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Tonicruz

El Faro


Para comprender la magnitud de la crisis hay quien atiende a complicados datos macro y microeconómicos. A baremos, estudios de mercado y análisis de peritos con muchos estudios de postgrado y más ínfulas que César antes de cruzar el Rubicón.
Yo no es que no crea en todo esto -sobre todo teniendo un amigo en contacto relativamente constante con el poder que me pronostica aún peores tiempos- pero prefiero palpar los malos momentos en los pequeños detalles.
Dejando al margen mi particular coyuntura (sigo sin contrato laboral estable, por si alguien que leyera esto estuviera interesado), la crisis se nota en los recuerdos pasados y en el cotejo con los presentes.
En El Faro, por ejemplo. El Faro era una diminuta marisquería del centro de Córdoba, en la calle Sevilla. Abrió sus puertas en el 72 y desde entonces y hasta 2009 dio de comer a personalidades como la Pantoja, Moncho Borrajo, María José Cantudo... Al menos eso contaba su propietario, Manuel Córdoba, en un artículo que servía de obituario al bar en el ABC.
Pero para mí, el Faro siempre será el lugar donde mis padres me llevaban -de tanto en cuando- a comer angulas. Sí, angulas. No las indescifrables y almidonadas gulas que ahora se sirven bien pringosas en cualquier envite familiar. No las tomaba en grandes cantidades y las regaba -tenía entonces trece o catorce años- con abundantes dosis de coca cola.
Recuerdo su olor y el esponjoso regüeldo que despedían a posteriori las sopas de pan en las que siempre se colaba un ajete. Y también aquellas charlas llenas de humo. Unas en las que el futuro, y era un chaval, parecía asequible y el presente un alegre entremés.
Ahora, en el lugar de ese faro hay otro. Lleva el mismo nombre, pero sirve perritos calientes, kebabs y hamburguesas (creo). Los niños que ahora vayan con sus padres se librarán del humo de los cigarros puros, pero padecerán el de las fritangas que ingerirán. No probarán las angulas (casi nadie probará las angulas ya, de todos modos) y escucharán los pesares y las angustias de sus mayores mientras tragan sus emparedados ayudados por una coca cola (hay cosas que nunca cambiarán).
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