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Tonicruz

El anuncio de Coca Cola

http://www.youtube.com/watch?v=unYvqVtpYaU&feature=related

Pocas veces emociona que te vendan algo. Coca Cola siempre se ha caracterizado por hacer publicidad con gusto. Por tocar la fibra sensible (por algo es una de las compañías más potentes del mundo). Pero creo que el anuncio del anciano y la niña ha roto todos mis esquemas.

Lo vi mientras comía hace una semana por vez primera y confieso que me hizo recordar muchas cosas. El abuelo es el abuelo de todos. Sus palabras sabias invitan al disfrute de la vida en un momento tan deprimente como el que atravesamos. Su amenaza hedonista es la de la propia marca. Una empresa que nunca decae porque siempre será bebida a sorbos. Fría e inconscientemente. A granel. Como debe ser disfrutada cualquier existencia.

Las letras y la música, ajenas al glamur y al espectáculo, son un placer para el corazón. O una puya. O ambas cosas. La moraleja, dejando al margen el producto a colocar, es que lo secundario es lo que otras entidades tratan de mostrar como primario. Josep, a lo Joe Black, aplica su perspectiva cercana al fin y al comienzo. Alfa y omega hermanadas por unos pañales de distintas tallas.

Un lujo que sólo grandes como Coca Cola se pueden permitir. Una pequeña obra de arte en minuto y treinta segundos. Breve. Como todo lo bueno. Como la propia vida.

 

Políticos

Ayer fue otro día triste más para la clase política española. La que menos clase tiene de entre las clases.

Se celebraba el quinto aniversario de los crímenes de la estación de Atocha (y del Pozo, y Alcalá...) y a los del PSOE de Madrid no se les ocurre otra cosa que boicotear un acto en la Plaza del Sol. Al parecer, protestaban por una comisión que -a su juicio- quedó medio perpetrada nada más (como todas en Madrid).

Me resulta indiferente el signo ideológico. Esta vez fueron unos como otra vez serán los otros. Gentuza. Chusma. Personas o personajes empeñados en perpetuarse en un cargo que, en la mayoría de los casos, ni merecen ni merecerán jamás. Demagogos de fábrica. Politicidas confesos que son capaces de vender su alma a Bafumet (que siempre son los otros y nunca uno mismo) a cambio de un puñado de voluntades.Y de coches. Y de prebendas.

Cuando el 11-S y cuando el 7-J (uno en Nueva York y el otro en Londres) a ningún ciudadano de aquellos paises se le ocurrió levantar la voz contra sus gobiernos. Unidos con una sola finalidad, reprocharon los viles actos salvajes despreciando algo tan secundario (y tan desgraciadamente imprescindible) como la política. Nadie se lucró de aquello. Todos perdieron.

En España, en esos tiempos de sangre y rabia, los que estaban en el poder únicamente se preocuparon de tapar su inicial mentira. Por su parte, los que aspiraban a ganar las elecciones unos días después, tan sólo querían airear mierdas para que les cayesen en la cara a sus enemigos en las urnas.

Han pasado cinco años y la vida sigue, por supuesto, igual. Los que nos dirigen (repito: qué importa su color) siguen ofreciendo su espectáculo vomitivo desde sus poltronas. Nadie les pone firmes porque sólo ellos pueden ponerse firmes. Todos tiran la primera piedra (unos a otros) sin escrúpulos. Como si sus ideas les dieron crédito y pábulo para tanta desvergüenza. Como si contaran con un halo divino de infalibilidad. Y sin embargo, fallan. Y sonríen. Vuelven a fallar. Y vuelven a sonreír. Y así eternamente...

 

Souvenirs

Se acumulan en los estantes. Aparecen en los cajones de forma repentina. En los bolsillos. Son como los primos de Murcia, que todo el mundo parece tener uno que surge cuando menos uno se lo espera (por cierto, al igual que los parientes lejanos, no poseen ninguna utilidad conocida).

Los souvenirs, guardianes de la memoria, son artefactos caros para lo que valen e inevitablementes kitsch, por lo general. El turista los compra a decenas. A centenares. Los lleva en bolsas que también acumula después como recuerdo añadido. Quiere ver en ellos, cuando los adquiere, símbolo y arte. No consideran el insoportable coñazo que les resultará tener que ir cargando con varios kilos de más hasta sus casas. Todo merece la pena por apoderarse de artefactos de un sólo uso.

Compulsivamente, al turista se le encienden los ojos en cualquier tienda de recuerdos. Coteja precios. Compara colores de camisetas que nunca se pondrá. Prueba bolígrafos que luego nunca usará. Rebusca (lo he llegado a ver) bajo las faldas de una gitana de plástico para ver qué esconden.

Acabo de volver de Nueva York. Hasta piedras imantadas me he traído. Ahora no sé qué hacer con ellas. Definitivamente, los souvenirs son el sambenito de los que viajan. El síndrome de Diógenes del trotamundos. Sálvese quien pueda, porque lo peor es que viéndolos uno evoca irremediablemente lo mucho mejor que se lo estaba pasando en el momento que los adquirió. Esa es su verdadera maldición.

Una noche en el Madison

Recuperado del jet-lag y de la decrepitud parcial en la que me sumió el desbarajuste de la terminal del JFK, relato otra vivencia de mi paso por Nueva York. Para un periodista deportivo, resulta una tentación tener a un par de manzanas del hotel el Madison Square Garden. Además era temporada de basket, no de baseball (empieza en abril), el verdadero deporte de la ciudad y de la nación (Haré un aparte para hablar de la rivalidad Yankees-Mets (los dos equipos de la ciudad en ese deporte): Los primeros lo ganan casi todo –llevan, creo, 20 títulos- y los segundos son los supervivientes, quienes representaban a los desheredados. A los sufridores. Me recordó, con todo el riesgo que los cotejos conllevan, a la pugna Real-Atleti. Hace unos años llegaron ambos a la final y aquello colapsó la gran manzana-la llamaron la final del metro por la corta distancia a recorrer para disfrutarla-. Ganaron los poderosos. Enric González, mi cicerone en este viaje con su gran libro “Historias de Nueva York”, se decantó por los Mets. Yo, por estética nada más, me compré una gorra de los Yankees para gastar mis últimos doce pavos).

Volvamos al baloncesto. O no. Porque lo que menos llama la atención de ver un partido de la NBA es el juego. El Madison, que por fuera no reluce empequeñecido como está por tanta torre de Babel, es una sensacional arca. Un objeto flotante identificado. Luces, ruido controlado y acción. Como un musical más donde todo parece predecible menos el guarismo final. El primer reflejo al acceder al pabellón (y he estado en bastantes recintos deportivos) es claustrofobia y aturdimiento. Del techo cuelgan los números de los ídolos (confieso que sólo reconocí a Ewing).

El amigo que me consiguió los tickets (de oferta), su novia coreana, otra pareja de Fuengirola y yo (la heterogeneidad no podría ser más deliciosa en una ocasión tal) nos sentamos en el gallinero. Se veía bien y, además, nos permitía palpar de verdad el ambiente en la grada. Los Knicks jugaban fatal. En el primer cuarto casi ni llegan a los diez puntos. Pero el gentío no se impacientaba. Y eso que la temporada que están haciendo los locales está siendo lamentable. No tienen opción alguna de pelear por el título.

Durante uno de los primeros tiempos saltaron las cheerleaders. Podría describirlas como ninfas dulces, pero prefiero adjetivarlas de forma más hooligan: Son unas tías buenísimas que se mueven como diosas y que permiten a la imaginación obviar otras redondeces más impredecibles (a todo se acostumbra uno puesto que en otros tiempos muertos posteriores apenas les saqué diez fotos). No quiero imaginar lo que deben sugerir a menos de 50 metros.

También animaban el cotarro una especie de saltimbanquis que giraban sobre sí en vueltas imposibles. Parecía que se iban a romper, pero siempre salían airosos. Prefería las mujeres, así que nos fuimos mientras los saltos a buscar algo de comida. La manduca es otra religión en el basket americano. A mi, sin embargo, me decepcionó un ciento. Sólo quedaba en uno de los bares bocadillos de pastrami condimentados con pepino crudo y una col igualmente amarga y triste (ni la probé).

Puede que por la Brooklyn  Lager que regó mi ingesta a mí aquello me sabía a morcón. En cualquier caso, desde aquel momento me dediqué (contagié a mis compañeros de grada hispanos y juraría que a algún local también) a jalear la castiza palabra "morcón" en lugar del tradicional “offence” o “defence” (qué sosos) que gritaban los aficionados en cada lance.

Los de la fila de delante se debieron ofender ante lo que no entendían y me recriminaban, con sorna, que en el Madison se debe animar a los Knicks. Estos tipos, los tontos de delante, que creo que eran de los Sixers, casi se pelean (eran cinco) con un fortachón al que le pidieron que se sentara. El tipo, insisto en que estaba muy cuadrado, se molestó mucho cuando le dieron una colleja con un aplaudidor de esos destinados a hacer ruido. Al final tuvo que salir por patas porque otros seguidores del equipo de Philadelphia se querían sumar a la lucha (aún no sé cómo pudo salir ileso para, incluso, volver a por su jersey olvidado en su localidad un rato después del final del encuentro).

En el último cuarto la cosa se animó. Los Knicks, que no estuvieron por delante en el marcador en ningún momento del encuentro, se pusieron a tres puntos. Pero la fastidiaron. Ni la presencia de John McEnroe y de otro actor llamado Piven (creo) sirvió de estímulo. Daba igual. La gente abandonó el campo (menos el tío cuadrado que he contado antes) con un rictus equidistante entre el placer y el sopor. Nunca pensé que, incluso, se fueran antes para evitar atascos como se hace en los campos de fútbol europeos. La experiencia, en cualquier caso, fue fenomenal y extremadamente recomendable (menos el bocata de pastrami/morcón). Guste o no guste el deporte.  

 

La terminal

Me despedí en mi último artículo con la palabra volando. Menuda ironía. Desde entonces y hasta ahora -ya me encuentro en Córdoba- he vivido uno de los capítulos más agotadores de mi vida. Como en una especie de metáfora final de mi viaje a Nueva York, comprobé que si bien el hombre se ha hecho dios creando urbes como aquella, aún tiene mucho que rezar (por si y ante si mismo) para subsistir como especie.

Unos copos de nieve empezaron a caer justo cuando abandonábamos el vehículo en el que llegamos al JFK. Graciosos, empezamos a sacar fotos porque la estampa lo merecía. Estábamos retratando nuestro futuro padecimiento. Unas 36 horas después tomaba tierra en Málaga. En ese tiempo (y en mi cuaderno toda vez que no encontré un solo terminal de internet en uno de los aeropuertos más grandes del mundo) garabateé lo que sigue:

" "Yo lo que quiero es irme, aunque sea en autobús". La petición, a medio camino de la súplica, de una señora de cincuenta y pico con su marcado acento boquerón y en mitad de la cola de un Starbuck´s, sonaba un tanto kitsch. Son las ocho y pico aquí. Tengo sueño. Hambre. O no. No sé. Sobre la monótona maqueta azul desfilamos sin alma. Sin ganas. Somos vagabundos del cielo. Huele a pies y a incertidumbre. Fuera sigue nevando y nada ni nadie nos garantiza que algún día (a corto plazo) podamos salir de aquí. Presos somos también de la burocracia. Sin la green card y en los Estados Unidos, la terminal 3 del JFK es nuestras patria. La puerta 7, nuestro hogar. Fuera no sé si seguirá el avión que nunca parece que vaya a salir. Algunos se despidieron de Nueva York a las cinco de la tarde y ya han contado todas las losetas de su particular downtown. Mañana es hoy y también es ayer. No sé decir con corrección si aterrizaré el miércoles, el martes...Nadie de Delta (la compañía del avión) presta demasiada atención a nuestro problema. Un empleado llamado Singh teclea aburrido su móvil. Soto voce, masculla palabras de fastidio. Agota paciencias. La lejanía une. Se crean circunstanciales cabecillas que buscan alternativas. Madrid, Roma, Barcelona...Europa es aquí El Dorado. El súbito invierno, el malvado salvaje. Los móviles se agotan. Casi nadie tiene ocasión de explicar lo inexplicable: “Ya te contaré”. Se oyen los primeros ronquidos. Babas decadentes en comisuras sequísimas. El sueño americano. Descanso que en ningún caso repara. El aeropuerto despierta perezoso.  Luego de muchas porfías, se apunta una solución. Pero queda mucho. Nos queda mucho…”

Luego de aquello pasó un día entero de comidas sucias y hojas pasadas. De dolor de ojos y de espalda. De perjuras. De bajos impulsos. De altos vuelos. Llegué cansado y sigo despierto. Debe ser el jet-lag. La madre que lo parió. A él y al raro sentimiento que me invade: aún tengo ganas de seguir viajando.

http://www.malagahoy.es/article/malaga/364447/unos/pasajeros/malaga/tirados/aeropuerto/nueva/york.html

http://www.malagahoy.es/article/malaga/365285/regresan/malaga/los/pasajeros/afectados/nueva/york.html

 

Un mundo en una manzana

Escribo esto una hora antes de abandonar mi hotel en Nueva York. Volvere hacia donde puedo escribir volvere con retintin y Espana sin castraciones. Estoy muerto y me siento muy vivo. Mis dos ultimos dias han sido agotadores. Estresantes. Trepidantes. Cinco museos en 48 horas. Un partido de los knicks. Fiesta por Greenwich Village. Taxis. Cuenta atras de calles y avenidas. Y gente. Y razas. Y animales que deponen. Y deposiciones que alimentan. Todo en unos kilometros a la redonda.

Hoy he visto nevar. Los copos, finisimos, se confundian y no eran capaces de cuajar en el asfalto. Los viandantes, atropellados, nunca son capaces de detenerse por eso. Ni por nada. De torticolis solo atienden a los de fuera.

Me fascino el Guggenheim, una ola que se acaricia con cada pisada. Alli incluso me descalze para entrar en una sala azul con sonidos. Es uno de esos sitios en los que se admira como arte un bote de miel. Subjetividad inmoral. Pasee por la inmensidad agobiante del Metropolitan. El doble de grande que lo grande. Cansa hasta recordarlo.

De puntillas y en silencio, contemple la seleccion de obras de la galeria Frick. Nunca como en ese lugar (el tal Frick fue un autentico explotador de los proletarios en los albores del XX) senti que muchas veces deambulamos en el capitalismo sobre los cadaveres de muchos muertecitos que no gritan.

Moma cuadrado. Moma nuevo. Moma blanco. Espacios escogidos y un helicoptero gravitando. Terreno de juego del futuro. Pasado reciente que se materializa entre Miro y Picasso. Entre Pollock y Van Gogh. Y todo lo que hay entre medias. Que es demasiado.

Museo de historia natural. Monos. Morgue paleolitica. Decorado de pelicula y efectos especiales. Retrovisor lleno de ninos chicos (ninos fritos) que devoran con infatigable mirada (ellos no saben agotarse) a mil imagenes por segundo.

Mi autobus esta al llegar. Mis parpados se caen. Sobrevivo por el cafe de esta manana y lo poco ingerido en el Deli hace un par de horas. Si manana llego entero seguire contando. Volando.

Bronx, contrastes

Hoy concertamos una excursion (sigo sin acentos ni enyes) llamada Contrastes. La gracia del asunto consiste en recorrer aquellas zonas de Nueva York (en autobus, por supuesto) mas lejanas del lujoso Manhattan. Las que no se ven si no se quieren ver. Las que no brillan tanto.

Otro licenciado dirigio la expedicion. Quien mejor, y explico enlazando con lo de ayer: todos los guias que hemos conocido en el periplo americano han sido latinos. Un argentino, un colombiano y dos mexicanos. Especialmente gracioso el jubilata que nos enseno Washington. Era lo mas parecido a un abuelo cebolleta, pero con gorra a lo Mickey Rooney. No paraba de llamarnos a todos licenciados. Y a aquel que era abogado, abogadazo. Detestaba, por cierto, a Dali y a casi todo lo que tuviese menos de cuarenta anos. Era un cachondo. Cansaba.

Hoy pasamos la calle 96. La frontera. Hasta ella, glamour, plenipotenciaros a los que (literal) les construyeron una avenida para su solaz y que pueden salir a su calle protegidos con un toldo verde para que un portero (todos los edificios tienen uno hasta ese numero) les haga todo el trabajo sucio. Algunos son tan snobs que prefieren encender una luz habilitada en la entrada del bloque cuando requieren un taxi. El primer cab amarillo que pase parara. La propina sera jugosa y lo saben.

Por eso mismo, sensu contrario, no se ven taxis en Nueva York mas alla de la 96. A partir de ese momento se pasa de una renta per capita de medio millon de dolares a otra de 25 mil. De unos cables electricos ocultos a otros ornados con cientos de zapatillas de deportes  (cuentan que son el sacrificio para entrar en una pandilla).

Cada barrio es un mundo. Bronx no acojona de dia. Peores son (con perdon) las tres mil de Sevilla y la Torremolinos de Cordoba. Graffitis reivindicativos y bellos. Negritud. Solo algun que otro coche quemado y las rejas de los colegios (en todas las ventanas) recuerdan lo que realmente flota en el ambiente. Giuliani hizo bien su trabajo. Con celo. Limpio tanto que, por sus ansias, no pudo evitar que un grupo de polis recien licenciados se cargaran a algun que otro inocente. Las paredes del Bronx les recuerdan por igual. A ellos y a los que abogan por seguir traficando con crack.

Queens es odiado por los neoyorquinos. Sobre todo porque no parece Nueva York (al menos una parte). Casitas unifamiliares. Quietud. Aburrimiento. Un clasismo burgues que no pega nada con la ciudad en la que se confunden las clases por obligacion. Como en perfecta simbiosis. Se necesitan. Los apaticos gordos mentales de una parte de ese sector piden hasta los antecedentes policiales para dejar entrar a vivir a un nuevo vecino.

Hay otro Queens. El latino. Comer en Cositas Ricas y pasear bajo un metro incensante que impide mantener conversaciones superiores a los cinco minutos sin dejar de hablar. Aquello huele a frijol. Veo a Jennifer Lopez por todas partes en decenas de academias de baile. Me gusta esa zona, nada que ver con lo que estamos acostumbrados a imaginar en Espana de ellos.

De Brooklyn me quedo con Williamsburg. Entre otras cosas porque, de la zona mas extensa y poblada de la ciudad, solo te ensenan ese barrio hasidico. Es decir, el de los judios integristas. Tirabuzones, kippah (desconozco su plural) por un tubo y mujeres con peluca para no mostrar su obligatoria calva (eso las casadas, a las que obligan a raparse para matar todo vicio). Visten ellos y ellas como los polacos de hace dos siglos y pico. Compran y venden joyas. Son ricos casi todos. Pero os puedo prometer que era la zona mas sucia de toda la ciudad.

El contraste, los contrastes, no se ven entonces. Sucede que luego, al pasar por el inmenso hueco dejado por las Torres Gemelas, hay unos grandes (enormes) almacenes llamados Century 21. Son propiedad, que cosas, de judios hasidicos. La gente abandona sus escrupulos, pudor y varios sueldos en ellos. Nunca estan vacios. Compre hasta saciarme y sigo teniendo sed. Pasee por la quinta, compre mas y sigo teniendo hambre. Hemos llenado una maleta mas y no somos capaces de decir basta.

Esta claro: el gran contraste somos nosotros. Los conejillos de indias. Seguimos asimilando. A marchas forzadas.

Washington

Hoy estuve en Washington. Pero ya regrese al Vincci Avalon. Un hotel, por cierto, donde todo suena como en casa. Pero en el que, evidentemente, nada se teclea como en Espana (la ausencia de enyes es otro handicap a superar junto con el de los acentos). Puede que, justo antes de irme, alguien sea tan amable de explicarme como lograr ambos signos. Mientras tanto, lo siento, esto es lo que hay.

Ayer escribi sobre un simulacro de incendio. Esta manana abri el Times y comprobe que no lo fue. Dos chinos (Tony Woong y senora habian muerto al quemarse su casa). Repase a posteriori las absurdas fotos de turista que tome en la zona de la tragedia. Lo peor es que no senti nada. Ni frio ni calor. Tal vez algo de estupidez. Como de actor secundario en un cuento que nos queda demasiado extenso.

Volvamos. Despues de quemarme (mas la lengua que los dedos) con mi enesimo cafe de Starbucks (esa marca es el imperio en el imperio) empredimos el rumbo hacia Washington. En una estacion de servicio cerca de Delaware, averigue el por que de Pajaros. Hitchock tuvo facil la inspiracion. Las gaviotas, confiadas en exceso, planean con arrogancia. No picotean, pero acojonan.

Washington no es majestuosa. Asi la quisieron hacer. Existe la mania en Estados Unidos de darle la capitalidad de las distintas regiones a ciudades menores. Asi, por ejemplo, Albany lo es del Estado de Nueva York. Aplicado a la totalidad de la nacion-continente, no resulta extrano que sea esa ciudad de no mas de 650.000 habitantes la que ostente tan alto honor.

El Distrito de Columbia (ese fue su nombre original) se penso como una gran estrella. Al estilo del urbanismo imperante en los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, el efecto no sobrecoge mas que en momentos puntuales. El Capitolio, a lo lejos, solo es lo mas alto porque esta en una columna. Hay mejores chalets en cualquier zona residencial de nuestro pais que lo que es la Casa Blanca (pero en ella no parece probable que entren bandas de kosovares).

Hay dos cosas que me interesaron. Una la influencia masonica. En todo. El gran obelisco (emplazado en mitad de la cruz imaginaria que forman Capitolio, Lincoln Memorial, Casa Blanca y Monumento a Jefferson) es el mas alto reconocimiento que los de la secta de librepensadores otorgan a un miembro (el nivel 33, el que tenia Washington).

El otro es la dualidad Arlington-Pentagono. Apenas distan unos metros. Si el avion que impacto (o lo que fuera que chocase) se hubiese desviado unos metros habria destrozado el panteon de JFK. Un lugar acoge, en brutal paradoja, las victimas que en gran medida produce como en una fabrica de devastacion, el otro. Por cierto, testigos del dia de la infamia en aquel lugar son un reducido panteon lleno de tumbas como colas de avion y el distinto color de la piedra nueva que reemplazo a la que la explosion causo.

Volvi, como digo. El skyline de noche no duerme. Desde Nueva Jersey, dicen, se disfruta de la mejor vista. Yo solo tenia ojos para, perplejo, ver la actuacion en la pantalla del autobus de una especie de Luis Cobos griego llamado Yanni.O algo asi. Cosas de la globalizacion, licenciados (eso lo explicare manana, que ya tengo sueno).

Nueva York

Estoy en Nueva York. Prescindo de los acentos por culpa de mi circunstancial teclado. Analfabeto. Funcional, raro. Informe y gris. Bello en sus deformidades. Como Nueva York. Ciudad del frio que hace llorar (corroboro lo que escribio Federico). Capital del asfalto, el cemento y el hormigon. Del carisma y la belleza oculta en si misma. Confusa. De calles paralelas y enormes. Quinta glamourosa, 42 majestuosa, Broadway india. 

Nueva York disfrazada de Nueva York hasta la extenuacion. Con unas alcantarillas (es el unico caso similar que yo haya visto) que respiran. Que, por sus poros, desprenden ese vapor de las peliculas que es cierto y real (huele a polvo y agua). Con unos policias y unos bomberos queridos. Con un alcalde, el de ahora, menos querido que el de antes. Poseedora de los unicos cimientos que conozca que sean dignos de visita.

Acreedora y deudora del mundo gracias (o por culpa) de Wall Street. Martir, en cualquier caso, de su propia condicion de starlette del cotarro internacional. Manzana empapada de caramelo. Envuelta en mil luces que la recubren como si la preparasen para venderla a alguien. Que es uno mismo. Que somos todos. 

Pasear por Nueva York es hacerlo por todas las peliculas que uno recuerde. Por cada rincon de la memoria que uno dedicase al celuloide. En ese sentido, toda America es mas real incluso en la tele. Hoy he visto un simulacro de algo (habia polis gordos y periodistas flacas) en Chinatown y me he llevado de recuerdo un trozo de "Police line, do not cross" (como los de las series).

Hay Obamas en las tiendas. En Times Square las luces, ajenas al reloj y al tiempo, siguen parpadeando mientras escribo. Y seguiran dentro de unas horas. Y en unas decadas. Y siempre. El mundo la ha hecho eterna y ella luce orgullosa (toda ella: Manhattan, Queens, Brooklyn, Bronx y Harlem) su condicion de inmortal. Cada segundo avanza mas hacia su propia leyenda desde cuando unos cuantos holandeses (como Roma, Nueva York tiene su propia genesis) se la compraron por unos 24 dolares a los indios de Manhattan. Ellos no creian en la propiedad. Como ahora. Mas o menos.

Amigos

La amistad es un cuento. Una historia con un principio y que, si es de verdad, no tiene final. Una conjunción imperfecta y única. Sagrada. La verdadera y auténtica unión entre dos personas. Mucho más que un matrimonio. No requiere papeles. Ni entiende de formalidades. Dos son amigos porque se entienden. Porque saben el pie del que cojea uno y otro. Sus debilidades. Sus puntos fuertes. Lo que no se deben decir. Lo que siempre quieren escuchar.

Porque comprenden la humanidad de la que forman parte y de la que se pueden reir en grupo. Fuertes. Indisolubles. Y porque saben distinguir que, por muchos kilómetros que puedan separarles, por muchos impedimentos que les afecten, siempre podrán decir que se tienen para lo que necesiten.

Algún día alguien querrá sacralizar la amistad con algún acto como el matrimonio. Entonces, y sólo entonces, la amistad dejará también de tener sentido, porque perderá todo lo que tiene de libertad.

Sordidez y flema brit

De los británicos siempre se ha valorado su carácter flemático. Su impasible actitud ante lo bueno y lo malo. La capacidad de ponderar los problemas para darles la mejor de las respuestas posibles. Así crearon su imperio y así se mantuvieron a salvo de la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial. Se les tiene por un pueblo puntual y educado. Correcto. Churchil y Chamberlain. David Frost y David Niven. Smoking y frac. Corsé. Hyde Park lleno de ardillas y una nube de leche en el té.

Últimamente, sin embargo, la sordidez está haciéndoles perder la compostura. El eclecticismo cultural, la globalización, la mierda como elemento unificador de la humanidad. Ayer Gran Bretaña fue un poquito menos grande por dos noticias. Una es, simplemente, descorazonadora. Jade Goody, una profesional del morbo que vivió de una participación en Gran Hermano, se está muriendo por un cáncer. Así que, consecuentemente con la vida que ha llevado, decide brindar su muerte a los ojos del gentío. A su alter ego que es el desconocido. Que somos todos. Que no es nadie. Que le nutre y le paga. Y que ha matado su vida en vida y ahora quiere matarle su muerte en la muerte. El problema no es que ella quiera vender. Lo peor es que, seguro, al final tanto su boda como su final tendrá comprador. Shame on you.

La otra información es más trivial pero igualmente reveladora. En Cheshire (no puede haber nombre más inglés para un pueblo más inglés) han puesto una señal en su estación de tren para que las parejas no se besen. Prohibir la más nimia expresión de afecto puede hacer que la locomotora pueda llegar más en hora a la siguiente estación. Pero nunca un beso puede parar el mundo. Seguro que si todos los que estuviesen en el andén se besasen más a menudo nadie tendría tanta prisa. Nadie vendería su alma al capitalismo. “¡El placer, sólo el placer! ¿Hay otra cosa que mueva a la gente?” (frase de La importancia de llamarse Ernesto, Oscar Wilde).

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/02/18/comunicacion/1234954125.html

http://www.telecinco.es/informativos/curiosidades/noticia/100000518/Prohibido+besarse+en+los+andenes

Intenciones

El ser humano no se distingue por su color de piel. Ni por su condición económica. No importa si es hombre o mujer. Alto o bajo. Gordo o flaco. Lo que verdaderamente debería servir para valorar y enjuiciar a una persona es su actitud ante lo que está por venir. Sus intenciones.

La inmensa mayoría (ascetas quedan pocos en una sociedad tan consumista) anhelamos por encima de cualquier otra cosa su propia satisfacción. Por eso, lo que nos diferencia a los seres humanos es la vía por la que buscan paliar sus instintos más primarios (o más secundarios, toda vez que casi nadie en el primer mundo muere de hambre o sed).

Abunda lo ruín. Lo miserable. Lo maquiavélico, pero sin glamour. Porque si el genio italiano de "El Príncipe" levantara la cabeza y viera sus teorías aplicadas a un adjetivo que se prostituye sin parangón...puede que reescribiera su tratado.

Seres que tratan de trepar en su escala de placer a costa de medrar, manipular, conspirar y malmeter. Auténticos desgraciados que siempre, desgraciadamente, controlan cotas de poder mucho mayores a sus méritos y, por supuesto, infinitamente superiores a su catadura moral. En sus manos, tinta y orín. Olor a podrido y a sucio. A dejadez de la sociedad que les permite (invita a ello) acumular a costa de quien realmente se lo merece.

Ser humano es una tarea complicada. Parecerlo mucho más sencillo.

Los voceros de la tele

Suenan cuando aparece un protagonista en un plató. No le aplauden por ser listo. Ni por sus valores, porque ni siquiera le conocen. Le jalean porque sí. Porque merecen reconocimiento por vender su alma a la religión catódica para retratarse ante la igualmente lerda audiencia. Escuchan atentamente sus cuentos sin discernir si son mentira o verdad. Sin enjuiciarles más allá del velo de envidia que les sostiene inquietos. Les gustaría estar del otro lado, pero se tienen que contentar con hacer ruido. Son una parte imprescindible del atrezzo de cualquier programa de testimonios. Llaman guapo cuando sale algún personaje joven (o cuando, porque son los mismos, comparecen en algún acto público el Príncipe y/o Letizia). Aunque pese 400 kilos y quiera confesar sus deseos de practicar el bestialismo desde la infancia con Jolly Jumper.

Pueden ser plañideras cuando-rarísima vez- les duele algo de lo que ven, pero normalmente ríen con sus descompuestas almas cuando hay algo que les hace gracia. Desafinan más cuanto más sórdido es el programa. En la televisión andaluza son característicos sus chillidos inconscientes, sobre todo cuando una criatura dice alguna tontería en los programas siempre presentados -aunque ya creo que no esté- por Juan y Medio ("jajaaaaaaaa, qué grasiosssooo", espetan).

Lo peor no es la absoluta incapacidad de análisis con la que vociferan. Ni la pasión inútil que gastan en semejante memez. Mucho más inquietante es lo que enganchan sus antieróticos cantos de sirena. Algo que provoca que muchos, confieso, no podamos perdernos ciertos programas de por la tarde. Ay.

Rutina

Los hay rutinófilos. Gente que confía su vida en seguir con su triste día a día sin más. En ver los minutos pasar delante de sus ojos con vergonzosa indiferencia. Personas que no conciben su existencia más allá de unos límites estipulados por lo convencional. Que apuestan a ganador seguro porque se sienten vencedores de la mediocridad. Tristes jornaleros de la nada. Lascivos babosos. Hormiguitas de un sistema putrefacto que recompensa su deslomamiento con una cena entre semana, unas copas con sus otros compadres rutinófilos y un polvo semanal. Siempre teniendo enfrente la misma cara desangelada y mustia que apenas siente ni padece. Que ya ni le gusta, que ya ni recuerda el motivo por el cual se casó con ella y a la que, por olvidarla, llega a pagar de vez y en cuando y con secretismo los servicios de una ramera. Con otra cara.

Líneas rectas que conducen al coma y a la melancolía. Flor marchita. Que padece. Que perece. Que nunca, por insignificante y futil, existió.

En aquel inolvidable Instantes, qué más da que lo escribiese Borges o no, su autor confesaba que si pudiera vivir nuevamente "tomaría muy pocas cosas con seriedad, correría más riesgos". Y terminaba aquel bellísimo texto diciendo: "pero ya ven que tengo 85 años.. y sé que me estoy muriendo". En eso se equivocaba. Hoy sigue vivo en muerte. El rutinófilo sigue muerto en vida.

La boda

Narciso estaba nervioso. Pensaba que ya había llegado la fecha. Que no podía esperar más para decírselo. Para confesar que no podía vivir sin él. Que cada vez que suspiraba, su mente recreaba una y otra vez los instantes que no estaba a su lado. Que era por él por quien pasaban los segundos y las horas. Por él las comidas tenían sabor y las imágenes color. Que quería que nadie sino él sintiera su cuerpo contra su cuerpo. Su piel cerca de la suya. Que nada contuviera su pasión por el amor que cada vez menos secretamente le profesaba. Por eso se vistió con su mejor traje. Por eso se afeito cuidadosamente y se perfumó con su incienso más arrebatador. Por eso desde aquella mañana no podía sino esperar que llegase el momento. Por eso, por él, se apostó delante del espejo y espetó la frase que más anhelaba decir en el mundo:

-Narciso, ¿quiero casarme conmigo?

Dedicado a San Valentín.

Hoy he visto a Karl Marx

 

Hoy he visto a Karl Marx. Vestía con una camisa de franela y pantalones de pana. Llevaba, probablemente, zapatos de gamuza azul y silbaba una canción popular alegremente. Estaba quieto, viendo el tiempo pasar. Contemplando a la gente pasar. Observando el viento pasar. Su barba, aún cana, no parecía cuidada. Ni sucia. De hecho, no parecía barba sino un injerto capilar. Su tez era blanca. O no, porque el reflejo del dorado sol precipitaba sus manos contra su rostro. Deslumbrado, apenas era capaz de enfocar correctamente sin hacer un gesto instintivo de desaprobación. Pero era sólo un reflejo. Porque Karl parecía sonriente, alegre.

A su lado, un perro movía la cola despreocupado, zigzagueando. Él le ofrecía un imaginario trozo de pan de sus manos callosas. El can, ingenuo, lo buscaba primero con la mirada y luego con el resto de su empeño. Sus ojos reflejaban muchas cosas triviales, fútiles, vacuas. Recuerdos pasajeros de horas en los que veía más de lo que observaba. En las que el sol se ponía costosamente. En las que la luna salía costosamente. En las que todo era más complicado y más sencillo. Para él más. Para él menos. Ayer vi a Karl Marx. Pero puede que no fuera él.

 

Las sillas de Touriño y los espías chulapos

Hay detalles que quitan la fe. Uno confía en ciertos momentos en los demás hasta que los demás le acaban demostrando que no son mejores que uno mismo. Se supone, se presupone, que todos y cada uno de nosotros depositamos -en las urnas y con nuestro voto- nuestras esperanzas y nuestras ilusiones en aquellos que nos van a gobernar. En quienes van a dirigir nuestros destinos con una diestra global movida por un bien común supremo.

En Galicia hay gente que votó a Pérez Touriño. Tantos se decidieron por él que se convirtió en la persona más importante de aquella región. Él, como nuevo rico, se ha dedicado a regalarse caprichos que (sea época de crisis o no) chocan, asustan y asquean. ¿Qué mérito ostenta para permitirse un Audi de casi 500.000 euros a costa del erario público? ¿Qué necesidad tienen sus consejeros de poner sus lustrosos culos en sillas de diseño danesas a más de 2.000 machacantes la unidad?

En Madrid muchos votaron al PP. Ahora todo el espectro político se horroriza al ver la trama de espionaje en la que todos son culpables pero, como juegan en el mismo equipo, nadie pringa. Si acaso, caerán todos. O nadie. O el ciudadano, que aún (nunca lo hará) no se ha enterado de lo que va el tinglado.

Un presidente de los Estados Unidos, no fue Bush por supuesto, dijo que él gobernaba para millones de jefes. Sus votantes. Aquí, por la peculiar idiosincrasia hispana, los que mandan cortan, pichan, deciden y se creen en el derecho a recomendar y aconsejar a los demás. Que es lo peor. Que encima esos mismos, los lamentables gobernantes que mangan y torpedean la democracia, se apresten a la mínima a dar lecciones. Qué sabrán. Quién sabrá.

http://www.libertaddigital.com/nacional/tres-salas-de-junta-con-lujosas-sillas-y-mesas-de-diseno-para-la-xunta-de-tourino-1276349746/

http://www.libertaddigital.com/nacional/el-pp-suspende-su-investigacion-interna-tras-la-apertura-de-una-comision-1276349804/

La escalera

 

Vean primero el video:

http://es.youtube.com/watch?v=883a2UkZqV0&feature=related

Un doble de Andy García sonríe. No para de hacerlo. A su vera, una mujer vestida como de Pimpinela Escarlata observa con inocultable falso interés el montaje de una escalera. Algo muy útil. Utilísimo. Tanto que, como demuestra el señor García, permite caminar en paralelo al suelo (con oscuros fines).

Puede ser sensacional para escapar de un brasero en llamas. O si se tienen primates en el hogar.

Andy se prepara. Su pulso se acelera mientras insiste en cuán seguro el artilugio es. En la pantalla, perennes, el precio del cachivache y el número al que llamar para adquirirlo. El enchaquetado eleva un brazo a su cielo, que es el techo, lo más alto a lo que quiere llegar.

Sube un par de peldaños con confianza, incluso con chulería. Cabeza alta e impecable americana. Nadie jamás treparía por una escalera vestido de esa manera.

Cuando acaba su primer tramo, cuando ya no queda más hacia donde ascender, amolda su cuerpo hecho en cadena de montaje hasta volverse homínido. Su estampa gentil se pierde.

La damisela esboza una sonrisa mientras Andy aún tiene carácter para golpear por dos ocasiones con confianza (menos) el aparentemente duro camino que tiene que recorrer. En la tercera palmada el andamio se queda a medio caer. García se aferra a ambos lados de la escalera, que ya en esos momentos parece un mecano defectuoso. Su acompañante se preocupa durante unos segundos, pero retoma su sonrisa rancia.

Andy sabe que se la juega, pero no hay vuelta atrás. Le han pagado para eso. Para completar esos metros que le separan de culminar el maldito anuncio que le reportará unos cuantos dólares para su hipoteca. Por eso, sigue. Da un paso más que es el último. Sin despegar la vista del frente, sin perder el porte, a plomo, cae. Su tupé se mueve en paralelo al suelo. Su boca, claro, se estampa contra el duro (y maleable según enfatizó antes) metal. García, de chicle y cemento, sigue hablando mientras -muy probablemente- sangre por alguna parte de su cuerpo. Ella se inquieta durante otro instante.Tiembla hasta el ridículo biombo de madera que hace las veces de decorado. Y la secuencia se completa con imágenes muertas del artefacto infernal adoptando muy diferentes posturas y siendo introducido en un coche (que más bien parece su propia caravana fúnebre). Todo con la banda sonora de la risa a lo Loreto Valverde de la ya desmelenada fémina.

Cuánto de metafórico tiene este, por otra parte hilarante, video. Y cuanto de todos nosotros en él. Por eso nos reímos.

 

Loables parches de fartuzcos

En Córdoba hay una forma muy gráfica de definir a las personas que hablan de forma vacua y sin sentido. Son los llamados fartuzcos (o fartuscos). Esa gente se especializa en decir parches o pegos (otras dos palabras con denominación de origen de la tierra). Pues bien, en el mundo hay una cantidad inmensa de fartuzcos. Tantos casi como gotas de agua caben en el mar.

Incluso dentro de la comunidad científica hay quienes, para justificar sus ingresos, realizan estudios absurdos para que la humanidad progrese a la hora de saber el número de horas que se tocan los adultos birmanos el huevo derecho con la mano izquierda o cuántas veces es físicamente posible repetir la palabra “esternocleidomastoideo” sin fallecer a causa de un coágulo enorme de saliva en la tráquea.

Están avaladas esas investigaciones (en algunos casos) por encuestas, gráficos, opiniones contrapuestas, tesis, antítesis y una síntesis. O por nada de nada. A veces se elaboran por meras conjeturas, por fantasías colectivas o por leyendas urbanas. Unas veces las desmienten y otras no. Son carne, en cualquier caso, de breve en diario de información general o de un poco más de lustre si en uno local los redactores andan escasos de imaginación.

No son censurables, antes bien, resultan divertidas y entretenidas. Lo trivial es como la pimienta de la vida. Muchos leen sólo por cosas vanas. Por insensateces. Y, quién sabe, lo mismo gracias a una de estos parches se llega a algo importante. A fin de cuentas, los libros más leídos del mundo lo son siempre por lo que no tienen de realistas.

 

Aquí, un bello ejemplo de una investigación de fartuzcos:

 

http://www.elmundo.es/elmundosalud/2009/01/28/medicina/1233158938.html

 

Zhang Yujun y Geng Jinping

Zhang Yujun y Geng Jinping fueron declarados culpables de "poner en peligro la seguridad pública" por un Tribunal Popular en Shijiazhuang y sentenciados a muerte. Son dos de los 21 responsables de que seis niños murieran y 300.000 (!¡) enfermaran por beber una leche contaminada por una sustancia que se emplea para uso industrial.

La noticia no es ya la condena fatal (desgraciadamente común en un estado criminal como el chino en el que los derechos humanos son una entelequia). Ni siquiera el fruto de su negligencia (una crudísima noticia ocultada durante meses por los mandatarios -no es descartable que con la anuencia internacional- para no manchar unos Juegos Olímpicos ya tintos con sangre tibetana).

No. Lo si no peor más sorprendente es que haya habido otros 19 que se libraran de la condena. ¿Quiénes? Los potentados. Los dueños, los magnates de las empresas. Los últimos responsables de la cadena de mando. Tian Wenhua, la antigua presidenta de una de las compañías involucradas, fue condenada a cadena perpetua. Su abogado comentó que "no existe pena de muerte por el crimen de producir y vender productos falsos o por debajo del estándar".

Es decir: en uno de los últimos rincones del mundo en el que se predica (de forma farisaica) el comunismo se defiende al burgués y se mata al proletario. El veneno no es responsabilidad del potentado. El castigo, tampoco.

Algo está cambiando en ese corrupto país. Desde luego, el cinismo de sus mandatarios no. Entre esos 21 que pagaron el pato no hubo ningún funcionario de ningún ministerio. La carga, se supone, será para el pueblo soberano. Su pueblo que les pertenece y con el que juegan con la tolerancia de la mediocre comunidad internacional.

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/01/22/internacional/1232607183.html