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Tonicruz

La consolación

Es el que menos cuenta, pero tal vez por eso suela ser el más divertido de cuantos se disputan en este torneo. Los jugadores que menos han jugado de grandes selecciones muerden. Los máximos goleadores buscan aumentan su botín. Los más imaginativos, libres de ataduras y de responsabilidades, campan a sus anchas con desparpajo. Es la verdadera esencia del fútbol, en una versión apta para todos los públicos. Libre, eso sí, de la emoción que supone un título en disputa. El duelo por el tercer y cuarto puesto enfrentó a Uruguay y Alemania. Una copia de lo del 70, pero muy mejorada. Entonces tuvo que ser un gol de Overath el que decidiera un -según cuentan- bodrio mutilado por el intenso calor mexicano. Esta vez, bajo un tremendo aguacero, las dos selecciones pugnaron con brillantez y fiereza por ese bronce aplicando cada cual sus armas. Los de Löw recuperaron el toque, el desborde y el gol. Özil, que es tan bueno como tan cobarde, no se metía el peleas pero descolaba a la fiera zaga charrúa. Así llegó el primer gol, de Müller, que empujó un rechace de Muslera -por cierto, lamentable partido del que se supone que fue el mejor portero del Mundial-. Entonces los sudamericanos apelaron a su propia ilógica. La de un país minúsculo pero con un fantástico amor propio. Cavani recogió un robo del gran Ruso Pérez y empató. Incluso Forlan coló un segundo tanto -de espectacular volea tras extraño centro de Arévalo Ríos- que le catapulta a una merecida bota de oro. Pero Alemania ha hecho méritos en este mes para ser primera, segunda... o tercera. Así que remontó gracias a sendos tantos de cabeza de Jansen y Khedira. El epílogo a este bello prólogo de la final fue un lanzamiento de falta de Forlán al larguero. Fue una manera digna de decir adiós al torneo y hola a la final.

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