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Tonicruz

La nube y Salamanca

Mi fin de semana ha oscilado entre vapores y nubes. Los vapores -efluvios alcohólicos de noches en blanco- se han cocido entre Madrid y Salamanca. En la capital, que siempre está de paso, me reconcilié con mi paladar en una taberna de la que siento haber olvidado su nombre por Príncipe de Vergara. Deliciosos los canapés de solomillo, y asombroso el foie con arándanos. Todo a un precio razonable (para ser la capital). Después de eso (y de una caipiroska horrible en una coctelería cercana), me tocó un prolongado reencuentro con el pasado en el Chesterfield. Un garito al que iba como colegial y que ahora se llama Orange. En el sitio, claro, había un ambiente universitario. MI compañero de correría y yo mantuvimos una respetuosa distancia con todo lo que nos rodeaba, como Mcfly en su regreso al pasado. Vaya a ser que algo cambiara nuestra vida presente o -lo que sería peor- la de cualquiera que tuviera todo lo que de bueno tiene la inconsciencia por delante. Por cierto, como anécdota, a un tipo con una mullet a lo Billy Ray a pesar de lucir un atuendo por lo demás bien pijo no le dejaron pasar. Hay cosas que nunca cambiarán.

Al mediodía siguiente y aún con el zumbido de la música maquineta en las orejas, tomamos el autocar rumbo a Salamanca, donde jugaba el Córdoba. Un vehículo -el de la ida- comodísimo y en el que da gusto viajar. Dormimos, claro. La del Tormes es una ciudad que no deja diferente en abril -uno de los meses en los que recomiendan visitarla-. Parece que todo el mundo vive ebrio. Los estudiantes celebran su vida contemplativa realizando performances y, cuando no, tumbándose al solaz en plena Plaza Mayor. Los mayores, embriagados de la juventud ajena, se unen al cotarro y deliran mientras montan en el tren turístico que enseña la ciudad. Los y las participantes en las millones (casi literal) de despedidas de soltero, una práctica que se ha puesto de moda en Madrid es desquitarse del trauma de la boda en Salamanca, directamente beben como cosacos de amanecer a amanecer. Así, no supuso ningún esfuerzo aguantar hasta casi las seis entre tugurio y tugurio: Camelot, Garamond...Tierra de valientes. Cuando nos recogíamos, aún seguía la feria en la calle. No hay ninguna ciudad en Andalucía con la mitad de juerga que Salamanca.

El domingo el Córdoba perdió (como es natural cuando no se quiere ganar). Algo que no enturbió la magnífica previa en el bar Cervantes. Punto de encuentro de viejos conocidos y de reunión de cuantos invitan a otros a conocer la ciudad. Las tapas, sabrosas y gratis con la cerveza, maridaban perfectamente con el ambiente de la Plaza Mayor (ahí se encuentra el local). A las carreras y tras el partido y el correspondiente trabajo ulterior, tomamos el penúltimo autocar de vuelta, éste más incómodo y más atestado. Esa noche, en Madrid, cai fulminado en la cama. Lo hubiera hecho hasta en una de espinas.

El lunes quería volver con cierta prontitud para acudir a una tertulia radiofónica en Canal Sur. No conté con la otra nube. Al parecer Islandia se ha querido poner en el mapa jodiendo a lo grande. Primero fue hundiendo un poco más la economía mundial y ahora es con un volcán que, al parecer, impide que todo el mundo vuele. Como quiera que los que no vuelan, corren, la estación de Atocha estaba sobrepasada. Dos horas necesité para conseguir una plaza. Y tuvo que ser en preferente. Pero, como Dios escribe recto en renglones torcidos, mi privilegiada y costosísima ubicación tuvo un positivo efecto colateral. En el asiento de enfrente se sentó un auténtico personaje. Desde un primer momento intentó trabar conversación conmigo mientras yo trataba de sumergirme en la lectura de un libro. Finalmente confesó su intención de charlar, aunque "no quería joderte": Resultó ser un trabajador del consulado español en Lima que, entre vaso y vaso de vino (y copa y copa de absolut) me contó que necesitaba ponerse "cool" para ver a su hijo, que vivía en Sevilla. Eso y otras cosas muy variadas y todas muy interesantes. Hora y media divertida en la que, de paso, explicó que, a su juicio, hay alguien que se está beneficiando de la nube islandesa. Él lo tenía tan claro y se veía un hombre tan cabal dentro de su incipiente melopea que me convenció. Maldita nube, benditas nubes. Que alguien las investigue todas.

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