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Tonicruz

Euskadi (Primera parte)

Llegué a Euskadi el sábado al mediodía. Aterricé en un Bilbao oscuro, gris, cubierto. El camino en autobús hasta San Sebastián dibujaba valles verdísimos alimentados como periquitos surtidores por un beatífico sirimiri. Una vez llegado a la Bella Easo, me monté en un taxi donde compartí la primera de mis charlas interesantes del viaje. El conductor, un tipo joven, me confesó que era de Irún (el destino final de mi viaje) y me expuso de manera resumida sus breves cuitas sobre el turismo (-Lo bueno de viajar es que conoces siempre otras culturas y te gustan porque son diferentes a las tuyas) concluyendo que, en el fondo, todos somos “iguales, clavaos, vamos”.

Después de alojarme en el Barceló, un hotel cuco y con unas vistas entre graníticas y refrescantes, salí a dar mi primer paseo donostiarra. Mis pasos, imantados por el influjo del mar, se dirigieron hacia el larguísimo paseo marítimo. Al oeste, creo, el peine de los vientos de Chillida. Al este, la Concha y el Ayuntamiento. Como quiera que tenía ya hambre y que era ya algo tarde para comer mi preocupación primera pasó de la quieta contemplación de las olas deshaciéndose en la orilla a la más terrenal de mover el bigote. No me gusta fijar mi destino mientras viajo más allá de lo razonable, así que dejé en manos de la fortuna el lugar donde almorzar.

Finalmente, en una esquina de la Avenida de la Libertad  me topé con el Bay Bay. Un discreto bar de copas que, a esas horas (eran casi las cuatro de la tarde ya), estaba casi vacío. Me senté en la barra, tratando de pasar lo más desapercibido posible y escuchar, algo que me encanta cuando viajo solo.

Así, comprobé cómo mientras el camarero me servía con tiento los pinchos que restaban en el otro extremo de la barra una señor de cincuentitantos y un caballero algo más joven debatían. Hablaban de todo. De la tele, de fútbol, del tiempo… hasta que abordaron la política. Concretamente la religión, algo que en Euskadi tiene casi más de política que la propia política. La señora lanzó alguna imprecación moderada contra el nuevo Obispo Munilla: -Encima que no le queremos ha dicho la tontería esa sobre Haití. Fue terminar de expresar su parecer y el camarero, educadamente y con la confianza de quien ya ha servido algunos txacolís en su vida, le conminó a cambiar la temática: -Aquí podéis hablar de lo que sea menos de política.

Cuando estaba terminando mi último pincho, el mesero me preguntó si quería un café. Como viera mi negativa y que estaba solo, se decidió a invitarme a un chupito de patxarán. –Invita la casa. Decidí elevar mi copa a la salud de la Real –antes había escuchado que el bar era declaradamente txuri urdin- y desde ese momento se entabló una charla de hora y media con Jorge, así se llamaba el camarero, sobre el fútbol y, qué cosas, la política. Él, que había estudiado publicidad, me reconoció con su vivo ejemplo lo complicadas que están las cosas para los escribientes. Yo, que buscaba indicaciones y consejos en una ciudad que me era casi desconocida, le pregunté por zonas para visitar y para salir. Me debió explicar algunas, pero los vapores del patxarán y mi propia incapacidad para organizar mis pensamientos a largo plazo me enviaron de vuelta al desconcierto de una calle que ahora me parecía más alegre después del hospitalario (y económico: ¡comí por ocho euros!) encuentro del Bay Bay.

Divagué por la Catedral neogótica, asalté con mi tarjeta varias tiendas que estaban de beherapenak (rebajas) y luego me tomé un café irlandés contemplando cómo la chavalería pasaba a toneladas del partido que la Real jugaba en Vigo. Siendo justos, la pasión por los albiazules es evidente, pero debí aposentarme en el lugar equivocado para comprobarlo. Con los últimos rayos de sol, crucé el puente de María Cristina y creo que acerté porque a esa hora su piedra adopta una tonalidad peculiar. Una acorde con el Urumea al que burla, que parece de papel albal arrugado a conciencia. Fue lo mejor de San Sebastián. Luego me enteré que en la inauguración de tamaño monumento, en 1902, se registraron los primeros actos de Kale Borroka por unos jóvenes que apedrearon escaparates y farolas porque para festejar la fecha la autoridad había prohibido que se llevasen a cabo Sokamuturras (como los toros enmaromados castellanos).

Y mañana retomaré mi historia vasca desde este punto.  

 

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