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Tonicruz

Estambul

Sigo a rajatabla una norma cada vez que visito una ciudad de nombre ilustre. Me fijo casi más en lo que fue que en lo que es. En las ruinas que en las glorias presentes. En lo que, por poner un ejemplo, representa la Hell´s Kitchen de Nueva York en su concepto urbano más que en el Downtown. En el Trastevere de Roma más que en Plaza de España.

En Estambul tuve la suerte de alojarme en un recobeco de una de sus viejas murallas, en lo que fue una parte del Palacio de Bucoleón. La muralla, doble en sus tiempos, como correspondía a la enjundia de lo guardado ahora es refugio de gente humilde, gatos, escombros y turistas en tropel. Por donde paseaban purpurados y ladinos emperadores se hacen bodas turcas de hummus y corderos. Siempre me rondará la duda de una formidable ucronía: ¿Y si Constantinopla nunca hubiera dejado de ser Constantinopla? ¿Y si en mayo de 1453 el eclipse lunar que desmoralizó a los resistentes no hubiera tenido lugar? ¿Y si el herrero búlgaro Orban no hubiera tenido tanto tino con las bombardas que abrieron paso a los jenízaros y bashi-bazuks?

Nada. Constantinopla estaba condenada a ser leyenda. Sólo su grandeza moldeada con alminares ha pervivido en una de las capitales del mundo. La ciudad en la que se pasó página a la Edad Media y en la que ahora los taxistas, indefectiblemente, hablan por sus móviles mientras apabullan con sus bocinas. Algunos, probablemente oriundos de Anatolia y perdidos en la gran ciudad, preguntan a los viandantes por las direcciones, toda vez que no tienen ni idea de cómo llegar. Pero no cobran de más. El turco es honrado por herencia y por presencia. Y tan gentil como lisonjero con las mujeres. Con las europeas, se entiende, porque a las de allí cada vez se las ve menos, envueltas con enfermiza y apocada devoción en sus hiyabs, hiqabs o chadors. Son muchas los y las que pasean sus costumbres -resultan asfixiantes en el calor húmedo de julio- por la neutra Santa Sofía o por la muy significada para los integristas Mezquita Nueva.

Eso sí, en la Capital Europea de la Cultura de este año también hay sitio para las moderneces. La Istiqlal Çadessi es una calle ideal para quienes quieren refugiarse del Gran Bazar. Un reducto que se extiende durante más de un kilómetro. Mucho más agradable que cualquier otro rincón de la gran urbe y lejos del pestazo a Doner de otros puntos acaso más típicos pero a los que los sibaritas estamos menos acostumbrados.

Aunque si de hedonismo y glamour hablamos, el lugar es el restaurante-club Reina. Cinco restaurantes temáticos y un lounge todo con vistas al gigantesco puente sobre el Bósforo. Un espectáculo al que merece la pena ir de noche para luego degustar una caipiroska bien fresquita edulcorada con fruta fresca (es lo único gratis de toda la fiesta).

Y mil cosas más caben en Estambul. Es gratificante recibir una paliza en el Hamman en el que también zurraron a Solimán hace casi cinco siglos. Y también vestirse de prudente genovés y controlar el paso de barcos desde la Torre de Gálata (cuando la tarde muere mejor). O acercarse a las espectaculares Islas del Príncipe y chapotear en el Egeo desde la mesura que recomienda la escasa higiene de un entorno algo degradado.

Es, en suma, el añejo y rancio sabor de la mezcla entre Europa y Asia a lo que se juega en Estambul. Una contradicción de sentimientos absolutamente recomendable y que deja como resaca algunas dudas existenciales. A fin de cuentas, y como me dijo un responsable de los baños turcos cuando comprobó mi nacionalidad y analizó el curtido tono de mi piel: "Pero si tú eres como nosotros, ¿no?". Algo de eso.

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