofía o por la muy significada para los integristas Mezquita Nueva.

Eso sí, en la Capital Europea de la Cultura de este año también hay sitio para las moderneces. La Istiqlal Çadessi es una calle ideal para quienes quieren refugiarse del Gran Bazar. Un reducto que se extiende durante más de un kilómetro. Mucho más agradable que cualquier otro rincón de la gran urbe y lejos del pestazo a Doner de otros puntos acaso más típicos pero a los que los sibaritas estamos menos acostumbrados.

Aunque si de hedonismo y glamour hablamos, el lugar es el restaurante-club Reina. Cinco restaurantes temáticos y un lounge todo con vistas al gigantesco puente sobre el Bósforo. Un espectáculo al que merece la pena ir de noche para luego degustar una caipiroska bien fresquita edulcorada con fruta fresca (es lo único gratis de toda la fiesta).

Y mil cosas más caben en Estambul. Es gratificante recibir una paliza en el Hamman en el que también zurraron a Solimán hace casi cinco siglos. Y también vestirse de prudente genovés y controlar el paso de barcos desde la Torre de Gálata (cuando la tarde muere mejor). O acercarse a las espectaculares Islas del Príncipe y chapotear en el Egeo desde la mesura que recomienda la escasa higiene de un entorno algo degradado.

Es, en suma, el añejo y rancio sabor de la mezcla entre Europa y Asia a lo que se juega en Estambul. Una contradicción de sentimientos absolutamente recomendable y que deja como resaca algunas dudas existenciales. A fin de cuentas, y como me dijo un responsable de los baños turcos cuando comprobó mi nacionalidad y analizó el curtido tono de mi piel: "Pero si tú eres como nosotros, ¿no?". Algo de eso.

La final, la gloria

El domingo fue el comienzo y el fin de varias cosas. Imposible un día más simbólico como alfa y omega para la selección. 80 años ha tardado el fútbol español en lograr su primera Copa del Mundo.Un trofeo que, justo es reconocerlo, no es igual de sencillo ahora que antaño. Con la universalización de este deporte que ya no lo es, vencer en este campeonato supone un reto insuperable y que causa una repercusión única. Las impresiones son iguales para diferentes para el seguidor de Chinchilla y el de Kuala Lumpur. Casi setecientos millones de personas, de hecho, siguieron la final. Setecientos seres humanos que pudieron cotejar dos estilos diametralmente opuestos en dos selecciones con similares tradiciones.

Los santos y los bendecidos

Como curas laicos, De Jong y van Bommel se dedicaron a repartir hostias sin consagrar. Webb -un espanto como colegiado y un tipo muy sospechoso- lo consintió en pos -¿se lo pueden creer?- del fútbol espectáculo. Sin duda, espectacular fue la patada que recibió Xabi Alonso. Le podía haber partido el esternón. Básicamente eso fue Holanda. Presión tímida y golpes sin vergüenza alguna. Una fórmula simple en la que encajaba como azúcar en mojito Robben. El interior es pura contradicción. Es agradable verle jugar por su estilo, pero desconcierta e irrita su teatralidad. En parte a causa de su exagerado dramatismo, ha perdido Holanda este campeonato (pero en parte gracias a él ha llegado a una inesperada final). De cualquier forma, porque hasta Johan Cruyff siente pena por esta Oranje, un buen amigo me comentó con más razón que un santo que no es de recibo llegar hasta a una final para jugarla así. Para ese viaje no hacían falta esas alforjas. Recibieron, afortunadamente, su merecido.

Inmortal

Pudo haber llegado de muchas maneras, pero pudo no haber llegado nunca. El gol que cosió la primera estrella al pecho de España sucedió casi al final. Como en un viaje bien programado. Como el destino final de un gozoso tránsito que comenzó con un España-Rusia en 2008. Navas condujo el balón con tiento y tenacidad, Torres -el gran castigado por el torneo- centró y un defensor la rechazó la pelota. Un supremo Cesc controló esa acción incontrolada para convertirla en oro puro en las botas de Iniesta. Entonces, el manchego se hizo inmortal en su remate. Alfredo Martínez le elevaba a esa condición. Una que no se gana en las iglesias ni en las bolsas. La eternidad pasa por saber vivir el tiempo y aprovecharlo para prolongarlo en el recuerdo. Y su golpeo que sólo detuvo la red de la portería holandesa ya ha quedado impreso en la memoria colectiva de un país. Del Mundo. Era la imagen que le faltaba al torneo y el protagonista último que requería (por mucho que Forlán se llevara el balón de oro). Por ese instante en el minuto 117 de ese partido mereció haber nacido. Muchos ya podrán morir porque han asistido al tránsito de un hombre hacia la inmortalidad. Era lo que todos queríamos. Ser eternos por unos segundos en un grito.

La celebración

Jamás he visto mi ciudad, mi región, mi país como cuando aquel partido terminó. No eran las banderas, ni las bufandas, ni las camisetas. No era el torneo ganado. Era otra cosa. Era un sentimiento único de fraternidad. De tanto sufrimiento compartido y de tanta gloria jamás regalada en los que uno se veía en el otro. En el de al lado. En el perfecto desconocido. Abrazos, besos, guiños cómplices y una insaciable ansia de celebrar. Salieron los padres, salieron los abuelos, salieron los nietos. Salió quien no sabía lo que era un fuera de juego y lo festejó de tú a tú con el sesudo técnico. Salió el rico y salió el pobre. Y los dos eran ricos. Y salió un suspiro colectivo de alivio que era como un réquiem por el sueño. Pero lo bueno de los sueños muertos es que de sus cenizas siempre brotan otros más fuertes.
Hasta siempre, Mundial. Hasta pronto, Polonia-Ucrania 2012.

La consolación

Es el que menos cuenta, pero tal vez por eso suela ser el más divertido de cuantos se disputan en este torneo. Los jugadores que menos han jugado de grandes selecciones muerden. Los máximos goleadores buscan aumentan su botín. Los más imaginativos, libres de ataduras y de responsabilidades, campan a sus anchas con desparpajo. Es la verdadera esencia del fútbol, en una versión apta para todos los públicos. Libre, eso sí, de la emoción que supone un título en disputa. El duelo por el tercer y cuarto puesto enfrentó a Uruguay y Alemania. Una copia de lo del 70, pero muy mejorada. Entonces tuvo que ser un gol de Overath el que decidiera un -según cuentan- bodrio mutilado por el intenso calor mexicano. Esta vez, bajo un tremendo aguacero, las dos selecciones pugnaron con brillantez y fiereza por ese bronce aplicando cada cual sus armas. Los de Löw recuperaron el toque, el desborde y el gol. Özil, que es tan bueno como tan cobarde, no se metía el peleas pero descolaba a la fiera zaga charrúa. Así llegó el primer gol, de Müller, que empujó un rechace de Muslera -por cierto, lamentable partido del que se supone que fue el mejor portero del Mundial-. Entonces los sudamericanos apelaron a su propia ilógica. La de un país minúsculo pero con un fantástico amor propio. Cavani recogió un robo del gran Ruso Pérez y empató. Incluso Forlan coló un segundo tanto -de espectacular volea tras extraño centro de Arévalo Ríos- que le catapulta a una merecida bota de oro. Pero Alemania ha hecho méritos en este mes para ser primera, segunda... o tercera. Así que remontó gracias a sendos tantos de cabeza de Jansen y Khedira. El epílogo a este bello prólogo de la final fue un lanzamiento de falta de Forlán al larguero. Fue una manera digna de decir adiós al torneo y hola a la final.

Las semifinales

Penúltimo peldaño. Uno que marca definitivamente el margen entre la historia y un bonito recuerdo. Lustre en los elegidos por el destino para esta ronda. Brillo en los partidos y, finalmente, justicia en los términos. Holanda y España impusieron un fútbol diferente pero no necesariamente antitético. Suyo es el honor de inscribir su nombre el día más grande en cuatro años para este deporte. Uno en el que todo el mundo les mirará. Les analizará y escrutará. Cada detalle de cada final es una huella en los libros del recuerdo. El cabezazo de Zidane en 2006, el flequillo de Ronaldo en 2002, la calva de Barthez en el 98, la coleta de Baggio en el 94... Para esta singular oportunidad, hay muchos candidatos para confiar en la mística de la pelota. De momento, la peluca octópoda -en semejanza con el profeta Paul die Krake- de Puyol y las afiladas y brillantes cabezas de Sneijder y Robben han cobrado ventaja, pero bien podrían ser los pies de bailarín de Iniesta, o las garras aguileñas de Villa o -por qué no- la zancada definitiva de Torres. Será, en cualquier caso, un último encuentro digno. A la altura de su propio peso.

Garra desgarrada

Van Maarwijk sabía cómo hacerlo. Sus mimbres eran buenos, pero su plan -a todas luces- está superando su propia materia prima. Hacer que Robben, Sneijder, van der Vaart, Kuyt y demás jueguen bien no resulta complicado. Obligarles a sudar y a considerar como suya una empresa tan delicada como el Mundial sí. Fue, sin embargo, un secundario como van Bronckhorst el que desató las hostilidades con un tremendo disparo que no pudo encontrar un acomodo más complicado para Muslera. Todo parecía mucho más sencillo desde ese punto para los holandeses que, sin embargo, se encontraron con que una genialidad de Forlán -de él sí se esperan esas cosas- les devolvió al punto de partida justo antes del descanso. Holanda -y aquí está su virtud- no se descompuso. Fue consciente de que sólo gracias a su ritmo -mejor dicho: a sus cambios de ritmo- podía llevarse el encuentro y ahí fue donde una vez más aparecieron Sneijder y Robben para darles ese punto maestro que les ha catapultado a su tercera final. Uruguay, como corresponde a su condición de doble campeón, no renegó de su suerte e incluso acabó achuchando gracias a un postrero 3-2 que coronó un buen partido de fútbol.

Volvió justo a tiempo

Por primera vez en bastante tiempo, España no parecía la favorita. Alemania había completado hasta ese miércoles 7 un Mundial casi perfecto. Su fútbol parecía dispuesto a marcar tendencia y varios de sus futbolistas -en especial Özil y Schweinsteiger- querían erigirse en estandartes de una generación diferente. Pero Joachin Löw -gran técnico y gran señor- se equivocó esta vez. Cedió mando y plaza al rival equivocado. Trató de grande a un enemigo que lo es, pero que estaba ligeramente acomplejado porque no rendía como de él se esperaba. Y España lo bordó. El desbarajuste ocasionado por Iniesta, Xavi, Busquets y Xabi Alonso en el centro del campo pasará a los anales de este torneo. Los alemanes veían pasar la pelota cerca, pero nunca la tenían. No sabían cómo detener la sangría. Pudo haber llegado el gol de mil formas, pero lo hizo de la menos previsible. Un saque de esquina de Xavi fue rematado por Puyol, que había despegado desde el pasado. Su vuelo, su golpeo, levantó mil corazones. El preciso instante en el que Neuer hizo su inútil esfuerzo por detener la historia será plenamente recordado por cualquier futbolero español. Por casi cualquier español. ¿Dónde estabas tú cuando aquello? Pues eso, que España ha llegado con su mejor vestido a la cita. Y encima, el pulpo Paul acaba de decir que ganamos el Mundial. El Mundial. Madre mía.

Los cuartos

Un auténtico aficionado al fútbol no aprecia fiesta cuando los demás agitan ingenuamente sus bufandas. El verdadero seguidor de un equipo se muerde las uñas y arranca los pelos de su corazón cuando sufre por sus colores. Llora, vive, muere…pero nunca festeja del todo porque sabe que su batalla, generalmente, no acaba en victoria final, sino que conduce a otra más intensa. Más exigente. Sirva este pequeño prefacio como manera de glosar el histórico pase de la selección española a semifinales de este Mundial que ya, para ella (por ende para nosotros), será catalogado de maravilloso. Los cuartos de final de este campeonato tuvieron dosis de emoción, alguna que otra sorpresa y una exhibición por todo lo alto. Es decir, cada uno de los cuatro partidos fue una historia digna de ser glosada y almacenada en la memoria de los que viven con pasión este deporte. Los de verdad, no los millones que se apuntan al carro en los días señaladitos.

Robben y la traición amarilla

Holanda eliminó a Brasil. El titular sorprende por adelantado, toda vez que la selección oranje no estaba rindiendo a su mejor nivel en este torneo y los sudamericanos parecían seguir una progresión interesante que les mostraba más –aparentemente- seguros a cada partido que disputaban. Todo parecía de cara cuando Robinho coló el 1-0 tras un fantástico pase de Melo y una monumental empanada de la defensa holandesa. Dunga podría colocar su férreo esquema con el argumento de los hechos consumados y lo hizo sin reparos, pero no contó con que el que acaso era su futbolista más preciso –el portero Julio César- fallara en el momento supremo. Su error en el tanto del empate pasará a los anales de este campeonato. Se encarnó en él esa maldición que pesa desde el 50, cuando todo el país condenó a Barbosa por el Maracanazo. “La pena máxima en Brasil son 20 años. Yo ya llevo cumpliendo 44 años de condena", dijo después el traumatizado cancerbero. Con el 1-1 llegaron las dudas y las piernas de los sobredimensionados jugadores brasileños temblaron. No las de Robben, que certificó su fantástica temporada en el Bayern con un encuentro perfecto y desquició a zaga, medios y atacantes rivales. El resultado, claro, que la Holanda de van Maarwijck ya se ha convertido en la candidata que algunos (puedo vanagloriarme de que también aposté por ella) señalaron tras su inmaculada fase de clasificación. En Brasil, claro, la eliminación sentó como un tiro. Dunga se tendrá que ir. Tal vez su pena será tan larga como la de Barbosa.

En el partido de locos, el Loco fue el Rey

Es un tío rarísimo. Ha jugado en ocho ligas distintas. Es un mercenario de este deporte que sale a casi dos equipos por temporada. Un culo inquieto al que únicamente tenerle cerca, con toda su humanidad, puede servir de auténtica referencia de su verdadera locura. Abreu fue el encargado de devolver a Uruguay, su país y única referencia para tenerle localizado, a semifinales de un Mundial treinta años después. La doble campeona ha estado mucho tiempo sumido en la lógica mediocridad de sus escasas dimensiones y de sus gigantescos vecinos. Ahora, por mucho que haya seguido el camino más teóricamente asequible que los otros tres convidados a las semifinales, puede decir con orgullo que vuelve a ser la mejor de América. Lo logró, claro, en un partido de locos. Suárez salvó el pescuezo de su equipo en el minuto 120 de encuentro, esto es, al final de la prórroga, con una mano de gran portero. Y eso que lo suyo es marcar. Sus lágrimas le hacían parecer demonio, pero acabó siendo elevado a los altares. Gyan mandó el Jabulani al cielo africano y con él gran parte de las ilusiones de todo su continente. Luego llegó la tanda de la suerte suprema y los ghaneses suspiraron más. A Abreu, que está como una cabra, se le ocurrió la gracia de tirar el penalti definitivo centrado y flojo. La pelota entró con suspense, pero sin emoción. Iba a ser gol. El loco lo festejó con una sobriedad impropia. Tenía que ser de esa manera ante lo elevado del momento.

Un rodillo

Alemania está en plan rodillo. A su cerebral manera de manejar las emociones de los partidos ha sumado la picardía de sus mejores jugadores y recuperado la efectividad letal de un delantero que siempre llega a estos torneos en su mejor momento. Discrepo con los que opinan que cuenta con grandísimos futbolistas a nivel técnico. Los alemanes son jugadores con personalidad, pero que rinden de esta manera tan brillante porque cuentan con un compañero hecho a su medida a su lado. Algo como –salvando distancias- lo de España en la Eurocopa. Es decir, Özil es genial porque Khadira le hace serlo. Müller, porque cuenta con el apoyo de un Lahm fantástico y Klose, a su vez, porque se siente perfectamente comprendido por Schweinsteiger. Argentina sufrió de mala manera esta forma coral del fútbol –la única comprensible- y recibió una lección. Maradona, que puede que algún día llegue a ser entrenador de fútbol, asistió a una clase de eficacia de su colega Löw y el deporte fue justo con la mejor selección hasta el momento del torneo. Messi se va sin marcar del torneo, Maradona le exculpó ante la nación, pero suya es la culpa de su bajísimo rendimiento. Seguro que de alemán le hubiera ido mucho mejor.

Mito

Sí, fue un mito lo de España. No importa que su partido ante Paraguay fuera una –otra- patraña. Que Casillas tuviera que aparecer dos veces para salvar las castañas. Que Del Bosque volviera a equivocarse insistiendo en los tres medioscentros –esta vez el que falló fue Alonso-. Que fuera la suerte de contar con un enorme goleador la que salvara el k.o. Es lo mismo. Cada vez que miro el cuadro de cruces que relleno en cada torneo siempre recuerdo llantos precedentes. Siempre el mismo punto maldito de retorno. Desde que tengo memoria en tres ocasiones -86, 94 y 2002- tuve que apuntar el nombre de otra en esa penúltima casilla. Veía como algo imposible pasar esa limitación que nos hacía menos en este deporte que vecinas que han aportado a muchos menos futbolistas al recuerdo. Muchas generaciones de profesionales del balón soñaron con el instante en el que el mal árbitro Batres pitó el final del partido del sábado. Demasiadas hornadas de seguidores de este país hemos padecido la mutilación de un recuerdo tan bonito como es el de agitar una bandera con orgullo. Ahora, pase lo que pase el miércoles –que lo más lógico sería lo peor- ya podemos contar que lo hemos vivido. Si algo más cae… ¿se imaginan a España en una final de un Mundial? Mientras sueño,  repaso otra vez el cruce de cuartos por si mi corazón ha confundido a mi bolígrafo.

Los octavos

Llegó la muerte súbita. El orgasmo (los franceses lo llaman, de hecho, petit mort) de este deporte de emociones. Cara a cara dos equipos, dos naciones en duelo al sol o bajo la lluvia. Sin mediadores. Sin condicionantes. Con el destino y el orgullo propio y ajeno como testigos. Y, desgraciadamente, con árbitros para vigilarles. Los octavos de final de este campeonato han estado marcados por la desigualdad entre las selecciones con historia y el resto pero, sobre todo, por varias decisiones polémicas de los de negro. Matizo: Polémicas hubieran sido si existiera controversia en y por ellas. Tanto el gol no concedido a Inglaterra como el sí regalado a Argentina, los dos en un mismo domingo oscuro, pasarán al álbum de los Mundiales como dos sucesos inexplicables. De cualquier modo, tal vez la inclusión de la tecnología zanjaría muchas injusticias pero, qué duda cabe, limitaría muchos debates bizantinos en los que millones de sesudos expertos dan su certera opinión de por qué tal y cual árbitro optó por pitar lo que pitó. La FIFA, esa Multinacional inescrutable, sabrá.

La ilusión de los outsiders

Se conformó una parte del cuadro que lleva a la final con cuatro equipos sorprendentes que jugarían una suerte de eliminatoria para convertirse en el grupo revelación. Dos ya han roto su cántaro de ilusiones. En el Uruguay-Corea del Sur se vivió una trepidante segunda mitad. Los sudamericanos, a base de solera y oficio, supieron nadar y guardar la ropa durante bastante tiempo pero su rival fue capaz de igualar tirando de su portentoso físico y su inquebrantable moral. Luis Suárez, jugador del mítico Ajax que está revalorizando su precio en este torneo, coló su segundo gol del encuentro y le dio a su país sus primeros cuartos desde, ojo, 1970. Demasiado tiempo. Se medirá a Ghana, la última esperanza africana. Los de Rajevac necesitaron de una prórroga para doblegar a los irredentos norteamericanos. Una vez más, Bradley tuvo que apelar a una remontada heroica para mantener viva a su escuadra y casi lo consiguió. Únicamente un golazo de Gyan marcó la diferencia. Ghana será un tremendo rival para Uruguay en unos cuartos de pronóstico muy incierto porque ambos han hecho gala de un orden ejemplar como base para llegar hasta donde han llegado. Por cierto, Obama mientras veía el partido de su selección dijo que eso “le estaba matando los nervios”. Es buena noticia que vaya sintiendo cosas con este deporte que, por supuesto, desconoce por completo.

Vergüenza o esencia

El domingo tronó en Sudáfrica. Jugaban Inglaterra y Alemania, en un fabuloso enfrentamiento. Los germanos demostraron ser mejores en general y vencieron 4-1 gracias a una exhibición de talento de sus figuras Müller, Özil y Klose. Sin embargo, el choque pasará a la historia por el clamoroso error del auxiliar del árbitro uruguayo Larrionda. Que no observase cómo un disparo de Lampard entraba por la distancia “de un perro muerto, de un salmón, de un bastón…” (según contó luego un cachondo narrador de cuatro) fue grave. Tuvo que verlo, pero tal vez no quiso. En todo caso, claro, Capello se parapetó en esa injusticia (mejor no hablar de lo del 66) para, en parte, justificar la pobrísima actuación de su equipo en el torneo. Un grupo con tantísimos buenos futbolistas –acaso y junto a España con el mejor centro del campo- no debe irse tan pronto de esta competición y de esa manera. Alemania, por otra parte, sigue demostrando su gran tono. Es favorita, a mi juicio, ante Argentina. Y lo es, en gran medida, porque los de Maradona aún no han tenido que sufrir. Pasaron la primera fase sin encontrar rivales y en octavos se topó con un gol regalado ante México que decantó el choque. Hasta ese momento, un sensacional Salcido y un completo Guardado estaban dando guerra dignamente. En el nuevo encuentro, los de Aguirre se hundieron. Será, pues, una eliminatoria de cuartos sin tregua, con el recuerdo de lo que pasó hace cuatro años en Berlín (entonces Alemania era peor y pasó) y marcada por la polémica. La Fifa, por cierto, zanjó el tema prohibiendo las repeticiones de los goles en los videomarcadores. Muerto el perro…

Una jornada aburrida

No me gustaron los partidos del lunes. Ni el Holanda-Eslovaquia ni el Brasil-Chile respondieron a las expectativas de unos octavos de este tipo de competición. Considero que la clave de estas eliminatorias radica en la incertidumbre evidente. En la igualdad. Pues bien, en ambos duelos hubo una desigualdad mayúscula entre los contendientes. Los neerlandeses no tuvieron casi oposición en los eslovacos. Si acaso, en un ratito de la segunda parte y porque el marcador seguía sin decantarse. Entonces, Vittek falló dos ocasiones claras y ahí se corroboró que sería imposible una victoria del verdugo de Italia. Lo mejor del choque fue la comprobación de que definitivamente Robben –que marcó- está en este Mundial. Brasil –que será otro bailar para Holanda en cuartos- pasó sin correr ante Chile. Bueno, corrijo, sudar sudaron mucho porque con Dunga tienen que hacerlo todos sus futbolistas. Espectacular la labor de Alves, de Robinho, de Maicon, de Juan. Su progresión como equipo y su solidez hacen que la canarinha sea-ahora mismo- la primera en las apuestas de casi todos. Es como la de siempre, pero con un toque que recuerda a la del 94. Como un coche alemán con motor italiano. Por cierto, Chile...como una caja de bombones sin abrir. Decepcionante.

España vuelve por momentos

Desde la subjetividad de mis letras, una emoción. España no pasaba ganando un partido a cuartos de un Mundial desde 1994. Ante Portugal, más piedra que mármol, reapareció una versión agradable. Un lucido y primoroso juego de control de balón que desespera a Job. Cristiano languideció al ritmo que Villa le marcaba. Lo más paradójico es que en la victoria tuvo mucho que ver la entrada de un gigantón llamado Llorente que rombió los esquemas de Queiroz. Suya es ahora la gloria y suyo también la recuperada aureola de favorita. Más si se tiene en cuenta que su rival de cuartos será Paraguay, un conjunto que exhibió más carencias que virtudes ante Japón. No defienden tan bien como en el 98 -con Gamarra, Arce y compañía- ni sus atacantes generan un caudal ofensivo para asustar. Pero, ojo, no eran mucho mejores la Bélgica del 86 ni la Corea del Sur de 2002. Y ya nos hicieron llorar.

La última jornada de grupos

Se conocieron las que serán, durante cuatro años, las 16 mejores del Mundo. Luchando por el cetro estarán casi todas las campeonas –únicamente faltarán las que también han sido las dos grandes decepciones del torneo: Italia y Francia-. Seis serán europeas, cinco sudamericanas, dos asiáticas, dos de la Concafac y únicamente Ghana defenderá el orgullo del continente anfitrión. La última jornada de la primera fase dejó estampas para el recuerdo y algún que otro partido para el olvido. En cualquier caso, se nota que conforme el campeonato va madurando el nivel futbolístico –en general- y que está adquiriendo unas cotas mucho más lógicas para el torneo de mayor prestigio del Mundo.

Se rubrica la vergüenza gala y Corea cumple

En mitad de una huelga y una revolución (francesa, claro), los bleus acabaron su participación en el torneo con otra derrota. Son una selección ciclotímica. Parapetados casi siempre en una clase indiscutible, históricamente han dependido siempre de la calidad de sus figuras. Sólo hubo un grupo que funcionó bien como tal y fue en 1998. Quedaron campeones. A pesar de su técnico llegaron a la final hace cuatro años, pero esta vez no estaba Zidane para rescatarles y los impresentables y sobrevalorados futbolistas que defienden tan ilustre zamarra ahora no fueron capaces ni de ganar un partido de tres. Sudáfrica se despidió del torneo con honor y les venció con meridiana claridad. Todo sangra más al otro lado de los Pirineos cuando Uruguay y Méjico no pactaron nada más que en el saque de centro. Mucho mérito, aunque menos teniendo en cuenta lo diferente que puede resultar jugar contra Argentina que contra Corea del Sur. Ya se verá.

Precisamente los asiáticos fueron los justos consortes de los argentinos en el grupo B. Su fútbol preciso y mecánico doblegó la necesidad de una atropellada y fallona selección nigeriana que no se parece ni de lejos a la que fue (Quique Setién contó que los motivos de la decadencia del fútbol africano hay que buscarlos en su falta de cerebro en pro de su músculo). Grecia ni se acercó a la siguiente ronda, porque fue muchísimo peor que Argentina. Tenía que ganar, pero no fue capaz ni de conservar un empate. Los de Maradona tendrán un duro rival en Méjico. Mucho peor de lo que parece.

Capello cumple, Serbia languidece

El partido entre Inglaterra y Eslovenia, decisivo, lo contemplé en Gibraltar. No es que sintieran un loco fervor patriótico, pero se sentían tan ingleses como andaluces mientras llamaban “Pisha” a “Jeins” y entonaban cánticos pintas en mano. Fusión que se llama. No sufrieron porque Eslovenia fue un horror desmotivado. Sacó a la luz todas sus miserias mientras esperaba que Argelia le echase una mano. Y se la echó hasta que Donovan –enorme centrocampista con llegada- remachó una victoria justa para Estados Unidos en el minuto 91 que daba a los norteamericanos el paso a octavos. De paso, la carambola condenó a Inglaterra a jugarse los cuartos –nunca mejor dicho- ante Alemania. Es el castigo a la mala cabeza de Capello.

Mérito tuvieron los germanos defendiendo su primer puesto a pesar de la condena que ello les suponía ante Ghana. No podían andarse con muchas tonterías, porque necesitaban la victoria para no depender de terceros. Fueron muy superiores a los africanos, liderados por un sensacional Özil. Los ghaneses, conscientes de sus limitaciones, buscaron el empate hasta donde consideraron oportuno, mirando con el rabillo del ojo lo que hiciera Serbia. También tuvieron suerte, porque Australia exhibió el orden que no complementó a su orgullo en los partidos anteriores. Venció, pero Pantelic tuvo en sus botas el 2-2 en el último suspiro. Tal vez fueron las propias ganas nacionalistas de un país tan belicoso. Los jugadores dejaron el campo encarándose con sus propios aficionados. Aunque parezca increíble, se citaban para pelearse fuera.

Nuevos aires en dos grupos

Los grupos E y F revelaron que el fútbol, a veces, avanza hacia la modernidad. El primero de los dos, en orden alfabético, dejó - más allá de la previsible superioridad holandesa (que en esta jornada fue mejor porque regresó Robben)- el desplome de una Camerún con demasiada cabeza y poca cola y la fresca aparición de Japón. Los nipones tienen un central tremendo –Tanaka-, un francotirador de nivel –Endo- y un líder que hace un fútbol bellísimo y que está en plena forma porque en su CSKA de Moscú está empezando a competir ahora –Honda-. Destrozaron entre todos a una horrorosa Dinamarca, que demostró que ni Bendtner ni Tommason ni –sobre todo- Rommehdal están ahora mismo entre los mejores de Europa. Pasaron a octavos y ahora son un candidato más. Se las verá con una Paraguay que defiende más que ataca. Promete.

Los guaraníes, en el F, no pasaron del empate a cero contra Nueva Zelanda. Para el representante oceánico no haber perdido ninguno de sus tres encuentros, a pesar de no haber superado la ronda, es casi como haber ganado la Copa. Con ese resultado, el otro representante del grupo en octavos iba a salir del Eslovaquia-Italia. Casi nadie dudaba de que los campeones ganarían. Incluso de que pasarían sin jugar bien, como casi siempre. Incluso cuando Vittek puso el 2-0 en el marcador recuerdo la imagen de un camarero que aferraba su bandera con más fe si cabe mientras imprecaba algo ininteligible en napolitano. Se pusieron 2-1 y les anularon un gol. Y les metieron el 3-1 en –“porca miseria”- un despiste tremendo de su defensa. A pesar de todo, marcaron otro más y Simone Pepe tuvo el 3-3 que les hubiera dejado vivos a su manera. Lippi asumió la culpa, pero Cannavaro recapacitó como haciendo balance –era su último Mundial- y dijo unas frases que deberían recitarse en las escuelas de entrenadores transalpinas –y en las cisalpinas también- : “El fútbol italiano tiene que mirar al futuro porque si seguimos así nos llevará unos 25 años el volver a ganar un Mundial”.  Y lo lograron en 2006. Por eso son grandes.

Un chiste para cerrar la primera fase

La última fecha de esta primera fase tuvo mucho de chiste. Cuatro selecciones que se jugaban más o menos su pase se dedicaron a amagar casi sin dar. En el G, brasileños y portugueses decidieron no pegarse y, así, un partido deseado se quedó en el mayor pluf hasta la fecha del campeonato. Dunga el reservón reservó jugadores y Queiroz, que sabía que el empate le valía, aceptó las tablas con sumo placer. Como Costa de Marfil tampoco es que anduviera muy sobrada de tino y no le metió nada más que tres a Corea del Norte, el último rato del encuentro fue –directamente- vergonzoso. Veremos a ver cómo afecta este impás en la competitividad durante sus compromisos de octavos. A España, hace cuatro años, le fue falta lo de dar descanso a sus futbolistas antes del choque ante Francia.

Precisamente la nuestra fue protagonista del otro casi-apaño de la jornada. Necesitaba ganar para no depender de otros y, a pesar de jugar entre mal y horrible, se apoyó en el tino de Villa y en dos despistes graves de una selección que atrás flojea para sentenciar aparentemente el choque. Como a Chile todo lo que no fuera perder por más de dos casi le garantiza la clasificación se apresuró para marcar uno que acortase distancias y a defender (eso sí, Bielsa era consciente de que tenía un jugador menos). Para colmo de despropósitos, Suiza no fue capaz de ganar a Honduras, así que durante diez-quince minutos, los finales, las dos rojas se dedicaron a darse besitos. Menos mal que las rondas finales borran todo el recuerdo previo para convertirlo en partidos intensos. Sin tregua. Redentores.

La segunda jornada del Mundial

Murió la segunda jornada del Mundial dejando unas cuantas conclusiones claras. La primera, la aparente decadencia del fútbol occidental ante el del nuevo continente. Ninguna de las grandes de Europa está rindiendo al ritmo deseable o, al menos, cumpliendo con una regularidad prodigiosa. De hecho, únicamente Holanda ha sido capaz de ganar sus dos partidos y tampoco jugando a un gran nivel. Por el contrario, Brasil, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay encabezan sus respectivos grupos y se nota que están más frescas, como con un punto más de competitividad. Suyo es, aunque sea simplemente por el imperio de la inmediatez, el favoritismo. Luego, ya se verá.

La grandeur, al carajo. Argentina, triunfante.

En el grupo A el previsible desplome de la floja selección anfitriona ante una Uruguay solvente y con un gran goleador (del 0-3 metió dos) prologó el esperpento de Francia. Domenech siempre me pareció un imbécil con suerte -demasiada tuvo en 2006- pero aún así es indigna la actitud de los representantes galos. Perdieron contra México 2-0 sin apenas dar sensación de equipo. Ribéry estalló, Zidane -que sigue jugando aunque no se vista de corto- también. Evra casi se pega con su preparador físico y Anelka fue expulsado por cagarse en la madre del entrenador. Hasta Sarkozy tuvo que poner orden en una concentración que parece, con perdón, el coño de la Bernarda. En suma, están virtualmente eliminados -hoy tendrían que golear y esperar que México y Uruguay no empaten- y habrán vuelto a hacer, como en 2002, un ridículo estruondoso. Hay articulistas que incluso señalan las tensiones raciales en el país vecino como culpables del caos en su selección.

Argentina maravilló un poquito en el grupo B. Goleó a una Corea que se hundió en la segunda mitad gracias al formidable rendimiento de su zona de ataque. Maradona no es un gran técnico, pero sabe que tiene artilleros suficientes como para que le ganen el Mundial. Los pone, incluso prescindiendo de nadie que les enlace con el centro del campo... y meten cuatro. Con cada encuentro, y eso que se clasificó con suerte, se hace más favorita. Queda por ver si cuando tengan a un rival que no se achante atrás rinden igual. El otro duelo del grupo sirvió para que el fútbol hiciera justicia con Grecia. Uno de los países que con más intensidad vive este deporte necesitó de dos mundiales y cinco partidos para cantar un gol de su selección en la máxima competición. Salpingidis lo obró ante una Nigeria anárquica que no merecería seguir. Hoy sabrán si los dioses le conceden, además, un pase a octavos que ya sería todo un éxito.

No es Green todo lo que parece y Undiano el currante

A Green casi le envían a la Torre de Londres por su cantada ante los Estados Unidos. Capello le señaló como el principal culpable del empate final, pero el viernes se demostró que no era el único culpable del pobrísimo juego de su selección. Argelia, un grupo de estajanovistas pobrísimos técnicamente, sacó un empate ante los Pross que demuestra los peligros de jugar contra natura. Rooney se atrevió a meterse con sus supporters y Terry a hacer su propio once. Lo curioso es que su 4-5-1 parece de más garantías que lo que propone su entrenador. Pero quien encabeza el grupo merecidamente es Eslovenia. Mejoró su juego ante los Estados Unidos y estuvo a punto de lograr su segunda victoria y de certificar su clasificación, pero los norteamericanos tienen a gala su propia autoestima y empataron. Ahora deberán sumar los centroeuropeos para no quedar fuera ante los ingleses, en un duelo que se las traerá.

Alemania fue la gran perjudicada en el grupo D. Su derrota ante Serbia se puede explicar -que no justificar- de muchas maneras. Undiano Mallenco, árbitro español, expulsó a Klose de forma muy rigurosa y los germanos tuvieron que remar con uno menos demasiado tiempo. Además, Podolski falló un penalti y los serbios de Antic, que en eso son especialistas, defendieron genialmente. Luego el colegiado navarro expuso en Marca que los arbitrajes del Mundial están siendo correctos. Sí, como el suyo. Puro corporativismo. Un gran currante. Australia, en el otro duelo de la jornada de este grupo, recuperó algo de su crédito con un empate a uno ante Ghana en un vibrante partido. No parece que vaya a ser suficiente para pasar, pero ya es un hito que tengan opciones en la última fecha después de la paliza encajada en la primera.

Camerún decepciona, Italia contra las cuerdas

La eliminación de Camerún en el E demuestra que el fútbol africano ha entrado en una época de recesión. Sigue contando con buenas individualidades, pero sus futbolistas parecen haber desarrollado unas fuertes personalidades que rechazan el trabajo colectivo que tan buen resultado les diera en épocas no tan lejanas. Dinamarca les ganó 1-2 en un sensacional encuentro -acaso el mejor de los disputados hasta el momento- y las lagrimas de Etoó (el que dijera que eran candidatas incluso a vencer el torneo) son las de todo el continente anfitrión. No obstante, los daneses no se pueden descuidar porque necesitan ganar a Japón para pasar de ronda. Los asiáticos cayeron ante una Holanda mediocre (1-0), pero siguen contando con la diferencia de goles como aliada. Por cierto, los tulipanes -con más pena que gloria- ya están en octavos.

Algo que no puede decir Italia. No pudieron los azzurri ni con la peor de todas las selecciones presentes en Sudáfrica. A Nueva Zelanda le bastó un gol en fuera de juego para desarbolar los esquemas de Lippi. Los italianos empataron pronto y quizás esto resulte lo más grave. No fueron capaces de colarle otro tanto a un grupo de semiprofesionales. Ahora tienen que ganarle a Eslovaquia -que demostró un bajísimo nivel ante Paraguay (2-0)- para pasar. Con la suerte y la capacidad de hacer virtud hasta de sus más acendrados defectos, los campeones parecen incluso más favoritos.

La lógica se impone en el G y H

Brasil ganó y Portugal goleó. Era lo previsible y lo lógico. La verdeamarela mejoró un poco respecto a la primera jornada y dejó a Costa de Marfil al borde de la eliminación. Por cierto, los africanos demostraron unas malísimas artes. Tal vez les mosqueó que el colegiado inglés no viese la clarísima mano de Luis Fabiano en el segundo gol. Siete le metió, por su parte, Portugal a Corea del Norte. Contó el seleccionador asiático que los suyos se vinieron abajo tras el primero. Pudiera ser. Lo preocupante es lo que les puede venir encima a los que vuelvan a su nación encarcelada. Encima, fue el primer partido que dejaba televisar Kim-Jong-Il en años. Será el último.

España salvó los muebles en el H, pero no progresó. Y fue así porque controló a Honduras, pero no la mató cuando debió y pudo hacerlo. Villa, genial por lo demás, falló un penalti y Torres no se pareció a sí mismo. Del Bosque se empeña en el doble pivote. Tal vez sea lo mejor ante lo que se le viene encima a un equipo que ha perdido su esencia y que tendrá que ganar a Chile para seguir viva en la competición. Una selección, por cierto, que superó ampliamente a Suiza, a pesar de lo corto del marcador (1-0). La del viernes a las 20.30 es la primera de las finales que les pueden quedar a los españoles. Acaso la más dura.

La primera jornada del Mundial

Lo siento. Algunos de los pocos que me leen no son fanáticos del fútbol. Lo ven, lo sé, por inercia, por aburrimiento o porque alguien de su entorno les atraca para ello. Sin embargo, son días de Mundial. Acaso la competición más grandiosa sobre la faz de la tierra. Un evento que, aunque en este país tan cateto apenas lo haga, paraliza continentes enteros y moviliza como ningún otro a las masas. Algo, en suma, a destacar.

Dado que en esta ocasión, por la gracia de la FIFA de mandarlo al quinto infierno, no podré acudir como hice en el anterior, disputado en Alemania, haré un diario contando mis impresiones personales de lo que más me ha gustado jornada por jornada. Ronda por ronda.

Empecemos. De la primera, la que ha acabado hoy, se salva bien poco. Partidos sosísimos, ensordecidos por el maldito tronar de la vuvuzela. Un quietismo preocupante para un cotarro de tal calibre. Selecciones pequeñas acomodadas en su papel victimista y otras supuestamente grandes impresionadas por el miedo de las otras. En suma, una desgracia para el fútbol. El descalabro se aprecia simplemente contando el número de goles colados. 25 en 16 partidos. Irrisorio porcentaje contando -como se supone- con los mejores atacantes del planeta. “Oiga, que también están los mejores defensas”. Cierto, pero las selecciones que tienen los mejores arriba también suelen tener los mejores detrás. Cuestión de galones.

Decepciona Francia, brilla Corea

En el grupo A se registraron dos empates con matices. Sudáfrica metió el primer gol –un golazo de un nombre muy musical: Tshabalala- pero no demostró condiciones ni aptitudes para llegar lejos y México empató y pudo y debió ganar. Su falta de tino y su eterno complejo en los momentos supremos –un partido inaugural de un Mundial lo es- les dejaron a medias. En el otro envite, la Francia de Doménech se ganó la censura de Zidane después de no pasar del empate ante una Uruguay que estuvo comodísima. En su salsa. Todo puede pasar en el más igualado de los ocho grupos.

El B dejó la agradable madurez de Corea del Sur. Ya no son atletas anónimos melena al viento. Ahora juegan en el United, en el Leverkusen… Han unido la pillería a su disciplina y son peligrosos. A Grecia le dieron un meneo gracias a una banda derecha de escándalo con Cha-Du-Ri y Park-Ji-Sung. Ojo. Argentina ganó, por su parte, liderada por un correcto Messi (ya era hora de que demostrara como albiceleste) y ante una selección nigeriana en la que –y esto sí que es sorprendente- brilló un portero. Un tal Enyeama que supera con mucho al legendario Rufai.

Dolor de Green, gloria teutona

Otro portero, el inglés Green, fue el principal protagonista del grupo C. Su cante ante EE.UU –otra selección interesantísima- le costó el empate a los Pross. Los tabloides de aquel país –así son ellos- contaron que la culpa de todo la tuvo su separación de una enjuta modelo blonda. A saber. En el otro duelo, bodriazo. Eslovenia y Argelia demostraron motivos suficientes para echarles del campeonato por la vía rápida. No lo mereció ninguna de las dos, pero vencieron los europeos, que no pasarán seguro de ronda.

Alemania dejó su sello en el D. Ganaron 4-0 a una –eso sí- floja Australia. Bien Schweinsteiger, bien Müller y bien Klose. Y muy bien Özil, otro germano-turco que optó por su tierra de adopción. Nunca parece que llegarán, pero siempre lo hacen. Mínimo semifinalistas si no mutan. En el otro choque, Ghana casi se aseguró la otra plaza para octavos tras derrotar a la Serbia de Antic, a la que parece que su gran defensa –liderada por Vidic- no le bastará.

El poderío asiático

Decepcionó Holanda en el E y sorprendió Japón. Los oranje vencieron casi sin sudar a unos daneses increíblemente apáticos. A mi juicio, los Sneijder, van Persie, van der Vaart … son candidatos a vencer el torneo, pero quien de verdad brilló en su primer duelo fue un muchachito llamado Elia, que apenas está empezando a ser famoso en el Hamburgo. Por su parte, los nipones sacaron los colores a una Camerún de la que Etóo –por cierto desconocido- dijo que podría ser campeona.

Dos empates a uno en el F. Italia y Paraguay se repartieron errores en otro partido algo cutre en el que lo más grave fue la lesión de Buffon –se perderá el resto del torneo- y la cantada –otra más- del guaraní Justo Villar. Nueva Zelanda vivió su gran fiesta igualando a uno en el penúltimo minuto a una Eslovaquia que marcó su primer gol en un Mundial en fuera de juego. Ambas se quedarán en la primera ronda.

...Y lo de España

El G era el grupo de la muerte, pero como suele pasar sus dos primeros cruces fueron tostón y medio. En el Portugal-Costa de Marfil brilló durante quince minutos Cristiano y luego desaparecieron él y el resto de su seleçao. Los africanos, algo timoratos para ser dirigidos por Erikson, pudieron haber hecho más, pero Drogba no está para muchas alegrías. Lo de Brasil fue tristísimo. Sobraban tantos jugadores de contención que Dunga tuvo que cambiar su horrible planteamiento porque la hermética Corea del Norte logró marcharse al descanso con un empate a cero preocupante. La imagen de lo que va de Mundial fue la de Jong-Tae-Se –delantero que nació en Japón, donde juega, pero a saber por qué motivo juega con la escuadra del dictador loco- llorando mientras sonaban los acordes del himno norcoreano. De alegría no creo que fuera.

Y por último, ay, el H. Sirva como liviana alegría que ni Honduras ni Chile deberían ser rivales para España y que, además, el orden de los factores nos favorece. El partido que ambas disputaron demostró que los chilenos son buenos atacando, pero pierden el sitio con muchísima facilidad y que los catrachos –simplemente- deberían ser goleados por los Villa, Torres y compañía. Lo del España-Suiza es tema aparte. Del Bosque se equivocó metiendo tantísimo mediocentro durante parte y media. El sobeo de balón ante una selección tan bien pertrechada como la helvética –no encajó ningún gol en 2006- es peligroso por inocuo. Faltó un Llorente que rematara los centros –si es que los hubieran puesto bien- de Navas y Pedro. Y un Villa entonado, y un Iniesta a tope… De cualquier modo, España pasará de ronda y viendo el nivel del resto de los contrincantes –y por mucho que los simpáticos argentinos ya se estén mofando- sigue siendo no ya favorita, sino favoritísima. Porque no es como empieza sino como acaba (que se lo digan a Italia en el 82, a Argentina en el 90, a Francia en 2006…).

La feria del Libro

Aproveché el domingo madrileño para, sacudiéndome la galvana de otra noche más de delirio etílico, acercarme a la feria del Libro del Retiro. La capital es un espectáculo en primavera. El mejor de sus parques más. Pasean señores ociosos pendientes del reloj y de las faldas. Ciclistas que compiten en una carrera sin meta ni salida con patinadores que levantan polvo. Un tipo que se rebela contra su destino amaestrando perros y parejas que hacen cola para dar vueltas en una barca. Inmigrantes que recogen su mercancía en bolsas de basura. Policías que les miran y se hacen los suecos.  Una banda que oferta música ligera bajo una pérgola. El bellísimo, victoriano y recién remozado Palacio de Cristal. Y todo con el juicio de un sol que castiga a los pasados de forma –y a los de glándulas muy sensibles- con antiestéticos surcos de sudor en los sobacos.

 

En mitad de todo este tinglado, decimos, se instalan las casetas de la cada vez más moderna Feria del Libro. Cada vez que paseo por ella se me viene a la cabeza el día en el que mis padres, con nueve años, me pasearon por ese arenal tan distinto al de Córdoba. Obligándome a vencer mi natural timidez y tras comprarme un libro de la autora, me pusieron en una cola para que me lo dedicase la ya fallecida Gloria Fuertes. No recuerdo lo que escribió, pero sí el final de su firma: “Con besitos fuertes, Gloria”.

 

Desde entonces, y con el temor reverencial por bandera, siempre me ha fascinado este evento. Mirar de cerca a gente que escribe tan bien. Que es capaz de desgranar con soltura –y a base de un trabajo ímprobo- los misterios de la divina lengua y hacerlos humanos. De comunicar en unas cuantas páginas los sentimientos más recónditos o los más simples.

 

El domingo pasé cerca de Sánchez Dragó. Teodulfo Lagunero firmó un libro que le compré a mi padre y Pilar Eyre –a la que hice esperar porque en su caseta no podían pagar con tarjeta- otro para mi madre. Compartí una microcharla con Alfredo Relaño –director del AS-, que demostró su enciclopédica cultura futbolística recitándome una alineación del mejor Córdoba de los 60.

 

Y estaba el grandísimo Eslava Galán. Y el siempre histriónico Pérez Reverte. Y dibujantes de cómics como Manel Fontdevila, personajes de la farándula como Pablo Motos…

 

Estuve una hora. Por ese ratito, turista entre turistas, paseante entre paseantes, lector entre lectores, me sentí reconfortado. Comprendí la importancia de defender una afición castigada por la inminencia. Sacrificada por el esfuerzo que exige y, ahora, reconvertida en pantallas planas y punteros. Y comprobé cómo aquel niño más rubito, más pequeño e igual de travieso sigue vivo dentro de otro ser más grande y, tal vez, más ingenuo aún. Pero soñar también es un verbo que rima con libro.

 

El bucle

-Todavía son las cinco.

Jacinto miró su reloj con mal disimulada inquietud. Apuraba su primera copa después de una copiosa comida en aquella caseta de polvoriento ambiente y repetitiva música. Como no sabía bailar sevillanas, observaba con las manos inquietas el desenlace de los acontecimientos. Ya le había advertido su mujer, que sabía de lo que hablaba, de los peligros de la feria de Córdoba. De esa espiral maldita que comienza cuando empieza la calor (femenina, siempre) y acaba cuando empieza la calor (femenina, siempre).

 De vez en cuando golpeaba Jacinto su mano derecha contra su pecho, como queriendo llevar el ritmo. Sus compañeros de trabajo le trataban de meter en ambiente incitándole a que se desabrochara la corbata. A que se zafara de esa chaqueta de paño y se remangara los puños de su impecable camisa de Boss. Pero él, educado en las costumbres sevillanas, sabía que un desliz protocolario sería imperdonable a los ojos de su rijoso jefe quien, por aquel entonces, ya frotaba su cuerpo con una párvula (puede que no tanto) becaria con unos pechos como los cocos a los que riega siempre el agua y un perfil similar al del siniestro terrorista Urrusolo Sistiaga.

-Todavía son las cinco.

Y, sin embargo, ya era de noche. Algunos de los compañeros de Jacinto se habían acercado a un puesto de hamburguesas a cenar. Él aún se sentía lleno y contemplaba con cierto asco como sus ebrios camaradas se untaban el buche con grasiento lomo y mantecas variadas. Peor fue, de cualquier manera, el rato en el que se dirigieron al puesto de pesca de patos amarillos, se hicieron pasar por inspectores de medio ambiente y amenazaron a su propietario con hacerle una inspección por tortura animal. Cuando el enfurecido buhonero acudió a la trastienda en busca de su acero albaceteño salieron al galope, empotrándose contra dos jovenzuelos repletos de oros a los que se le sobraron excusas para unirse en despendolada persecución.

-Todavía son las cinco.

Ya empapado en sudor y todavía con la camisa por desabrochar, Jacinto volvió a echarle un vistazo a su reloj con los ojos fuera de sus órbitas. Marcaba las cinco y ya amanecía en el Arenal. Uno de los de administración yacía, superado, sobre un lecho de hormigón junto a la ribera y a la vera de un riachuelo de orín y vómitos. Aún quedaba un puñado de los de su empresa. Jacinto, vencido y con las manos entrelazadas a la altura de cabeza, se dirigió a uno de ellos y le espetó la pregunta que le estaba latiendo en el fondo de su espíritu desde que empezó la interminable parranda:

-Pero, bueno, ¿me puedes explicar por qué demonios sigo anclado en las cinco de la tarde aunque llevemos más de doce horas aquí?

Su etílico interlocutor sonrió con un ápice de malicia y devolvió la cuestión a Jacinto:

-A ver, ¿me puedes decir qué has comido hoy?

-Flamenquín, huevos rotos, Salmorejo…

Cuando el forastero pronunció el nombre del delicioso manjar anaranjado, su compañero le puso un dedo en la boca para que dejara de hablar y, al oído, le dijo con voz queda:

- ¿Acaso no notaste que tenía mucho ajo? ¿Acaso no sabes que el salmorejo con mucho ajo se repite una barbaridad?

 

Con un par

Leo que la policía detuvo ayer a un venezolano y un español que trataban de colar 55 kilazos de coca en Barajas vestidos de pilotos. Los prendas iban perfectamente ataviados, con documentación falsificada y sendos maletines similares a los que suelen llevar como equipaje de mano los tripulantes de las aeronaves. Únicamente el ojo clínico de los agentes anti-droga evitó que se las metieran doblada (la coca, se entiende). Los dos truhanes aguardaron con paciencia su turno para pasar la aduana en la cola con el resto de pasajeros de su vuelo procedente de Bolivia –los pilotos suelen tomarse su tiempo y salir después- y eso fue su perdición porque entonces les echaron el guan

La noticia –dejando aparte lo tragicómico de todo asunto relacionado con la droga- me retrotrae a otros momentos y me hace reflexionar sobre cómo es mucho mejor no fingir a la hora de engañar. Discrepo sobre lo de que “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”. En absoluto, antes se atrapa en todo caso a un cojo mental que a un mentiroso inteligente. Y no es que el plan de los narcos fuera torpe, es que la sagacidad de los policías fue mayúscula.

Por eso, amigos, cuando queráis ocultar algo haced como los dos ahora apresados. Fingid un conocimiento total de la materia sobre la que con vuestro desconocimiento se podría escribir un libro y dejad libre vuestra imaginación para que vuele en pos de un recurso o una excusa. Tal vez nunca os pillen (porque hay muchos más tontos y flojos que listos y activos en este mundo) y, si así fuera, al menos os habréis mantenido lo suficientemente alertas como para protegeros del golpe. Me habría encantado leer las razones de los dos detenidos. Y felicitarlos. A ellos y a los polis. A los buenos y a los malos. ¿Qué más dará la ética cuando de lo que se habla es de la inteligencia?

http://www.periodistadigital.com/inmigrantes/vida-cotidiana/2010/05/10/detenidos-en-barajas-dos-falsos-pilotos-que-llevaban-mas-50-kilos-cocaina-en-maletines.shtml

 

Sexo para todos

Cuatro noticias en un mismo día. Cuatro tan diversas y con tanto en común. Primera, el presidente de Brasil Lula recomienda practicar sexo cinco veces al día como remedio contra la hipertensión ( http://www.elmundo.es/america/2010/04/26/brasil/1272318569.html?a=720f08d30fb996825f8e8ccf6ad4a9f2&t=1272327352&numero= ); segunda, el Cardenal secretario de Estado del Vaticano Tarsicio Bertone cuenta que aunque el celibato "no es intocable", su no observancia tiene unas consecuencias "muy dolorosas" ( http://www.elmundo.es/elmundo/2010/04/26/internacional/1272314205.html ); tercera, una pareja de gays que pone una denuncia a los responsables de una caseta de Feria en Sevilla porque les echaron por besarse en ella ( http://www.elmundo.es/elmundo/2010/04/26/andalucia_sevilla/1272287761.html) y cuarta, las dificultades que tienen los productores de una película norteamericana para colocarla en los cines en la que Ewan Mc Gregor y Jim Carrey tienen un romance -obviamente homosexual- en pantalla(http://www.elmundo.es/elmundo/2010/04/26/cultura/1272234595.html.).

De norte a sur y de este a oeste el sexo mueve el mundo. Es algo demasiado trivial para ser sacralizado y demasiado sagrado como para menospreciarlo. En Brasil las garotas son sensuales por definición. Pecar es sano, ficar es tan natural como comer y, por eso, las palabras de Lula son entendidas como algo absolutamente normal. Hacer el amor es un deporte saludable. Una bendita manera de liberar tensiones y de mantener la cabeza y el cuerpo ajeno durante unos gozosos segundos del dolor.

Una perspectiva totalmente contraria tienen en los Estados Unidos y en el Vaticano. Los norteamericanos, acaso la sociedad más hipócrita del mundo, se gastan un pastón en porno con la mano izquierda mientras con la derecha (siempre que no están zurrándose la sardina) se dedican a censurar y tachar todo aquello que no se ajuste a su aparentemente pecata mentalidad.

En la Santa Sede, claro, siguen creyendo que el sexo es malo porque no lo conocen. O, tal vez, porque lo conocen demasiado bien. Por eso, aún piensan que que se casen sus curas puede ofender a su Dios. A pesar de que no esté escrito en ninguno de sus sagrados textos ninguna disposición al respecto. Luego los Concilios impusieron el celibato entre otras cosas porque para los obispos de entonces casarse les resultaría un estorbo para poder follarse a todas las concubinas de las que disponían.

Lo de Sevilla no es sino el fiel reflejo de la estupidez de los señoritingos andaluces que, siempre enchaquetados, siempre con el caballo en la boca y en su corsé y siempre dispuestos a mirar por encima del hombro a cualquiera que no sea de su ralea se dedican a señalar con el dedo al diferente. Que echaran a una pareja de gays de la caseta tiene más delito si te tiene en cuenta que para entrar en una de ellas se ha de conocer a alguien de la misma.

Formas de ver la vida, formas de ver el sexo. Cada cual más o menos evolucionada en función de una herencia adquirida. Lo gracioso es que esa herencia, aunque no lo quieran ver los retrógrados, también llegó por otro vicioso acto sexual.

La nube y Salamanca

Mi fin de semana ha oscilado entre vapores y nubes. Los vapores -efluvios alcohólicos de noches en blanco- se han cocido entre Madrid y Salamanca. En la capital, que siempre está de paso, me reconcilié con mi paladar en una taberna de la que siento haber olvidado su nombre por Príncipe de Vergara. Deliciosos los canapés de solomillo, y asombroso el foie con arándanos. Todo a un precio razonable (para ser la capital). Después de eso (y de una caipiroska horrible en una coctelería cercana), me tocó un prolongado reencuentro con el pasado en el Chesterfield. Un garito al que iba como colegial y que ahora se llama Orange. En el sitio, claro, había un ambiente universitario. MI compañero de correría y yo mantuvimos una respetuosa distancia con todo lo que nos rodeaba, como Mcfly en su regreso al pasado. Vaya a ser que algo cambiara nuestra vida presente o -lo que sería peor- la de cualquiera que tuviera todo lo que de bueno tiene la inconsciencia por delante. Por cierto, como anécdota, a un tipo con una mullet a lo Billy Ray a pesar de lucir un atuendo por lo demás bien pijo no le dejaron pasar. Hay cosas que nunca cambiarán.

Al mediodía siguiente y aún con el zumbido de la música maquineta en las orejas, tomamos el autocar rumbo a Salamanca, donde jugaba el Córdoba. Un vehículo -el de la ida- comodísimo y en el que da gusto viajar. Dormimos, claro. La del Tormes es una ciudad que no deja diferente en abril -uno de los meses en los que recomiendan visitarla-. Parece que todo el mundo vive ebrio. Los estudiantes celebran su vida contemplativa realizando performances y, cuando no, tumbándose al solaz en plena Plaza Mayor. Los mayores, embriagados de la juventud ajena, se unen al cotarro y deliran mientras montan en el tren turístico que enseña la ciudad. Los y las participantes en las millones (casi literal) de despedidas de soltero, una práctica que se ha puesto de moda en Madrid es desquitarse del trauma de la boda en Salamanca, directamente beben como cosacos de amanecer a amanecer. Así, no supuso ningún esfuerzo aguantar hasta casi las seis entre tugurio y tugurio: Camelot, Garamond...Tierra de valientes. Cuando nos recogíamos, aún seguía la feria en la calle. No hay ninguna ciudad en Andalucía con la mitad de juerga que Salamanca.

El domingo el Córdoba perdió (como es natural cuando no se quiere ganar). Algo que no enturbió la magnífica previa en el bar Cervantes. Punto de encuentro de viejos conocidos y de reunión de cuantos invitan a otros a conocer la ciudad. Las tapas, sabrosas y gratis con la cerveza, maridaban perfectamente con el ambiente de la Plaza Mayor (ahí se encuentra el local). A las carreras y tras el partido y el correspondiente trabajo ulterior, tomamos el penúltimo autocar de vuelta, éste más incómodo y más atestado. Esa noche, en Madrid, cai fulminado en la cama. Lo hubiera hecho hasta en una de espinas.

El lunes quería volver con cierta prontitud para acudir a una tertulia radiofónica en Canal Sur. No conté con la otra nube. Al parecer Islandia se ha querido poner en el mapa jodiendo a lo grande. Primero fue hundiendo un poco más la economía mundial y ahora es con un volcán que, al parecer, impide que todo el mundo vuele. Como quiera que los que no vuelan, corren, la estación de Atocha estaba sobrepasada. Dos horas necesité para conseguir una plaza. Y tuvo que ser en preferente. Pero, como Dios escribe recto en renglones torcidos, mi privilegiada y costosísima ubicación tuvo un positivo efecto colateral. En el asiento de enfrente se sentó un auténtico personaje. Desde un primer momento intentó trabar conversación conmigo mientras yo trataba de sumergirme en la lectura de un libro. Finalmente confesó su intención de charlar, aunque "no quería joderte": Resultó ser un trabajador del consulado español en Lima que, entre vaso y vaso de vino (y copa y copa de absolut) me contó que necesitaba ponerse "cool" para ver a su hijo, que vivía en Sevilla. Eso y otras cosas muy variadas y todas muy interesantes. Hora y media divertida en la que, de paso, explicó que, a su juicio, hay alguien que se está beneficiando de la nube islandesa. Él lo tenía tan claro y se veía un hombre tan cabal dentro de su incipiente melopea que me convenció. Maldita nube, benditas nubes. Que alguien las investigue todas.

Primavera

Flores y un beso. Sol. Dos que cantan mirándose el ombligo, emblesados. Un topicazo perpetuo de sentimientos profundos. Un joi de vivre triunfante. Satisfacción. La primavera, sinónimo para los alérgicos de pañuelos al viento y mocos al ciento, ha llegado. Con fuerza, con ganas. Desbordante de plenitud por lo empapados de los meses que la regaron. Poderosa, eleva las temperaturas, el estado vital y hasta el frenesí sexual. Los animales copulan como humanos, los humanos copulan como animales. Y el que no puede, lo busca.

Si la belleza es algo tan intangible como la ausencia de dolor -eso opina Punset- y el placer -según Savater- es algo antitemporal, la primavera es una anestesia imperecedera. Una confusióna armoniosa de olores, sabores y deseos. Azahar que huele a flor por desflorar. Impaciencia.

Los cuerpos se tuestan bajo el primer calor, que siempre es agradecido y generoso. Llegan las rebequitas ligeras, los escotes pesados, las faldas cortas y las miradas largas. Llega el canto con el que se da el santo.

Muchas veces no he apreciado en su justa medida la primavera. Ahora que ya he penetrado en la primavera tardía de mi vida la vivo como en un afortunado paralelismo. Y la gozo.

Emana Fanta

Ya ha pasado la semana Santa. Se sea o no católico llamar a la pasada semana Santa no puede ser más incorrecto. Pocos han sido los privilegiados que han podido contar con siete días de asueto (menos en estos tiempos de recesión). Pocos -insisto: cristianos o no- la han asumido como Santa. Uno, que aboga por norma en esos días por apuntarse a la cofradía de la Santa Rusia en forma de algún combinado de vodka con naranja, es consciente de que no es el más indicado para hablar de misticismos en estas fechas.

Sin embargo, aún no he encontrado un ejemplo en mi entorno más o menos cercano verdaderamente sentido de religiosidad por Semana Santa. Nadie que lleve una cruz por su Cristo ni una costal por su Virgen. Lo hacen, sí. Pero es por ellos mismos. Por costumbre, por tradición, por que sí. Igualmente, no he tenido la suerte (o la desgracia) de ver a un creyente acudir a una procesión con verdadero espíritu de contricción. Por el contrario, llevan pipas y altramuces que comen con entusiasmo (por eso sí sienten fervor) y conminan a sus hijos a pedir cera a los encapuchados a los que los guiris confunden con el ku-klux-klan.

Como toda representación cultural (la religión no es sino una expresión de la voluntad de creer en una gran entelequia de un pueblo o colectividad) merece un respeto. Las tallas pueden ofrecer -en un entorno adecuado como puede ser el puente que cruza el Guadalquivir en Córdoba- estampas únicas. Pero todos olvidan que lo que portan a hombros en la imagen de una madre que llora a su hijo recién fallecido o a un hombre al que acaban de torturar hasta la muerte en una cruz. ¿Se imaginan qué sentirían si sacaran en volandas en estos tiempos a un ejecutado en la silla eléctrica?

Sin entrar a fondo en la manipulación que ha hecho la Iglesia (una más) de la figura histórica de un Jesús que probablemente nada tenga que ver con el de los Evangelios, muchos deberían revisar sus creencias antes de sentirse por tres o cuatro días católicos e inflarse a persignarse sin sentido. Yo, mientras tanto, prefiero que emane fanta. En la playa, mucho mejor.