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Londres (I): Más romana que sajona

Londres se siente mucho más orgullosa de su pasado romano de lo que podría pensarse. Por el British los niños, curiosos, le preguntan a sus padres cómo se ajustarían los legionarios sus cascos y, en el museo de historia de la ciudad la zona dedicada a Londinium es tal vez la tratada con más mimo. Incluso dentro de sus galerías hay un trozo de la vieja muralla de aquella época.

Es probable que los colonizadores romanos, más allá de las calzadas y del muro de Adriano, aportaran a los londinenses esa espontaneidad mediterránea que contrasta mucho con su flema tan característica y que se manifiesta en detalles como la insoportable lentitud de todo almuerzo que no sea a base de sandwiches (una auténtica constante) o en la celebración del fin de año, mucho más efusiva que en otras latitudes más cálidas.

De la Londres romana quedan pocos restos. La vieja puerta de acceso por el este es ahora Aldgate, nombre de una estación de metro. El primer puente de la ciudad -que hizo Claudio en el 52- acabó siendo troceado y vendido al millonario de Arizona Robert McCulloch por dos millones y medio de dólares. Puro pragmatismo.

A partir de la urbe romana nació la metrópoli actual. De hecho, lo que se conoce ahora como “La City” comprende -más o menos- la vetusta Londinium. Los anglosajones la arrasaron como solían hacer con todo varias veces -la más célebre chanfaina la montó Boudica, una reina icena a la que la encumbran como heroína de manera incomprensible- y regalaron a la pequeña Colchester -en el sur- una efímera capitalidad.

Pero el Támesis estaba destinado a regar las cuencas de la primera capital del mundo civilizado. Mutó de nombre a Lundewic y de ahí el actual Aldwych, una de las zonas más lujosas del mundo.

La Londres medieval giraba en torno a tres centros de poder. Uno la oscura Torre Blanca, donde lo pasaban francamente mal todos los opositores del régimen o aquellos que le cayeran mal al soberano de turno. Desde su creación (1078) ha servido hasta de zoo. Eso sí, hasta 1939 los Beefeaters que vigilan el recinto no podían afeitarse las barbas.

Otro lugar clave en aquella ciudad era la Abadía de Westminster (empezada en 620) y por la que desde que Guillermo el Conquistador en 1066 se coronara tienen que pasar todos los que quieran ser reyes. En esta abadía está el jardín más antiguo de Inglaterra, regado con mimo por unos apocados benedictinos desde el siglo X.

El tercer punto era Tyburn. Allí se hacinaba la chusma durante un rato sangriento y lúdico para escupir y aplaudir las ejecuciones por ahorcamiento o decapitación. El patíbulo no cerró hasta la tercera década del siglo XIX. A los grandes traidores primero se les estrangulaba, luego se les emasculaba, evisceraba, decapitaba, descuartizaba (la ley del hanged, drawned and quartered) y exhibían en lugares públicos. La cabeza de William Wallace, el libertador escocés, se expuso empapada en brea en el puente de Londres. El mayor traidor que haya residido en la capital británica, no obstante, no fue tratado con tanta severidad. Carlos I, el único monarca que menospreció a la Cámara de los Comunes, fue simplemente decapitado y su enemigo mortal, el puritano Oliver Cromwell que proclamó una brevísima república de Commonwealth, ordenó que lo cosieran la cabeza a su cuerpo después para que su familia le rindiera honores.

Once años después, Inglaterra volvía a ser una monarquía y Carlos II -hijo del decapitado y remendado- ordenó que colgaran y mancillaran el cadáver de Cromwell.

Así llegamos a 1666, cuando un incendio cambió para siempre la historia de esta mítica ciudad...

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