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Escocia mágica (IV): El Lago Ness y las Highlands

Grotescos sombreritos tocados con el monstruo verde, pubs bautizados en alusión al bicho del Lago Ness e infinidad de libros que ilustran al mayor de los seres que habitan en las Highlands escocesas invitan al visitante, que suele pasar más días en Edimburgo o Glasgow, a adentrarse en el norte del país en busca del olor al brezo, el tacto del cardo y el resbalón del hielo.

Para visitar el norte escocés las opciones son, básicamente, tres. Una es alquilar un coche si se tiene pericia suficiente como para manejarse al revés de todo el mundo. La segunda, tomar un tren hasta Inverness (caro). La otra, la que yo decidí, apuntarse a un tour de un día (los hay de más duración) que te enseña a salto de mata todo lo visible de un territorio poco poblado para su extensión.

Desde la falda del castillo de Edimburgo y relativamente temprano, a las ocho y cuarto, salen los microbuses de la compañía Timberbush. El guía y chófer, Patrick se llamaba, era un escocés sesentón y clásico. Ataviado con su tradicional kilt y el Sgian Dubh, el pequeño puñal que se oculta en los largos calcetines que completan el traje típico. Es lícito llevarlo a pesar de la estricta legislación sobre las armas que rige en Gran Bretaña.

El calor y lo confortable del microbús (marca Mercedes) unidos al madrugón tientan a una cabezada. Caí, lo que provocó que de mi paso por Stirling -lugar de la mítica batalla vencida por William Wallace- transcurriese entre tinieblas. Me decepcioné, no obstante, que el tour no se detuviera un rato allí.

Los peludos hamish y Glen Coe

Sí se detuvo en las inmediaciones de Argyle, un pequeño pueblo cuya principal atracción turística consiste en la presencia de los imponentes hamish. Un hamish es una mezcla de toro y yak con un pelaje y unos cuernos que hacen que se agradezca su quietud. Se les puede dar verduras y patatas que venden en la tienda próxima, pero en lo que a mí respecta el intensísimo frío -el momento de mayor congelación de toda mi semana- me obligó a parapetarme dentro de la tienda de recuerdos y a desear con todas mis fuerzas un cuchillo y pericia para robarles su preciado abrigo.

Después del momento animal, la ruta se retoma rumbo a los valles o Glens que jalonan el fabuloso paisaje septentrional. El más famoso, no lejos del Ben Nevis -la montaña que sobresale sobre el resto- Glen Coe. Un paraje de una belleza epatante y en el que también se produjo un hecho trascendental para la historia de Escocia. Allí tuvo lugar en 1692 la que se conoce como Masacre de Glencoe -el guía escocés, que no paró de hablar durante todo el trayecto y que era notoriamente nacionalista, casi nos la hace aprender de memoria- , en la que 38 miembros del clan Mac Donald, el más importante aún hoy en la región, fueron masacrados por las huestes del felón rey inglés Guillermo de Orange que habían sido invitadas por ellos a un convite. El motivo, que se entiende dentro de las guerras jacobitas, fue que rindieron pleitesía tarde a su señor. De ahí uno deduce la importancia de lo de la puntualidad británica.

El Lago Ness

Dos paradas más hace la ruta antes de llegar al Lago Ness. Una, a las 12, para comer en un sitio que se precia, como casi todos en Escocia, de ser un museo del whisky. La otra delante de un monumento a los célebres comandos de Highlanders que con heroísmo se batieron en la Segunda Guerra Mundial (seguro que fue una petición expresa de Patrick el furibundo escocés).

Por fin se ve por primera vez el Lago Ness por la tarde. La primera impresión no resulta excesivamente llamativa. Mucha agua, sí, pero unas vistas nada significativas con respecto al resto del entorno. Todo cambia cuando se llega al castillo de Urquhart. Sus ruinas, románticas, evocan y contextualizan lo que está por llegar. Un par de kilómetros más allá se toma el ferry que recorre el lago de punta a cabo. Montado y con frío viento de cara, uno sí se puede imaginar a una familia de plesiosaurios campando a sus anchas encerrados en su pleistoceno perpetuo. Las aguas, turbias como cerveza Guiness, ocultan un secreto que la presencia de un sonar en el pequeño esquife contribuye a aumentar. Un santo, Columba, fue quien por primera vez en 565 dejó escrito alguna referencia al animalazo. Sorprende que tuvieran que pasar tantos siglos para que Nessie volviera a dejarse ver. Fue en 1933 cuando una pareja que iba de turismo por la vera del Loch realizara una fotografía que aún hoy es la más nítida que se tiene de lo que sea. Realmente fue un hijo de la pareja quien avisó al padre. Uno se imagina la estampa familiar en plan “niño, deja de dar el coñazo”.

Monstruo como animal no se ve, pero monstruoso es el partido que le sacan los lugareños al asunto. A la sombra de varias estatuas a la criatura se sostiene un hotel, varios albergues, un puñado de tiendas de recuerdos y varios restaurantes. Es muy probable que sin Nessie aquello no pasara de ser otro de los encantadores parajes verdes de la escarpada, intrincada e inolvidable geografía escocesa. Pero así es el turismo: uno ve lo que le cuentan y luego cuenta lo que ve.

P.S: Me quedé con ganas de visitar la Isla de Skye. La dejo para, si se tercia, una ulterior visita.

Un pequeño gran detalle

(Artículo publicado en la sección El Otro partido de El Día de Córdoba sobre el partido Córdoba-Salamanca)

Son los pequeños detalles los que le alegran la vida al ciudadano medio. Una comida agradable, un beso, una noche de fiesta memorable, un rato de sol… Y el fútbol. Ese pequeño privilegio que es tan valioso como el aire que se respira en España estaba siendo permanentemente expoliado a la afición del Córdoba durante los últimos tiempos. Una afición secuestrada en pos de los chascarrillos, los mamoneos y los trapicheos bajo cuerda. Confiscada y fiscalizada. Casi cuantificada como si fueran arrobas con el símbolo del dólar.

Todo mejoró un poco ayer. Dentro de lo mejorable, como sabiamente explicó Lucas Alcaraz en la sala de prensa. Para conseguirlo, todas las partes tuvieron que poner de su parte. En los prolegómenos, las Brigadas Blanquiverdes planificaron una marcha (la cuarta) con la finalidad de entonar sus gargantas y su voluntad. Ellos tienen claro con sus pancartas su rechazo al fútbol negocio y, en cierta medida, a todos los cordobesistas le está empezando a repatear tanto mercantilismo en torno a una pasión. De hecho, ya se toman con estoicismo tanto tejemaneje. El abuelo y su trupe enarboló una pancarta que rezaba: “De Aldama, me sobran tres millones, te los presto”. Antonio Paíllo contribuyó al debate disfrazándose de jeque. Entre las gafas, el turbante y el bigote bien podría parecer el histórico rey Faruq I de Egipto (quien, por cierto, entre otros títulos guardaba el de soberano de Kordofán).

La afición, queda escrito, puso no un grano sino varios kilos de arena sobre el asunto. Como mejor sabe: callando la mayoría –como siempre- y animando con denuedo el incansable fondo. Se notó.

Los profesionales no les anduvieron a la zaga. Entregados a la causa desde el primer momento, sometieron al rival haciendo un fútbol generoso y no exento de calidad. Hicieron méritos para ganar, completando uno de los mejores encuentros en casa en el momento más oportuno. Uno en el que se juntará el cambio o no de manos de la entidad con el cierre –inocuo para el Córdoba- del mercado de fichajes y con el inicio de una serie de partidos contra los mejores de la categoría (consecutivamente: el segundo, el tercero, el cuarto y el séptimo, casi nada).

Echó su mano también Lucas Alcaraz, haciendo bien su trabajo durante los noventa minutos con su lectura del choque y en el post-partido, agradeciendo el apoyo de sus fieles y sincerándose, dentro de lo posible, en el farragoso tema de la venta.

Y cerró el ciclo de discursos afortunados el de Salinas. El presidente calló cuando fue preguntado sobre la pregunta de marras, la más repetida durante los dos últimos meses: “¿Cómo va la venta?”. En su lugar, se dedicó a repartir parabienes por el trabajo bien hecho y por la importancia de la victoria.

El producto fue perfecto. Una buena tarde de fútbol. En grande, en mayúsculas, en negrita, en Times New Roman o en Arial. Como sea. Dos horas agradables con un final feliz y dichoso. De las que permiten disfrutar a todos. A presidentes, entrenadores, periodistas, jugadores y aficionados. De las que gustan contar y gustan leer. De esas pequeñas cosas que nos hacen felices, que es de lo que se trata en el fondo. Felicidades a todos.

Escocia mágica (III): Glasgow

 

Desde la estación de Haymarket, Glasgow pilla a tiro de piedra de Edimburgo. Es un paseo como de pueblo, breve, cómodo. Se hace agradable leyendo el Times escocés y se hace caliente ojeando el Sun. En cualquier caso, no suele dar tiempo a completarlos. Al llegar, es sencillo percatarse de que se está en el auténtico corazón industrial de Escocia. Incesante tránsito de ejecutivos, estudiantes que apuran con prisa su sandwich caminando hacia la universidad, muchos colores. Glasgow es más fea que Edimburgo, pero mucho más cosmopolita. Cuentan los que viven allí que es también más divertida y noctámbula. No lo comprobé.

Al lado de la estación de Queen Stret se encuentra la Plaza George, como aperitivo de lo que se puede ver en el resto de la ciudad. El ocre oxidado de los edificios victorianos y una arquitectura imperial y rica. Cabalgando en una montura -así tenía que ser para sostenerla- la Reina Victoria mira desafiante mientras unos metros más alto Walter Scott sobre una columna triunfal amenaza con pegarle un capón.

Una calle y media al sur de este ágora municipal -allí se encuentra también el Ayuntamiento- se encuentra la GOMA (es decir, la gallería de arte moderno). El talante irreverente de los glaswegianos queda bien patente en la estatua ecuestre del Duque de Wellington que hay a la entrada, tocada con un cono de tráfico. Parece una gamberrada, pero formar parte de la idiosincrasia del museo, albergado en un magnífico edificio neoclásico.

Celtic Park, cuna del fútbol

Glasgow es el hogar del fútbol de uno de los países inventores del fútbol. Allí se disputó el primer duelo internacional -ante Inglaterra, por supuesto- en 1872. Empataron a cero. Por eso, conviene acercarse a alguno de sus tres majestuosos estadios para entender cómo aman y cómo entienden este entretenimiento quienes lo crearon. Los tres -Ibrox, Hampden y Celtic Park- cuentan con visitas guiadas. Yo me decanté por el feudo del Celtic porque siempre tuve simpatías hacia su afición. No queda cerca. Después de media hora de autobús llegué a un centro comercial y, muy a lo lejos, se veía el recinto. La primera sensación fue algo desalentadora. Barro por doquier (algo parecido al Arenal de Córdoba), una conservera y un cementerio (luego me percaté de que parece práctica común lo de colocar camposantos junto a los estadios). Después de sacarme mi entrada para el tour, mi concepto cambió. Todo es diferente para los británicos cuando hablan de fútbol. El guía parecía ostentar una cátedra. Con su impecable chaqueta tweed y una corbata con los colores de la isla Esmeralda nos enseñó -a mí y a los otros integrantes de la expedición: un oficinista y sus dos hijos que creí entender que también seguían al Aston Villa- todos los entresijos del santuario blanquiverde. Nos recordó que el Celtic lo fundó el muy católico Padre Walfrid cuando miles de emigrantes irlandeses llegaron a Glasgow huyendo de la hambruna en su isla. Que el cura distrajo a sus hijos enseñándoles a jugar a la pelota y que, por eso, es una institución que engloba todo el sentimiento católico británico. Es el club de los irlandeses. El primero que ganó una Copa de Europa, la del 67, de los de las Islas creadoras del juego. Uno de sus héroes, de esos Lisbon Lions, John Clark dobla ahora con mimo las camisetas de los que ahora usan el vestuario. Todos nos fotografiamos con él, apodado en sus buenos tiempos “El cepillo”. También nos cruzamos con el actual entrenador, el norirlandés Neil Lennon, que nos saludó brevemente. Tanto él como su delantero MacCourt han sido amenazados con el envío de sendas balas por extremistas del Ulster.

Antes de acceder al campo se puede leer una frase de su célebre manager Jock Stein: “La camiseta del Celtic no es para los segundones, no encogerían para ajustarse a un jugador menor”. Incluso en la soledad y el silencio, el verde impresiona. Menos desde los palcos vips, en los que sí asombra es el cuero y el lujo (no me imagino a nadie sin chaqueta y sin una mujer afrodítica sentado en ellos).

Un estadio de fútbol para algunos. Una parte de la historia sentimental de Escocia, para muchos.

La delirante Kelvingrove

De vuelta al centro y tomando el metro en Buchanan Street, la más bulliciosa calle de la ciudad, hacen falta unas cuantas paradas -menos mal que sólo hay una línea- para llegar al museo Kelvingrove. La zona donde se ubica regala unas espectaculares vistas de la Universidad y la Catedral. La Kelvingrove es la galería más visitada de Escocia, pero aún hoy sigo teniendo dificultades para explicarla. ¿Interesante? Sí. Tanto como puede ser mirar hacia el techo y ver un spitfire y girar la vista al frente y observar un mono disecado. Está la Anunción más famosa de Botticelli y el Cristo de San Juan de la Cruz de Dalí. Pero, para hacerse una idea, no fui capaz de encontrar éste segundo cuadro. Del cielo del singularísimo edificio cuelgan unas cabezas que ríen, lloran y observan. Hay armaduras, coches de época, trajes de samuráis y mucho tartán. En suma, un delirio de formas y colores que merece la pena disfrutar. Tanto como Glasgow, a pesar de su injusta fama de ciudad de una tarde.

Escocia mágica (II):Rosslyn

Rosslyn es un pequeño pueblo en la región de Midlothian. Se encuentra a unos 45 minutos de Edimburgo en autobús, el 15 de la Midlothian Line, que se puede tomar en Princess Street. Se llega a un paraje precioso, de campiña, en el que aún pastan excelentes y rollizas ovejas blackface. En Rosslyn, hoy escapada veraniega para los edimburgueses, hay un pub recién remodelado, un hotel de tres estrellas con terraza recién remodelado, una iglesia que parece recién abandonada y un puñado de establecimientos que parecen casas particulares. Todos en torno a un par de únicos ejes que están, igualmente, totalmente remodelados. Y allí está la Capilla más impresionante de Escocia (con la fachada llena de andamios, en remodelación, claro).

La Capilla de Rosslyn ha cobrado fama desde que el libro “El Código da Vinci” la convirtiera en escenario de su último capítulo. Inmerecido sería pensar en ella únicamente por esta anécdota. Es un escenario tan melancólico, tan inacabado y tan intrínsecamente oculto que no necesita carta de presentación.

Maíces legendarios y hombres verdes

Fue comenzada a edificar con ínfulas de Catedral por un señor llamado William Sinclair en 1446. Es importante la fecha, porque lo primero que no cuadra es que en un par de ojivas de uno de sus ventanales están claramente esculpidas varias mazorcas de maíz. Teniendo en cuenta que la historiografía data el descubrimiento de América en 1492 y que las espigas de este cereal no habían pisado suelo europeo antes, la única explicación factible sería que el señor Sinclair, como buen templario que a buen seguro era, hubiera tenido noticias de una expedición de estos caballeros a Nueva Escocia (ahora Canadá) en la que -incluso- pudo haber participado. Allí habrían trabado amistad con alguna tribu indígena que, a buen seguro, les habría introducido en rituales ocultos que luego reflejaron en la Capilla. Sinclair, de origen normando, tenía porte de aventurero y como tal murió en la baja Castilla peleando con los moros en su afán por llevar el corazón de su amigo el rey escocés Robert The Bruce a Tierra Santa. Con su fallecimiento, Rosslyn se consolidó, como todas las cosas grandes, como una maravilla pequeña.

No es normal nada en la decoración de este templo. Ni las extrañas figuras conocidas como los “Green Men” que se cuentan por decenas en todas y cada una de las paredes y que parecen reflejar las edades del hombre. Ni la serena estampa de un Lucifer enmaromado y boca abajo en el lugar donde debería estar un altar dedicado a algún Cristo. Ni las escenas de los pecados capitales mezcladas con las virtudes teológicas. Ni el espectacular Pilar del Aprendiz, bajo el que dicen se encuentran los Evangelios Apócrifos o la mismísima cabeza de Cristo o de Juan El Bautista (la que sería representación mítica de Bafomet, al que adoraban los Templarios, poniéndole cuernos para hacerlo más poderoso).

Pero lo más extraño del complejo son las 213 almohadillas grabadas y esparcidas -de forma aparentemente aleatoria- por sus pilares. Cuentan que representan notas musicales que, ordenadas, compondrían incluso un motete. ¿Qué melodía podría estremecer las entrañas de este lugar donde -como todo en Escocia- se confunde el hoy con el ayer y la muerte es la mejor aliada de los vivos?

Con o sin sugestión, requerí casi dos horas para recorrer y escrutar todos los rincones de este pequeño edificio medieval. Y, cuando me marché, tuve la sensación de que mi paso por aquel enclave había sido tan fútil e insignificante como inmensa nuestra ignorancia sobre todo lo que nos rodea. Sobre lo que se ve y, sobre todo, lo que no se ve incluso teniéndolo delante.

P.S: Tuve que esperar más de media hora larga el autobús de vuelta y me dediqué a pasear por el campo, que no estaba recientemente remodelado y olía bien. A estiércol.

 

Escocia mágica (I): Edimburgo

Escocia es el mejor lugar del mundo para que convivan los muertos con los vivos. Su historia, su luz, el ambiente, incluso la idiosincrasia de sus habitantes conforman un sugerente cóctel al que no se puede ser indiferente. Ni vivo ni muerto. Un país de cinco millones de personas en el que no cabrían los veintitantos millones que, en una hégira que arrancó cuando Gran Bretaña empezó a colonizar el mundo, se encuentran dispersos por todo el mundo. Una nación que tuvo que renunciar a su independencia únicamente porque estaba en la quiebra, en 1707, después de intentar colonizar Panamá.

Edimburgo es su capital sentimental y monumental. Se divide en dos ciudades viejas a la que una llaman nueva porque tiene tintes victorianos en comparación con la medieval y deliciosamente sórdida zona que rodea al castillo. Es de esas urbes medianas (500.000 habitantes) en las que conviene pasear con las entrañas abiertas. Una gaita joven casi siempre suena enfrente de la National Gallery, que ofrece una colección muy completa a disfrutar en un ambiente muy íntimo. Cerca, también bordeando Princess street, un templete en honor a Walter Scott, a quien veneran tanto como al también literato y muy romántico Robert Burns. Incluso el 25 de enero, ayer mismo, celebran su cumpleaños con alharaca. Su poema Auld Lang Syne (que significa algo así como “Hace mucho tiempo”) representa el espíritu melancólico e irredento del pueblo escocés. 

Del Castillo a Calton Hill, los muertos colean

Garante de su independencia (al menos en alma: Alba, gu brath) dentro de una federación de naciones como es Gran Bretaña, el castillo edimburgués se erige en lo alto de una colina rematando, de paso, la Royal Mile, una calle que debería ser más empinada y sobre la que gravita gran parte del flujo turístico de la ciudad. Es más bonito por fuera que por dentro, pero alberga una interesante colección de objetos militares y la Piedra del Destino, sobre la que se coronaban todos los reyes escoceses. Encima de ella dice la leyenda (y el Génesis) que apoyó la cabeza Jacob mientras soñaba con su fantástica escalera. Mucho más prosaica y efectiva es la Mons Meg, una monumental bombarda belga usada en asedios medievales. Sigue apuntando, por si acaso, mirando al sur. 

Bajando al burgo ya de noche se debe hacer alguno de los múltiples recorridos fantasmales que se ofertan. A las 21.30 parte uno en español que es fácil de reconocer. Le pueden meter a uno por los sórdidos recovecos de lo que antaño era el South Bridge, un cúmulo de cámaras a cual más acongojante repletas de misterios. Antaño aquel lugar era punto de encuentro de prostitutas, tahúres, mercaderes de cadáveres y demás gente del lumpen. El Ayuntamiento decidió a finales del siglo XIX clausurar el puente ante el temor de un derrumbamiento (y por higiene pública, claro) y desde entonces se ha convertido en lugar de peregrinaje para curiosos y aficionados a lo que no se ve, pero se siente. Y se siente mucho. Yo vi llorar a varios miembros del grupo con el que me adentré en esas intrincadas catacumbas. Sobre todo después de visitar el cobertizo donde mora el fantasma más famoso del lugar, el de una niña que se perdió y que, dicen, aún saluda de vez en cuando a los visitantes más incautos. 

Más miedo incluso genera el cementerio de Greyfriars. Aparte de ser una preciosa muestra de arquitectura neogótica, permite otear el lugar donde fueron encerrados en 1647 unas centenas de Covenanters, unos rebeldes presbiterianos que allí sufrieron hambre y sed (les tenían a pan y agua) hasta morir por culpa del malvado “Sanguinario Mackenzie”, un fiscal cuyo fantasma sigue provocando problemas en el Greyfriars. Más de 500 ataques (no es broma) inexplicables se han sufrido en ese camposanto desde 1988. Algunos visitantes salen del lugar en estado de shock y con extraños moratones. Tan fuerte es la sensación que el Ayuntamiento ha decidido cerrar la entrada de su tumba y la del lugar donde padecieron los Covenantes con sendos candados. Para que no salgan a pleitear cuando nadie les vigile. Sólo con un consentimiento informado por escrito se puede visitar esos tenebrosos hogares de muertos. Yo lo ví desde fuera. Fue suficiente. 

Merece la pena también (de día, eso sí) subir la pendiente a Calton Hill. Desde allí las vistas de la ciudad son excelentes y, además, se respira profundamente el verdísimo color de este país. Allí mantienen, como símbolo de su inacabado proyecto de Estado, el Monumento Nacional. Un Partenón a medio hacer que iba a recordar los muertos escoceses por Gran Bretaña en las guerras Napoleónicas. A su lado, sí finalizado, un homenaje al Almirante Nelson que no le hace justicia. 

Historia, fútbol y copas

Más. Está la Edimburgo histórica, magníficamente explicada en el National Museum. Y la Edimburgo literaria, cuyo último exponente es el café Elephant, en el que J.K. Rowling escribió gran parte de Harry Potter. El resto, es de suponer, lo completaría en la enorme biblioteca que hay a su vera. La sopa de tomate del Elephant está buenísima y es barata.

El fútbol, eso sí, languidece en Edimburgo ante su vecina Glasgow. Easter Road, campo del Hibernians, está un pelín alejado del centro, aunque cuenta con una tienda oficial de primer orden (no es novedad en Gran Bretaña) y en la misma calle hay otra que se llama Football Memorabilia a la que todo buen fanático debe acceder y gozar en silencio respetuoso de los miles de recuerdos colgados de sus reducidas paredes siempre que los eructos de su propietario se lo permitan. 

Grass Market, antaño lugar de ejecuciones, es hoy el epicentro de la marcha nocturna en Edimburgo. La fiesta acaba a las tres, por eso merece la pena empezar temprano en cualquiera de los miles de pubs (recomiendo “The Standing Order”, muy elegante y barato: 3.50 libras un generoso vodka-red bull) para continuar con atrevimiento en el Opium (ojo a sus noches de karaoke heavys, muy entretenidas y donde se vive el auténtico desmadre escocés) y acabar siempre en Spionage, con cuatro plantas para gozar. 

Noche, día. Muerte y vida. En la bellísima Edimburgo casi todo se confunde y vive en dinámica armonía. Por eso sus habitantes deben comerse con tantas ganas sus incomprensibles haggis.

Fumatas y fumetas

No voy a exponer aquí los múltiples motivos sanitarios que avalan la prohibición de fumar en recintos públicos. Tampoco las numerosas inexactitudes y estupideces que también contiene la nueva ley. Ni siquiera mencionaré los macarrónicos argumentos que pregonan los que tratan de convertir el debate en una cuestión casi vital. Como si fuera un desliz de la Democracia, un atajo hacia el (risas) fascismo (de todo lo mencionado únicamente constataré que los únicos que no podían decidir hasta el momento si llenarse de alquitrán los pulmones o no eran los fumadores pasivos).

No centraré esta pequeña reflexión sobre los fundamentos de la ley primero porque me parece que caen por su propio peso y segundo porque sea justa o injusta “dura lex sed lex”, así que como ya no se va a cambiar mejor mirar hacia cómo está funcionando su aplicación en una sociedad tan cerrada al cambio como la española.
Cuando Esquilache quiso castrar las largas capas que servían de cobijo a muchos malhechores Madrid se le echó encima en 1766. Así que por mucho menos de lo que se propone desde el dos de enero esperaba que se quemaran efigies del Rey sancionador y, por supuesto, que se linchara a Zapatero y sus Ministros en la puerta del Sol. Sin embargo, exceptuando a quienes cargan por motivos ideológicos, la siempre parte interesada de los hosteleros y tabaqueros y los débiles de cuerpo y mente que no pueden ni defecar (es literal) si no se meten su dosis de alquitrán matutino, la mayoría de los españoles no se ha tomado tan mal la nueva normativa.

Estuve en Coruña el miércoles de Reyes y salí por la noche. Casi todo el mundo asumía con normalidad algo que desde hace ya un lustro se practica en casi toda Europa. Que para fumar tienen que salir a la calle, haga frío, truene (como pasaba en Galicia) o nieve. ¿El resultado? Acabé la noche tan cansado como siempre que trasnocho, pero sin el tufazo a nicotina en pelo, jersey, pantalón... Eso por fuera. Por dentro supongo que casi todos mis órganos estarían extrañados bailando una polca por la liberación del yugo del pitillo.

Sé que hay bares y baretos que buscarán triquiñuelas para eludir la Ley. Me parece bien, porque serán los mismos lugares a los que espero no ir en un futuro inmediato. Confío, por otra parte, que mis muchos y buenos amigos fumadores se den cuenta de que su vicio es insano precisamente porque no es un vicio, es un hábito. No fuman por placer, sino por costumbre. Por acompañar a la copa o a la conversación. Mil veces más útil (y no mucho más nocivo) es el porro. Por eso me parecen absolutamente tolerables los coffe-shop, sobre todo porque la gente va a lo que va en su gran medida.

El problema es que ahora, para muchos, fumar se ha convertido en una especie de heroico acto de transgresión. Y vi el miércoles (y veré) encargados de los locales nocturnos regañando a clientes y persiguiéndoles cada vez que trataban de encender una colilla, que se ha convertido en la particular Colada de los adalides del fumetismo. El espectro sociocultural de este nuevo rebelde sin causa pero con mono es difícil de definir. Se dan la mano progres neohippys y carcas intereconómicos. Maduros inseguros y adolescentes que apenas han salido de la edad del pavo. Allá ellos con sus humos (malos). Al menos ya están del todo retratados con el año nuevo.

El último del año

Conforme uno tacha en su mente el último día de un año tiende a hacer balances. A calcular cuánto de bueno y de malo se ha hecho. Cuánto de original y cuánto de vulgar. Cuánto de nuevo y cuánto de repetitivo.

Llamar al 31 de diciembre a la Noche-vieja significa primar un concepto pesimista de la vida. Debería ser la auténtica Noche-buena. Porque, como todo cambio de ciclo, el pliegue de un calendario tiene mucho de oportunidad. Teniendo en cuenta que a muchos las uvas aún nos siguen sabiendo a pobres y el cava parece vino de misa cuando se está parado, lo principal para la mayoría de los españoles en el 2011 será encontrar dinero.

Como sea. De donde sea.

Mientras que la gran mayoría trata de sobrevivir sin delinquir, los bancos -esto no cambiará en 2011- seguirán fulminando nuestras esperanzas con su latrocinio consentido por todos los gobiernos. Los grandes magnates capitalistas también lucharán como locos por no ver reducidos sus beneficios. Es lo único que les importa.

Como sea. De donde sea.

El resto, los trabajadores solventes, desearán primero salud y amor. Sobre todo, los que carecen de ambas cosas, o de una de ella. Las dos son importantes, pero incluso triviales en comparación -triste es admitirlo-con lo anterior. Porque tanto la salud como el amor se pueden comprar en estos tiempos locos. En Estados Unidos la gente se muere si no es capaz de costearse un hospital privado; la belleza se alquila y la prostitución está mal vista únicamente -esto es de Bukowsky- “por la devaluación del coño” (también se podría decir lo mismo sobre el pene, que si no alguna me tilda de machista).

Las páginas salmón de los periódicos convertidas en bola de cristal, las piernas abiertas y los brazos cruzados en señal de guerra y un sorbete de limón esperando en cada esquina que alguien lo quiera lamer.

Viva el año nuevo por ser nuevo, muera el año viejo por caduco.

Que para los que me leéis (y para los que no) todo os salga como os deseáis y como os merecéis. En todos los sentidos que queráis.

 

Odres sin fondo

Eso debemos ser en Navidad. Odres sin fondo, enormes morteros capaces de digerir toneladas de alimentos y litros de bebida (con alcohol, claro). Recicladores de excedentes, productores de gases tóxicos y consumidores impenitentes de pastillas contra la acidez.

Explica Eslava Galán que la costumbre hispánica de hincharse durante esta época procede de cuando teníamos tanta hambre que nos comíamos los unos a los otros (en España se ha practicado el canibalismo hasta tiempos no demasiado lejanos y aún hoy se ejerce de forma figurada).

Nunca comprenderé a mis conocidos, familiares y amigos que, llegados a estas festividades, se dedican a perder la salud acumulada durante once meses. A castigar sin cesar su hígado y sus riñones hasta provocarse indigestiones y atranques masivos.

No, tampoco entenderé jamás el desenfreno de señoras y señoritas que luego se dicen arrepentidas porque las faldas o los corsés les estallan en sus orondos cuerpos y que ahora, sin control, apuran hasta el último hielo de sus cubatas.

Pero lo peor, eso que nos acerca al mundo animal, es el plural colectivo. Yo cometo excesos, como cualquiera, pero recurro a la moderación como única forma de mantener un cierto equilibrio entre diversión y placer. Hago deporte y procuro conservar un físico cuanto menos aceptable. Por eso me rechina que haya -esto se da exclusivamente en el género masculino- conocidos gordos o gorditos que quieran aliviar su grasa de más apelando al plural colectivo. Uno que nos iguala en lo malo a los que -con mayor o menor fortuna- nos esforzamos con los que presumen de panza. Porque, a su juicio, todos estamos fanegosos cuando llegamos a cierta edad. Independientemente del deporte. Es el mismo plural que, en España, se aplica para minimizar cualquier mal: Total, como no hay trabajo, venga el paro; total, como me cansa leer, viva telecinco. Y así, un largo etcétera.

Comed, gozad y disfrutad hasta Reyes, pero recordad que -como en las películas- todo lo que hagáis ahora podrá ser utilizado en vuestra contra. Y que a partir del día siete de enero vais a poder seguir comiendo y bebiendo. De hecho, aunque no os lo creáis, lo vais a tener que volver a hacer para seguir vivos.

Todo sale del lodo

(Artículo publicado en la sección El Otro Partido, de El Día de Córdoba sobre el partido Córdoba-Valladolid)

“Yo soy músico y me acuesto a las diez”. Así respondió el director general del Córdoba, Carlos Hita, cuando le preguntaron en la puerta cero del estadio sobre la venta de la sociedad en la que ejerce y, por ende, sobre la presencia de Alessandro Gaucci ayer en el Municipal de waterpolo de El Arcángel. Porque, entre el suspense por la visita del mejor postor por el club y el desfase de puntos en Liga que lleva esta entidad, lo único que quedaba por ver esta temporada era un encuentro como el que se jugó ayer. Precisamente ayer.Uno que, no se sabe muy bien por qué, no se quiso perder el evento fue Efrén, quien antaño trabajara como jugador de fútbol y luego se dedicara a participar en Gran Hermano. Debe ser amigo del atacante vallisoletano Javi Guerra. Aunque le hubiera encantado ser el objetivo de los flashes, a él casi nadie le echó cuentas estando todo el mundo como estaba en otros menesteres.

Por un lado, los rectores encabezados por el presidente Salinas y el vicepresidente económico Prieto. Limando esos mínimos flecos del traspaso de poder dentro de la situación “extrema” que vive el club, como ha sido calificada por ambas partes contratantes. También merodeaban los representantes, ayer muchos en el campo, mercadeando para los próximos días y revoloteando como gavilanes sobre huevo que va a romper. El tercer estamento, en la base de la pirámide del poder futbolístico, siempre es la hinchada. El pueblo llano, moderadamente informado sobre toda la movida que está gestándose en el seno de lo que consideran su club. Una vez más volvieron a mostrar una fe inquebrantable en algo que no todo el mundo es capaz de entender. En esta ciudad, demasiada poca gente lo comprende.

Ayer, como influenciados por el totum revolutum que se vive en el Córdoba, estaban algo más inquietos de lo habitual. Más decididos a apoyar. Suele pasar en El Arcángel cuando hay poca gente (menos que ayer no ha habido en ningún otro partido anterior de Liga esta temporada) y cuando casi todo se pone en contra. A veces es el árbitro, otras el rival y ayer tocó el turno de chillar contra el viento y escupir contra la lluvia. Y, a pesar de perder cientos de batallas, vencieron la guerra.

Por batalla debe leerse tener que exiliarse de su localidad por las goteras (las hubo a raudales en los sectores dos y seis de la Preferencia Alta y en varias zonas de fondo norte). También es una lucha perdida la de regresar a casa sin parecer un muñeco de arcilla cuando caen tres gotas por culpa de los tercermundistas accesos al campo. Como quiera que ayer caía agua para llenar mil cazos, a alguno le habrá caído un buen rapapolvo de su señora esposa (o madre) en forma de “a quién se le ocurre ir al fútbol con la que está cayendo”. Un ejercicio de paciencia, cama y un buen bocata de couldinas es el pequeño remedio y consuelo. Al menos, la guerra particular la ganaron aunque debiera haberse solicitado un armisticio.

Porque, en un desastroso ejercicio de natación sincronizada, sus muchachos tuvieron más suerte, un poco más de tino y un tanto más de casta (las dos escuadras la tuvieron por no negarse a jugar en tal orden de cosas) y se llevaron el gato al agua (ay, el chiste). El éxito, siempre parcial y efímero, se perpetuará en Liga al menos dos semanas por efectos del mínimo parón invernal.

Sirva de acicate para el inminente nuevo futuro de esta institución y para el interesante –se pongan como se pongan– duelo de Copa del martes ante el Deportivo. Y como revulsivo actúe el expresivo comentario en el gran instrumento de difusión llamado Twitter de un aficionado ocurrente: “Acabo de ver que ha ganado el Córdoba. No quiero saber cómo”.

Tan iguales, tan diferentes

(Mi artículo publicado ayer en la edición en papel de El Día de Córdoba sobre el Betis-Córdoba)

Lucen los mismos colores, pero en una proporción distinta. Tienen estadios a medio hacer por una mala planificación de sus financiadores y sus hinchadas ni siquiera saben -tal vez porque se hayan acostumbrado a tener sus hogares así- si algún día se los terminarán. Ambos juegan en Segunda y sobreviven -en mejor o peor modo- como pueden a sendas crisis económicas bastante graves.

Para colmo de paridades, tanto en la poltrona del Villamarín como en la de El Arcángel se vivirá la próxima semana un cambio de poder. Fáctico en el caso del Córdoba con la entrada de unos magnates italianos y nominal en el del Betis. Pero el nombre que se sentará en la presidencia bética se escribe siempre para los heliopolitanos con mayúsculas y zurda de oro: Rafael Gordillo.

Han compartido, además, en su historia jugadores y entrenadores. Pleitos y batallas. Ayer mismo falleció a los 86 años, sin ir más lejos, el francés Marcel Domingo, uno de los técnicos que ha gestionado los dos banquillos. Ejercen también ambos igual pasión saturniana por devorar a uno de sus hijos. En Córdoba se comieron a Javi Flores hace unas semanas y a Arzu le cae una pitada cada vez que salta a su campo. Un Arzu que, por cierto, también jugó en los dos equipos.

Entonces, ¿qué separa a estos dos equipos que los hace tan distintos? Algunos dirán que el dinero (el que deben, claro), otros que la masa social, pero la sensación que prima cuando uno asiste a un Betis-Córdoba en Sevilla es que lo que les distingue es la personalidad que dan los logros. En el Villamarín parece que todo el mundo sabe quién es. Al locutor no le tiembla la voz a la hora de apelar a los Béticos del Universo. Porque se lo cree. Ni a la hora de contar que han sido invitadas por el club al partido seis monjas clarisas. Porque aquí la gente cree.

También los seguidores saben muy bien cómo achuchar. Cuándo hacerlo. Cuando su equipo empuja, ellos les soplan. Cuando reculan, les pican. Ayer se cebaron con el portero del Córdoba Raúl Navas porque entendían que les debía algo. Se pusieron a pitarle con ahínco y le cantaron con estruendo y al unísono: “Ese portero se vende por dinero”. Cuando se lesionó -en un lance aparentemente fortuito- recrudecieron sus insultos. Llegaron a ser hirientes, hasta sádicos, cuando el arquero gaditano expresaba su dolor. Es la presión que ejerce una hinchada que tiene un objetivo claro. ¿Justificable? ¿Útil? ¿Extrema? Desde luego, el insulto siempre envilece al alma y nada humano es desear la muerte al prójimo.

La cuestión final, el meollo, es que el Betis es primero y volverá a subir a la elite. Y volverá a jugar en Europa. Seguro. Ha vivido mil avatares en su historia, ha jugado al filo de la navaja mucho tiempo, pero siempre está y estará ahí. El Córdoba, cuando ha apostado fuerte ha quedado en la nada y cuando ha ido de humilde se ha estrellado sin remisión o se ha salvado por los pelos. Sobrevive sin rumbo viviendo únicamente de un pasado que cada vez tiene más telarañas y en una ciudad que cada vez más le da más la espalda a su representativo, como denunció ayer sucintamente el consejero Paco Rojas. ¿Hacia dónde mira este club? De momento, hacia Italia. Que es lo nuevo y, acaso, la penúltima oportunidad. Que cambie algo ya resulta definitivamente imprescindible visto este desolador panorama.

Los revientapelículas

Ayer quise ver en el cine una película. Intenté con Entrelobos -no está mal, sobre todo por la fotografía de la Sierra Morena cordobesa- a pesar de ser el último día de un gran puente. No conté con la ineludible presencia de los revientapelículas. Los revientapelículas son seres humanos más bien primitivos que suelen acudir en manada a ciertos actos socioculturales. El que más les gusta es el cine, por ser -generalmente- el arte más fácilmente asumible para los analfabetos funcionales (al igual que los retablos lo eran en la edad media para que el vulgo se enterara de la palabra de su impuesto Dios).

No cuentan con una fisonomía característica, por lo que nunca se puede estar del todo seguro hasta que se entra en la sala de si se está o no rodeado de tales seres. Eso sí, abundan hasta convertirse en endémicos durante los fines de semana y fiestas de guardar.

Los hay pijos infantiloides que tratan de impresionar a su monísima chica todo vestida de Tous realzando que se conocen de maravilla todos los escenarios en los que está rodado el largometraje; en el otro extremo, también pueden ser revientapelículas los gañanes catetos y mediocres que buscan destacar en sus miserables existencias aportando sus insoportables comentarios durante el transcurso de la sesión; lo son casi todos los canis (estos convierten en mierda todo lo que les rodea) y muchas señores y señoras ya entrados en la cincuentena que han olvidado ya la diferencia entre el salón de su casa y un sitio público (y, de paso, también han olvidado la educación recibida en los sesenta).

Su modus operandi suele variar según la gravedad de su calaña. Los principiantes rumian con intensidad durante los anuncios previos, pero luego apenas emiten algún que otro chascarrillo en los momentos más álgidos. De un grado medio son aquellos que quieren aportar algo a sus compinches aunque no tengan nada que dar porque su inteligencia no se lo permite. Suelen emplear expresiones como "cucha, cucha, qué leche se ha metido" o "mira, mira, fijo que ahora se carga al gordo". Un buen revientapelículas jamás expondrá un argumento interesante que enriquezca la visión del film. Tampoco contará ninguna anécdota graciosa. Es más, provocará tanta vergüenza ajena con sus observaciones como con su posterior risa en solitario. Siempre y en todos los casos hablará en un tono superior al del protagonista en la pantalla.

El último límite, el que se puede encasillar dentro del grado de revientapelículas asesinable, es el de aquel que lanza algún trozo de comida al vecino. O el que expulsa gases con sonoridad y estruendo. O los que estiran sus piernas y pies con desvergüenza provocando un incómodo bulto de sebo en la espalda del intimidado sufridor de la butaca de enfrente.

Pues eso, hoy intenté ir al cine a relajarme y me he sentado delante de una fila de revientapelículas de grado medio. Y he salido de la sala con tanta mala leche por no poder portar una recortada y montar una de Dios es Cristo que no me ha quedado más remedio que escribir este artículo.

Descontroladores

Se creen los gurús, los augures del siglo XXI. Deciden cuándo se viaja y cuándo no. Cuándo pueden parar el país. Hoy se necesita escrutar en los escrotos de los descontroladores aéreos para saber si uno puede tomar vacaciones o no. Porque de sus santos cojones surge la voluntad para convertir a millones de personas en apátridas de cemento y metacrilato. De horas muertas y olor a cerrado aeroportuario. Claustrofobia.

Hoy han cruzado una línea muy fina. Ya habían superado la que les separaba de la inmoralidad y de la decencia, pero desde las cinco de la tarde han conseguido convertirse en unos presuntos criminales.

Cometieron sedición según la fiscalía y pueden pagar seriamente por ello. Con cárcel. Mejor haría la justicia en mirar muy mucho lo de enchironarles. En la trena pueden armar la de Dios es Cristo y hacerse con el control de los servicios comunales hasta el punto de abrogarse hasta la potestad de decidir quién mea y quién no o de decidir los precios que rijan en el economato. Y si no, se enfadan, como dirían Bud Spencer y Terence Hill.

Este puñado de niños pijos han fastidiado el puente de la Constitución a mucha gente que necesitaba ocio. O que tenían que trabajar. Pero afortunadamente la unanimidad y la solidaridad ha sido el sentimiento común entre la ciudadanía española. El decreto en el que se moviliza el ejército para desbloquear la coyuntura sólo ha de ser el primer paso para la completa asunción de este asunto como de la máxima prioridad que requiere. Que los echen a todos para siempre y que extingan de una vez por todas la faceta civil de esta profesión que no sirve nada más que para generar problemas. Y que malvivan los despedidos con sus generosas pensiones después de muchos años de latrocinio. En la cárcel, si puede ser.

El clásico

Nunca antes había visto jugar a un equipo como lo hizo el Barcelona anoche ante el Real Madrid durante treinta minutos de la segunda parte. Nunca, en mis veinte años de consciencia para este deporte, disfruté tanto de la interacción de un puñado de auténticos futbolistas sobre un campo. No es cómo tocaran el balón, es que siempre podían tocarlo. Los jugadores del Barcelona recuperaban ayer el dominio de cada situación con una pasmosa sencillez, pletóricos, y en menos de un segundo esbozaban las jugadas con tanta precisión que parecía una especie de plan celestial orquestado por una mente de inteligencia suprema.

De entre tanto bueno, debo culpar a Xavi de que las croquetas con espinacas de mi plato se enfriaran. De que mi coca cola se aguase y de que mi culo se quedase cuadrado después de un buen rato adoptando la misma posición sobre el taburete del bar donde disfruté del espectáculo. Si no le dan el Balón de Oro a este pelotero, no será realmente dorado. Ni siquiera será balón.

A su lado, hasta Messi parecía menor. Hasta Villa semejaba un simple ejecutor e Iniesta un fiel escudero. Todos danzaban festejando una pagana escena alrededor de lo redondo. Incluso Bojan, que sobra descaradamente entre este elenco de figuras (hay delanteros en el filial con más margen de progresión), fue capaz de implicarse cediendo en bandeja el quinto a Jeffren.

Y todo lo hicieron ufanos. Ajenos al resultado. Porque el resultado, siendo fieles a este fútbol que saben y pueden practicar, no es objetivo sino lógica consecuencia. Mourinho, que es un fantástico entrenador con un puñado de jugadores menores, tuvo que reconocer la palmaria (de palma de mano) realidad. Que ayer lo que hizo su rival no fue natural. Fue una exhibición fabulosa.

Eso sí, queda desear que nunca más se propondrá la candidatura de Cristiano Ronaldo al trono de mejor del mundo. Cada vez se parece más a sí mismo. Al típico macarra abusón de patio de colegio que castiga a los más débiles con suficiencia y se acongoja ante los fortachones. Él se supone que es el más apto -yo lo discuto- de una plantilla a la que le queda mucho por recorrer. De proyectos interesantes -Özil y Khedira, hoy perdidos, Di María...- a los que lo de ayer les pilló el parto aún sietemesinos. De los golpes se aprende, pero sobre todo del fútbol se aprende. Y el de ayer del Barcelona fue terapéutico para esta nuestra querida y generalmente monótona Liga (escocesa).   

Todo es posible en Granada

Manolo Ortega (Manolo Escobar) proclamaba en una película del 81 que todo es posible en Granada. Él, un conductor de autobuses aficionado al cante que ofrecía espectáculos y cenas a los turistas en el Sacromonte, descubría en el film la existencia de una cueva en la que estaba enterrado el tesoro de un rey moro. Su felicidad, y por supuesto el orgullo de la España cañí, hacen que todo le parezca factible en una ciudad tan fascinante como Granada.

Fútbol cañí y una profunda entropía experimentaron ayer durante un buen rato los aficionados del Córdoba presentes y ausentes en el completo estadio de Los Cármenes. Sufrieron el más intenso de los desórdenes anímicos. Una bati-cao sentimental con regusto final a bacalao salado y a “se veía venir”. Otra historia repetida y otra pancarta plegada con desazón.

Ya resultó milagroso que el cielo se calmara justo para la mañana del compromiso. Tras varios días de chubascos y negros nubarrones, se agradeció el sol matutino, que se reflectaba primorosamente sobre los cerros blancos de Sierra Nevada. Unos picos mochos ya blancos y visibles desde el mismo estadio. El mejor indicador de que por mucho que la lluvia se tomara un respiro la rasca era considerable y apretaba sin piedad en la mañana nazarí.

Después, también y aunque parezca mentira, quedó una vez más palmariamente demostrado que este deporte sigue teniendo –por desgracia– mucho de primitivo. A piedras, bolazos y palos se emplearon los ultras de uno y otro equipo (Brigadas Blanquiverdes y Sección Kolokón) para expresar unas divergencias que arrancaron en la última visita del Córdoba, de la que ya hace cuatro años. Durante toda la semana unos y otros lucieron sus espolones de pelea y ayer unos, nada más bajarse del autobús, fueron a buscar a los otros al bar donde se congregan. Cuentan, aunque desde Brigadas lo desmientan, que también participaron en la refriega miembros de un grupo de Linares (Infierno Azulillo) con ganas de marcha. Cuentan que los locales estaban apoyados por gente de Jaén. Qué más dará. Como resultado, un herido (que se sepa) en el hospital y alrededor de catorce retenidos. Allá ellos. La mejor respuesta del resto de los cerca de 800 desplazados fueron los aplausos con sorna cuando desde el fondo radical de los locales se les insultaba. Incluso pedían, como ultracatólico con cilicio en mano, que les gritaran más. Sorprendente y plausible.

Más cosas aparentemente impensables: que en unos singularmente intensos primeros minutos su equipo regalara al aficionado blanquiverde un juego únicamente comparable al de las primeras fechas (ésas en las que perdían los partidos pero enamoraban). Los comentaristas del Plus, teniendo como tenían al local por el grande y al visitante como el pequeño, no salían de su asombro después del gol de Oriol Riera. De este modo, como en un irreal y colectivo sueño, el tesoro del moro parecía más cerca. Más real. Más palpable. Por un rato vieron a Boabdil llorar, cimitarras caídas y pesar por la numantina defensa de la portería ejercida por Navas y el resto de los suyos.

Pero, claro, ya advierte la historia que Numancia cayó y también discute que Boadbil realmente llorara. Por eso, y después de un asedio brutal y de un despilfarro clamoroso de ocasiones –también de un buen puñado de contragolpes torpemente fallidos por los visitantes–, llegó el empate final y se desmoronó el castillo de naipes._El triunfo que hubiera encumbrado a Alcaraz como estratega mesurado y prudente cambió otra vez a color caqui (o caca). Y eso que seguía aventando el solano.

El último par de imposibles llegaron en el post partido. El primero, que en la sala de prensa de Los Cármenes hubiera cuatro (¡cuatro!) bandejas de exquisitos canapés a disposición de la prensa. Cayeron todos, claro. El segundo, que en un restaurante de las inmediaciones del campo un supuesto pedazo de jamón superara la escala de dureza del diamante. Un crimen en la ciudad de la tapa. Una en la que quedó demostrado ayer que todo es posible. O casi.

(En papel, en El Día de Córdoba)

Dos hámsters

Tengo dos hámsters rusos. Uno -el macho, creo- se llama Vestrynge Segundo. Otro -hembra, me figuro- lleva por nombre Macnamara. Viven en una jaula en tonos naranjas. Tienen en su microcosmos particular una rueda que giran de manera frenética como forma de descargar angustia. También cuentan con una pequeña casita con puerta y ventana (es muy cómico verles asomar la cabeza por ella). Completan su escenario vital una escalera, un poco de algodón, un bebedero y un comedero. Y muchas pipas mordisqueadas tiradas por el suelo.

Les veo correr y moverse, sobre todo por la noche. No paran. Tal vez todas sus reacciones estén genéticamente prediseñadas. Quizás hagan exclusivamente lo que deben hacer. Para lo que están preparados. A veces se arropan entre el algodón, o compiten por girar la rueda en una u otra dirección. Incluso da la sensación de que porfían de vez en cuando como en broma, emitiendo un divertido aullidito.

A lo mejor es mi estúpida y simplista percepción, pero cuando les miro les percibo felices en su supuesta esclavitud. No noto que esa su vida lineal, sin días, sin meses y sin planes represente una tortura. Afrontan su situación con un estoicismo y una tranquilidad envidiables.

Si, son animales ínfimos. Apenas viven un par de años y en la naturaleza ocupan los penúltimos peldaños de la escala trófica. Sin embargo, les noto tan libres en su jaula naranja y rodando dentro de su bola amarilla que a veces me pregunto si no estamos todos equivocados. O si no estamos todos dentro de otra enorme jaula con una casita muy muy pequeña.

El Faro


Para comprender la magnitud de la crisis hay quien atiende a complicados datos macro y microeconómicos. A baremos, estudios de mercado y análisis de peritos con muchos estudios de postgrado y más ínfulas que César antes de cruzar el Rubicón.
Yo no es que no crea en todo esto -sobre todo teniendo un amigo en contacto relativamente constante con el poder que me pronostica aún peores tiempos- pero prefiero palpar los malos momentos en los pequeños detalles.
Dejando al margen mi particular coyuntura (sigo sin contrato laboral estable, por si alguien que leyera esto estuviera interesado), la crisis se nota en los recuerdos pasados y en el cotejo con los presentes.
En El Faro, por ejemplo. El Faro era una diminuta marisquería del centro de Córdoba, en la calle Sevilla. Abrió sus puertas en el 72 y desde entonces y hasta 2009 dio de comer a personalidades como la Pantoja, Moncho Borrajo, María José Cantudo... Al menos eso contaba su propietario, Manuel Córdoba, en un artículo que servía de obituario al bar en el ABC.
Pero para mí, el Faro siempre será el lugar donde mis padres me llevaban -de tanto en cuando- a comer angulas. Sí, angulas. No las indescifrables y almidonadas gulas que ahora se sirven bien pringosas en cualquier envite familiar. No las tomaba en grandes cantidades y las regaba -tenía entonces trece o catorce años- con abundantes dosis de coca cola.
Recuerdo su olor y el esponjoso regüeldo que despedían a posteriori las sopas de pan en las que siempre se colaba un ajete. Y también aquellas charlas llenas de humo. Unas en las que el futuro, y era un chaval, parecía asequible y el presente un alegre entremés.
Ahora, en el lugar de ese faro hay otro. Lleva el mismo nombre, pero sirve perritos calientes, kebabs y hamburguesas (creo). Los niños que ahora vayan con sus padres se librarán del humo de los cigarros puros, pero padecerán el de las fritangas que ingerirán. No probarán las angulas (casi nadie probará las angulas ya, de todos modos) y escucharán los pesares y las angustias de sus mayores mientras tragan sus emparedados ayudados por una coca cola (hay cosas que nunca cambiarán).

Mi abuela

Esta mañana ha muerto mi abuela. He tenido la suerte de tenerla a mi lado durante muchos años. De escucharla, a veces, y de no escucharla, otras. De recibir de ella, por supuesto, mucho más de lo que le he dado. Ahora no sé cómo contar lo mucho que la voy a echar de menos. Ni las dudas que me asaltan cuando veo su cuarto vacío. Su cama sin deshacer y su asiento frío. Es como si, con su marcha, se me cercenara definitivamente gran parte de mi irredenta juventud. De mi locura.

Porque estoy convencido de que ella era en el fondo una idealista, como yo. Sólo así se entiende que siempre, a diario, me preguntara si me pagaban por mi trabajo. Sabía que no podría ser feliz si no hiciera lo que me hace feliz. Si, en cierto modo, no fuera como yo soy. Por eso respetaba mis deseos de libertad y mis ingenuas pretensiones de ganarme la vida con una profesión tan mal pagada como la de periodista.

Dedicó su vida a ayudar a quien lo necesitaba colaborando hasta presidir una ONG. Lo hacía como fórmula de sentirse viva. Por eso, cuando perdió vista lloraba en silencio. Por no molestar.

Me quería muchísimo. Lo sé. Hoy me he enterado gracias a su cuidadora y amiga Gladys de que hace apenas tres días soñó con una gran fiesta a la que ambas iban a acudir. A una en la que se iban a poner muy guapas. A una en la que la música, según añadió, la iban a poner otros.

Creo en la eternidad por la vida. Sé que ella ha hecho suficiente rédito como para no ser olvidada. Y tengo claro que, mientras a mí me quede un aliento, ella estará dentro de mí. Para siempre.

Las mujeres que llaman a las camareras “niñas”

Ayer decidí superar el agobio existencial de cada domingo -sobre todo cuando la noche del sábado es ligeramente toledana- tapeando con un amigo malagueño en un bar de un bulevar cercano a mi casa. Hacía sol y la temperatura era perfecta, por lo que optamos por sentarnos en la terraza del local para, de paso, contemplar el monocromático panorama social que pinta Córdoba, sobre todo en su zona centro. La mayoría de las mesas estaban ocupadas y las únicas dos camareras no eran capaces de dar a basto con tantísima demanda de peticiones.

“Una de salmorejo”; “la tapa la queremos de pinchitos”; “a mí me pones una sin y al niño una coca cola...” Los domingos son, por lo general, días en los que se tira de paciencia. Casi nadie tiene mucho que hacer y el tiempo, sobre todo en Andalucía, se disfruta pausadamente. Hacía, escrito ha quedado, una magnífica mañana de sol y soplaba una agradable brisa. Al cabo de un rato, escuchamos desde una mesa aledaña una voz bastante aguda que, en un tono impertinente, chillaba: “Niña, niña, haz el favor de venir ya”.

No tuve que girarme para describir quién podía emitir un mensaje tan desagradable, rompiendo la armonía del momento. Era una de esas señoras de esa edad. Una entre los cincuenta y pocos y los sesenta y tantos que tienen en la falta de modales santo y seña de su personalidad. Suelen ser (más en el barrio en el que vivo) mujeres de clase alta, de maridos con profesiones liberales o que han heredado una fortuna excesiva para sus méritos. Suelen presumir de cuantos bienes materiales acaparan, sin importarles de ningún modo dar una sensación plena de vacuidad. “Que fulanita se ha comprado un bolso de Louis Vuitton... pues yo voy al Corte y me agencio uno de Chanel”. Gozan despotricando con sorna contra familiares que no adoptan las convenciones socialmente admitidas y exageran -no por orgullo ajeno sino propio- los méritos de sus vástagos, a los cuales -generalmente- convierten en pequeños engendros que oscilan entre lo rancio, lo fascista y lo delirante.

Estas mujeres que tantas ínfulas tienen alardean de haber viajado por medio mundo por el mero hecho de presumir de un dinero que nunca han merecido recibir. Pelos de peluquería y uñas nacaradas. Gafas de sol con o sin sol. Labios pronunciados y semblante, siempre, recio. Cigarrillo, claro, en mano. Joyas y plumas. Nada. Esas mismas señoronas son las mismas que se cuelan en el supermercado. Que hablan a gritos en el tren por sus teléfonos móviles simplemente para contar el tiempo tan eh-tu-pen-do que les ha hecho en la playa.

Una de esas supuestas damas fue la que ayer, de forma despreciativa, se dirigió a una camarera saturada al grito de “niña”. La podía haber llamado “sierva”, “esclava”, “vasalla”. Mi amigo se quedó asombrado. Yo me giré y, simplemente, le resumí: “Es de esas señoras”.

Barcelona

Acabo de regresar de Barcelona. Las últimas veces que había estado en Cataluña fueron un par de escapadas semiclandestinas primero con algunos compañeros de Universidad a una farsa de curso de Derecho Penal medioambiental y luego en un viaje de chiflados acompañado de amigos de colegio mayor que terminó en Perpiñán. De eso, parece mentira, ya han pasado once años.

Por eso, no tenía ni idea de la Barcelona que me iba a encontrar. No sabía si sería esa comunidad adalid de progresía que pregonan sus gobernantes o el infierno para el español que pinta la oposición. Sinceramente, no noté ni una cosa ni la otra. Me sentí cómodo en mi papel de turista. Me sentí bien en mi condición de andaluz y no aprecié discriminación alguna por mi condición de castellanohablante (en ningún lado se identifica, por cierto, el castellano con el español).

Lo que sí noté es que Barcelona ya no es tampoco catalana. He viajado bastante y jamás he visto tantísima confusión de nacionalidades. Ni en Nueva York. Pasear por Las Ramblas ayer, en vísperas de los Santos, era -dejando a un lado a las siempre activas y bulliciosas rameras- como hacerlo de la mano de un apresurado Phileas Fogg. Suecos, alemanes, holandeses, chinos, italianos, marroquíes. Cada cual sabe muy bien su condición y su función. Los potentados cenan en Els Quatre Cats y luego se toman un cóctel en Le Bosc de Les Fades. Los demás, deambulan buscando el chupito más económico mientras apuran las latas de cerveza que son vendidas por docenas de manera clandestina. Ayer, a ritmo de muñeira, había quien bailaba en el Centro Galego. A su lado, el tablao flamenco Cordobés. Enfrente, Colón sobre la estatua sin saber hacia dónde señalar.

Barcelona, claro, acaba en Las Ramblas, pero bien puede empezar en la Barceloneta. Un lugar de arena sucia, pero donde impera la sensación de que siempre puede pasar algo. Un porro, una carrera, una corrida (no de toros, claro). Lo que sea. Huele a mil cosas. A especias y a cemento, sobre todo.

En el otro extremo, Montjüic parece la parte lógica del asunto. La racional. La Monumental como una cacerola tapada y la Plaza de Espanya abriéndose con majestuosidad a las fenomenales escaleras que conducen a la montaña de Júpiter (o de los judíos) y al Museo Nacional. Un magnífico lugar para buscar contrastes mientras se es observado por los ojos que pintaron Nonell hace poco y algunos artistas anónimos en alas de ángeles en el siglo XIII.

Pero para contrastes, los que ofrecen el Raval y su Museo de arte contemporáneo. Un cartón de Don Simón junto a una capilla llena de columnas de metalcrilato o lo que quiera que sea, pero carísimo. Cerca también queda una pista de baloncesto. En sus gradas, el recuerdo de un indigente dormido.

Y luego está el Barrio Gótico. Uno que se ve de abajo a arriba gracias al recorrido propuesto por el Museo de Historia de la ciudad. Se puede pasear por una tintorería de la antigua Barcino -por lo que aprecié, se sienten muy orgullosos de sus orígenes romanos- y subir luego en un ascensor (es literal) hasta el salón del trono desde donde Jaume I organizó la conquista de Mallorca. La Plaza del Rey ofrece un entorno absolutamente único en el Mundo.

Queda Gaudí. Le quieren hacer santo y me parece lógico. Para levantar todo lo que levantó debió de necesitar mucho sursum corda. Ni todo el del mundo parece suficiente -de cualquier modo- para erigir la Sagrada Familia. En la estación de metro a la que da nombre se puede ver un enigmático cartel publicitario: “Sagrada Familia, 1909-...”. Quiera San Antoni Gaudí darme la oportunidad de regresar a su ciudad. Me ha quedado algún pan con tomate por comer, mil millones de objetos que comprarme en Vinçon e infinitos rostros que contemplar las Las Ramblas.

Un alegre viaje

El viernes viajaré gracias al segundo premio que gané en el IV certamen nacional de relato corto organizado por Renfe. Aquí lo dejo, porque recordar algo bueno nunca es malo ni hace daño.

2do PREMIO

PASAJERO

En el silencio surgió una voz para preguntar si me molestaría charlar. Contesté que

no, que siempre es agradable conversar durante un largo viaje. Dejé mi libro a un

lado y le miré. Lucía dejadez lozana en un rostro curtido por el sol y la aventura.

Me empezó a narrar una vida azarosa mientras apuraba de manera histriónica un

caramelo regalado. En quince minutos me reveló sus sueños. Sin dejarme hablar.

Cuando el tren se detuvo, se despidió dándome una tarjeta. En ella estaba mi

nombre y en el reflejo del paisaje que se alejaba lentamente, mi cara.

TONICRUZ