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Tonicruz

Mi abuela

Esta noche mi abuela no fue capaz de recordarme. Le pasa a veces, sólo por las noches, cuando mi madre se acuesta en la cama de al lado de su habitación para acompañarla. Yo me pregunto si esa suerte de amnesia pasajera no será, más allá de problemas de riego normales a los 91 años, una suerte de defensa pasajera de nuestra propia subsconsciencia.

Yo no sé lo que querré cuando tenga -si es que llego- la edad de mi abuela. Ella siempre ha leído. Siempre ha vivido. Siempre ha querido valerse por ella misma desde que el sol aparecía hasta que se ocultaba. Ahora, claro, no puede caminar sin ayuda de un bastón. Apenas ve, o ve mal. Ya no puede leer lo que escribo. Ya no puede, ni siquiera, a veces entender que redacto a través de una pantalla para que poca gente me lea (aunque lo pueda hacer todo el mundo).

Por eso, lo mismo me olvida únicamente por las noches porque no le queda más remedio que hacerlo. Porque su mente, cansada, no quiere almacenar más recuerdos que, llegados a un punto determinado, empiezan a sedimentarse como camino sin retorno.

Yo quiero mucho a mi abuela y me duele no poderme revelar ante su propia vejez. Pero lo mismo no sería justo que un cuerpo sea plenamente consciente de que ya no le cabe más que aprender. Más que almacenar. Más que soñar despierto.

Cuando mi abuela me pregunta que quién soy, algo que sólo le pasa por las noches cuando el sol ya no la alumbra, yo le doy un beso y le respondo que sigo siendo yo. Su nieto. El mismo de siempre, al que acunaba hacía treinta años. Aunque sea mentira.

Andrés Montes, el dandy

Cuando alguien se muere todo el mundo ha sido su amigo. Todo el mundo le ha conocido y todo el mundo se ha tomado mil copas con él. Yo nunca conocí, creo, a Andrés Montes. Ni siquiera cuando estuve en Madrid y comprobé -más o menos- cómo funciona el periodismo deportivo capitalino coincidí en una farra con ese hombre.

Sin embargo, sí que me he podido crear una imagen tanto profesional como personal del periclitado compañero de profesión. Y creo que lo que mejor definía su personalidad era su pajarita. Cualquiera que, como el Reginald de Saki, sea capaz de vestir de una manera anacrónica demuestra ser un valiente. Un dandy.

Y, como dandy, buscaba perpetuamente -era su condena- la distinción. Eso, en un país tan mediocre como España en lo intelectual, rechina. Hay quienes quitaban el sonido de la tele para escuchar la radio hasta que él empezó a narrar. Otros le cogieron tirria a sus indefiniciones y sus momentos de confusión motivados porque él era un locutor de basket reconvertido a pelotero. Nadie entendía eso en una órbita tan oscura como la del "júrgol".

No era zafio. No era grosero. No abusaba de los chistes tópicos ni se reía de la incultura como algunos compañeros de las ondas que se regocijan porque en su pueblo no sepan pronunciar el nombre de un futbolista alemán o uzbeko.A él le echaron de una cadena a pesar de ser más sabio, tener más elegancia y personalidad que cualquiera de los demás narradores que ahora triunfan (sobre todo e insisto...más que ciertas estrellas catetas de las ondas).

Aún no se sabe de qué murió. Pero yo sí que sé de lo que no lo hizo. De vulgaridad. Por eso, por ser distinto, gracias de un colega (que se lo cree) que nunca te conoció.

3 más 1

Acabo de cumplir 31 años. Hace apenas dos horas he pasado la frontera de la treintena. ¿Traumatizado? No. ¿Inmune? Tampoco. Creo que es de personas sensatas -mejor: inquietas- echar la cabeza hacia delante y hacia atrás cuando uno lanza un calendario más a la basura. Más cuando uno pasa la década.

Y, aunque sé que habrá quien me quiera pegar por esta boutade porque cada vez aguantamos más, hay que mirar desde ya a la muerte como algo que tendrá que llegar por su propia inevitabilidad. Lejos, cerca...quién sabe. Recuerdo una tira de Mafalda en la que la protagonista, despreocupada, cantaba a viva voz: "Qué bien, llegó la primavera". Al lado, en un banco, un viejito y al mismo tiempo, decía: "Qué bien, llegué a la primavera".

La vida- la muerte- no tiene más que el sentido de haberla disfrutado. De haberla vivido. Tengo la conciencia muy tranquila de que, a pesar de no tener un trabajo estable, a pesar de no estar casado, a pesar de no tener hijos... he vivido. He viajado, he conocido gentes, parajes, sensaciones diversas... He escrito banalidades que muchos han leído y otras cosas más profundas que muchos menos han contemplado.

Si yo muriera mañana me gustaría que quien se acordara de mí pensara: "Ha vivido". Sería un gran epitafio. Porque ha sido esa y no otra mi mayor preocupación durante la mayor parte de mis 31 años. Habrá quien me tilde de hedonista. No le culpo. Habrá quien advierta que mi suerte -la del mecenazgo-patronazgo de mis familiares- es una rara avis en un mundo cada vez más egoísta. Tampoco irán desencaminados.

Pero conozco también a muchos para quien la vida no tiene más que el sentido de laborar, casarse y procrear. Insulsas hormiguitas compiladoras de billetes y huérfanas de vivencias. Que ni han salido ni saldrán, por mucho que se apunten a viajes organizados, de su cascarón de huevo. Si me dan a elegir entre vivir mucho y vivir a secas me quedo con vivir, como diría Escohotado. Porque vivir, cuando es vida, es bonito. Cuando no, es como cumplir años... que no sirve más que para que la gente te recuerde porque les suena el aviso de su móvil o de su tuenti.

En todo caso, gracias a quienes me tengan presente hoy. Si os veo y me reconocéis, no dudéis en recordarme que os debo una ronda de lo que sea.

Un cuento breve

Se me ha ocurrido mientras trotaba esta noche. Perdón por anticipado.

Un hombre, pongamos que se llama Sobota, está casado felicísimamente con una mujer lo suficientemente inteligente como para no envidiar demasiado el físico de todas las demás. Tiene dos hijos, pero de tanto en cuando le da por echar una canita al aire. Una noche se justifica diciendo que va a echar gasolina y a dar una vuelta cuando en realidad conduce sus pasos a un prostíbulo. No va, por norma, dos veces consecutivas al mismo. Tampoco al más cercano. Cuestión de ética racional, supone en su foro interno.

Llega a la barra, adopta la típica pose que se supone homologada en los lupanares (codo ligeramente apoyado en barra, cintura apuntando con denodado esfuerzo hacia la mercancía y barriga encogida como queriendo decir: "No lo necesito, pero estoy aquí"). Apura su cerveza mientras aparta encarminadas rameras que le tientan con desigual tino y similares tretas. Todas son, dicen, calientes. Todas las mejores. Todas huelen su dinero y sus ganas.

Cuando iba a arrojar la toalla, Sobota observa cómo se forma una suerte de neblina al fondo del local. La entrada de una mujer en escena coincide con el momento en el que un anónimo cliente, desde un ángulo oscuro, expulsa el humo de su cigarro con énfasis desenfocando el rostro de un cuerpo inexplicablemente sensacional. Caderas bizcas, culo prieto. Elegancia, soltura, pose y presumible tersura que hacen babear al desenfrenado cliente. Conforme se acerca la prostituta, cada vez tiene más claro Sobota que va a querer contratarla. Sigue reparando en sus curvas, cada vez más cercanas y evidentes hasta que, cuando ya está a un palmo, observa con una mezcla de repulsión e hipnotismo cómo el humo que ocultaba temporalmente su rostro no se ha ido. Que la mujer, perfecta en todo, no tiene rostro.

Absorto, trata de trabar una conversación que nace de algún lado que no controla. Intenta mirar algo que le centre. Poco después, sin dilación en la negociación, sube al reservado y copula con la mujer sin faz. Mientras lo hace, piensa en lo que ha sido de su esencia. Alma perdida en noches de pecado. Negligente caminar de puntillas por la superficialidad, se dice sin decírselo mientras hace el amor con fruición.

Al despedirse, besa sin saber muy bien dónde la cara sin cara. El tacto de esa nebulosa es como algodón de azúcar. Si quisiera, podría dormir el sueño de los justos sobre él. Sobota no sabe cómo llega a su casa. Ni cómo se acuesta en su cama. Sólo que a la mañana siguiente siente un poderoso alivio cuando escucha de boca de su casi perfecta esposa que el desayuno ya estaba servido. Lástima que luego, al zafarse de su pereza e ir en su búsqueda para abrazarla comprobara, mirando su imagen reflejada en un espejo, que los ojos, la boca y todas las facciones de su compañera de cama se hubieran diluido en un delicado esfumato leonardesco. Para siempre.

Madrid, 2016, siempre

 

Viví en Madrid siete años. Viví Madrid siete años. Por eso, y por muchas cosas más, la votación del otro día en Copenhague tuvo mucho de sentimental para mí. Me dolió mucho que no ganara. Que no ganásemos. Porque si algo de bueno tiene Madrid –al menos yo lo siento así- es que te agarra por los machos y por el corazón cuando llevas un tiempo.

Al principio, como una amante rebelde, agobia. Aturulla. Sientes el metro como una cotidianeidad insoportable. Afrontas los largos desplazamientos, desde la mentalidad provinciana, como un vía crucis.

Pero luego, cuando uno se va, añora la libertad. El anonimato. El caminar sonriente por no temer una mirada hostil de un conocido o desconocido. Un paseo por el Prado, un sándwich de Rodilla, un café en La Latina, una copa en cualquier garito…

Nunca me he sentido tan libre como en Madrid. Nunca volveré a sentirme tan libre como cuando vivía en Madrid.

Por eso, y porque tampoco he vuelto a hacer (y créanme que sigo haciendo deporte) tanto ejercicio como cuando estuve allí residiendo, el otro día me coloqué una gorra alusiva el evento que nunca se producirá y crucé los dedos.

La política mundial, una vez más, se conflagró contra una de las capitales del mundo. Y digo bien. Porque quien conozca Madrid de noche y la sufra luego de día sabrá que es imposible concebir la universalidad sin disfrutar de la más cercana de las universalidades. Esa que, para un imbécil provinciano como era (y sigo siendo) yo cuando llegué a mi Colegio Mayor Aquinas, representaba la ciudad más grande de mi nación. Mi libertad. Mi vida. Mi todo. Gracias una vez más, Madrid.

 

Limpísimos

Ahora se nos pide que nos limpiemos. Periódicamente, asiduamente -como diría Escohotado-. Que podemos caer sin darnos cuenta en las peligrosísimas redes de la gripe A (una dolencia que no ha matado a nadie en comparación con las grandes pandemias de la gripe común) si no nos frotamos bien las manos... O si no nos tapamos la boca al estornudar.

Dejando al margen que nunca está de más frotarse y que la higiene es la base de la sociedad moderna -también de las alergias modernas- son todo chorradas. Fórmulas que vienen fenomenal para fomentar la compra de productos tales como limpiador de manos sin agua, que es una suerte de botecito de alcohol que huele regular y que cuesta...cinco eurazos.

Parches que no alivian. Remiendos de un mal que, de tener sentido, sólo lo tiene para la industria farmaceútica. Les recomiendo un breve documental (http://www.youtube.com/watch?v=u5Ti4I-jeUI ) en el que se cuenta la clave de todo este embrollo. Los cerdos, los mismos animales benditos y malditos que ponen como cerdos a los despreocupados occidentales sebosos y fanegosos, son la clave de una componenda a nivel mundial. Así, enriquecen a los cerdos. Es normal.

Lo mismo es que ellos, los cerdos, se pusieron malitos por no frotarse bien las pezuñas. Será eso.

Temporalidad y estupidez

Después de un periodo sabático retomo mis encuentros conmigo mismo -prácticamente soy el único que me leo y eso me agrada particularmente porque no tengo así quien ponga en duda mi opinión- con un pensamiento sobre la temporalidad del amor, de los sentimientos y de la felicidad.

Hace cuatro siglos era absolutamente común, sobre todo en los Balcanes ocupados por la Sublime Puerta Otomana, que los comerciantes europeos que arribasen a esas tierras ignotas y menos evolucionadas entonces contrayesen matrimonio con las hijas más jóvenes de familias musulmanas (e incluso católicas). Era un matrimonio temporal. La joven esposa -normalmente rondaban a duras penas la pubertad- se comprometía a cambio de una buena dote a serl fiel a su adinerado marido durante el tiempo que él pasase en su región. Una vez que se fuera, la mujer quedaba enriquecida en lo personal y en lo económico y sin ningún estigma que la comprometiese con su comunidad (es más, quedaba en un estatus como de viuda y solía contraer matrimonio posterior con su verdadero amor gracias al dinero conseguido en su primer enlace).

Bien. Córdoba en el presente. Aún hoy hay mujeres que se creen eso de que el amor es eterno y incuestionable. Que un "no" equivale a un quizás. A un "podría ser". Que son ellas -y nunca ellos- los dueños del destino de ambos dos miembros de la pareja. Se equivocan al no pretender quedarse, simplemente y eso no es poco, con lo que de enriquecidas salgan de su propio pasado. Así, se permiten negar el saludo, como si haciéndolo causasen dolor. No lo consiguen. Antes bien, muestran su propia debilidad. Su fragilidad anímica y su pobre autoestima. Allá ellas.

Otras son, simplemente, estúpidas. Pretenden -os juro que es así- hacerse dueñas del terreno por el que pisan y conquistarlo como poniendo su bandera. Son capaces -es verídico y literal- de apropiarse de su propio entorno con frases como: "Iros de aquí". A esas, las que causan verdadero pánico entre los calzonazos y labran una fama colectiva muy negra, habría que hacerles sentir el desprecio más absoluto. La vergüenza. El pánico al vacío y a la propia falta de autoestima. Estúpidas. Engreídas. Enlacadas furcias de poco fuste y menos realengo. Que os den.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? A mí no me miréis. Yo únicamente estoy aquí para dejaros pensar libremente. No me pidáis justificación.

Dolor y placer

Epicuro tenía razón. En parte. El hedonismo, en puridad, no puede ser concebido sin una parte alícuota (o proporcional, al menos) de dolor. Me aclaro. Toda melopea, borrachera, cogorza o curda que se precie y que provoque una sensación intensa de gozo bacanal traerá como consecuencia una resaca lastimosa e insaciable (sobre todo insaciable de agua y antiácidos).

Ahora que muchos recogen el rastrillito, la colchoneta y el ánimo, conviene recuperar el aliento y pensar en que todo lo que de bueno tiene la vida. El trabajo es la resaca de las vacaciones. Ese incordio en forma de trajes, corsés, compromisos y horas interminables y vacías. Pero también es el estímulo para acercarnos al placentero nirvana de un nuevo julio u otro agosto. Cotejen, si no, su empleo con un matrimonio. Casarse, dicen, es estimulante al principio. Un corto pero intenso atajo hacia la monotonía de la convivencia eterna entre dos tozos de carne que irán decrepitando simultáneamente. Y que, en ese tránsito hacia la muerte, se consuelan con imaginación y paciencia. No hay otra.

Sean sus trabajos matrimonios o simplemente incentivos, traten de no deprimirse. Si el dolor no cesa, simplemente, véanlo como  un camino hacia la expiación (si son del Opus, claro) o tal cual un leve tributo del destino por la suerte de vivir en un mundo en el que se gozan de varios meses de vacaciones. En otros lugares, simplemente, el infierno es el hoy, el ayer y el mañana. Triste consuelo. Y nada epicúreo. Lo siento.

 

Up

El sábado, en el cine, vi Up. La película es lo más grande con el título más pequeño. Vaya por delante que no soy un fanático de los dibujos animados -salvando series como Futurama, Padre de Familia y Los Simpsons (!oh, cielos, quizá sí que lo sea¡)-. Sin embargo, sentía mucho interés por disfrutar de este largometraje tan amparado por crítica y taquilla (dos extremos casi nunca sencillos de conciliar).

La obra, maestra, no es para menores. Ni para sensibles. Es más agria que dulce, más triste que alegre. No le encuentro una pizca de optimismo. Invita a disfrutar, eso sí, del momento como lo que cuesta (mucho o poco según el valor que cada cual le presuponga). Todo en sí es una brillante metáfora. Desde el título, que predice la elevación (puede que a cielos) hasta el deseado objetivo del abuelete Fredriksen, que no es otro que las supuestas cataratas Paraíso, un -desde mi mirada- trasunto del cielo cristiano.

Ver Up ha sido, y no esperen que haga un spoil (que es como se dice ahora finamente lo que toda la vida ha sido destripar una película), un auténtico ejercicio de concentración. Sobre todo porque la moraleja de la historia es, e insisto: que cada cual saque la suya, precisamente que no se debe valorar nada tanto como la propia existencia. Que el pasado conduce inequívocamente a la melancolía y que mientras menos pesen nuestras cargas materiales -siempre malvadas y siempre un valor más contemporáneo que demodé- más volaremos (o más libres).

Puede que le busque más pies de los debidos al gato. Quizá sólo quisieron los de Pixar hacer una cosa divertida y elegante con un ligero trasfondo. Pero lo dudo. Todo está tan cuidado que deberían no haber sido tan crudamente reales. Una última reflexión: ¿lo de que la casa vuele aludirá al estallido de la burbuja inmobiliaria?. Vendería mi caballo (si lo tuviera) por preguntárselo al guionista.

Los hijos de los hermanos

Yo estudié en lo que se conoce como "colegio de curas". En La Salle había ordenados y seglares, pero los alumnos -en nuestra inocencia- notábamos por adelantado quién caminaba receloso de Dios y quién no. Nunca pensé en aquella infancia oscilante entre los "Laudato sí, o mi signore" y los "Adeste fideles" que aquellos señores a los que debíamos llamar hermanos podrían ser, además, padres. A pesar de las evidentes muestras de lascivia que, algunos, mostraban con las adolescentes más despampanantes en el encerado, no me imaginaba a aquellos apolillados ensotanados (pero sin sotana) tratando con afecto filial a un chaval de la edad que tenía entonces.

Más que por cualquier otro motivo, por su aparente incapacidad de colocarse en el lugar de un crío. Por su absoluta falta de empatía, por su repulsión (que ahora por momentos comparto) hacia todo lo comprendido en la edad del pavo.

Pues bien, ahora que el Vaticano estudia ( http://www.elmundo.es/elmundo/2009/08/02/internacional/1249218650.html ) concederle derechos a los hijos de los curas (que hubo, hay y habrá) me siento más cercano a aquellos hermanos de mi parvulez. Tanto que hasta me solidarizo con ellos. Para algo bueno que tenía su oficio -ser humano y no asumir las consecuencias- van y se lo cargan. Con esta noticia se me han quitado las últimas ganas de ordenarme. Con lo práctico que debería ser pecar y tener enchufe para la penitencia.

 

Praga

Praga cierra sus ojos lentamente. Deja caer un párpado teñido de rosa por encima del Moldava y sueña alumbrada por neón y estrellas. Pero nunca duerme, porque sobre ella caminan, consternados, embobados, cientos de miles de visitantes. Gente que engulle patos y helados italianos. Que beben con religiosa vehemencia y por onzas Staropramen, Velvet y Budweiser. También miran mucho al cielo y a la tierra. Y al cielo en la tierra. Porque en Praga Venus vence. Demasiadas semidiosas por la pasarela que inventó el gran Carlos. Sus leñadores-paisanos languidecen a su lado. Parecen de otra especie menor. Sudan y huelen como humanos todo lo que ellas, por su única hermosura, destilan en forma de perfumes sofisticados. En Praga las vidrieras confunden los colores. Kafka confunde también los colores desde su casita de enano en la calleja del oro. Y las formas. Alguien, o algo, quiere que el reloj astronómico de la antigua plaza no alardee. El maestro que lo diseñó, ciego aún, es travieso. A Praga uno llega católico y vuelve judío. O husita. O agnóstico. O atemporal. Uno acaba creyendo, allí, que no es sino una mísera tesela en el mosaico humano diseñado para su decoración estival. El hombre hecho nada por la sublimación de su propia obra. Turistas empeñados y empañados. Flashes. Alguien mira hacia arriba, apunta, señala y proclama la llegada de la noche. Y entonces Praga vuelve a cerrar sus ojos rosas. Hasta otra.

Atlántico

Me siento mediterráneo por convicción y por nacimiento. Desde pequeño he pisado el agua que tan bien han glosado -de tan distinta manera- el recientemente fallecido Baltasar Porcel en su gran libro Mediterráneo y el director Antonio Mercero en la entrañable Verano Azul.

Sin embargo, todos los años le pongo los cuernos a nuestro mar (eso decían los romanos y yo les creo) con el proceloso vecino del otro lado del estrecho. El Atlántico, por definición, es misterioso. Del Atlántico, dicen, la Atlántida. En el Timeo, Platón nos cuenta que los atlantes eran tan cool que perecieron ante, claro está, los buenos de la película que eran los griegos, de propia soberbia.

Porque si el Mediterráneo es tranquilo el Atlántico oculta algo inexplicable.

En el se debe caminar por sus infinitas playas de arena colada y tibia. Sondear la costa como Miguel de la Cuadra Salcedo en busca de una calita donde evitar al dominguero de tupper y loro a máxima potencia y, si es ya demasiado atrevido, hasta ponerse como Dios le trajo al mundo (inexacto, como Dios le trajo al mundo con unos cuantos años más).

El sol parece que golpea a otro ritmo el Atlántico. Semeja que le está calentando a fuego lento y que alguien (o algo) sopla desde arriba para luego devorarlo. Así se entienden las bruscas oscilaciones de una marea ramera que descubre sensual sus piernas para luego, en un descuido, recuperar su entereza devorando todo lo que se encuentre a su paso.

La tarde, cuando cae, le sienta bien al Atlántico. El brillo del mar es satén y lyra que le visten. Carmín bienoliente. Porque el aroma que desprenden los pueblos que se nutren de su presencia es inequívocamente suyo. Sin ataduras ni convenciones. Único.

Este fin de semana cumplí, en Conil y Tarifa, mi tradición rodeado de muy buena gente. Mi peaje, claro está, un sensacional desfase de mis ciclos circadianos y unos cuantos cortes en tobillo y pies por efecto de las traviesas rocas. Aún así, y por siempre: Mis respetos los máximos, Atlántico. Seguro que nos volvemos a ver.

Caóticos fanegas

Voy al gimnasio varias veces por semana. Procuro hacer deporte durante todo el año. Es algo que considero esencial para mantener un poco el control del propio cuerpo. La sociedad, cuando mayores, nos pide que procreemos, que trabajemos y que nos muramos. Pero no que nos mantengamos más o menos sanos y más o menos en forma.

Yo sudo como forma de rebelarme en cierta medida contra el destino. Como lucha ante la vejez que llegará, seguro, de manera grosera e inopinada. También me esfuerzo para expiar al gordito que ocupó mi persona durante mi infancia. Ese pícnico que sólo rogaba por un bollicao más con la brutal anuencia de algunos de sus seres queridos que, sin quererlo y por su propio cariño, le estaban convirtiendo en un lechón preparado para la cruel matanza social.

Bueno, pues imaginen cómo me siento (como yo, muchos) cuando observo cómo, cuando llega la canícula, cientos de caóticos fanegas invaden gimnasios, pistas de deporte y saunas para eliminar sus excesos. Son como los capillitas que se acercan a las iglesias los días señaladitos.

Aprovechan la coyuntura veraniego-tropical para exhibir sin pudor sus grasientas lorzas. Para, con sonrisas absurdas y ridículas, prometer a sus parejas que el año que viene se van a cuidar. Que en lugar de catorce cañas se tomarán trece. Que dejarán los superfluos -todos lo son con la actividad física que lleva el urbanita hoy en día- potajes y guisos. Que no fumarán más y que harán más el amor.

No les crean. El caótico fanegas sólo piensa en su aspecto durante segundos. Minutos. A lo sumo, días. Los que tarda en ver cómo hay otros tantos como él que sonríen como pánfilos orgullosos de sus panzones en todas las playas y piscinas del país de los gordos (el nuestro, sólo superado por Estados Unidos).

No saben cómo me exasperan los que se regodean de sus bartolas. No saben cómo me desquician-mucho más si cabe- los que sólo se dan cuenta de lo desagradables que son cuando llega verano y atestan mi gimnasio y todos los lugares donde yo suelo hacer deporte.

El plan E

Chapuza. Parche. Remiendo de calles levantadas. Incomodidad perpetua. Enfermedad que hace ya muchos años incubó Madrid y que ahora Zapatero ha querido propagar al resto de España.

El plan E, según su gran defensor, pretende recuperar la economía del Estado a base de contratar Manolos y Benitos para que reconstruyan ciudades ya equipadas.

Cerca de mi casa hay una calle por la que, actualmente, es imposible andar a ciertas horas del día. En el asfalto, operarios se afanan en repintar los carriles cortándolos y atascando ciudades que no debían estarlo.

¿De qué sirve todo esto? De poco. De nada. Con este despilfarro no se crean puestos de trabajo de larga duración ni se coloca a personal cualificado (el parado más complicado de recuperar).En lugar de adoptar determinaciones realmente importantes para ayudar a la economía y al empleo (medidas fiscales y una enorme reforma del mercado kaboral en general) prefieren dejar las urbes como quesos gruyeres.

Así nos va. Y hablan de brotes verdes. Serán los que salen de los fondos de las tierras que, como Sísifos desocupados, tratan de remover y luego volver a enterrar con afán los jornaleros entre bocatas y tintorros de mediodía.

Jackson y la selección española

¿Qué puede tener que ver Michael Jackson con la selección española? Así, de primeras, son como agua y aceite. Sin embargo -salvando las distancias, lógicamente- uno y otros han sido de una u otra manera víctimas durante esta semana de las exigencias de su propia fama.

El cantante falleció, muy probablemente, a causa de las pastillas y las inyecciones que se metía en el cuerpo para poder cumplir con su anunciado regreso ante sus fans en Londres. Necesitaba estar al máximo, exprimir su castigado físico para no defraudar a la opinión pública. Al qué dirán. Puede que Michael quisiera superar a Jackson. Lo que consiguió, desgraciadamente, fue seguir biografías de otros iconos de la modernidad siendo leyenda ganándole la carrera al tiempo y la muerte.

La selección de fútbol española también estaba reventada. Sus futbolistas acumulaban miles de minutos exigentes en sus piernas. No podían con sus almas, pero su propia gloria reciente le obligaba a afrontar un torneo en un país inhóspito y -se pongan como se pongan- no apto para disfrutar con su trabajo. Sin embargo, fueron y encima teniendo que aguantar cómo los medios ninguneaban su labor para centrarse en si fulanito fichará por el Madrid o zutanito por el Barcelona. Es lo que le importa -desgraciadamente- al abundante y mayoritario público cateto. Así, hastiados y desmotivados, hicieron el ridículo ante Estados Unidos y pusieron fin -mataron- su propio registro antes de lo previsto.

Parecer cuesta mucho más que ser, porque mantenerse es infinita y mortalmente más pesado que llegar.

Lo gratis

Llámenme pijo. Llámenme clasista. Llámenme snob. Odio lo gratis. No me gusta nada lo que todo el mundo busca por tener un coste cero. Detesto las aglomeraciones en pos de un pequeño caramelo, de una mierda pinchada en un palo o de un besito para el ego.

El viernes estuve en la Noche Blanca del flamenco. Un evento organizado para promocionar la capitalidad cultural de Córdoba. Yo no entiendo del tema. Iba por acompañar a quien tenía que acompañar. Y por curiosidad. Y, mecachis, porque era gratis, Aunque supongo que si hubiera costado algo no me hubiera importado acudir.

El espectáculo merecía la pena. Por concepto y por desarrollo. Era estético contemplar bellos enclaves de esta ciudad surcados de quejíos, de brazos al aire y de arte. Mucho.

Lo peor de todo, precisamente, es que los actos no costaban ni un euro. Allí había jubilatas ociosos y ociosas que -sobre todo ellas- empujaban a diestro y siniestro en las masificaciones para acercarse lo más posible a un escenario sobre el que veían cosas que no comprendían. Y las estropeaban con sus comentarios soeces y faltos de toda educación. Como también carecían totalmente de corrección los porretas y niños bien que hacían botellón ensuciándolo todo y armando barullo aprovechando, cobardes, la presencia de tan compacto gentío. Incluso padres irresponsables e impresentables torturaban a sus criaturas paseándolas en sus cochecitos por una atmósfera cercana a la hipoxia. Sádicos. Que se los requisen.

Por otra parte también había, simplemente, gorrones que acuden a todo lo que pueden para rapiñar su dosis de miseria. No porque no tengan, sino porque prefieren que parezca que no lo tienen. Muchos de esos visten de chaqueta y tienen cargos públicos. ¿He dicho muchos de esos? Cambien el muchos por el casi todos.

En fin, que no me gusta que me sumen en una masa sin  mi consentimiento. Y eso que me gusta ir al fútbol. Cosas que pasan.

Desmontando a Chikito

Una conocida marca de comida mierda ha pagado a Chikito de la Calzada para hacer el ridículo y que ellos vendan con ello más helados plastificados ( http://www.youtube.com/watch?v=IEnjpxB-mZ4 ). La desazón que me invade cuando veo este anuncio abarca varios espectros.

Por un lado, me repugna que un señor o señores -en este caso las empresas publicistas Crispin Porter y Bogusky- se subroguen en el rol de reputados sociólogos para determinar si los españoles hemos madurado mucho o no desde el 94, que fue cuando empezó a ser famoso el genial malagueño. Por otro, me aturde que lo que hay detrás (una empresa norteamericana) quiera hacernos creer que sus postres son símbolo de modernidad ( !por Dios, si son leche merengada con trocitos de galleta¡).

Tampoco soporto la idea de que el inimitable cómico -y mira que han tratado de copiarle- se haya vendido por unas míseras perras. Antes de este anuncio yo (creo que muchos tendrán ese mismo recuerdo) cuando pensaba en Chikito veía a un tipo que, por carambolas del destino, se hizo famoso en su barrio. Luego en su ciudad y, un buen día, como quien no quiere la cosa, hacía reír a toda una nación. No sólo eso. Cambió la forma de expresarse de muchos, inauguró un sentido del humor absurdo y surrealista del cual luego -lo quieran o no reconocer- se han alimentado otros muchos charlatanes que siguen teniendo éxito. Ahora, y por primera vez, no es Chikito quien se ríe de Chikito. Ni nosotros los que nos reímos con él. Un mecenas le ha comprado para que haga el tonto y así abrir los ojos de muchos que le idolatraban (y lo seguirán haciendo a pesar de todo). Buscan reírse de él. Que no es lo mismo.

No, cobardes hamburgueseros, así tampoco superaréis a la competencia. Por el contrario -como ya os ha pasado en otros lugares como México- conseguiréis que algunos os repudien aún más. De todos modos, y menuda paradoja, todo lo que suponga hablar del anuncio y de sus creadores ya es estar cayendo en su juego. Es la mentira de la publicidad. Es su gran verdad. Es, como el concejal de Cuenca de sus chistes, un mojón.

El ego totalitario

Leyendo un libro de Rojas Marcos sobre la Autoestima encuentro que un señor llamado Anthony Greenwald, profesor de psicología estadounidense, describió hace dos décadas el "ego totalitario". Según su teoría muchas personas, con tal de defender su autoestima, distorsionan los hechos, se absuelven de sus responsabilidades y hasta mantienen una estricta censura para no cuestionar sus acciones. Ilustraba su explicación citando frases tan antológicas (y tan relativamente comunes en los atestados de compañías de seguros) como "el arbol se echó encima de mi coche".

En España nadie es responsable de nada. Si uno no tiene trabajo es por la crisis. Si lo tiene y lo hace mal, es por el jefe. Si se es jefe y la empresa marcha mal, la culpa la tienen los empleados. ¿Cuántas veces hemos delegado la responsabilidad suprema en los otros para lavarnos las manos como Pilatos?

Trabajo en el periodismo deportivo y en ese mundo de tópicos -"el fútbol es así, no hay rival pequeño, el objetivo es marcar un gol más que el contrario"- me fascina particularmente el empleo del plural colectivo. Nadie hace nada mal. Es muy difícil escuchar a un futbolista reconocer que no jugó bien un encuentro. Como es igualmente extraño que un entrenador explique concienzudamente los motivos de una sustitución a todas luces errónea. Pero, sin duda, lo más raro de encontrar es a un presidente que admita su torpeza en una contratación o en toda una gestión.

El fútbol no es más que un reflejo más de la sociedad. Por eso, y aquí quiero llegar, cuanto más alto es el cargo menos sencillo es la autocrítica y más totalitario es el ego. ¿Se imaginan a González disculpándose por lo del Gal? ¿A Aznar haciéndolo por lo de Irak? ¿A Zapatero por...bueno, por todo esto?

Es la paradoja de vivir en España. Un país gobernado por la complacencia. Por las comilonas a costa de la empresa y los salarios a costa del Estado.

A mi me da igual, con que haya otro a quien echarle las culpas... 

Luna llena

Escribo mientras Córdoba se desnuda. Desprovista de su manto ciudadano parece otra. Huérfana de acción. Iluminada con una luna llena que ridiculiza y humilla todos los neones. En perfecto y único concierto con su letanía de adjetivos que la encumbran como una de las más hermosas en su género. Con su recogimiento secular e irrepetible. Absurda. Genial. Manchada de tiza y cal del tiempo. Ajena, de paso, a él.

La luna, claro, es plural. Foco de caras que visitan siempre de noche. Las que hacen balance con el paso del día y la llegada de la noche. Como fantasmas, aparecen todos los gestos que han sido inmediata y transitoria noticia para el ego (que, no lo nieguen, es lo más importante para todos).

Hoy, iluminado por neón y luna (más por lo segundo) me evoco votando. Recuerdo el rostro de una cincuentona cascuda y repintada acercándose a la urna con su niña (niña bien, claro, vivo por el centro). Pienso en la frase que le dijo mientras compartía sus preocupaciones con los (sobre todo las) componentes de la mesa electoral: "No, mi niña sabe bien a quién tiene que votar. Por lo que le conviene". Ella -la niña en cuestión- acataba con sonrisa de cartón piedra la chanza de su progenitora como quien la ha escuchado muchas veces. Como el perro de Paulov moviendo su cola. Pero sin cola. Creo.

Veo hoy también, claro, mi cara reflejado en la piscina de mi propia indiferencia. Observo cómo, ajeno a lo que me rodea, prescindo de conocer los resultados electorales en pro de una mejor compañía y una incomparable situación. En el fondo del agua, supongo, el destino. El futuro que nos espera y que no podemos, generalmente y se pongan como se pongan, decidir del todo. Básicamente porque en ningún caso hemos sido preguntados a la hora de decidir nuestro orígen ni nuestro pasado. Como la niña y su puñetera madre.

Y ahora, justo antes de entrar en la cama guiñándole por última vez el ojo a esta luna llena que no se cansa de brillar, veo sombras por todas partes. No son desagradables. Son tenues. Eclécticas. Incalificables. Son, quizás, el sueño del tiempo que va pasando y que apenas se resiste ante más de mil lunas llenas.  

Son las tres. Yo creí que eran las dos. Mejor me voy a dormir.

Mentiras arriesgadas

Trabajo de periodista (al menos me lo creo). Si algo me inquieta en mi profesión es la búsqueda de la justicia. Hablar bien es justo. Escribir desde la verdad, también lo es.

Todo el mundo miente. No seré yo quien juzgue ni censure la trola, el embuste o el cuento. Entre otras cosas, porque forma parte de la propia condición de la persona.

Lo que detesto y me repugna es la mentira como instrumento de poder. Como forma de utilización de masas. El ¿diario? Público parió hace unos días un artículo (http://www.publico.es/internacional/220278/critiqueis/israel ) en el que su corresponsal en Israel contaba falsedades de varios grados sobre aquel país.

Asusta que se lea la expresión apartheid al referirse al único Estado aparentementre democrático de la zona. En el que, y esto lo cuenta su embajador en España Raphael Schutz en Libertad Digital (http://blogs.periodistadigital.com/tizas.php/2009/05/30/raphael-schutz-monteira-embajador-israel), hay un 10 por ciento de parlamentarios musulmanes en el órgano legislativo.  Cuenta también (o no, porque me huele a que la dirección del periódico ha metido tijeretazo en el asunto) el corresponsal que Irán "no ha agredido a nadie desde siglos". Alucinante. Se remonta, supongo, a los persas sin tener en cuenta su conflicto con Irak.

No seré yo quien defienda a Israel (una auténtica chapuza histórica forjada por el criminal nazismo y la desvergüenza británica). Pero odio ese sentimiento antisemita (que lo es, se pongan como se pongan) de los (oh, cielos, otra vez ellos) progres. Me da mucha grima.

El otro día estuve en una caseta en la feria que se llama Aspa. Curioso: La "p" de Aspa es por Paz. Luego, dentro y entre un extrañísimo olor a parrilla y chocolate, hay un cartel en el que se ensalza la intifada palestina. Como si supieran de lo que va el asunto. Como si tuvieran un mínimo de conocimientos históricos o socioculturales para (por ejemplo) saber que Alí Husseini (uno de los líderes originales de la intifada: http://es.wikipedia.org/wiki/Al-Husseini) era súper coleguita de buen rollo (hasta es posible que fumaran porritos juntos) de Adolfito Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Y hasta aplaudía que gasease hebreítos. Lo mismo si lo conociesen, cambiarián. Lo mismo la "p" de Aspa no era por la Paz. ¿Quizás la hayan puesto por Palestina? ¿Quizás por progres? Ay.