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La final, la gloria

El domingo fue el comienzo y el fin de varias cosas. Imposible un día más simbólico como alfa y omega para la selección. 80 años ha tardado el fútbol español en lograr su primera Copa del Mundo.Un trofeo que, justo es reconocerlo, no es igual de sencillo ahora que antaño. Con la universalización de este deporte que ya no lo es, vencer en este campeonato supone un reto insuperable y que causa una repercusión única. Las impresiones son iguales para diferentes para el seguidor de Chinchilla y el de Kuala Lumpur. Casi setecientos millones de personas, de hecho, siguieron la final. Setecientos seres humanos que pudieron cotejar dos estilos diametralmente opuestos en dos selecciones con similares tradiciones.

Los santos y los bendecidos

Como curas laicos, De Jong y van Bommel se dedicaron a repartir hostias sin consagrar. Webb -un espanto como colegiado y un tipo muy sospechoso- lo consintió en pos -¿se lo pueden creer?- del fútbol espectáculo. Sin duda, espectacular fue la patada que recibió Xabi Alonso. Le podía haber partido el esternón. Básicamente eso fue Holanda. Presión tímida y golpes sin vergüenza alguna. Una fórmula simple en la que encajaba como azúcar en mojito Robben. El interior es pura contradicción. Es agradable verle jugar por su estilo, pero desconcierta e irrita su teatralidad. En parte a causa de su exagerado dramatismo, ha perdido Holanda este campeonato (pero en parte gracias a él ha llegado a una inesperada final). De cualquier forma, porque hasta Johan Cruyff siente pena por esta Oranje, un buen amigo me comentó con más razón que un santo que no es de recibo llegar hasta a una final para jugarla así. Para ese viaje no hacían falta esas alforjas. Recibieron, afortunadamente, su merecido.

Inmortal

Pudo haber llegado de muchas maneras, pero pudo no haber llegado nunca. El gol que cosió la primera estrella al pecho de España sucedió casi al final. Como en un viaje bien programado. Como el destino final de un gozoso tránsito que comenzó con un España-Rusia en 2008. Navas condujo el balón con tiento y tenacidad, Torres -el gran castigado por el torneo- centró y un defensor la rechazó la pelota. Un supremo Cesc controló esa acción incontrolada para convertirla en oro puro en las botas de Iniesta. Entonces, el manchego se hizo inmortal en su remate. Alfredo Martínez le elevaba a esa condición. Una que no se gana en las iglesias ni en las bolsas. La eternidad pasa por saber vivir el tiempo y aprovecharlo para prolongarlo en el recuerdo. Y su golpeo que sólo detuvo la red de la portería holandesa ya ha quedado impreso en la memoria colectiva de un país. Del Mundo. Era la imagen que le faltaba al torneo y el protagonista último que requería (por mucho que Forlán se llevara el balón de oro). Por ese instante en el minuto 117 de ese partido mereció haber nacido. Muchos ya podrán morir porque han asistido al tránsito de un hombre hacia la inmortalidad. Era lo que todos queríamos. Ser eternos por unos segundos en un grito.

La celebración

Jamás he visto mi ciudad, mi región, mi país como cuando aquel partido terminó. No eran las banderas, ni las bufandas, ni las camisetas. No era el torneo ganado. Era otra cosa. Era un sentimiento único de fraternidad. De tanto sufrimiento compartido y de tanta gloria jamás regalada en los que uno se veía en el otro. En el de al lado. En el perfecto desconocido. Abrazos, besos, guiños cómplices y una insaciable ansia de celebrar. Salieron los padres, salieron los abuelos, salieron los nietos. Salió quien no sabía lo que era un fuera de juego y lo festejó de tú a tú con el sesudo técnico. Salió el rico y salió el pobre. Y los dos eran ricos. Y salió un suspiro colectivo de alivio que era como un réquiem por el sueño. Pero lo bueno de los sueños muertos es que de sus cenizas siempre brotan otros más fuertes.
Hasta siempre, Mundial. Hasta pronto, Polonia-Ucrania 2012.

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