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Tonicruz

Pensar, sentir, vivir

Tesis: Pensar. Antítesis: Sentir. Síntesis: Vivir. No hay equilibrio posible entre mente y alma. Entre cálculo y desmedida. El amor, la pasión, son incalculables. ¿Quién podría poner una unidad de medida al sentimiento? Y, sensu contrario, ¿quién podría-dejando al margen los cursis que opinan que hay música en las matemáticas- ponerle corazón a la ciencia?. Si no se puede vivir sin pensar (¿no?), por lo menos es necesario vivir sintiendo. Es decir, vivir. Porque preocupándonos más por el camino por el que recorrer la vida que por la vida misma, el día a día -y como dice Escohotado en una bellísima canción de Calamaro- se puede "envenenar bastante".

Mucha gente no pretende vivir. Piensan que viven. No sienten. Sufren pensando en hoy. En mañana. En pasado mañana y hasta en ayer. En qué dirán quienes les rodean por encima de lo qué deben decir de sí mismos. Mueren por dar la cara. Sin saber que esa misma cara no es sino otra errónea percepción de su propia estupidez. De su limitación.

Esos no perciben la ocasión de cambiar su futuro inminente en un segundo. Y tiran por la borda cualquier guiño que les regala el aliento que Dios o el destino les ha dado. Lo mejor, aún a riesgo de no saber bien en qué pensar es sentir que se puede vivir. Y, por tanto, gozar de la propia supervivencia como herencia. Como legado del destino, generoso, al ser humano.

Porque si la humanidad valorase cada día como su último sobre la faz de la tierra el mundo sería un lugar menos racional. Más vivo. Mejor.

Escohotado: "Nuestra meta es vivir largo tiempo, pero en el fondo pretendemos vivir a secas".

http://es.youtube.com/watch?v=F3hgkSQhsdc

 

I like turtles

 

http://www.youtube.com/watch?v=CMNry4PE93Y&feature=related

Me gusta lo que no tiene sentido. Sobre todo porque representa, aunque no lo parezca, la verdadera esencia de la persona. Ese niño, el del video del enlace de arriba, no estaba pensando en nada más que en sus tortugas. Le daba igual lo que le preguntase su interpeladora. Podría haberle cuestionado sobre cualquier otra cosa y su respuesta hubiera sido la misma.

¿No se parece un poco a lo que nos dicen todos? ¿Por qué esto nos hace gracia cuando nuestros políticos juegan a eso mismo? Deberían probarles. Que alguien les preguntase a cualquiera de ellos, independientemende de su signo ideológico, por sus tortugas. Seguro que respondían algo que no tuviera absolutamente nada que ver. Y que les reportase votos. Es lo único que les interesa. Por lo único que viven. Son como las tortugas para ese niño. Yo me quedo con los anfibios.

 

 

 

 

Cerca, lejos

El presente ha aniquilado muchos conceptos del pasado y algunos otros del futuro. La poesía ha cedido su hueco a la leyenda. El cielo ha bajado a la tierra (el infierno también) y los ángeles se prostituyen en la televisión con el pudor de un cantinero añejo de puerto oscuro. En medio del caos tecnológico, si algo ha caracterizado con mayor intensidad esta época que cualquier otra cosa ha sido la eliminación de la distancia como concepto.

¿Qué está lejos ahora? Nada. El norte es el sur para lo que está más al norte. Lo que está más al sur que el sur, simplemente y por desgracia, ni cuenta. Pero nada queda a menos de un nanosegundo en la red global.

Y el amor y el sentimiento, que viajan de la mano a cada latido de alma, también quedan a tiro de piedra. Por eso, cada vez más gente prefiere comprometerse sin tener en cuenta los kilómetros. Por eso también, paradojas de la postmodernidad, cada vez más personas se separan viviendo juntas. O siguen unidas con una zanja imposible de superar entre ellos (hay camas que miden cien metros y en las que caben cuatro).

Las miradas furtivas son ahora guiños telefónicos. Los besos, sonrisas de dibujos animados. Los encuentros animales, retórica de voces que se entrelazan con desigual (o paralela) intención. La tendencia es que el corazón siga encogiendo. O, si no, que se retuerza como pitón en cuello, hasta ahogar al incauto que -en tiempos tan oscuros- se encadile con una idea metafísica. Por avisos, desde luego, no quedará. Querer está prohibído. Al menos como se quería antes de ayer.

Chesley Sullenberger, "El héroe del Hudson"

Nadie le recordará cuando pasen unos años. La sociedad tiene mala memoria para los héroes y buena para los villanos. Chesley fue el piloto del vuelo de US Airways que cayó ayer a las aguas gélidas del río Hudson, en Nueva York. Salvó 155 vidas gracias a su pericia. Abandonó la nave el último. Como buen capitán. Sintiendo como propio el dolor de los últimos trozos de metal crepitando al abrazar su prematura muerte. Le traicionó un motor, luego el otro. Sin embargo, mimó lo suficiente su ambicioso Ícaro desvencijado hasta domarlo y hacerle besar con delicadeza la superficie fluvial. 19.000 horas de vuelo. 40 años a los mandos. Página web propia (http://www.chesleysullenberger.com/).

Una figura que no aparece de la casualidad. Un fruto más de ese universo particularísimo y tan brillante como decadente que son los Estados Unidos. Un lugar donde los especialistas son más especiales. En el que un doctor en física puede pensar que la capital de España es Ciudad de Méjico. Un imperio simbólico y frívolo. Un paraíso del uno más uno igual siempre a dos. Una cultura que forma hasta deformar. Que conduce siempre lo ajeno a lo despreciable. Fue Wilde quien puso negro sobre blanco que: "La educación es algo admirable, pero nada que valga la pena saberse puede ser enseñado". Ellos se han enseñado, sin enseñarse, a ser importantes. Los mejores en lo suyo. Únicamente en eso. Y es tan loable como reprochable.

Aquí seguro que tenemos muchos Sullenbergers. Pero antes que volar prefieren, con una frecuencia sin parangón en el Mundo, hacer huelga. Maletas en tierra. Será que les enseñaron demasiado derecho laboral.

 

Lo bello y lo cierto

¿Cuánto hay de bello en lo cierto? ¿Cuánto hay de cierto en lo bello? Reza un proverbio árabe que es mejor la verdad que daña que la mentira que alegra pero, en un mundo en el que la apariencia lo es todo, es mucho más bonita la falsedad. Todo lo que nos rodea es incierto. La publicidad. La televisión. Los otros. El yo consigo mismo. Nada es más que evidente. Nadie mira con ojos claros. ¿Es malo? ¿Es condenable la búsqueda del placer más inmediato por el camino más directo? ¿Por qué complicarse la existencia con la orgullosa e inquisitorial verdad?

Robert Capa realizó una de las fotografías más sentidas que se recuerde en el reporterismo mundial en Cerro Muriano en 1936. Sin embargo, pese a ser vendida como “Muerte de un miliciano”, en ella no había muerte. Ni balas. El progreso ha demostrado, sin dejar márgenes a la imaginación, que el protagonista de la imagen es, sí, un combatiente anarquista que, sin embargo, falleció en un tiroteo posterior a la fecha de su supuesto deceso fotográfico. ¿Es, por eso, peor esa instantánea? ¿Pierde-acaso-representatividad como muestra de la crudeza y miseria de nuestra (de cualquier) guerra? Categóricamente, no.

Pocos escritos más bellos como el Génesis. Ni la verdad puede acotar la labor mitológica de sus místicos creadores. No hubo Adán ni Eva. Ni el mundo se creó en siete días. Sin embargo, sí que se creó. Y sí que hubo unos padres creadores. Al menos para millones de seres humanos. La trascendencia de lo estético ha superado, con creces, a la injerencia de lo pragmático.

El sueño, cualquier sueño, no es cierto. Sin embargo, nadie quiere dejar de soñar. Mientan.

 

La oficina

La oficina del paro es blanca. Mejor dicho, no tiene color. Es iconoclasta por ley y por definición. No huele a nada. Ni a ambientador, ni a perfume, ni a humo. Es el olor del silencio. Del vacío. Es un limbo. Un universo paralelo en el que, abrigados por una potente calefacción, los hombres se distancian de una realidad dolorosa debatiendo sobre ella. Los parados se miran con respeto. Están estáticos, los menos sentados, los más de pie. Uno lee con ojos cansados el diario. Pasa de soslayo su vista por las noticias que menos le interesan mientras gira inconscientemente el papelito -arrugado ya- con su número de turno. Entra una señora despistada. Lleva un carrito de bebé y el pequeño sonríe al colectivo. Para él es un lugar más en su mundo sin definir. Para el resto, él es una esperanza de futura vida. Un quiebro del destino a su suerte.

El sonido del cambio de turno es metálico. Mecánicamente, las respuestas de funcionario y desempleado se solapan. Uno y otro saben asumir bien su papel. Representan a Moliere, a Lope, a Brecht. Todos en uno. Cumplen su cometido en esa sátira social, en ese paripé, que es esa oficina-escenario.

Sellos estampados. Vida registrada. "¿Desea que le envíen información a su teléfono?" "Si no responde lo contrario, se entiende que le resulta indiferente". Indiferencia. Funcionarios del estado. Buenos días y adiós. El ciudadano abandona su umbral de desaliento y retorna al redil donde, como lobo hambriento, le espera la realidad.

Frío

Hace frío. En una sinestesia singular de formas y colores, hace mucho frío. Un gélido caminar por el invierno que tirita sentidos y aturde. Frío. Como el de la soledad. Como el de la singularidad. Como el de la unicidad. Sentirse frío. Parecer frío como contraposición misma a ser frío. Una concatenación de sentimientos que se pintan de colores opacos. Tenues. Simples. Porque el tronar de ese señor mayor es sordo. La nieve cae sin estrépito. Las formas se aplanan bajo su efecto y lloran, ya que llorar también es de color frío. Y pasan los días. Y cree el que mira para el cielo, como miran los que esperan un efecto que no se va a producir, que del cuello hacia abajo todo es frío. Y que del cuello para arriba todo el frío. Por eso se deprimen. Porque saben que después de este tiempo vendrá otro tiempo. Que también podría ser frío.

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