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Tonicruz

La cosa real

No creo que la familia real sea de peor ralea ahora que en 1986 o en 2000. Dudo mucho que las andanzas de Su Majestad en África, los coqueteos de Marichalar o Urdangarín con la ilegalidad, los divorcios escandalosos, los pijos prepotentes y demás cortesanos repelentes que los lisonjean sean un producto de esta década ni de estos tiempos.

Los Borbones -originarios de un pequeño pueblecito francés- siempre apostaron por el pragmatismo desde el primero de sus parientes que reinó. Enrique IV fue aquel que, cediendo a las pretensiones de Felipe II, dejó el calvinismo para pasar al catolicismo. “París bien vale una misa”, dijo. Únicamente así, y con el permiso de España, lograron los Borbones llegar a ser reyes en Francia. Recordando aquello, no asusta pensar las múltiples componendas que han debido hacer para seguir ocupando (cuatrocientos y pico años después) el trono español que arrebataron a los Austrias.

Por eso, dentro de esa carambola que les devolvió el poder tras la huida del medroso Alfonso XIII en 1931 (se marchó después de ganar -pírricamente, pero ganar- unas elecciones que tampoco eran un referendum sobre su continuidad) tenían un cuidadoso plan de limpieza de imagen orquestado y bien planificado.

Durante mucho tiempo nadie recordó que Borbones fueron Carlos IV y Fernando VII. Acaso los reyes más tontos y malos -no necesariamente por ese orden- que hayan mandado en España. Otra frase para el recuerdo de un Borbón (el felón Fernando): “Marchemos francamente todos juntos y yo el primero, por la senda constitucional”. Al poco ordenó que los Cien Mil Hijos de San Luis (que no eran tantos) se merendasen el gobierno vigente para que él gobernara (en connivencia con el rancio clero) con su despotismo que le caracterizaba.

Pero llegó Juan Carlos (que iba a ser el breve) al poder de la mano de Franco y, como nos dio lo que nos dio, nadie reparó en que vino de donde vino. Por eso y porque, durante décadas, los periodistas glosaban con regodeo su campechanía. Que alguien me diga qué tiene de campechano el navegar en yates, cazar elefantes (lo hacía también su padre Juan, que fue hijo y padre de Rey, pero no reinó, un caso único) o conducir motos de alta cilindrada para visitar amantes-vedettes.

La prensa rosa (y la blanca) tapaba chismes bien fundados por fidelidad a la corona. Como si el simple hecho de cuestionar la figura del monarca fuese delito de lesa majestad. Incluso llegaron a secuestrar una revista de humor (El Jueves) por una portada soez, sí, pero que no hubiera sido raptada si en lugar de caricaturizar a los príncipes retratara por ejemplo al presidente de Gobierno (democráticamente elegido).

Ahora no sé si por una conjura mediática o porque nos estamos hartando el pueblo está abriendo ligeramente los ojos. En las peluquerías, como si hubiésemos retornado dos siglos en el tiempo, se habla de la amante del Rey, de las travesuras o barbaridades del infante (tiene huevos que eleven al grado de normal que un niño se pegue un tiro con una escopeta) y de la sinvergonzonería del golfo del balonmanista.

España, país rancio y monárquico, inquisitorial y servil, se empieza a plantear al menos si merece decidir quién ha de ser su soberano. No se trata de ser republicano o monárquico. La cosa va de poder votar si queremos o no esta forma de gobierno. Mientras no salga de las urnas, por muchos 23-F, Juan Carlos siempre será aquel chaval rubio que no consentía que se hablara mal de Franco en su presencia.

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2 comentarios

Cristina Dell'Onte -

¡Muy buen artículo, Toni!
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yaestastardando -

Bravíssimo
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