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Tonicruz

Un cuento breve

Se me ha ocurrido mientras trotaba esta noche. Perdón por anticipado.

Un hombre, pongamos que se llama Sobota, está casado felicísimamente con una mujer lo suficientemente inteligente como para no envidiar demasiado el físico de todas las demás. Tiene dos hijos, pero de tanto en cuando le da por echar una canita al aire. Una noche se justifica diciendo que va a echar gasolina y a dar una vuelta cuando en realidad conduce sus pasos a un prostíbulo. No va, por norma, dos veces consecutivas al mismo. Tampoco al más cercano. Cuestión de ética racional, supone en su foro interno.

Llega a la barra, adopta la típica pose que se supone homologada en los lupanares (codo ligeramente apoyado en barra, cintura apuntando con denodado esfuerzo hacia la mercancía y barriga encogida como queriendo decir: "No lo necesito, pero estoy aquí"). Apura su cerveza mientras aparta encarminadas rameras que le tientan con desigual tino y similares tretas. Todas son, dicen, calientes. Todas las mejores. Todas huelen su dinero y sus ganas.

Cuando iba a arrojar la toalla, Sobota observa cómo se forma una suerte de neblina al fondo del local. La entrada de una mujer en escena coincide con el momento en el que un anónimo cliente, desde un ángulo oscuro, expulsa el humo de su cigarro con énfasis desenfocando el rostro de un cuerpo inexplicablemente sensacional. Caderas bizcas, culo prieto. Elegancia, soltura, pose y presumible tersura que hacen babear al desenfrenado cliente. Conforme se acerca la prostituta, cada vez tiene más claro Sobota que va a querer contratarla. Sigue reparando en sus curvas, cada vez más cercanas y evidentes hasta que, cuando ya está a un palmo, observa con una mezcla de repulsión e hipnotismo cómo el humo que ocultaba temporalmente su rostro no se ha ido. Que la mujer, perfecta en todo, no tiene rostro.

Absorto, trata de trabar una conversación que nace de algún lado que no controla. Intenta mirar algo que le centre. Poco después, sin dilación en la negociación, sube al reservado y copula con la mujer sin faz. Mientras lo hace, piensa en lo que ha sido de su esencia. Alma perdida en noches de pecado. Negligente caminar de puntillas por la superficialidad, se dice sin decírselo mientras hace el amor con fruición.

Al despedirse, besa sin saber muy bien dónde la cara sin cara. El tacto de esa nebulosa es como algodón de azúcar. Si quisiera, podría dormir el sueño de los justos sobre él. Sobota no sabe cómo llega a su casa. Ni cómo se acuesta en su cama. Sólo que a la mañana siguiente siente un poderoso alivio cuando escucha de boca de su casi perfecta esposa que el desayuno ya estaba servido. Lástima que luego, al zafarse de su pereza e ir en su búsqueda para abrazarla comprobara, mirando su imagen reflejada en un espejo, que los ojos, la boca y todas las facciones de su compañera de cama se hubieran diluido en un delicado esfumato leonardesco. Para siempre.

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