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Tonicruz

Tan iguales, tan diferentes

(Mi artículo publicado ayer en la edición en papel de El Día de Córdoba sobre el Betis-Córdoba)

Lucen los mismos colores, pero en una proporción distinta. Tienen estadios a medio hacer por una mala planificación de sus financiadores y sus hinchadas ni siquiera saben -tal vez porque se hayan acostumbrado a tener sus hogares así- si algún día se los terminarán. Ambos juegan en Segunda y sobreviven -en mejor o peor modo- como pueden a sendas crisis económicas bastante graves.

Para colmo de paridades, tanto en la poltrona del Villamarín como en la de El Arcángel se vivirá la próxima semana un cambio de poder. Fáctico en el caso del Córdoba con la entrada de unos magnates italianos y nominal en el del Betis. Pero el nombre que se sentará en la presidencia bética se escribe siempre para los heliopolitanos con mayúsculas y zurda de oro: Rafael Gordillo.

Han compartido, además, en su historia jugadores y entrenadores. Pleitos y batallas. Ayer mismo falleció a los 86 años, sin ir más lejos, el francés Marcel Domingo, uno de los técnicos que ha gestionado los dos banquillos. Ejercen también ambos igual pasión saturniana por devorar a uno de sus hijos. En Córdoba se comieron a Javi Flores hace unas semanas y a Arzu le cae una pitada cada vez que salta a su campo. Un Arzu que, por cierto, también jugó en los dos equipos.

Entonces, ¿qué separa a estos dos equipos que los hace tan distintos? Algunos dirán que el dinero (el que deben, claro), otros que la masa social, pero la sensación que prima cuando uno asiste a un Betis-Córdoba en Sevilla es que lo que les distingue es la personalidad que dan los logros. En el Villamarín parece que todo el mundo sabe quién es. Al locutor no le tiembla la voz a la hora de apelar a los Béticos del Universo. Porque se lo cree. Ni a la hora de contar que han sido invitadas por el club al partido seis monjas clarisas. Porque aquí la gente cree.

También los seguidores saben muy bien cómo achuchar. Cuándo hacerlo. Cuando su equipo empuja, ellos les soplan. Cuando reculan, les pican. Ayer se cebaron con el portero del Córdoba Raúl Navas porque entendían que les debía algo. Se pusieron a pitarle con ahínco y le cantaron con estruendo y al unísono: “Ese portero se vende por dinero”. Cuando se lesionó -en un lance aparentemente fortuito- recrudecieron sus insultos. Llegaron a ser hirientes, hasta sádicos, cuando el arquero gaditano expresaba su dolor. Es la presión que ejerce una hinchada que tiene un objetivo claro. ¿Justificable? ¿Útil? ¿Extrema? Desde luego, el insulto siempre envilece al alma y nada humano es desear la muerte al prójimo.

La cuestión final, el meollo, es que el Betis es primero y volverá a subir a la elite. Y volverá a jugar en Europa. Seguro. Ha vivido mil avatares en su historia, ha jugado al filo de la navaja mucho tiempo, pero siempre está y estará ahí. El Córdoba, cuando ha apostado fuerte ha quedado en la nada y cuando ha ido de humilde se ha estrellado sin remisión o se ha salvado por los pelos. Sobrevive sin rumbo viviendo únicamente de un pasado que cada vez tiene más telarañas y en una ciudad que cada vez más le da más la espalda a su representativo, como denunció ayer sucintamente el consejero Paco Rojas. ¿Hacia dónde mira este club? De momento, hacia Italia. Que es lo nuevo y, acaso, la penúltima oportunidad. Que cambie algo ya resulta definitivamente imprescindible visto este desolador panorama.

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