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Emana Fanta

Ya ha pasado la semana Santa. Se sea o no católico llamar a la pasada semana Santa no puede ser más incorrecto. Pocos han sido los privilegiados que han podido contar con siete días de asueto (menos en estos tiempos de recesión). Pocos -insisto: cristianos o no- la han asumido como Santa. Uno, que aboga por norma en esos días por apuntarse a la cofradía de la Santa Rusia en forma de algún combinado de vodka con naranja, es consciente de que no es el más indicado para hablar de misticismos en estas fechas.

Sin embargo, aún no he encontrado un ejemplo en mi entorno más o menos cercano verdaderamente sentido de religiosidad por Semana Santa. Nadie que lleve una cruz por su Cristo ni una costal por su Virgen. Lo hacen, sí. Pero es por ellos mismos. Por costumbre, por tradición, por que sí. Igualmente, no he tenido la suerte (o la desgracia) de ver a un creyente acudir a una procesión con verdadero espíritu de contricción. Por el contrario, llevan pipas y altramuces que comen con entusiasmo (por eso sí sienten fervor) y conminan a sus hijos a pedir cera a los encapuchados a los que los guiris confunden con el ku-klux-klan.

Como toda representación cultural (la religión no es sino una expresión de la voluntad de creer en una gran entelequia de un pueblo o colectividad) merece un respeto. Las tallas pueden ofrecer -en un entorno adecuado como puede ser el puente que cruza el Guadalquivir en Córdoba- estampas únicas. Pero todos olvidan que lo que portan a hombros en la imagen de una madre que llora a su hijo recién fallecido o a un hombre al que acaban de torturar hasta la muerte en una cruz. ¿Se imaginan qué sentirían si sacaran en volandas en estos tiempos a un ejecutado en la silla eléctrica?

Sin entrar a fondo en la manipulación que ha hecho la Iglesia (una más) de la figura histórica de un Jesús que probablemente nada tenga que ver con el de los Evangelios, muchos deberían revisar sus creencias antes de sentirse por tres o cuatro días católicos e inflarse a persignarse sin sentido. Yo, mientras tanto, prefiero que emane fanta. En la playa, mucho mejor.

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