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Londres (II): Hija de Wren y Victoria

La Londres que más refulge, la más retratada, la más fotogénica y la más estereotipada la esculpieron dos personas completamente antitéticas.

Una fue Cristopher Wren, el sobrio hijo de un diácono al que Cromwell persiguió por sus tendencias rancias. Una vez restaurada la monarquía, Wren hincó tanto los codos que hasta Isaac Newton -que debía ser un soberbio de cuidado- elogió sus progresos en su ciencia. Era el arquitecto de moda en el siglo XVII y le vino fenomenal que el 2 de septiembre de 1666 un panadero llamado Thomas Farriner se dejara un horno encendido una noche y quemara más de 13.000 casas y 87 iglesias. Su talento y el enchufe manifiesto de Carlos II hicieron el resto.

Aparte de la maravillosa cúpula de San Pablo (la más grande del mundo tras la del Vaticano) edificó otras 51 iglesias, el monumento al Gran Incendio (lo cual no quiere decir que no lo sintiera, imaginamos) y los hospitales de Chelsea y Greenwich. Se hizo masón, como todo buen arquitecto, y acabó sepultado en su obra maestra. Wren enterró el Londres sucio, estrecho e incómodo para proporcionar un barroco libre del artificio de la contrarreforma. Un estilo inconfundible y caro de ver, toda vez que entrar en San Pablo cuesta en estos momentos 17 libras.

Si Wren sacó a la capital británica de la oscuridad medieval, la Emperatriz Victoria la convirtió en la mejor ciudad del mundo y la terminó de dotar de su carácter cosmopolita. Victoria, al contrario que Wren, apenas conoció a su padre el Duque de Kent (murió de neumonía cuando apenas tenía 8 meses) y menos a su abuelo Jorge III (que falleció seis días más tarde ciego y loco). Sólo un cúmulo de desgracias familiares la auparon al trono. De hecho, únicamente hablaba alemán -su lengua materna- hasta las cuatro años.

Victoria se sentó en el trono en 1837 y mantuvo sus posaderas sobre él nada más y nada menos que hasta 1901. A base de procrear con su querido príncipe Alberto regeneró las monarquías europeas (Prusia, Rusia y España entre ellas). Mejor dicho, las contaminó a todas de hemofilia.

Dicen que era muy tacaña. Tanto que prescindió en su palacio de Buckingham del papel higiénico en beneficio de los periódicos. Los republicanos radicales irlandeses la acusaban de que apenas donó cinco libras para paliar la gran hambruna de 1845.

En cualquier caso, para Londres que es lo que nos ocupa, fue una reina fabulosa. Impulsó la primera feria Mundial de 1851, que dio pie al Palacio de Cristal de Hyde Park y al Museo Victoria y Alberto, así como al desarrollo de toda la zona de Kensington. Dicho evento consolidó uno de las características más arraigadas de la cocina inglesa: la cocina india (y no es una boutade).

El neogótico que impulsó la Emperatriz cambió la faz al Palacio de Westminster (quemado en otro incendio en 1834, paralelismo con Wren); regaló souvenirs a medio mundo con la Clock Tower (conocida como en una sinécdoque por el Big-Ben, que es únicamente su reloj); obligó a Oliver Twist a pensar aquello de que allí ni el señor Bumble le podría encontrar y estimuló la imaginación de Conan-Doyle para crear a un detective de mentira pero que tiene hogar y museo en Baker Street y a alguien de carne y hueco, pero que se ha hecho de mentira, a matar a cinco mujeres por las sórdidas calles de Whitechapel. Ni Jack el Destripador tiene su pleno sentido sin Victoria al mando.

Londres se internacionalizó hasta ser lo que es. Una confluencia de culturas tan heterodoxa que permite convivir hasta necesitarse a calles tan aparentemente diferentes como Carnaby y las adyacentes a Chinatown. Un collage precioso que engancha y que será desgranado en siguientes entregas.

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