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Tonicruz

El cotillón

 

-Coño, Paco, ¿qué haces tú por aquí? A Patxi López le escamó que la imagen de Francisco Camps fuese la primera que sus ojos captasen de esa extraña fiesta de fin de año a la que había sido invitado. Lo cierto es que el Lehendakari había acudido a ese cotillón, como todos los allí presentes, por la recomendación de alguien muy cercano. Las esposas o maridos, los mejores compañeros de partido, de equipo… Porque en una lujosa sala habilitada en el ultramoderno hotel Urban de al lado de Las Cortes se habían dado cita un puñado de personajes ilustres. Allí estaban, junto al jerarca vasco y al tostado valenciano, las hijas de Zapatero (sin su padre); la activista Aminatu Haidar, apostada junto a la suntuosa barra libre de canapés preparados al efecto; Gallardón y Esperanza, cada cual en una esquina diferente. También la ministra Bibiana Aído, que se rascaba sin disimulo su nuca, aturdida, mientras a su lado Ángeles Caso sacaba presta para apuntar un bolígrafo y una libreta. De repente, Iker Casillas –erigido en improvisado portavoz- espetó sin ambages: -¿Alguien nos va a explicar de qué va esto? Al escuchar la exaltada voz del capitán del Madrid, las puertas del salón se cerraron súbitamente, las luces se apagaron y de entre una improvisada nube de vapor salió Jorge Javier Vázquez. Sin más preámbulos, tomó el micrófono que portaba y se dirigió a su atónita audiencia: -He sido elegido por el organizador del evento, cuyo nombre no desvelaré porque peligraría mi vida, para presentar el pliego de condiciones de este cotillón.  El televisivo personaje rasgó sin dificultad un sobre lacrado y, de su interior, salió una escueta nota que rezaba “El juego consiste en que elijan de entre ustedes al más importante del último año. Una vez que lo hagan, las puertas se abrirán y vivirán la experiencia más gratificante de sus ya de por sí excitantes vidas”. Las miradas de los presentes se tornaron eufóricas y relajadas hasta que, en un intervalo de unos segundos, de sus gargantas salió al unísono la más aterradora de las frases sin verbo: “Yo, desde luego, no”. Mientras, angustiados, cambiaban su semblante, alguien desde un ángulo oscuro reía con sorda voz. El organizador, claro, sabía que iba a estar entretenido por un largo tiempo.

 

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