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Tonicruz

Nieve

No recuerdo la primera vez que asistí a una nevada. Me contaron que fue en 1984, que me embutieron en un mono azul (eso lo conozco más por las fotos) y me llevaron a la sierra para que me tirara en un trineo casero e hiciera todas las monadas que los seres humanos de seis años hacen para deleite de sus progenitores.

Y a pesar de no acordarme de las sensaciones que experimenté, cada vez que –como ayer- siento en mis carnes los copos del cielo me asaltan en la cabeza mis más profundas y tiernas sensaciones de la infancia. Hay algo en la nieve que retrotrae al adulto a la parvulez. Un brillo especial en los campos blancos y en los reflejos de las partículas tras el cristal que despreocupa, libera y conmisera.

Parece que bajo el manto pálido –más en una ciudad como Córdoba en la que casi nunca nieva- un halo divino protege las almas. Que no hay lugar en una día de nieve para otra cosa que no sea sacar la cámara de fotos, abrigarse hasta arriba y salir a tomar un chocolate con churros o declarar una guerra de bolas de nieve. No hace frío ni calor, sólo nieva.

Hoy el partido sobre el que tenía que trabajar se ha debido suspender por la intensa nevada caída en El Arcángel. Sin embargo, cuando salía del estadio no se escuchaban quejas sobre el incidente, sino palabras que llamaban a aprovechar la oportunidad. Una ocasión ideal para llamar a contarlo a sus amigos o parientes menos habituales. A disfrutar de lo que quedaba de domingo sin pereza.

Nieva poco en Córdoba y muchas veces se nota demasiado.

 

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1 comentario

Alatriste -

Lo que más me gusta de la nieve es su silencio. Y la sonrisa que provoca a todo el mundo en lugares como el nuestro, donde su aparición es tan esporádica.
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