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Las semifinales

Penúltimo peldaño. Uno que marca definitivamente el margen entre la historia y un bonito recuerdo. Lustre en los elegidos por el destino para esta ronda. Brillo en los partidos y, finalmente, justicia en los términos. Holanda y España impusieron un fútbol diferente pero no necesariamente antitético. Suyo es el honor de inscribir su nombre el día más grande en cuatro años para este deporte. Uno en el que todo el mundo les mirará. Les analizará y escrutará. Cada detalle de cada final es una huella en los libros del recuerdo. El cabezazo de Zidane en 2006, el flequillo de Ronaldo en 2002, la calva de Barthez en el 98, la coleta de Baggio en el 94... Para esta singular oportunidad, hay muchos candidatos para confiar en la mística de la pelota. De momento, la peluca octópoda -en semejanza con el profeta Paul die Krake- de Puyol y las afiladas y brillantes cabezas de Sneijder y Robben han cobrado ventaja, pero bien podrían ser los pies de bailarín de Iniesta, o las garras aguileñas de Villa o -por qué no- la zancada definitiva de Torres. Será, en cualquier caso, un último encuentro digno. A la altura de su propio peso.

Garra desgarrada

Van Maarwijk sabía cómo hacerlo. Sus mimbres eran buenos, pero su plan -a todas luces- está superando su propia materia prima. Hacer que Robben, Sneijder, van der Vaart, Kuyt y demás jueguen bien no resulta complicado. Obligarles a sudar y a considerar como suya una empresa tan delicada como el Mundial sí. Fue, sin embargo, un secundario como van Bronckhorst el que desató las hostilidades con un tremendo disparo que no pudo encontrar un acomodo más complicado para Muslera. Todo parecía mucho más sencillo desde ese punto para los holandeses que, sin embargo, se encontraron con que una genialidad de Forlán -de él sí se esperan esas cosas- les devolvió al punto de partida justo antes del descanso. Holanda -y aquí está su virtud- no se descompuso. Fue consciente de que sólo gracias a su ritmo -mejor dicho: a sus cambios de ritmo- podía llevarse el encuentro y ahí fue donde una vez más aparecieron Sneijder y Robben para darles ese punto maestro que les ha catapultado a su tercera final. Uruguay, como corresponde a su condición de doble campeón, no renegó de su suerte e incluso acabó achuchando gracias a un postrero 3-2 que coronó un buen partido de fútbol.

Volvió justo a tiempo

Por primera vez en bastante tiempo, España no parecía la favorita. Alemania había completado hasta ese miércoles 7 un Mundial casi perfecto. Su fútbol parecía dispuesto a marcar tendencia y varios de sus futbolistas -en especial Özil y Schweinsteiger- querían erigirse en estandartes de una generación diferente. Pero Joachin Löw -gran técnico y gran señor- se equivocó esta vez. Cedió mando y plaza al rival equivocado. Trató de grande a un enemigo que lo es, pero que estaba ligeramente acomplejado porque no rendía como de él se esperaba. Y España lo bordó. El desbarajuste ocasionado por Iniesta, Xavi, Busquets y Xabi Alonso en el centro del campo pasará a los anales de este torneo. Los alemanes veían pasar la pelota cerca, pero nunca la tenían. No sabían cómo detener la sangría. Pudo haber llegado el gol de mil formas, pero lo hizo de la menos previsible. Un saque de esquina de Xavi fue rematado por Puyol, que había despegado desde el pasado. Su vuelo, su golpeo, levantó mil corazones. El preciso instante en el que Neuer hizo su inútil esfuerzo por detener la historia será plenamente recordado por cualquier futbolero español. Por casi cualquier español. ¿Dónde estabas tú cuando aquello? Pues eso, que España ha llegado con su mejor vestido a la cita. Y encima, el pulpo Paul acaba de decir que ganamos el Mundial. El Mundial. Madre mía.

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