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Tonicruz

La feria del Libro

Aproveché el domingo madrileño para, sacudiéndome la galvana de otra noche más de delirio etílico, acercarme a la feria del Libro del Retiro. La capital es un espectáculo en primavera. El mejor de sus parques más. Pasean señores ociosos pendientes del reloj y de las faldas. Ciclistas que compiten en una carrera sin meta ni salida con patinadores que levantan polvo. Un tipo que se rebela contra su destino amaestrando perros y parejas que hacen cola para dar vueltas en una barca. Inmigrantes que recogen su mercancía en bolsas de basura. Policías que les miran y se hacen los suecos.  Una banda que oferta música ligera bajo una pérgola. El bellísimo, victoriano y recién remozado Palacio de Cristal. Y todo con el juicio de un sol que castiga a los pasados de forma –y a los de glándulas muy sensibles- con antiestéticos surcos de sudor en los sobacos.

 

En mitad de todo este tinglado, decimos, se instalan las casetas de la cada vez más moderna Feria del Libro. Cada vez que paseo por ella se me viene a la cabeza el día en el que mis padres, con nueve años, me pasearon por ese arenal tan distinto al de Córdoba. Obligándome a vencer mi natural timidez y tras comprarme un libro de la autora, me pusieron en una cola para que me lo dedicase la ya fallecida Gloria Fuertes. No recuerdo lo que escribió, pero sí el final de su firma: “Con besitos fuertes, Gloria”.

 

Desde entonces, y con el temor reverencial por bandera, siempre me ha fascinado este evento. Mirar de cerca a gente que escribe tan bien. Que es capaz de desgranar con soltura –y a base de un trabajo ímprobo- los misterios de la divina lengua y hacerlos humanos. De comunicar en unas cuantas páginas los sentimientos más recónditos o los más simples.

 

El domingo pasé cerca de Sánchez Dragó. Teodulfo Lagunero firmó un libro que le compré a mi padre y Pilar Eyre –a la que hice esperar porque en su caseta no podían pagar con tarjeta- otro para mi madre. Compartí una microcharla con Alfredo Relaño –director del AS-, que demostró su enciclopédica cultura futbolística recitándome una alineación del mejor Córdoba de los 60.

 

Y estaba el grandísimo Eslava Galán. Y el siempre histriónico Pérez Reverte. Y dibujantes de cómics como Manel Fontdevila, personajes de la farándula como Pablo Motos…

 

Estuve una hora. Por ese ratito, turista entre turistas, paseante entre paseantes, lector entre lectores, me sentí reconfortado. Comprendí la importancia de defender una afición castigada por la inminencia. Sacrificada por el esfuerzo que exige y, ahora, reconvertida en pantallas planas y punteros. Y comprobé cómo aquel niño más rubito, más pequeño e igual de travieso sigue vivo dentro de otro ser más grande y, tal vez, más ingenuo aún. Pero soñar también es un verbo que rima con libro.

 

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