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Tonicruz

París

Estuve en París hace un par de semanas. Albergaba serias dudas acerca de este destino. La tenía por capital triste, decadente, caduca. De molinos con alas apagadas y con regusto a absenta desnaturalizada. Únicamente la había visitado hacía quince años en un viaje surrealista de final de bachillerato. Como suele pasar en esos encuentros de adolescentes de voz cambiante y sebo incipiente por todo el rostro, lo de menos parecía la ciudad. Estuve, pues, pero apenas recordaba las anécdotas (deliciosas, claro, como las de cualquier retazo de libertad recién conquistada).

Por eso, en esta vuelta más serena he disfrutado mucho mejor de esta ciudad. Sigo teniéndola por una urbe incómoda. A pesar de que el metro funciona perfectamente, las distancias siguen siendo inabarcables y el orden y concierto que tanto gustaba en otras épocas siguen siendo -en mi particularísimo criterio urbanístico- pesada losa para la originalidad. Nada en París me pareció diferente. La Torre de Eiffel está tan estampada que cansa al poco de ser vista. Cuando cae la noche, resulta singular contemplarla iluminada. Pero incluso eso parece hasta previsible. El romanticismo enlatado de los Bateaux Parisiennes se comprende por el gélido Sena de finales de invierno. Y turistas, y turistas, y turistas. Sin ser verano, colas para subir. Colas para bajar. Bullicio insulso y cateto y Campos Elíseos menos ostentosos que horteras. Por París se mueve gente bien vestida -la de allí- y mal -el resto-.

Lo chic se ha debido fugar al extrarradio. A la Defense, tal vez. O al Barrio Latino. Allí sí se respira otra cosa, es como el último reducto ligeramente bohemio de la capital. Con cuentagotas, aún se puede disfrutar de algo diferente. De la única cerveza barata de la capital (tal vez una Tampay belga a cinco euros). De un concierto de Jazz que parece gratis, pero no lo es. Sobre todo si en Le Caveau de la Huchette un sex on the beach cuesta doce. En esa sala un empresario parisino camelaba a su amante o prostituta. Ella viste de largo. Ríe más de lo que debiera y se protege del frío que aún guarda en su perfecto cuerpo rubio desde hace un rato. Él, entretenido, no pasa frío. Ni él ni la cantante con nariz de Depardieu ni el resto de los hombres del bar, que la miran sin pudor y con hambre.

Luego está Montmartre. Pretendida meca de la intelectualidad y hoy cieno de pintores fracasados (los más) y drogadictos que pretenden cobrar veinte euros por un retrato en papel y a tijera tamaño carnet. Regateando, nos sacó cuatro. Ni eso vale. Pero los merdellóns fuimos nosotros.

Pero si me ha impactado algo, dejando al margen toda la comida (toda, hasta el último de los sandwiches), ha sido el misterioso tapiz que conserva, expone y vende como nadie el Museo de Cluny. En un recinto es epatante (en su día termas galorromanas), la sala destinada a albergar La Dama del Unicornio (nombre que se le dio a la obra), choca. En mitad de la oscuridad, cinco obras magníficas que representan -con misterio- cada uno de los cinco sentidos gracias al coqueteo de una mujer con el mitológico animal. Hay un sexto en el que el autor afirma con fineza: A mon seul désir (por mi único deseo). El significado, siglos después, es un misterio. Y lo será siempre.

Hay más, claro: El Louvre, el sensacional museo que guardan Los Inválidos, las mazmorras de la Conciergerie, la tienda Adidas del final de los Campos Elíseos...Así que si alguien me vuelve a preguntar por París le recomendaré que vaya. Dos veces.

La catástrofe del Madriz

No suelo tiznar este blog con mi faceta de periodista deportivo, por aquello de no resultar (ni resultarme) cansino, pero hoy no puedo resistirme a comentar la eliminación del Real Madrid en octavos de la Copa de Europa (ya no es Liga en este tramo de competición). Un desenlace previsible después del 1-0 de la ida en Lyon, pero sobre el que se escribirá mucho y se callará más, pero sobre todo del que se pueden extraer una serie de conclusiones a mi juicio muy evidentes.

La primera, que la Liga española está tocando fondo. La horrorosa y cansina fragmentación del campeonato entre Madrid-Barcelona y el resto no habla nada bien de la competitividad y de la emoción. Añoro cuando el Deportivo y el Valencia eran serias alternativas al título (los chés incluso, qué tiempos, llegaron a dos finales de Champions). O a aquel Atlético del doblete, por no retrotraernos a los tiempos en los que Athletic y Real imponían su tosco y serio método.

La culpa de tal descompensación la tiene, en gran medida, el borreguismo del aficionado medio. Ese que tiene en Telecinco a su cadena amiga, a Los Manolos como ideólogos y líderes espirituales y al Marca como único libro en la mesilla. Porque de eso también tendríamos que hablar.

El Marca y su director Inda, después de deshacerse de Calderón, han querido elevar a Florentino y sus inversiones a categoría de héroes nacionales. Por ende (por Inda), todo aquel que no saque partido de esa súper gestión es un desgraciado. O todo aquel que no genuflexe ante sus pretensiones. Pellegrini, claro, no entra en su estilo de entrenador cool y mediático. Como catetos que son -y no es que el chileno me parezca un súper-clase- se han dedicado a torpedearle desde casi el comienzo de la temporada. Así, claro, es imposible. Al menos, hoy también se ha visto que España -menos mal- aún tiene algo de criterio. A esta hora, a la encuesta de "¿Debe destituir el Madrid a Pellegrini?", el vulgo se decanta por el "no" en un 67 por ciento. Toma ya. Eso es un tiro por la culata (por si quieren ahondar: http://www.anti-marca.com ).

Porque además, y esta es la reflexión última de todo esto: ¿Tiene el Madrid tan buena plantilla?. Veamos: Un gran portero, sí. Un lateral derecho alocado y que defiende mal (Ramos), uno zurdo (Arbeloa) que por el contrario casi nunca es capaz de pasar del centro del campo. Dos centrales que si no fuera por la lesión de Pepe serían secundones (Garay y Albiol). Un centro del campo que sin Xabi Alonso oscila entre la genialidad con cuenta gotas de Guti y la tosquedad de Diarra y Granero y una delantera en la que Cristiano pretende hacerlo todo porque Higuaín es un tipo que las mete con cierta regularidad (y punto) y Kaká está más tiempo con Dios que con los humanos. Es más, van der Vaart es más y mejor futbolista que el brasileño, pero decirlo suena a ofensa para los talibanes de la información centralizada.

En suma, que ojalá en la derrota los madridistas recapaciten y maduren. Ganar no es cosa de dinero. Menos en el fútbol. Y a veces, aprender a perder hace más humanos a los profesionales. Mejores.

Los del Oker´s

Las dictaduras bananeras son una amenaza para la humanidad. Sean de derechas (como la de Franco) o de izquierdas (hoy hablaré de ellas) suelen ser regidas por un tipo con un ansia de protagonismo desmesurada y unas sangrientas ganas de pasar a la historia. Un mini ego explotado por la popularidad que, en el fondo, dirime una sórdida lucha entre él y la realidad.

Ha salido la nueva de que Venezuela apoya de manera más o menos indirecta ha apoyado a ETA. Para las fuentes diplomáticas españolas, es "toda una sorpresa", lo cual demuestra que esas fuentes son muy tontas o demasiado listas. Que el gobierno de Chávez es filoterrorista ya quedó plenamente demostrado en su disputa con Colombia por su apoyo a las FARC. Por eso, habida cuenta de que todos los terroristas (el romanticismo se acabó tras la guerra fría) son iguales...¿qué más da que unos jaleen a Zapata y otros a Sabino Arana?

Secuestran, extorsionan, matan, vejan, atemorizan... Por una bandera que, en el fondo, desprecian porque la usan para oscuros fines económicos. Trafican con droga, manipulan a la opinión pública, y un gobierno supuestamente constitucional les sostiene de manera nada velada.

Al parecer, algunos cobardes gudaris y con todo su descaro, montaron un garito llamado Oker´s. El mismo nombre que el comando que formaban. Allí servirían, supongo, pintxos de goma-2, txikitos de trinitolueno y bocatas de amonal. Luego, de tanto en cuando, acudían a impartir un master en terrorismo con toda la impunidad del mundo en la selva para sus colegas de la FARC y de otra guerrilla venezolana. Con los monos, supongo, se sentirían a gusto (ensayando el disparo con ellos, claro).

¿Qué debería hacer el Estado? Nada, porque no puede. Si esto fuera EEUU (gracias a Dios en casi todo no lo somos) enviaríamos a los Marines y dejaríamos muertecitos a unos cuantos miles de seres humanos. Si son terroristas, mejor. Si no, qué más da. Después pondríamos concesiones de Texaco a go-gó y asunto (casi) resuelto. Pero lo único que se puede hacer aquí es castigar a los que, torpemente, dirigen la política exterior española. Curiosamente, son del mismo partido que los que están acabando con ETA de manera magistral en nuestro territorio. Menuda paradoja. Ustedes verán.

http://www.elmundo.es/elmundo/2010/03/01/espana/1267462312.html

El párroco de Onán

A un cura de dos pequeños pueblos de Toledo le han pillado con las manos en la masa. O casi. El buen señor se gastó cerca de 17.000 euros en llamar a números cochinos y en visitar casas de citas. La noticia, lógicamente, tiene dos vertientes. Por un lado y al tratarse de un hombre de Dios, se tendría que analizar la moralidad intrínseca de saltarse a la torera ciertos votos. Por otro, como ciudadano, es necesario matizar que se pudo haber gastado parte de un dinero que era de las hermandades de las dos parroquias que regentaba.

La historia, en lo que a moral se refiere, tiene un morbo delicioso. Como de película de Berlanga. Un ensotanado con una pilila curiosa y una billetera bien dispuesta a sufragar los caprichos de la carne. Bien acompañado o en solitario, el sacerdote siempre tiene ganas de mambo. No obstante, más allá de la guasa, se impone -una vez más- una reflexión más severa sobre el tratamiento que le da el catolicismo al sexo. El sexto mandamiento -"No cometerás actos impuros"- no era ni siquiera el sexto en la Biblia. Según el Éxodo el sexto era "honrarás a tu padre y a tu madre". Sin embargo, estos se corrieron (con perdón) y el octavo -que únicamente decía "no cometerás adulterio"- pasó a ser el que sirve a los puritanos para perseguir a la gayola, paja, macuca, etc.

Por tanto, en lo referente a lo masturbatorio y coyuntatorio nada que reprocharle al buen señor. Pero claro, la segunda parte es que el hombre -cosa muy española por otra parte- birló parte de lo de otros para compensar sus ansias. Un cura desviando fondos. ¿A qué me suena? En cualquier caso, parece que se le va a caer el pelo. Ya ha sido cesado y la Iglesia -que es bien sabido que disfruta protegiendo a los suyos- advierte de que puede haber un chantaje de por medio. A ver quién le juzga. Quien esté libre de pecado, que le tire la primera piedra.

http://www.elmundo.es/elmundo/2010/02/23/espana/1266931226.html

 

Del amor y del querer

No sé si lo leí hoy u ayer. Mendicutti escribió en El Mundo que parece que todos estamos autorizados para hacer poesía. Por San Valentín, esa fiesta pagana que hoy día el catolicismo tolera, (casi) todos recitamos poemas de amor. En forma de letras, de sonidos, de cartas...de regalos. Todo hombre consuela a su mujer -por que sí- y toda mujer consuela a su hombre -por que toca-. (Bueno, o todo hombre a todo hombre y toda mujer a toda mujer si les va el otro lado de la cama).

Hay muchos que buscan un sentido fisiológico al amar. Al amar. Algo basado en toxinas que embriagan los sentidos. Puede ser. Sin embargo, nadie aún ha descubierto la razón última del querer, que no es exactamente lo mismo. Razones puede haber tantas como millones de habitantes hay en la tierra.

Yo apuesto por el egoísmo último del ser humano como base de nuestro cariño. Porque, olvidados en los juegos de la infancia (o de la pubertad) la pulsión sexual por la mujer amada (el deseo se extingue con la misma rapidez con la que se tarda en conseguir la consumación del coito, a mi entender), el amor no deja de ser la necesidad satisfecha de compañía. La ilusión -la mayoría de las veces rota- de que el otro o la otra se quede con uno hasta el final de los días. Que, ya rizando el rizo, sea la última cara que se vea antes de morir.

Porque, y de eso nadie habla, la pareja y el matrimonio están hechos "hasta que la muerte los separe". Pero...¿hasta la muerte de qué o de quién? Todo el mundo, sublimando el vil sentimiento individualista antes comentado apuesta por no sobrevivir al ser amado. Por abandonar la vida terrenal dando explicaciones y dejándolo todo atado. Que el engorro del entierro, del llanto y -sobre todo- del recuerdo sea para la persona que por suerte o por desgracia le acompaña a uno en la vida primera.

Es el recuerdo, terminando esta reflexión (espero) tan poco apasionada, lo que nutre en parte al amor. Mucho más que al cariño. Uno vive en el querer para el día a día. Uno vive para el amor (y para el amar) del pasado. Un pretérito que, por su misma condición de pasado, siempre es perfecto aunque haya sido imperfecto. Por eso cuando vemos una foto de una antigua querida (casi) nunca le asaltan tortuosos recuerdos a la mente. Siempre llega primero aquella noche de sexo. Aquel beso robado. Ese sueño compartido y muerto. O vivo. Porque los sueños, como el amor que pasa y se va, ni se crean ni se destruyen. Ni se transforman, ya que permanecen inalterables e inmutables en el subconsciente. Perfectos. Tal vez sea así tan humano comparar nuevas sensaciones con viejas. Y así, por eso, con cada nuevo amor todos aprendemos. Tanto a amar como a borrar otros pequeños recuerdos que deben ser secundarios ante la nueva mujer. Por poco tiempo.

Euskadi (tercera parte y última)

Partí rumbo a Irún desde la estación de Amara. Viajé en un Euskotren. Lento. De mil paradas. En los 18 kilómetros de trayecto empleé cerca de una hora. Irún, como toda ciudad fronteriza, tiene mucho misterio. No es bonita. Ni fea. Es diferente. No la parte el Bidasoa, porque el río de lo que la separa es de Francia. En su cauce está la Isla de los Faisanes, un trozo de tierra minúsculo que comparten equitativamente galos y españoles. Es, de hecho, el islote el territorio en condominio más pequeño del mundo. Para ver semejante paradoja hay que atravesar el puente de Santiago (que al otro lado ya es de Saint Jacques). Como un niño travieso y antes de que llegase la hora del partido que debía (y deseaba) contemplar me dediqué a cruzar la invisible frontera. Ahora estoy en Francia, ahora estoy en España.

Debí pasar, supongo, por el bar Faisán (célebre por esa trama de corrupción y eusko-vice garzoniana), pero reparé más en el club Le 35. Me pareció absolutamente decadente y, por tanto, interesante. Debía haber sido un puti club transitado por los exiliados del porno. Aquellos que en los setenta cruzaban al lado verde de los Pirineos para echar un casquete como Dios (no) manda o soñar con echarlo. Aún conserva, en su abandonada y deteriorada fachada, un enigmático número de teléfono.

El Real Unión, club anfitrión del choque tiene en su estadio, el Gal, un recinto pequeño pero con mucha historia. Sus bandas son irregulares, con baches, y los periodistas tienen que compartir grada con los aficionados. No pasa nada, porque la afición es tan educada que ni en una derrota (el Córdoba venció 2-3 gracias a dos golazos postreros) es capaz ni de dirigir una mirada de encono. Resignación, porque iban (y siguen) cerca de la cola. Pero todo el señorío de quien ya posee en su vitrina hasta tres copas del Rey.

Celebrado el final del trabajo (y el triunfo) con una frugal cena en el hotel, el sueño fue preludio de una jornada larga de regreso. Cargado con la bolsa-maleta, comprobé con cierto trauma cómo a mi autobús -la mejor manera de llegar hasta Bilbao, desde donde saldría mi avión- le faltaban tres horas para regresar. Movido por el pragmatismo (y el consumismo) dirigí mis pasos en busca de un souvenir más que echar a mi bolsa. Me compré un polo del histórico equipo txuri-betz (blanquinegro) y fotografié la estatua de Pío Baroja. El escritor, en bronce, se mantiene firme enfrente de una pagoda. Enfrente, una ikurriña. A sus espaldas, un cuartel con una rojigualda. Sinestesia singular.

Llegué a Bilbao a las tres. La estación de autobuses está sita en San Mamés. Demasiado tentador. La Catedral del fútbol sólo tuvo que esperarme lo que tardé en devorar mi enésima ración de pintxos como almuerzo. El ambiente en la capital vizcaína, captado a pulso en garitos como en el que zampaba acompañado únicamente de mis pertenencias, era diferente al de la guipuzcoana. Como más gris.

Encontré un cierto paralelismo -que Gehry me perdone- entre las fachadas del estadio del Athletic y la del Guggenheim. La mayor diferencia es que uno luce orgulloso como emblema de lo nuevo y el otro (el recinto deportivo) se oculta entre los muros de hormigón del barrio que lo auspicia. Para lo que no encontré parangón fue para el paseo junto a la Ría. Espectacular. Delicioso a la hora en la que el sol se empieza a dormir. Me quedé con las ganas de entrar en el Museo Vasco (era ya lunes). Y, claro, de disfrutar de un par de días más en esas medievales calles (cada una de las siete de la antigua ciudad tiene su razón de ser). De esa decadencia rebelde que tiene esa ciudad tan cerca de las montañas que rezuma a verde. Tan nueva. Tan vieja. Y no resbalé, para colmo de satisfacción, cruzando el puente de Calatrava.

Las bocas de Metro de Foster me devolvieron a la estación de autobuses. Fueron apenas unas horas las que pasé en la ciudad más grande de Euskadi, pero me refrescaron la primera impresión que una década y pico atrás recibí (cuando uno viaja recuerda lo viejo que uno es).

En suma, y como síntesis de esta mini serie, me veo en la obligación moral de recomendar encarecidamente la visita al País Vasco. Cuando sea, como sea. Una tierra llena de matices, de placeres y con una gente que se merece algo más que vivir con el sambenito que algunos supuestos compatriotas (de un lado y del otro de la zanja) les quieren colgar. Eskerrik Asko eta bihar arte.

Euskadi (Segunda parte)

Euskadi (Segunda parte)

El Kursaal me resultó bastante decepcionante. Lo que en su momento fue el gran Casino de San Sebastián es desde el 99 una suerte de formas cúbicas que se han de adaptar a su entorno. Mientras que el Guggenheim me resultó –ya leeréis- un espacio único y brillante, las tonalidades del edificio de Moneo no me parecieron singularmente brillantes. Puede que fuera la hora (ya hacía bastante que el sol había abandonado San Sebastián) o quizás lo desapacible del invierno, pero ni de lejos es el Moneo del Museo de Arte Romano de Mérida o del Thyssen de Madrid.

Me adentré luego en el casco viejo dándole la espalda al pijerío de Gros. Apercibido por la imagen creada por ciertos extremistas, espera encontrar borrokas por cada esquina. Crispación. Hostilidad. Lo más peligroso, por el contrario, me resultó un grupo de mujeres que cantaban una serie de canciones aparentemente religiosas en vasco. Una grupo de bertsolari a las que, evidentemente, no entendía nada pero que parecían dedicar unas salves a la Virgen. Con curiosidad y respeto me introduje por las estrechas calles sorteándolas hasta que alcancé la Plaza de la Constitución. En ese antiguo coso taurino se festejó sólo dos días después de mi visita la festividad del asaetado patrón de la ciudad. Allí compré unos recuerdos entre los que, claro, se incluía una boina. Porque las boinas allí se llaman boinas. Lo de chapela es un apelativo genérico para todo lo que signifique gorro.

Un último camino de vuelta por la Concha dio con mis pies en el hotel. De noche, paradójicamente, el paseo marítimo parecía mucho más poblado. Amantes cogidos de la mano se funden con el reflejo de la luna en el mar. Atletas trotan dejando su aliento en el ambiente. Un perro deja su sello, inconsciente, en forma de hez. San Sebastián, sobre todo en la residencial y elitista zona de Miraconcha –donde estaba mi hotel y también (nada que ver) el formidable Palacio real de Miramar- es como un pueblo ennoblecido. Una pequeña villa del Cantábrico que primero fue bendecida por la naturaleza con su privilegiada orografía y luego por sus majestades con su presencia. De eso hace mucho, pero no hace nada.

Después de asearme, el hambre venció mi pereza a volver a caminar. Sin más rumbo que el de mi gusa deshice mis pasos y regresé al centro de la ciudad. Buscaba un lugar que pareciera sano y poco comprometedor. Etxe Txiki parecía idóneo. En la barra aún quedaban algunos canapés-pintxos y la clientela, formada por dos personas, disfrutaba del Barcelona-Sevilla que echaban por la tele. Pedí el primero con una cerveza. Entonces comprobé que uno de los dos clientes, Aritz, creo que se llamaba, tenía síndrome de Down. El otro, sentado a mi izquierda era un anciano con aspecto de haber rebasado por mucho los ochenta y que se declaró posteriormente sóviet y más guipuzcoano que español. De la larga hora y media que pasé en tan diversa compañía –tanto como duró el encuentro- deduje varias cosas. Primero el notorio interés de Aritz por las muertes de personajes históricos. En cierto momento interrogó a los presentes sobre la manera en la que Nerón feneció. Ante las diversas hipótesis planteadas por la concurrencia, el orgulloso joven aclaró que estaba seguro de que le habían asesinado porque “lo había visto en una película”. El anciano respondió con una chispa forjada en el crisol de los años: “Ah, que también era actor”.

Pues así todo el rato. Fui testigo de cómo el octogenario confesaba con dulzura mientras Aritz alardeaba de que tenía una novia del Real Madrid, que su mujer “ya no estaba con él porque ya se le había muerto”. La forma en la que salieron las palabras de su boca, su fuerza, me sacudió. Y no soy nada sensiblero. Luego, exhibiendo un precoz alzheimer que reconoció sin ambages, el anciano preguntó por enésima vez lo que debía pagar. “Ya has pagado, hombre, ¿que no te acuerdas?”, replicó el mesero con paciencia.

Cuando el árbitro pitó el final, pagué y me despedí. Y sentí, yo que no soy nada sensiblero, la bofetada de realidad que aquella hora y medida de distendida escucha me había ofrecido. Una introspección que, sin duda, únicamente es posible conseguir viajando sin más compañía que la de la propia alma.

Después de todo aquello, me tomé una cerveza en un garito ligeramente sórdido en el que ponían buena música de los ochenta, entré en una discoteca con aspecto de barco en la que bailaban patéticamente pocas maduras en busca de ganado y luego una puta me dio la tarjeta de una casa de masajes.

Hasta en esto, y me acordé de mi amigo taxista de hacía unas horas, todos somos “clavaos”.

Aún me queda Irún y Bilbao por contar…Mañana.

Euskadi (Primera parte)

Llegué a Euskadi el sábado al mediodía. Aterricé en un Bilbao oscuro, gris, cubierto. El camino en autobús hasta San Sebastián dibujaba valles verdísimos alimentados como periquitos surtidores por un beatífico sirimiri. Una vez llegado a la Bella Easo, me monté en un taxi donde compartí la primera de mis charlas interesantes del viaje. El conductor, un tipo joven, me confesó que era de Irún (el destino final de mi viaje) y me expuso de manera resumida sus breves cuitas sobre el turismo (-Lo bueno de viajar es que conoces siempre otras culturas y te gustan porque son diferentes a las tuyas) concluyendo que, en el fondo, todos somos “iguales, clavaos, vamos”.

Después de alojarme en el Barceló, un hotel cuco y con unas vistas entre graníticas y refrescantes, salí a dar mi primer paseo donostiarra. Mis pasos, imantados por el influjo del mar, se dirigieron hacia el larguísimo paseo marítimo. Al oeste, creo, el peine de los vientos de Chillida. Al este, la Concha y el Ayuntamiento. Como quiera que tenía ya hambre y que era ya algo tarde para comer mi preocupación primera pasó de la quieta contemplación de las olas deshaciéndose en la orilla a la más terrenal de mover el bigote. No me gusta fijar mi destino mientras viajo más allá de lo razonable, así que dejé en manos de la fortuna el lugar donde almorzar.

Finalmente, en una esquina de la Avenida de la Libertad  me topé con el Bay Bay. Un discreto bar de copas que, a esas horas (eran casi las cuatro de la tarde ya), estaba casi vacío. Me senté en la barra, tratando de pasar lo más desapercibido posible y escuchar, algo que me encanta cuando viajo solo.

Así, comprobé cómo mientras el camarero me servía con tiento los pinchos que restaban en el otro extremo de la barra una señor de cincuentitantos y un caballero algo más joven debatían. Hablaban de todo. De la tele, de fútbol, del tiempo… hasta que abordaron la política. Concretamente la religión, algo que en Euskadi tiene casi más de política que la propia política. La señora lanzó alguna imprecación moderada contra el nuevo Obispo Munilla: -Encima que no le queremos ha dicho la tontería esa sobre Haití. Fue terminar de expresar su parecer y el camarero, educadamente y con la confianza de quien ya ha servido algunos txacolís en su vida, le conminó a cambiar la temática: -Aquí podéis hablar de lo que sea menos de política.

Cuando estaba terminando mi último pincho, el mesero me preguntó si quería un café. Como viera mi negativa y que estaba solo, se decidió a invitarme a un chupito de patxarán. –Invita la casa. Decidí elevar mi copa a la salud de la Real –antes había escuchado que el bar era declaradamente txuri urdin- y desde ese momento se entabló una charla de hora y media con Jorge, así se llamaba el camarero, sobre el fútbol y, qué cosas, la política. Él, que había estudiado publicidad, me reconoció con su vivo ejemplo lo complicadas que están las cosas para los escribientes. Yo, que buscaba indicaciones y consejos en una ciudad que me era casi desconocida, le pregunté por zonas para visitar y para salir. Me debió explicar algunas, pero los vapores del patxarán y mi propia incapacidad para organizar mis pensamientos a largo plazo me enviaron de vuelta al desconcierto de una calle que ahora me parecía más alegre después del hospitalario (y económico: ¡comí por ocho euros!) encuentro del Bay Bay.

Divagué por la Catedral neogótica, asalté con mi tarjeta varias tiendas que estaban de beherapenak (rebajas) y luego me tomé un café irlandés contemplando cómo la chavalería pasaba a toneladas del partido que la Real jugaba en Vigo. Siendo justos, la pasión por los albiazules es evidente, pero debí aposentarme en el lugar equivocado para comprobarlo. Con los últimos rayos de sol, crucé el puente de María Cristina y creo que acerté porque a esa hora su piedra adopta una tonalidad peculiar. Una acorde con el Urumea al que burla, que parece de papel albal arrugado a conciencia. Fue lo mejor de San Sebastián. Luego me enteré que en la inauguración de tamaño monumento, en 1902, se registraron los primeros actos de Kale Borroka por unos jóvenes que apedrearon escaparates y farolas porque para festejar la fecha la autoridad había prohibido que se llevasen a cabo Sokamuturras (como los toros enmaromados castellanos).

Y mañana retomaré mi historia vasca desde este punto.  

 

Un año escribiendo

Este modestísimo blog cumple su primer año. Desde que el 13 de enero de 2009 escribiera mi primera entrada ("Frío"), poco o mucho han cambiado las cosas. Sigo siendo el mismo inmaduro de antes, con los mismos sueños irrealizables y empantanado en las mismas medias tintas en las que muchos ya se han ahogado (por eso se suele responder aquello de "tirando" cuando a uno le preguntan que qué tal). Un truhán y un señor.

He de agradecer a mis amigos que me leen la atención. Los podría nombrar casi uno a uno, porque a casi todos los conozco personalmente, pero prefiero que todos -en la propia lectura de estas letras- se den por aludidos. Aunque escriba para mí, me gusta que haya a quien le interese.

Inicié, valiente, mi aventura pensando en escribir a diario. Una entelequia no por falta de tiempo cuanto por falta de actitud o de iniciativa (dos de mis grandes rémoras). Ahora me he comprometido conmigo mismo (con nadie más podría hacerlo porque estas líneas son totalmente gratuitas) a hacerlo cada semana. Los domingos, casi siempre.

Como curiosidad, el artículo más leído hasta el momento ha sido el titulado "La terminal", del 4 de marzo, que relata mis peripecias para volver de Nueva York. Le siguen el reivindicativo "Temporalidad y estupidez", del 21 de septiembre, el polémico "Tiempo y destino" (13 de abril), el dedicado a los souvenirs del 9 de marzo y el homenaje a Ángel Ortiz del 10 de noviembre.

Con la única y probablemente baldía ilusión de mejorar la calidad de mis escritos os vuelvo a enviar un fuerte abrazo a todos. Disfrutad de la vida.

Nieve

No recuerdo la primera vez que asistí a una nevada. Me contaron que fue en 1984, que me embutieron en un mono azul (eso lo conozco más por las fotos) y me llevaron a la sierra para que me tirara en un trineo casero e hiciera todas las monadas que los seres humanos de seis años hacen para deleite de sus progenitores.

Y a pesar de no acordarme de las sensaciones que experimenté, cada vez que –como ayer- siento en mis carnes los copos del cielo me asaltan en la cabeza mis más profundas y tiernas sensaciones de la infancia. Hay algo en la nieve que retrotrae al adulto a la parvulez. Un brillo especial en los campos blancos y en los reflejos de las partículas tras el cristal que despreocupa, libera y conmisera.

Parece que bajo el manto pálido –más en una ciudad como Córdoba en la que casi nunca nieva- un halo divino protege las almas. Que no hay lugar en una día de nieve para otra cosa que no sea sacar la cámara de fotos, abrigarse hasta arriba y salir a tomar un chocolate con churros o declarar una guerra de bolas de nieve. No hace frío ni calor, sólo nieva.

Hoy el partido sobre el que tenía que trabajar se ha debido suspender por la intensa nevada caída en El Arcángel. Sin embargo, cuando salía del estadio no se escuchaban quejas sobre el incidente, sino palabras que llamaban a aprovechar la oportunidad. Una ocasión ideal para llamar a contarlo a sus amigos o parientes menos habituales. A disfrutar de lo que quedaba de domingo sin pereza.

Nieva poco en Córdoba y muchas veces se nota demasiado.

 

La Noche Eterna

En un pueblo de Valencia, Paterna, unos hicieron una fiesta de fin de año que duró 50 horas (y porque les obligaron a parar). Boda gitana, orgía báquica… toda descripción debe quedar corta ante tamaño sarao. Habría que ver las caras de los participantes y, sobre todo, el índice de polvos de talco en su sangre.

Sin embargo, el trasfondo de la noticia no es sino el reflejo de una sociedad que ha hecho del desmadre su razón de ser. En invierno no está mal visto saturarse el cuerpo de alcohol. Ni acometer pantagruélicas comilonas de empresa, familiares, de conocidos, de primos que viven en Murcia… Cualquier excusa es buena para entregarse al consumismo físico más desquiciante. El que reporta como consecuencia gastritis, úlceras, migrañas y –en último caso- michelines de los que jamás se puede uno desprender.

 

No seré yo quien condene el hedonismo. Pero Epicuro de Samos decía que el placer es “la ausencia de dolor en el cuerpo y de inquietud en el alma”. Por eso uno, que también ha gozado y sufrido con igual rigor la pereza que suponen las Navidades, procura granjearse placer y dolor en partes iguales. La receta, que para algunos es insondable, a mi juicio es bien sencilla: Nunca bebas como si el mañana no existiera a no ser que realmente sea así.

 

 

Yo he bebido y comido sin tino alguna vez, alguna noche de otoño (y de verano, invierno y primavera). Y no me arrepiento de ello. Sólo me he arrepentido en aquellas oportunidades en las que el alcohol y la comida han sido deglutidas sin la compañía deseada, sin el rendimiento óptimo y sin la afortunada sensación de comprensión y complicidad. Porque, y esto también es de Epicuro: “Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber”. Y los de la fiesta de 50 horas –españoles y valencianos para colmo- estoy seguro que a partir de la hora nona ya no sabían ni qué comida beber ni que bebida comer. Y no es una sinestesia, ya me entienden.

 

Aquí la historia:

 

http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/sucesos/2010/01/04/el-cotillon-duro-mas-de-50-horas.shtml

 

El cotillón

 

-Coño, Paco, ¿qué haces tú por aquí? A Patxi López le escamó que la imagen de Francisco Camps fuese la primera que sus ojos captasen de esa extraña fiesta de fin de año a la que había sido invitado. Lo cierto es que el Lehendakari había acudido a ese cotillón, como todos los allí presentes, por la recomendación de alguien muy cercano. Las esposas o maridos, los mejores compañeros de partido, de equipo… Porque en una lujosa sala habilitada en el ultramoderno hotel Urban de al lado de Las Cortes se habían dado cita un puñado de personajes ilustres. Allí estaban, junto al jerarca vasco y al tostado valenciano, las hijas de Zapatero (sin su padre); la activista Aminatu Haidar, apostada junto a la suntuosa barra libre de canapés preparados al efecto; Gallardón y Esperanza, cada cual en una esquina diferente. También la ministra Bibiana Aído, que se rascaba sin disimulo su nuca, aturdida, mientras a su lado Ángeles Caso sacaba presta para apuntar un bolígrafo y una libreta. De repente, Iker Casillas –erigido en improvisado portavoz- espetó sin ambages: -¿Alguien nos va a explicar de qué va esto? Al escuchar la exaltada voz del capitán del Madrid, las puertas del salón se cerraron súbitamente, las luces se apagaron y de entre una improvisada nube de vapor salió Jorge Javier Vázquez. Sin más preámbulos, tomó el micrófono que portaba y se dirigió a su atónita audiencia: -He sido elegido por el organizador del evento, cuyo nombre no desvelaré porque peligraría mi vida, para presentar el pliego de condiciones de este cotillón.  El televisivo personaje rasgó sin dificultad un sobre lacrado y, de su interior, salió una escueta nota que rezaba “El juego consiste en que elijan de entre ustedes al más importante del último año. Una vez que lo hagan, las puertas se abrirán y vivirán la experiencia más gratificante de sus ya de por sí excitantes vidas”. Las miradas de los presentes se tornaron eufóricas y relajadas hasta que, en un intervalo de unos segundos, de sus gargantas salió al unísono la más aterradora de las frases sin verbo: “Yo, desde luego, no”. Mientras, angustiados, cambiaban su semblante, alguien desde un ángulo oscuro reía con sorda voz. El organizador, claro, sabía que iba a estar entretenido por un largo tiempo.

 

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Las noticias de Saturnalia

Con la llegada del invierno la gente se harta de beber y comer más por vocación que por obligación. Compramos compulsivamente como si el mañana no tuviese cabida en el hoy y, en suma, buscamos el calor que el clima nos niega en bienes materiales con los que –se supone- haremos en algún futuro no muy lejano carbón natural cuando el clima se nos joda definitivamente y censuren el uso del petróleo.

También cuando se aproxima Saturnalia los que deciden sobre qué se ha de informar se toman un mes sabático y abusan del espectador con las mismas y manidas cuestiones a cual más exasperante.

 

Por orden y sin concierto, la primera que llega es en la que reporteros-pingüinos ateridos, cuentan a los atónitos espectadores que, en invierno y en zonas de cierta altitud, nieva. Descartes se hubiera maravillado comprobando cuántos fieles seguidores arrastran sus teorías. Para certificar, pues, que efectivamente la nieve es blanca y está fría, envían a unos pobreticos (uno que hace como que trabaja de periodista les compadece mucho más) a tartamudear, mostrar sus pálidos rostros e incluso a retozar en el manto haciendo “angelitos” (¿?¿?) para el regocijo de unos jefes que, desde el bochorno de sus platós, paladean el placer del buen enchufe (o el buen esfuerzo, los menos). Algún día la noticia será que una de esas criaturas mal pagadas y peor pertrechadas fallezca de hipotermia en cualquier descampado de Burgos, Calamocha o Sotillo del Rincón (lugares, por cierto, que las cámaras sólo visitan por cuestiones meteorológicas desgraciadamente).

 

 

Luego llegará, ya mismo, la segunda de las grandes noticias de esta época: El gordo. Entrevistas preparadas o vía canutazo (término periodístico que se puede traducir como “en plan informal”) con agraciados que riegan de champán (¿hay alguna celebración más hortera?) a los plumillas, curiosos y aviesos banqueros que se aprestan a sacar el partido que puedan. Molesta, a mí al menos me pasa, comprobar cómo mi familia, mis amigos o yo mismo hemos sufragado tal celebración con nuestras legítimas aspiraciones para que otros lo celebren (es lo que se conoce como envidia). Una noticia que podría resolverse fácilmente contando las insufribles anécdotas de los niños de San Ildefonso y enumerando los décimos que llevan chicha.

 

Por cierto, y es la tercera y llegará después de los Reyes Magos, y hablando de chicha. La última de las informaciones que atascan los noticiarios al acabar las fiestas es la preocupación de los españoles por recuperar la línea después de haberse zampado –léase el primer párrafo- el manso en mil convites y dos mil piscolabis. No faltará la típica imagen de ama de casa fanegosa con bata de boatiné que se queja de tanto exceso y, como contrapunto, la de la fibrosa y deliciosa madura que aconseja a los televidentes la dieta de la alcachofa y que se compren un chándal.

 

Sea como fuera, confío, espero y deseo que todas esas informaciones las viváis –estimados amigos y amigas- en la mejor de las compañías que siempre es (y nunca me cansaré de repetirlo) siempre la más deseada. Feliz Saturnalia y que el año entrante les haga vivir algo nuevo, que para vivir lo viejo ya está el pesado pasado.

 

 

La hostia a Berlusconi

A Berlusconi le han partido la cara. Concretamente, dos dientes (ignoro si auténticos o enfundados)  y el tabique nasal. El mandatario dijo luego que se había salvado “de milagro”, porque incluso podría haber perdido un ojo. Cuentan que el agresor era un enfermo mental y que en el bolsillo los agentes le encontraron un spray picante, un crucifijo y otras dos estatuillas listas para ser disparadas.

Dicen que el dueño de Italia tendrá que estar veinte días de reposo. Y que al tal Tartaglia –no me negarán que tiene nombre de miembro de un clan de la ndranghetta calabresa por lo menos- le van a empurar por la "calidad de la persona agredida" y por "premeditación".

Vamos, que a Berlusconi le han dado una buena hostia. Una de esas que bien podría haber sido a rodabrazo, pero resultó ser un duomazo en toda regla. Le empotraron todo el goticismo de la bellísima casa de Dios (no es otra cosa lo que significa Duomo) a escala en su caraza. La estampa, de ser grabada, hubiera sido objeto de millones de reproducciones en youtube.

Aunque no muchas menos, dicho sea de paso, tendrá la del felliniano jerarca sangrando como jabalí en montería y con la expresión del terror bien marcada en su rostro.

A mí no me sorprende del todo la noticia. A Berlusconi (con más o menos razón) le llevan partiendo la cara en Italia desde hace años. Fue un loco, pero seguro -aunque dirán que no- imbuido del espíritu mediático de los manipuladores de opinión del signo contrario. Pero podría haber sido un esposo burlado, su propia esposa armada con un rodillo o una niña-amante harta de sus desprecios.

En cualquier caso, aunque la noticia sea trágica (cualquier hostia lo es porque implica la muerte del diálogo) no debe ser tampoco sacada de quicio. Antes bien, debe llevar a reflexionar sobre si, con la que está cayendo y lo fácil que es comprar una reproducción del Duomo (Milán no es caro, pero ese souvenir es accesible a cualquier bolsillo) es conveniente que los mandatarios se jueguen tanto el tipo. Porque imaginen si en lugar de en Milán se encuentra en París y le tiran cual dardo una torre Eiffel bien afilada. Acojona.

 

El movimiento ex

Como canta Julio en "Soy un truhán, soy un señor": "Mujeres hubo en mi vida que me quisieron, pero he de confesar que otras también me hirieron". Todos tenemos ex´s. Un concepto único, distinto, insuficientemente abordado por tibio. Porque, ¿qué es una ex? ¿Una amiga? Imposible. Quien ha besado unos labios dulces con auténtico cariño está condenado a perpetuidad a no verlos jamás como algo que no contenga un cierto e inequívoco objeto de deseo. De tentación. Incluso si la pasión ha acabado dando vía libre al hastío por cosas del destino, la amistad no es la forma más certera de definir la vinculación entre dos ex´s, porque no está libre de una pizca de vivencias pretéritas que no la dejan progresar (Pocas aberraciones mayores que los ex´s que se confiesan secretos en la cama de otras relaciones posteriores).

¿Una enemiga, sensu contrario? Tampoco. En el fondo de toda relación romántica subyace igualmente una unión indisoluble que permanece inalterable en el recuerdo. De hecho, incluso la aberración más íntima y certera por un desengaño no encierra sino un cariño no recompensado. No, por mucho que haya quien vea a su ex en el gran Satán, su corazón de melón harán insiceras sus palabras más amargas. No creo que nadie que haya querido pueda saber, en plenitud, lo que es desear el mal para el deseado (Ojo, obviando por supuesto las enfermizas, incomprensibles y rancias actitudes violentas y de sumisión que ahora parecen tan de boga pero que son tan viejas como la pura Gehenna).

¿Una vieja desconocida? Menos. El peligro intrínseco a cualquier relación duradera es el alto grado de complicidad que se suele (se debe) tener con la compañera. Por eso, dos que antes eran uno... dos que antes se fundían en memorias comunes... dos que -en suma- compartían todo lo que vivían no pueden de golpe y porrazo y por una suerte de mitosis artificiosa rescatar sus antecedentes y separarlos del otro. No, una ex debe siempre representar un trozo de vida vivida. Siempre feliz, porque para eso fue de voluntad común la convivencia.

Ahora que (desgraciadamente) las circunstancias me obligan a recordar lo que es vivir cerca de una ex, he acabado concluyendo que una ex es, a fin de cuentas, uno mismo. Todos somos, en mayor o menor medida, herencia de nuestras propias ex´s. Por eso Julio, que es un sabio y en esa misma composición grita: "Pero de cada momento que yo he vivido saqué sin perjudicar el mejor partido". Sólo deseo que mis ex´s, al igual que yo, me recuerden por lo bueno. Especialmente tú, si puede ser.

En el adiós

 

Hoy no sé muy bien dónde estoy. Ni, lo que es peor, dónde estaré mañana. Lo malo de empezar a matar los sueños es que uno no tiene sitio para enterrarlos. Ahora que sé que todo ha acabado no tengo ni un mal recuerdo que querer dejar de lado. Todos, como en una novela, forman parte del nudo y del desenlace. El más bonito y triste que he podido vivir.

Del primer acto, por supuesto, está claro que ni tú ni yo nos olvidaremos. Esa complicidad que una lata corroboró. Ese pasillo. El fino coqueteo en momentos puntuales. Confesiones. Aquella noche de verano que nunca se acababa. Ni se acabará. Los días en los que la historia era un documento secreto que me obligabas a firmar mientras yo, indiscreto y ansioso como siempre, deseaba todo el rato desvelar.

Porque entonces me sentía tremendamente orgulloso de ti. Como ahora y como siempre me sentiré en pretérito perfecto.

Luego llegó el otoño. Tus dudas. Mi resistencia incalculable que creo que nunca ponderaste suficientemente bien. Mi forma de sobrevivir en tu corazón a pesar de los pesares. Las dos deserciones. La tercera cruz en la frente que tú forjaste y yo, precisamente en Semana Santa, te clavé. El dolor de un mes en el que vivíamos lejos y cerca y que ahora, no quiero pensarlo demasiado, será una cadena perpetua para mí.

Pero me dejas y con razón. No creo que te merezca. No creo que me merezca tu bondad. Ni tu perdón. Ni siquiera sé si merezco escribirte estas líneas. Me equivoqué y eso es algo que llevarás dentro de ti por siempre. Y así, claro, no podrías pensar en un día más a mi lado.

Ahora que languidece el sueño no te insto a que me perdones (te repito que probablemente no me lo merezca). Sólo te pido que, al menos, cuando escuches coros que te respalden y me acusen, entonces... que ninguna voz te haga pensar que no te quiero y que no te querré siempre. Concédeme, al menos, ese último favor.

Un beso.

 

Michael, de resaca mortal

Otra mañana más después de una noche larga más, Michael se levantaba con resaca. Era martes y el aliento y la comisura de sus labios delataban la incontrolada ingesta alcohólica de la víspera. Le dolía la cabeza, así que optó por tomarse una aspirina con un sorbo de enjuague bucal. Era lo que tenía más a mano. Después de mal asearse se tragó de un sorbo una taza de café solo y un donut con la corteza ya dura mientras, en un ejercicio de rara habilidad digital, navegaba por Internet en busca de las últimas noticias.

Porque Michael era periodista. De los caros. De los pocos que pueden negociar por su carrera y su vida. De aquellos que tienen cogidos por los huevos a los mandamases de su empresa de noticias (léase, cadena de producción en cadena de contenidos). Por eso se podía permitir un chalecito adosado a las afueras de Dallas. Associated Press siempre cumple con su paga y él ya no está para otros trotes.

El plumilla arranca una vez más su corvette rojo (seguro que es un corvette rojo) una vez que se ha asegurado de que lleva su portátil y una pequeña agenda con él. Va un poco tarde y, con las prisas, se percata de que el agua que se ha aplicado en la cara no ha mitigado del todo su rostro cansado ni despejado su mirada de legañas. Se las seca de una pasada mientras enciende su radio.

 

Hacia donde él conduce nunca hay atascos. La estatal llega a una confluencia por la que muy pocos vehículos se aproximan. En aquella fría y funcional –como todas- prisión va a comprobar cómo muere otro hombre. Porque Michael trabaja de periodista especializado en penas de muerte. Se dedica a comprobar cómo el Estado de Tejas ajusticia a los condenados. Es testigo mudo del regocijo de los vengados y cómplice del sistema del Talión. Y ya es el único en su especie. Las demás agencias de noticias prefieren usar teletipos. Él sobrevive dibujando la muerte con su traza gruesa y su ya canoso pelo.

Michael abandona una tarde de trabajo más su oficina-morgue. Sin novedad. La inyección hizo su efecto. Tacha meticulosamente un nombre en su delicadamente ordenada agenda y busca un refugio donde relatar y relatarse lo sucedido. En un bar y ante un buen bourbon la muerte seguro que sabe menos a plástico y más a papel.

Michael Graczyk, periodista especializado en penas de muerte: “Odiaría que el Estado de Texas quitase la vida a alguien y no poder estar allí”.

http://www.periodistadigital.com/periodismo/prensa/2009/11/22/michael-graczyk-el-reportero-que-cubrio-300-ejecuciones-en-texas.shtml

 

El cable y el corte

Hoy  tenía que comprar un cable de red para mi ordenador. Como me pilla cerca, decidí buscarlo en El Corte Inglés.

Después de equivocarme y acudir a la sección de televisores en lugar de la de informática, conseguí ponerme en una cola para que me atendieran en el lugar idóneo. Allí, después de esperar pacientemente a que empaquetaran un portátil, un encargado con pinta desabrida me señaló el lugar donde estaba el bien que requería. Cuando, después de dudar, por fin escogí, tuve que volver a esperar otra vez en otra cola. Al terminarla, el desabrido de antes me preguntó si tenía una tarjeta llamada doble cero. Con ella, al parecer, puedes conseguir puntos por compras. Yo la tenía, oculta y roída, en el fondo de mi cartera. Como era previsible, el plástico no era reconocido en la maquinita y el empleado me recomendó (no, me conminó) a que fuese a atención al cliente para que me diesen una nueva.

Fui. Esperé otra cola y, cuando me tocó, una señorita me atendió con una sonrisa cordobesa. Malévola. Como queriendo ocultar sus verdaderas intenciones. Después de pasarle mi tarjeta gastada a otro fulano, me preguntó si yo tenía la del Corte Inglés. "Sí", respondí concisamente. Desde ese momento, la acelerada lengua de la vendedora se disparó hasta hacerme desembocar en una vorágine caótica. Según parecía, todo el universo humano ha renovado su tarjeta añadiéndole una cláusula de seguridad por robo. Casi sin escuchar mi respuesta ya estaba gestionando un seguro que me iba a costar 2, 40 euros por mes. Y sólo después de que, aún circunspecto, estampara mi contrato, se relajó la señorita. Incluso me preguntó mi profesión. "¿Periodista y abogado? Mmmm, qué interesante", dijo la agente comercial como Satán a alguien que acaba de vender su alma.

Una vez tuve en mi poder los papeles pertinentes, mi nueva tarjeta doble cero y, al parecer, un descuento del 30 por ciento en ciertas clínicas dentales, regresé a por mi cable. Como era previsible, el encargado que me tenía que cobrar el producto ya no estaba. Tras otros cinco minutos de descorazonadora espera surgió de entre las tinieblas y, súbitamente, me espetó: "Trae la tarjeta". Sin "caballero", sin "señor". Sólo "tráe la tarjeta". La pasó, debí acumular puntos e incluso por mi compra me dieron un vale para una tapa de paella en la cafetería del centro comercial.

Por supuesto no consumí el presente gastronómico. Ahora sólo espero, por favor, que alguien me robe la tarjeta. O me parta los dientes. O algo. Porque, si no, sentiré que el cable que fui a comprar, en menos de quince minutos y por obra y gracia de El Corte Satánico, es ahora un poco más soga.

Don Ángel

Me he enterado de que murió el viernes quien fuese mi profesor de Educación Física durante unos cuantos años en La Salle, Ángel Ortiz (Don Ángel para sus alumnos). La noticia me ha causado una cierta conmoción. Hay personas que pasan por la vida de la gente para adoctrinarte. Para golpearte. Para hacer de introductores en el infierno en el que puede convertirse el día a día. Ángel Ortíz, obligándome una y otra vez a mirar de frente a la realidad, me convirtió, en parte, en lo que soy.

Él nunca me soportó. Para él era, supongo, el gordito que nunca saltaba el potro. El niño de papá que iba vestido de futbolista a sus clases, pero que era incapaz de dar dos volteretas o de correr más de quinientos metros sin echar el bofe. En aquellos momentos, claro, sus horas de instrucción eran las más largas de mis años de colegio. Aún tiemblo pensando en aquellos exámenes en los que, sin parangón, más vergüenza he pasado en mi vida. Mi mili particular.

Pero ahora, desde la madurez relativa de mis 31 años, le agradezco todo lo que hizo por mí. Quizás con más tipos como mi desabrido y siempre crítico profesor de Educación Física mi carácter se hubiese forjado aún más. Puede que ahora tolerase con mejor humor y más calma las críticas y que no necesitase con tanta frecuencia una palmadita en el hombro.

O puede que lo contrario, ¿quién sabe?

En todo caso, su recuerdo me hizo adelgazar (eso, el estirón y mi esfuerzo). Amo el deporte en casi todas sus dimensiones y entiendo que no se puede escribir ni vivir de él sin practicarlo al menos de forma aficionada. Y eso, en parte, se lo debo a él. Ahora le imagino en el cielo entrenando a angelitos rechonchos e hinchándoles a complejos para que, cuando dejen de ser querubines, puedan sacudírselos retando a cualquiera a una competición de michelines perdidos.

Ahora que me defiendo bien corriendo y que me preocupo de seguir haciéndolo no sé si estaría orgulloso de haberme conocido. Yo, desde luego, no siento el haberlo hecho. Que descanse en paz.

 

Patrimonio nacional

Tenía en La Salle a un compañero un poco perturbado que, cuando se entregaban las medallas de honor a los mejores de la clase siempre trataba de boicotear el acto gritando: "Medalla de oro, representando a España, José Luis López Vázquez". Desconozco los motivos por los cuales el chaval, Adolfo de nombre, siempre mentaba al actor ante la sorpresa y el desconcierto de los presentes.

Él, como yo entonces, no habíamos vivido los sesenta. Ni siquiera éramos conscientes a finales de los setenta. Por eso, a nosotros el apellido López Vázquez nos sonaba a algo que decían nuestros padres. A una cosa que salía por la tele casi siempre entre risas (cuando había rombos en la esquina de la pantalla y nos mandaban para la cama).

Ahora, con ya un poco más de 30, todo lo que suena a recuerdo del pasado parece bendito. Porque López Vázquez no fue únicamente un grandísimo actor (uno de los mejores del país). Es, tras su muerte, un Patrimonio Nacional. En lo que a mí respecta abrió mis miras respecto al sexo. Sus cuentos sobre suecas que anunciaban un mundo mejor, más amable y menos rancio con respecto a las más sagradas pasiones. Retrató como nadie la apertura de España al mundo , aunque fuese a base de polvos. Pero también la angustia ante la llegada de la inminente transición en La Cabina. O la melancolía en La prima Angélica... Y, por supuesto, la dulzura (porque cuentan de él que era buena persona) en la saga de La Familia... Retrató genialmente al ricachón venido a menos haciendo de hijo del Marqués de Leguineche -mi personaje favorito-, aprovechando la genial dirección de Berlanga...

Mi compañero Adolfo dijo sin decir algo que todos los españoles han sentido hoy. López Vázquez se ha llevado la medalla de oro de un país en el que hacer reír es una quimera porque, como él dijo y hoy recoje en un magnífico obituario en El Mundo, "La carcajada aquí es algo negra". Gracita tenía razón: "Lo que diga el señorito".