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Tonicruz

Jotaemejota

Era previsible que en España la visita del Papa y sus jóvenes causara lo que causó. Cada vez más, los extremos se están adueñando del panorama y -en consecuencia- los comportamientos hostiles y violentos son la nota común en esta sociedad.

No me siento católico, pero tampoco me considero laico. Primero porque el laicismo no lo entiendo como una postura ante la vida sino como una mera circunstancia. Uno es ateo, agnóstico o creyente. Laico es un estado o el Estado. Nada más. Sin embargo, los periódicos de izquierdas se han empeñado en catalogar a ese movimiento ecléctico que ha derivado del 15-M (supuestamente) de “colectivo laico”. Pues no. Como ellos mismos cantan, si yo también soy “laico”, a mí no me representan.

Me parece un alarde absurdo y una chominada -como se dice por aquí- lo de trasladar Cristos valiosísimos y colapsar Madrid para exhibir el poderío de una institución concreta. Más si estamos hablando del cristianismo, una religión en cuyo libro sagrado se puede leer que San Pedro calificaba de “Babilonia” a Roma por mucho menos de lo que montaron en la capital de España.

Tampoco entiendo que a dirigentes ateos -Zapatero, por ejemplo, lo es confeso- besen los pasos por los que camina Su Santidad y se deshagan en halagos ante una corriente filosófica tan antitética con el progresismo. Más allá... tan antitética con el hedonismo, con el placer de vivir. Sobre todo teniendo en cuenta que se sienten identificados con un instrumento de tortura (paradójicamente, éste no fue el primer símbolo del cristianismo. Lo era un pez, pero cuando saltaron de la clandestinidad al poder cambiaron de mentalidad y de tercio).

Pero que no comparta su planteamiento vital ni sus alardes no quita que reconozca el derecho que tienen los fieles a exhibir sus ideales. Ni las garantías que la Constitución les otorga a la hora de pasear tranquilamente luciendo toda la parafernalia que deseen. Además -y esto es indiscutible- su presencia en España no ha generado ningún problema. Cero gamberrismo. Era como si estuvieran hipnotizados por una entidad superior. Por si fuera poco, la mayoría del gasto ha provenido de instituciones privadas. Únicamente la publicidad directa e indirecta costaría mucho más de lo que España ha gastado en el cotarro.

Por todo esto no es tolerable la actitud de los que se han dedicado a achantar a los peregrinos en Sol. Esos que han provocado incidentes y esos mismos que se han hecho dueños sin permiso de nadie de una plaza y de una corriente ideológica. Ni de esos ni de sus palmeros. Aquellos que jalean y consideran que ponerse a la altura de tolerancia del catolicismo radical (que no es mucha, en honor a la verdad) es el mejor camino para expresar su descontento vital. ¿Qué culpa tendrá un adolescente sudamericano o australiano de que en España todavía triunfe en muchas ocasiones el oscurantismo y la superstición? ¿De que cuando sea Semana Santa, por una vez al año, la gente vea Cristos y Vírgenes aunque ni siquiera sepa en qué se sustenta su fe? Y además... qué más dará si es así. La diferencia es el terreno para cultivar el respeto.

Lo único que ha merecido la pena -porque el discurso de Benedicto ha sido predecible y bastante rancio- de estos días ha sido el intenso debate teológico-social que se ha producido en mentideros y medios de comunicación. Leer o escuchar a José Antonio Marina o a José Luis Sampedro defendiendo sus posturas da que pensar y siempre es un placer. Se esté o no de acuerdo con ellos.

Tal vez, aunque sólo sea por la controversia generada, el catolicismo ha vencido jugando en casa. Ha ganado la partida contra el demonio que, para ellos, es ahora la indiferencia que genera en la juventud. O generaba.

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