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Tonicruz

Feria

Mayo es, en Córdoba y en cordobés, un guiño a los sentidos. Una patada al estómago. Un revolcón. Y la feria es, en ese contexto lúdico y despreocupado, una especie de universo paralelo. Con buenos, malos y feos. Como un sueño y una pesadilla en el mismo segundo.

Los señores mayores acuden al real con sus familias como en un retrato costumbrista de Rusiñol, pero con cochecitos de bebé y niños fritos que no paran de solicitar prebendas por su buen comportamiento (en mis tiempos era "abuelo, llévame a pescar patos"). Luego se sientan en una caseta y aguardan el lento transcurrir de los minutos. Sin que pase algo más que el tiempo. Comiendo y bebiendo a ritmo diferente. Rápido, con ansia y con alcohol al principio. Ritual y fríamente cuando la noche le gana la batalla al día.

Conforme la edad baja la exigencia y el compromiso con el hedonismo aumenta. Los adolescentes pleitean a altas horas de la madrugada por un hueco en esa lonja de la carne que llaman botellón. O en las atiborradas casetas en las que todos se dan codazos por conseguir antes que nadie cubata y medio. Nadie escucha nada. Sólo se oye. Porque la feria, más cuando se es aún inmaduro, depara unos sonidos tan ricos que merecería un estudio aparte. Desde los desgarradores reclamos de los subastadores en la calle del infierno a las sirenas de la policía. Entre un lamento y un suspiro. Todo vale.

Lo malo (¿lo bueno?) llega siempre cuando uno alcanza esa edad en la que no sabe qué edad tiene. A los treinta, en la batalla de los sentidos, se abandona progresivamente la necesidad de destacar en pro de la simple (no tan simple) e intimista aspiración de una felicidad más simple. ¿Más real?

Por eso, hasta ahora y en mi trigésima feria, me conformo con pasear por el Arenal con la gitana más racial. Con un par de ojos caramelo y una cabellera azabache.

Entre oriente y occidente sólo hay un paso pequeño. En la feria y en el corazón, por supuesto, también. 

 

Demagogia asquerosa

Cuando la política se topa con el mercantilismo genera extraños monstruos. La propaganda electoral es, sin duda, un arte. Y, como toda expresión intelectual, puede ser conducida por la senda de lo plástico, de lo estético, de lo abominable... y de lo ético. Naturalmente, ante la falta de valores (y de vergüenza) de nuestra esfera política, los anuncios de los distintos grupos de opinión se van convirtiendo en meros panfletos. En paparruchadas, generalmente.

Pero, a veces, encontramos repugnantes muestras de cinismo y de demagogia. En esta precampaña electoral (aunque parezca mentira, votaremos el siete de junio por Europa) el PSOE ha presentado en sociedad un video en el que mete en el mismo saco a Iglesia, empresarios, nazis-homófobos, jornaleros, amas de casa... Un poco de todo. Todos tienen una frase, cada cual en un idioma de la UE, para recalcar lo malo que son ellos. Los otros. Los que no les votan, claro. Sean los que sean, se sobrentiende. O no.

Termina el spot aclarando que el problema no son sus ideas, sino a los que van a dar su respaldo. Como vendiendo que no regalar el apoyo a los socialistas es hacerlo a la intolerancia, la injusticia y la sinrazón.

Cada vez me asquea más todo este cotarro. Cada vez veo más en las voces de nuestros representantes las semblanzas de los pósters de Sáenz de Tejada y de Fontseré. Cada vez, y es preocupante, las agencias encargadas de diseñar campañas están leyendo más a Goebbles que a Churchill. Recurren a una maquiavélica estrategia capaz de asustar para provocar a los más bajos sentimientos. Justo lo que es una demagogia. Pura y repugnante demagogia. Una corrupción de la democracia.

El PSOE debería cambiar de publicistas. O de rumbo. O de estilo. Pero así lo único que conseguirán es que sólo les voten los que únicamente leen o escuchan (que eso merecería un enorme punto y aparte) los medios para sus medios. Los de Prisa, claro. Nunca leerán ninguna crítica a este video entre sus columnistas. Ya verán.

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/05/20/union_europea/1242823459.html

El himno y la censura

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Tapar la realidad es censura. Se pongan como se pongan.

Lo que se vio y vivió durante la retransmisión de la final de la Copa entre Athletic y Barcelona fue una vergüenza. Por todo. Era previsible que los aficionados más radicales de uno y otro equipo boicotearan tanto la entrada de la familia real como el himno de España.

Por eso, los realizadores del evento para TVE tuvieron la feliz idea de tapar el monte con árboles. Ya se olía el desaguisado cuando presentaron el encuentro desde plató en lugar de hacerlo, como es norma general, desde el mismo campo. Después de soltar unas enlatadas opiniones sobre lo supuestamente igualado (ya se vio luego sobre el campo) del choque conectaron con el veterano Jesús Álvarez para que entrevistase al Rey.

El diálogo fue un absurdo completo porque las preguntas fueron de compromiso, las respuestas más y , sobre todo, porque al monarca cada vez se le entiende menos. Además, ayer parecía tener prisa por salir del trance cuanto antes (impagable su “hay muchos bilbaínos en Valencia hoy”).

Así que, por fin, a las 21.58, emitieron como es tradicional la salida de los jugadores al terreno... justo hasta que sonó el primer acorde del himno nacional. En ese momento dirigieron la atención del espectador a los escenarios montados en las capitales de los equipos finalistas. Surrealista y cantoso. Unos mandados trataban de salir airosos enfatizando (llevaban todo el día con lo mismo en todas las cadenas) el gran ambiente y lo importante del enfrentamiento. La señal regresó al campo justo para el saque inicial.

Con todo, lo más patético llegó en el descanso. Sergio Sauca pidió disculpas porque debido a problemas técnicos (tururú) no habían podido emitir el momento del himno nacional. Y, con toda la cara del mundo, lo reprodujeron de nuevo... manipulado para que no se escuchasen los abucheos e insultos a España y al Rey. Encima, montaron unas imágenes de un (repito, un único) seguidor del Athletic con la mano en el pecho. Como si lo sintiese de verdad.

¿Qué han conseguido los sesudos de TVE con todo esto? Lo primero, darles la razón a los muchos que entienden (entendemos) que existe una poderosa censura en este país. Lo segundo, obviar la realidad de dos comunidades autónomas que no sienten como suyo (mayoritariamente y por mucho que duela) el mismo himno que el resto. Y lo tercero, dar vergüenza ajena a cualquier profesional de la información que trate de ser libre e independiente.

Un último apunte. Que quede claro que no soy madridista (quien me conoce ya sabe que todo mi amor es para el Córdoba club de fútbol), pero nunca entenderé que tanto el Barcelona como el Athletic tengan seguidores fuera de sus fronteras. Y cuando digo fronteras digo fronteras. Dentro del mismo Estado. De ese que silban con ahínco.

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http://www.elmundo.es/elmundodeporte/2009/05/13/futbol/1242245706.html

 

El sueño

Un día un hombre se levantó de la cama creyendo que seguía soñando.

Se vistió con su insulso traje gris sin verse gordo ni feo porque estaba soñando. Aguantó con una sonrisa el atasco habitual hasta lllegar a su monótono puesto de trabajo porque pensaba que, de alguna manera, era algo gratificante. Confiaba en seguir soñando. Soportó con estoicismo las noticias intranquilizadoras que la radio emitía sobre la situación económica del país. "Será una pesadilla dentro de mi sueño", se repetía. Más tarde, sobrevivió sin descomponer su semblante de calma tras comer en la infame tasca en la que todos los días debía repostar antes de seguir laborando. Porque en un sueño todo sabe bien. Luego, ya en su casa, aguantó la tensión de un  hogar incómodo y de un hijo estúpido. Sobre todo sabiendo que se iba acercando la hora de dormir. También toleró con deportividad el enésimo desplante de su mujer cuando le propuso hacer el amor. Seguro que, como estaba soñando, algo bueno pasaría al final.

Se puso el pijama y se metió en la cama. Y entonces, sólo entonces, recordó que él era insomne.

Feminismo idiota

En una discoteca de Granada y como un reclamo más, subastan niñas a unos niños que pagan con billetes de monopoly. Esa noticia tan simple que no debería pasar de la mera anécdota ha servido para que los grupos feministas hayan montado en cólera. Las adalides de aquello de “jóvenes y jóvenas” han decidido que los propietarios de la Granada 10 (el garito es conocido por los habitantes de la noche como un servidor) deben ser empalados públicamente en cualquier plaza. Si es en esa misma ciudad y delante de Colón, mejor porque pilla cerquita (o cerquito).

Lo que olvidan las señoronas es que justo una semana antes los mismos niños que ahora pujaban eran los subastados y las mismas niñas usadas como reclamo se dejaban los cuartos para cazar al que les gustase.

Y por eso nadie protesta.

Porque lo que verdaderamente les molesta a esas feministas no es que se use a la mujer como objeto, sino que ellas mismas no lo sean (no hay más que verlas cuando salen a la luz pública). Gustan de afear conductas y de afear a sus compañeras de género (también critican a las modelos, a las prostitutas, a todas las que-en fin- pueden lucir carnes prietas y hermosas).

Repudio a estas hipócritas y todo lo que las rodea. Las mujeres son (deberían ser) exactamente igual que los hombres en cuanto a derechos y deberes. Un cuerpo femenino es hermoso. Cuando es joven es esplendoroso por su suavidad. Cuando es maduro lo es por también por el efecto ereno del paso del tiempo. Hombres y féminas se atraen. Y eso no es malo. Y promover que unos y otros (tengan 15 o 60 años) se junten no me parece en absoluto lujurioso ni denigrante.

Porque a ver si es que estas feministas en realidad son paladinas (con perdón del palabro) de la castidad y de la pureza. Lo mismo acaban alineándose con la Santa Iglesia para abolir el uso y disfrute de los miembros y las miembras.

Mención especial merece la actitud de los infames medios de comunicación. En sus informativos escupen contra el local y, acto seguido, colocan anuncios de tías en pelotas viva o publicitan programas en las que unas fulanas muestran hasta su intestino grueso a cambio de algo de pasta.

Lo peor de todo es que hasta la Fiscalía ha actuado de oficio. Manda huevos.

La semana que viene organizan en esa misma discoteca una School Party. Una fiesta en la que a las chicas que vayan en minifalda les invitan a una copa. Ya están criticándolo. Porque ellas (las tacañonas) no saben ni lo que es una mini ni una falda. En el Reino Unido se llevan organizando ese tipo de School Parties desde hace décadas. Y no hay nadie que proteste ni se queje.

Pero, claro, aquí tenemos ministerio de la igualdad. Y mucha tontería católica en lo alto también.

 

http://blogs.periodistadigital.com/personalidad.php/2009/05/08/discoteca-light-menores-minifalda-0987

Ojalá lo fuera

Pasé muy de puntillas en mi último escrito sobre el tema del divorcio de Berlusconi, ese satirillo tropical y mediterráneo. El otro día, en El Mundo, pude leer una genial respuesta de la (supongo) ya ex del (in)dignatario. Un periodista, con cierta saña, le preguntó si alguna de las ninfas menores de edad a las que solía frecuentar el frescales de su marido pudiera ser sangre de la sangre del Cavaliere. Vamos, que no las cortejase con otros fines que los paterno-filiales. Ni corta ni perezosa, y acotando su contestación al que más daño de todos los posibles cuernos le hizo (el de una aspirante a todo de 18 recién cumplidos que llama 'Papi' a Berlusconi), dijo: "Ojalá lo fuera".

Cuánto contenido en tres palabras. Cuánto hastío vital concentrado en una frase tan corta. Cuánto anhelo muerto. Cuánta ironía. La Lario prefería un embarazo oculto antes que una relación a todas luces evidente. Un polvo pretérito a muchos lodos presentes.

Todo el mundo, en alguna ocasión, ha necesitado expresar su desesperación ante sus circunstancias mediante ese futuro condicional tan imperfecto. Yo, por razones que lo mismo no vienen al caso, me estoy empezando a acostumbrar a explicarme a base de "ojalá lo fuera". Ojalá lo fuera yo. Ojalá lo fuera otra. Ojalá...

Pero es mejor, de eso estoy seguro, vivir del ojalá que del quizás. Lo primero abre la puerta a la esperanza de que algo inevitablemente bueno va a llegar. Es el deseo de lo evidente. La simple espera de tiempos mejores en muchos aspectos. Lo segundo, el quizás, no encierra más que la miseria de la incertidumbre. La angustia del descontrol de la vida propia y de la ajena. La falta de perspectiva por lo incierto del presente.

Si tienen que responder a cualquier pregunta comprometida, hagan como la Lario. Incluyan en su réplica un buen "ojalá". Ganarán tiempo, prestigio y hasta se les subirá un poco la moral.

Y nunca, nunca, nunca...se queden en el "ojalá hubiera sido". Eso es de cobardes.

El rojo es el nuevo verde

Un noruego llamado Thomas que iba muy borracho me explicó la otra noche durante una fiesta su teoría sobre la vida y la sociedad. Básicamente se resumía en una frase: "El rojo es el nuevo verde y el naranja es el puente que lleva al blanco, que es el futuro". A partir de esa premisa, desgranó ante una audiencia expectante sus teorías más o menos disparatadas sobre lo importante y lo vanal. Lo principal y lo secundario.

Acerca de que, muchas veces, lo trivial envuelve a la realidad hasta eclipsarla. Puso como ejemplo a Italia. Me pareció un bello cotejo. En ningún país se aprecia tanto cómo las estupideces de un dignatario de otra época pesan más que lo verdaderamente noticioso. Que la mujer de Berlusconi haya dicho lo que piense ha puesto patas arriba a una república algo chufla en lo político. También pudo haber puesto el fulano Thomas como buena muestra a España. Un Estado que se ha tirado una semana babeando porque ha venido la primera dama del vecino. Hasta el culo de la bella señora Sarkozy fue portada de un diario nacional y serio ( lo fue de todos, realmente). Me quejo porque más que en la primera página debería haber ido en la contra. En la que es trasera del periódico, por supuesto.

Y, claro, a base de hablar de un hermoso pandero vuelvo a lo permanente en perfecta pugna con lo inmanente. Porque no hay nada que unifique más una conversación etílica que el sexo opuesto. ¿Es eso básico o despreciable? Qué más da. Lo único que sé es que empezamos por hablar de lo más elevado de la persona y acabamos charlando en comandita del ideal grosor del pecho femenino y otras lindezas semejantes.

Así que lo de la importancia del rojo, el verde, el naranja y el blanco, no quedó suficientemente desvelado. Lo mismo no tenía ningún significado. Lo mismo los tenía todos. En cualquier caso a nadie le importó, es la verdad. La mera verdad.

Semántica inútil

En estos últimos días me estoy dando cuenta de lo inútil que resulta la semántica. De lo poco que importa lo que signifiquen las palabras. Cada vez me dicen menos los conceptos más grandes. Dios es inalcanzable. El amor, una entelequia absurda generalmente. La muerte, algo tan aparentemente lejano y tan cercano en la que casi nadie (menos en estos tiempos que corren) quiere pensar.

Tenemos la absurda manía de calificarnos y de calificar. De describir todo lo que nos rodea mediante conceptos que asimilamos como el que pone precio a la vida. Las cosas verdaderamente importantes, es curioso, no tienen patria ni dueño. Por eso, se escapan a las etiquetas.

Sentir es lo más importante de la vida. Uno sabe que ha vivido porque es capaz de hacer cosas por otra persona, al margen de lo que vaya a recibir a cambio. Y nunca, jamás, se ha de arrepentir por haber actuado conforme a una buena intención (siempre, eso sí, que no sea consciente de lo absurdo de su esfuerzo). Nadie puede contabilizar lo que quiere (póngame cuarto y mitad de cariño). Ni siquiera el sexo es susceptible de ser tasado, porque lo que para uno es un coito de estremecerse, para su pareja tramposa que finge pudo haber sido una tortura entre sábanas.

Librándonos de tanta etiqueta, supongo, seremos más felices. El problema es que saber lo que se es o lo que se tiene tranquiliza. Descarga la infinita presión de la soledad y alivia todos nuestros anhelos sociales. Los que conciernen a la parte más miedosa de nuestra personalidad.

Los animales son inmortales porque no saben lo que es la muerte. Seamos animales y no nos obsesionemos con medir la vida. Vivamos bien, simplemente.

El miedo como meta

Leo que en el Reino Unido la policía británica requisó las fotos de unos turistas austriacos que dispararon sus cámaras contra los típicos autobuses rojos de dos plantas. "Motivos de seguridad", alegaron los bobbies. Los perjudicados, claro, no se lo podían creer. "Ni en los países comunistas pasaba esto", decían.

Es la ley del miedo. La de la psicosis. La dominación del estado y los ciudadanos por el terror. O por ellos mismos. Dudo, sin ser un experto en antiterrorismo, que por impedir que dos ciudadanos austriacos se lleven un recuerdo digital se ponga en peligro la seguridad de un país. Dudo, igualmente, de las extremas medidas impuestas en algunos aeropuertos (lo de tenerse que quitar los zapatos para mostrar si los tomates son radioactivos roza lo constitucional por el horrible hedor).

Además, creo que aparte de ridículas son unas cuestiones menores, triviales e insuficientes. Que quien quiera atentar, sobre todo si se tratase de un acto suicida, no va a ser advertido por su persistente curiosidad por preguntar en sus clases de piloto de vuelo por cómo empotrar un aparato en un monumento infiel (como sucedió en Estados Unidos con Mohammed Atta). Por cierto que en Nueva York, desde que descubrieron que había un plan para volar el puente de Brooklyn está prohibído echarle fotos ni siquiera desde un autobús. Hasta el extremo de que, de hacerlo, uno se expone a la cárcel.

Imagino a Bin Laden (si es que existe o existió) frotándose las manos en una cueva de Pakistán mientras se toma una Meca Cola (imagino que la Pepsi no le irá en absoluto) por su victoria. Porque que todo esto pase en Occidente en 2009 ya es una derrota de la civilización. O eso o alguien nos está tomando el pelo a todos. La verdad, por supuesto, está ahí fuera. Quízás en sus peligrosísimas cámaras digitales.

http://blogs.periodistadigital.com/tizas.php/2009/04/18/klaus-matzka-guardin-terroriqaeda-autobu-8989

 

 

Bajando, subiendo

La vida da vueltas. Gira ensimismada en torno a circunstancias imprevisibles. Un día algo que parece excepcional se convierte en una ruina. Un momento memorable se vuelve un chasco perpetuo antes de morir en el olvido.

Eso es el recuerdo en el amor, por ejemplo. La más bonita de las flores, pasado un tiempo, se hace cardo conforme se conoce a la persona. Lo que un día podrían llegar a parecer suspiros románticos se escuchan con el tiempo como quejidos. Esos pequeños defectos que, cuando algo empieza, hacen incluso más encantadora a la pareja se hacen insoportables. Un pelo es una liana. Un kilo de más, una tonelada. Una lagaña, una arruga. Dos, una década.

Por eso, como cualquier cosa que se desea, el sentimiento (sea el que sea) es necesario cuidarlo. Porque, cuando se pudre, huele mal. Cuando una persona se desentiende de mala forma de otra deja un tufillo a prepotencia que hiere. Hay que saber ganar, perder y hasta empatar. Cualquier relación interpersonal -más en una pareja- requiere comprensión y esfuerzo. Y, por encima de todo, una enorme capacidad de romper la pereza a la inactividad emocional (en algunos casos es una pasión definitivamente inútil).

Ahora subes y luego bajas. Lo bueno es que con la propia inercia del descenso, en seguida, aparece una cima más difícil de conquistar. Y más apasionante. Con otra idiosincrasia. Y con ganas. Más activa. Más divertida. Mejor. Diferente. Única.

Tiempo y destino

¿Cuánto duran seis días? ¿Un minuto? ¿Una vida? ¿Dos? Creo que, a veces, el tiempo es una unidad ingobernable. Soberana. Un objeto que, por mucho que uno pretenda, vaga por una dimensión completamente diferente a la de los hombres. Mejor, supongo.

Por eso, sumido como he estado en una semana absolutamente singular, hoy -domingo, creo- no soy capaz de discernir entre presente, pasado o futuro. Matizo, únicamente separo con suma crudeza y hasta con inocultable satisfacción, el ayer del hoy (y ojalá del mañana también).

En Fuengirola, durante estos días, he (re)conocido muchas cosas. La amistad. Fundamental. Ese elemento que separa grano de paja entre las personas. Cimentada en horas buenas y en segundos bajos. En momentos de suprema felicidad. Que emborracha sin alcohol en cenas inacabables e inolvidables. Sagradas combinaciones de doce paganos apóstoles y un accidentado Redentor.

Una fraternidad que seduce y embruja los sentidos. Eterna si es buena (como, presumo y deseo, la verdadera que siempre será por la que yo abogue). Inquebrantable, sin esfuerzo, al paso de los días. Ajena y propia (por aquello de la santa gente a la que siempre hermana la botella y pasan de amigos a hermanos en un nanosegundo) al propio transcurrir de los años.

Pero sobre todo en esta semana he (re)conocido y he puesto cara al destino. Otra suerte suprema que existe. Sin duda. Cambiante y casquivano. Injusto y certero. Caprichoso siempre. Quien no crea en él es que apenas ha vivido. O que ha vivido tanto ya que no tiene tiempo para suspirar, puede que porque ya no se lo merezca.

Cinco años no son nada-y volvemos a hablar del tiempo- cuando luego lo pueden significar todo gracias a un cruce de miradas. A un encontronazo vibrante y chisposo. Un lustro, un segundo. Tiempo apilado en un rincón de la memoria. Tiempo que se contrae para estallar en un instante. Es, otra vez, la controvertida voluntad del juguetón Cronos.

Y te he (re)conocido para bien a ti, que seguro que me leerás. Y también a ti, que dudo que me leas.

 

Penas con pan

Han descubierto ahora -en otro fabuloso y desconcertante estudio- que la crisis provoca que la gente engorde. Un psicólogo llamado Ricardo Ros cuenta en su libro “El viaje decisivo” que la ansiedad provocada por una posible pérdida de un puesto laboral confunde las pulsiones hasta obligar a un sujeto normal a inflarse desvalijando la nevera.

Puede ser. Siempre se ha dicho que, sobre todo en Andalucía, las señoras que pasaron la guerra (y la aún más dura posguerra) cocinan y comen como si algún día no fueran a volver a hacerlo. Como si les fuera a faltar. Como acumulando reservas.

Eso sí, no termino de asociar a la crisis (el gran Satán culpable de todo lo malo del mundo en estos días) con el despreocupado niño que devora con gusa un dulce con grasas saturadísimas a las doce de la mañana. O con la adolescente que luce lorzas mientras se llena la ropa con los pizcos de su cuarta bolsa de gusanitos de la tarde. O con los decadentes cuarentañeros que, antes de pasarse por el lupanar de turno, se bajan cinco o seis cubatas luego de haber dado buena cuenta de dos platos, café y puro.

En suma. En España (una de las naciones del mundo con mayor población obesa) la gente come mucho y mal por aburrimiento. Por cultura. Porque no está mal visto conservar barriga cervecera si eres hombre (hasta se le llama curva de la felicidad). Porque -les juro que yo esto lo he escuchado- “para qué voy a cuidarme si ya tengo todo el pescado vendido”.

Así que no le vayan a echarle la culpa ahora de su tripa a Zapatero, a Rajoy o al Banco Mundial. Si están nerviosos, vayan y cómprense una manzana...pero a un supermercado que les pille a media hora de casa. Verán cómo se sienten mucho mejor y menos pesados luego.

http://blogs.periodistadigital.com/vidasaludable.php/2009/04/05/gordo-crisis-obesidad-adelgazar-dieta-7876

La Playsión teutona

Dentro de cada alemán se esconde un pequeño Kant. Uniformidad desde Baviera a Schleswig. Aún recuerdo las charlas mantenidas con los padres de Julia, una muniquesa. Sentados en una mesa eterna, los minutos pasaban entre su mal ocultado desprecio por la improvisación española y la permanente exaltación del rigor como medio y meta. Un coñazo (confío en que no hayan aprendido español ni hayan conseguido esta dirección de correo en los dos últimos años).

Lo cierto es que la noticia con la que ilustro esta nueva parida mental refleja en cierta medida el espíritu teutón. A un pastor protestante (una religión más democrática y aburrida que la católica y que por eso triunfa en Alemania) no se le ocurre otra cosa que ilustrar una biblia con figuritas de Playmobil. Cristos sonrientes e inexpresivos (a los que las características manos de los muñecos le quedan niqueladas clavadas en la cruz), pastores y vírgenes lampiños, pequeños e infantiloides. Todo muy tierno. Muy creativo. Así lo defiende el cura Bomhard, autor de la boutade.

Demasiado para la empresa de Fürth. Los grandes directivos de la importante compañía juguetera consideran que no se puede mezclar culo con témporas. Que no se puede dejar que los niños se acerquen a Dios viendo muñecos. Divirtiéndose. Lo cuadro no puede ser circular.

Habrá cometido, seguro y si no harán parecer los abogados que sí lo ha hecho, el pastor algún delito contra la propiedad intelectual. Así que, supongo, será mejor en estos tiempos que corren que los alemanes vengan con sus hijos a España a ver cristos ensangrentados, judíos con aspecto muy felón y romanos muy marciales. Por eso nos/les gusta la Semana Santa. Por todo lo que tiene (lo poco) que ver con nosotros. Y por el carácter con el que, en el fondo, nos lo tomamos. Tan español. Tan alemán. Porque dentro de cada español también se esconde un pequeño Berlanga. O dos si uno es grande.

 

http://www.religionenlibertad.com/noticias/playmobil-demanda-a-pastor-protestante-usa-sus-munecos-internet-para-ilustrar-biblia

 

http://www.klicky-bibel.de/index2.htm

 

El tuenti

Barra de bar. Coto de caza. El tuenti (siempre precedido del masculino singular) es una página web a la que únicamente se puede acceder por invitación de alguien ya inscrito. Intentaban sus creadores establecer cierto criterio clasista. Reservado el derecho de admisión.
Tuvieron éxito, ya que comenzó siendo una web para niños bien. Estar en el tuenti era tan símbolo de distinción como beber saphire o montar en mini. Los nombres a lo Borja Mari y los apellidos compuestos eran nota común. Las fotos, que ya entonces se colgaban, oscilaban entre el último viaje a Baqueira y la anterior farra etílica-sexual de Gabana o Pachá.
Sin embargo, la beta privada (así se llama técnicamente a este tipo de páginas) se fue democratizando. O canizando. Como prefieran. Comenzaron, como hordas, a entrar Vanessas, Joshuas y demás. Donde antes se veían escenas pastoriles y proyectos de furcias vestidas de Ralph Laurent ahora abundaban las imágenes de tipos enseñando bíceps con peinados corte cenicero y zarcillos. Y, claro, otra clase de mujeres-niñas con estampas tuneadas con flores y comentarios tipo “To-guapa, la + shula, o Mi prima/o”. Todos y todas pidiendo guerra.
Luego pasó lo de Marta del Castillo. Un día, al fin, un evento creado por alguien no era una absurdo pase para una barra libre o la enésima protesta contra el maltrato animal. La cosa iba en serio. Una chica tuenti había desaparecido. Y sus colegas hicieron que la red funcionase por una vez para algo que no fuera ligar o chafardear. La buscaron. Detuvieron a los (presuntos) culpables. Todas las claves estaban en el tuenti. Todos los implicados tenían su perfil y se mandaban mensajes públicos y privados. Como en un culebrón. El Carcaño (también necesario colocarle un artículo delante para cosificarlo) era un enganchado al cotarro. Como su víctima. Como casi todos los adolescentes y muchos maduritos y maduritas que exhiben sus fotos como trofeos de una vida pasada que se resisten a abandonar. Todos los medios de comunicación abrieron sus ojos al tuenti. Hubo quien lo demonizó, claro. Como hacen con todo lo que se pone de moda. Ya lo han vuelto a olvidar.
¿Que cómo sé tanto del tuenti? Porque, claro, yo también tengo mi página. Faltaría más. Y ahora mismo voy a darle al F5 para ver si he recibido algún mensaje nuevo.

Catetos de rojo

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Quiero creer que no. Quiero pensar que no. Me encanta el fútbol. Amo ese deporte en lo que tiene de fenómeno sociológico. A ninguna razón seré más fiel que a la sinrazón de seguir a mi equipo (el Córdoba). Sirva este preámbulo para introducir las variadas sensaciones tras mi paso por el Santiago Bernabéu para vivir en directo el España-Turquía del sábado.

Exceptuaré antes de seguir mi relato que me siento tan patriota como lo puede ser cualquiera que no haya sido catequizado en estupideces sectarias tanto de un extremo de la balanza como del otro.

Por eso, me duele afirmar con contundencia que el aficionado medio de la selección española es un cateto. Mucho. Demasiado. Juerguista seguidor de porrón y pandereta. Comepipas y tragapancetas de pico afilado e insulto fácil. De fidelidad a prueba de pequeños baches (se entiende que en su caso una vez probada se pierde). De “el resultado nos da igual” si media alcohol.

Prolegómenos. Suena el himno turco. Pitada estruendosa. Nadie calla al de al lado. Nadie educa al incívico. Es una práctica que ofende. No hay otra hinchada que falte al respeto de tal manera a un símbolo tan importante para un colectivo.

Tal vez se explique al escuchar el paso real que representa a todos los españoles. Entonces, el estadio se sumó en una carcajada colectiva al ritmo del cansino “na, na, na,naaa...”. ¿Cómo van a respetar lo que ni ellos mismos toman en serio? He dicho antes, por cierto, que no hay otro colectivo que silbe un himno patrio. Miento. Lo hicieron con la marsellesa los independentistas corsos en una final de Copa gala Rennes-Bastia. Lo harán, faltaría más, los seguidores del Athletic y del Barcelona en la cita del...

El desconocimiento del gentío presente en el campo de la Castellana se ponía de manifiesto conforme pasaban los minutos. Ni saben de fútbol (mencionaban los nombres del portero turco Rustu y de Marchena y ninguno de los dos jugó) ni saben de geopolítica (insultaban a los visitantes llamándoles judíos).

Luego, claro, silencio únicamente roto por cánticos rancios (especialmente original y descriptivo el de “Soy Español”). Muy lejos de la sonora plasticidad de los coros de grupos de animación como los de, por poner ejemplos nacionales, Sevilla o Atlético o de (hablando de selecciones) la nacional inglesa, escocesa o alemana. Hasta, triste ejercicio, tuvo que mediar un speaker para entonar a la gélida amalgama roja. El vocero les pidió, inoportuno e igualmente desinformado, que realizaran la ola. Cuando se creó dicho efecto visual fue en el Mundial de México en el 86 y sólo debe llevarse a cabo si el espectáculo merece la pena (en esos momentos el guarismo reflejaba un incierto y aburridísimo 0-0).

Lo peor de todo es que ya he estado representando desde otros graderíos a los colores que también siento dentro en el extranjero (en un Mundial y una Eurocopa) y la cosa no ha pintado mucho mejor. Ahora que, por fin, parece que España cuenta con un grupo campeón y que, sin duda, tiene teatros donde llevar a cabo bellísimas puestas en escena, estaría muy bien que tuviese una hinchada a la altura.

Por favor que alguien coja a setenta u ochenta mil de los nuestros y los lleve de gira por otros campos de Europa y el mundo. Con un bloc de notas y con una cabeza algo menos llena de “fúrgol”, “Madrilbarsal” y demás enemigos de lo verdaderamente sentimental que debe flotar por encima del césped.

El templo de Príapo

 

¿Están seguros de lo que ven? ¿Se sienten confortables en la inacabable apatía de sus monótonas vidas? ¿Les alegra pasar los minutos sabiendo que el siguiente no durará el doble que el anterior? ¿Prefieren saber lo mínimo de lo máximo, lo máximo de lo mínimo? ¿Disfrutan cebando la bomba de simplicidad que la sociedad contemporánea, a coste cero, nos ofrece?

Desconfíen. Aún hay gente atrevida. Disconformes. Gamberros. Traviesos. Seres, niños-hombres, que desafían las leyes de la lógica en busca de la nada. O del todo por la nada, que es mucho más interesante. Lo trivial sublimado. Lo esencial humillado. No recuerdo manera más espectacular de burlarse de una de las sociedades más petrificadas en el tiempo que la que ha hecho un adolescente británico. El chaval ha obligado a sus progenitores a vivir durante un año en el mismo templo de Príapo. Alegría eréctil a la hora del té. Turbopene macrodimensionado. Falocracia plasmada en lienzo. Pista de aterrizaje del Ave vaginal. Todo aquel que viera con cierta perspectiva el tejado de la cottage house de la familia McIness (hasta el nombre parece propicio para semejante proeza) ha podido durante 365 días contemplar el enorme miembro que el primogénito dibujó para solaz de satélites varios.

Amantes de lo plácido, detractores y enemigos de la sordidez: ¿A que, inconscientemente han sonreído? ¿A que luego han mirado hacia su cabeza por si de ella les colgaba un pene o una vagina? ¿A que luego han pensado en colocarse uno de pega?

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/03/25/internacional/1238011768.html

 

 

 

Anatemazos

Curioso. La palabra anatema cambió su uso por el disfrute del vocabulario sacro que hicieron los cristianos desde su revolución en su/nuestro año cero. Si para los griegos, sus inventores, significaba algo así como “ofrenda para los dioses”, para la nueva religión se convirtió en un tabú. En lo peor que podía promulgar la Santa Madre contra uno de sus vástagos (que eran, se supone, todos sin excepción). La condenación eterna en unas sentencias demoledoras.

Cuántas cosas, como los anatemas, han cambiado su perspectiva por obra y gracia de la Iglesia occidental. El sexo, por ejemplo, algo tan sano y natural como el comer en el pasado, se convirtió de unos siglos para otros, en algo sucio y perfectamente prescindible sin su finalidad reproductiva. Por ende, el fruto del pecado, el hijo no deseado, era maldito en el pasado (y lo es hoy). Bastardo. Indeseable.

En África, donde el cristianismo más está creciendo, tener un hijo siempre es una bendición (de hecho, la mayoría de los nombres propios de los recién nacidos apelan a la felicidad por su llegada al mundo). Y lo han sido aunque las parejas no se casasen. Aunque el Dios marca registrada de unos pocos no les hubiera guiñado el ojo.

El Papa Benedicto XVI ha visitado aquel continente contándole a sus acólitos lo mal que está todo lo que les dicta la lógica en el aspecto sexual. Aprovechando (y mezclando) su tradicional animismo y espiritualidad con lo que se amolda a la doctrina (en ciertos puntos muy rancia) de su religión. Les dice que los condones son contrarios a la Ley de Dios (mejor es morir) y que tener hijos mola cantidad (y sus palabras les bastaran para darles de comer).

Una gran paradoja. La Iglesia defiende tener hijos pero con ciertos límites (muy lejos del humanismo y de la humanidad, claro). Otro concepto que, como el de la priginal definición de Anatema, está tratando de cambiar la mayor empresa privada de la historia.

Curioso. Con lo del sexo la anatemización (perdón por el palabro) les salió rana. Con el paso del tiempo la gente no sólo lo hace más sino que cada vez con menor pudor (y los que no, cada vez están más salidos). A ver si con lo de las gomitas pasa lo mismo. Y en África los lugareños hacen sí con la cabeza mientras niegan con el corazón. Y con otras partes de su cuerpo.

http://lastresyuncuarto.wordpress.com/2009/03/19/condena-mundial-a-dicho-del-papa-de-que-el-uso-de-condon-solo-agrava-el-sida/

 

 

Los ojos de lo correcto

Un inmigrante ilegal custodió a una niña a quien su padre dejó a solas en su vehículo para irse de putas. La noticia da que pensar. Sobre todo por los conceptos empleados. ¿Qué o quién es legal? ¿A los ojos de quién? ¿No tiene derecho a residir o a considerarse miembro de nuestra comunidad un extranjero que se porta como un héroe? ¿No merecería la concesión por vía de urgencia de la nacionalidad española?

La justicia, la ley, tiene un gran defecto. Castiga comportamientos defectuosos pero rarísima vez premia los buenos comportamientos. Si acaso, los admite sólo para redimir condenas. La sociedad debería considerar casos como el de aquel señor de raza negra que salvó la integridad de aquella niña.

Sensu contrario. ¿Merece formar parte de la sociedad Yolanda Santander (la furcia televisiva que no deja de esputar mierda sobre quien le salvó de una paliza)? ¿Tienen que tener derechos como ciudadanos la pandilla de canis barriobajeros que asesinaron (y posiblemente violaron) a Marta del Castillo para luego (como la escoria cobarde que son) engañar al resto de sus congéneres hasta incluso para contarles dónde abandonaron sus restos?

Abogo por el ostracismo. En la Grecia más clásica los ciudadanos escribían en trozos de cerámica defectuosos (ostracon) los nombres de las personas que deseaban expulsar de su polis. Si alcanzaba una determinada cifra tenía diez días para abandonar su hogar y debía estar fuera de su entorno por diez años.

¿Cuántos habitantes de la gran polis española no apuntarían en un papelito los nombres de los sinvergüenzas arriba citados? ¿Cuántos no querrían tener como vecino al ilegal que salvó a la niña? En suma, ¿quién destapará alguna vez los ojos de lo correcto para que se vea lo ético?

http://www.antena3noticias.com/PortalA3N/noticia/sociedad/Deja-hija-tres-anos-coche-para-club-alterne/5202928

El tiempo y el inútil

Si algo distingue al parado, al ocioso y al jubilado del trabajador es su percepción del tiempo. Para el que tiene todo el día ocupado a la fuerza, los minutos pasan de manera liberadora. Cada segundo que le acerca a la cama y le aleja del despertador le resulta gratificante. Muchas veces no piensa en otra cosa que no sea en descansar. Duerme, si le dejan, siesta. Cualquier placer, por nimio que parezca, es gloria (desde leer el periódico hasta rascarse el lóbulo de su oreja derecha).

Para alguien sin trabajo el tiempo es un enemigo más. Quizás el peor.

La mañana aparece como un reto. El día es una ecuación a resolver sin sumatorios. Los minutos se suceden lentamente. Se busca algo con lo que ocupar el tiempo. Los jóvenes piensan en mujeres que no pueden probar y en el alcohol o las drogas. Los ancianos piensan en mujeres que no pueden probar y miran las obras o se van a Benidorm (según sus ganas de vivir). Se trata, en todo caso, de engañar al destino. De ocultar la dolorosa sensación de inutilidad. De futilidad. De no querer mirarse en el espejo y ver un paria que vive del cuento.

A veces es la pareja quien sufre el hastío. Quien, agobiada (sobre todo si ella sí está trabajando), tiene que padecer las atenciones y el exceso de celo. Queda como única referencia. Como tabla de salvación. Como oasis en el desierto de la vida. Y ambos sufren porque la compensación es imposible en la mayoría de los casos.

Otros escribimos. A veces ni eso sirve para obviar la situación. El dolor no se calma y se escribe más. Y así eternamente.

Loa a Peter Pan

Si es extremadamente sensible no lea este artículo. Si esperan una reflexión madura sobre la vejez, tampoco.

Vivir perjudica seriamente la salud, aunque sea lo más inteligente que se pueda hacer. Los años agotan. Cansan. Distraen de lo esencial. Vuelven más estúpido al ser humano (por mucho que haya quien crea que sucede todo lo contrario). Cuando uno tiene 20 o 30 (a lo sumo) empeña todo su futuro por su presente (si es normal y no un amargado maleducado). En gozar de su tiempo libre como si cada día fuera el último de su vida. En implementar sus experiencias por encima de otras cuestiones más materiales. O tan insustanciales.

A partir de cierta edad, si el proceso hacia la supuesta madurez ha sido teóricamente correcto, uno deja de preocuparse de los amigos. De las mujeres. Del sexo. Se centra en engordar. En cebarse hasta reventar. De comida y de dinero. En abandonar su cuerpo y su destino a la suerte de la edad. La mala suerte, se supone.

Se tienen hijos como fórmula para querer verse más vivos en ellos. Antropofagia figurada. Hay quien procrea por hastío vital, como quien adopta un perro o se compra un reproductor de música. También se casan, se emparejan, como fórmula para esperar la muerte en compañía. Si no, en un ser humano (Punset dixit y Punset sabe de todo) “esencialmente polígamo” no se comprende esa obsesión por la fidelidad.

Envejecer es como Hacienda. Como los suegros. Como el jengibre. Como septiembre. Inevitable y molesto. Una desgracia ante la que no se puede luchar (¿o sí?). Y a la resistencia contra ese proceso se la conoce como “Síndrome de Peter Pan” (una forma fina de llamar a la inmadurez vocacional). Yo aplaudo a los rebeldes. Yo me pido un hueco en su tren. ¿Alguien me pasa el teléfono de Basil, el pintor amigo de Dorian Gray?