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La feria de los discretos

(Artículo publicado en la sección El Otro Partido de El Día de Córdoba sobre el partido Córdoba-Celta disputado el 13 de febrero)

El estado de ánimo del público que acude a El Arcángel cada dos semanas es siempre imprevisible. Nunca sabe uno si le va a dar por apoyar a los que correrán por ellos, por callar o por –simplemente– no aparecer. Porque, al contrario de lo que sucede en otros feudos, casi nunca se puede encontrar una relación directa entre acción y respuesta. Entre demanda y oferta sobre lo que se debate en el terreno de juego.
Responden los cordobesistas al perfil de Quintín Roelas, el protagonista de la novela de Pío Baroja La feria de los Discretos (libro que se ambienta entre otras, en torno a las muy castizas plazas de la Corredera y Las Tendillas). 
En esa obra nunca se sabe por dónde va a salir Quintin. Travieso hasta la extenuación en la infancia, curtido en la dureza de un colegio inglés y luego enamorado sin estarlo verdaderamente de una muchacha rica. Ahora hay ocho mil –antaño había diez mil– Quintines que añoran y suspiran cada semana porque su distracción sea liviana. Porque los noventa minutos de juego transcurran de forma acorde a sus intereses. 
Pero no siempre parecen desearlo con tanta ansia ni con positivismo, he aquí la contradicción. Hay días en los que sacar a pasear su bilis y arremeten con inquina ante el más mínimo despiste de sus profesionales. Días en los que todo lo que no sea sumar los tres puntos por vía de apremio –sea quien sea el contrincante– no vale. Ayer, sin embargo, Quintín fue misericordioso. Harto como está –con lógica– de ver llover siempre que toca fútbol (Maldonado o cualquier otro meteorólogo de postín debería estudiar la relación directa entre el pitido inicial de cualquier árbitro en el estadio más extraño del universo y el jarreo instantáneo) se armó de paciencia y paraguas y se sentó en su localidad con senequismo. 
Se ve que hicieron los deberes y estudiaron el potencial del Celta. Y así, con esa conciencia de unidad, jalearon cada arranque, cada despeje, cada patada de los suyos con la misma intensidad que un gol.
Hubo un único debate de consideración en el gallinero. Se originó cuando un grupo de seguratas privados del club, que se hartaron de decir que eran unos mandados, pidieron la retirada de una pancarta que ocultaba una publicidad en el fondo. Como quiera que su dueño se negó a hacerlo tuvo que comparecer para intimidar la policía nacional.Que si los seguratas tenían poco interés, mucho menos los nacionales. Al final, fue reconocido el exceso de celo exhibido desde el club y el Quintín más afectado fue a pedirle explicaciones al presidente al final del choque. Nada extraño.
Fueron ocho mil y pico, pero fueron uno. Quintín veía a sus chicos correr, sudar y matarse ante un enemigo que se singularizaba en la figura de Falcón, portero del Celta. A los cordobesistas les encanta –es el cántico más seguido siempre– meterse, en el fondo zalameros, con el arquero contrario cuando les pilla a mano.Más motivos tienen cuando el arquero les alienta a hacerlo como hizo ayer el del Celta. 
Confundidos y deprimidos los vigueses por el mejor juego de los otros, se fugaron a los vestuarios para el descanso de los quince minutos. Durante ese tramo el patrón de los quintines, Koki, aprovechó para presentar en sociedad a la caimán Kokita. Como quiera que hoy es el día de los enamorados, ayer era el momento de que El Arcángel aplaudiera a la nueva pareja. Kokita (en cuyo interior va un hombre, por cierto) es altanera y estilosa. Coqueta y primorosa. Como la Rafaela del cuento de Baroja. Como muchas cordobesas que hoy besarán y serán besadas por los quintines que ayer se quedaron a medias.
Porque, lo que les quedó por ver en el segundo tiempo del partido ante el Celta, fue un puro ejercicio de amor propio sin fin y sin recompensa. La lucha de los suyos contra la lógica, su cansancio y el mayor poderío del rival. Tal vez pudieron haber perdido, pero ayer los Quintines –mostrando su mejor cara– les hubieran aplaudido igual. Como cuando en La feria de los discretos Roelas proclama: "...También creo que debemos dejar a los dioses el cuidado de calmar los vientos". Sobre todo si hacen por soplar.

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