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El futbolista manco

Robert Schlienz era uno de tantos alemanes que trataba de sobrevivir en los durísimos años posteriores a la Guerra. Se podía decir de él que era un hombre afortunado, toda vez que se libró de una muerte segura en el frente ruso a cambio de un balazo soviético en el mentón.

Cuando regresó a su hogar su lugar de trabajo había volado por los aires. Schlienz era futbolista, delantero centro, y su equipo, el Zuffenhausen, fue una de las víctimas del conflicto (había perdido cinco de sus jugadores en esos infaustos años). Así que a Schlienz le tocó buscarse la vida en la vecina ciudad de Stuttgart. Jugó su primer partido en la Gauliga (la denominación nazi para la Bundesliga) en el Neckar Stadion un 2 de abril del 45, contra el Karslruhe. Su equipo ganaba 5-2 hasta que el aviso de un bombardeo sustituyó al silbato del colegiado para indicar el final del encuentro. 19 días después los franceses tomaban su ciudad.

La siguiente temporada, Schlienz estuvo a un nivel impresionante. A la altura de los mejores de Europa en su puesto. Anotó 46 goles en 30 partidos y su equipo quedó campeón de la Oberliga del sur (un campeonato regional, lo más que pudo lograr al no poderse realizar una Liga nacional por la situación del país).

La vida era prudentemente feliz para Schlienz hasta el 14 de agosto de 1948. Ese día llegaba tarde al entrenamiento de su equipo previo a un partido de Copa ante el Aalen y forzó la máquina de una furgoneta que le habían prestado. Como fumaba, llevaba el brazo sacado por la ventanilla. Una decisión fatal, puesto que el vehículo volcó y el delantero perdió parte de su brazo izquierdo, que le tuvo que ser amputado.

Cualquier otro deportista podría haber tirado la toalla. Cualquiera deprimirse añorando tiempos mejores. No Schlienz, quien -apoyado por Görg Würzer, entrenador de su equipo- supo rehabilitarse, retrasar su posición en el campo y seguir contribuyendo a la causa del Stuttgart. Tardó nada más que cuatro meses en volver a jugar. Y, cuando lo hizo atándose la manga izquierda de la camiseta para ocultar su mutilación, no fue uno más. Su participación resultó decisiva en los victoriosos campeonatos del 50 y del 52 (en la final de este año ante el Saarbrücken dio las asistencias de los tres goles de su equipo después de que éste fuera perdiendo al descanso 0-1) y en el subcampeonato del 53. También ganó con los suavos las copas del 54 y 58.

Era uno de los mejores, tanto que hasta convenció al cabezón seleccionador teutón Sepp Herberger para llevarlo con la Mannschaft en tres ocasiones (ante Irlanda del Norte, Holanda e Inglaterra). Cualquier otro técnico con más valentía y menos prejuicios -cuentan los que le vieron jugar- le hubiera tenido más presente.

Schlienz murió en 1995 e inmediatamente el club de toda su vida bautizó sus campos de entrenamiento con su nombre. Ganó muchos títulos, pero acaso lo más importante fue lo que su resistencia a la adversidad tuvo de ejemplo para muchos. Uno de los asombrados fue el mismísimo Alfredo di Stéfano, quien dijo después de disputar un amistoso contra su equipo: “Lo que ha hecho este jugador es lo más increíble que he visto hasta ahora”.

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