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Tonicruz

El respeto sí es santo

No sé con qué ojos mirar la Semana Santa. Lo propio de estas fechas, al menos en Córdoba, es pasear con una bolsa de pipas o de altramuces a la caza y captura de las distintas procesiones que transitan por la ciudad. Existe, me consta, una auténtica y sentida devoción por las distintas imágenes. Además, los someros o grandes detalles que personalizan cada paso sirven para que buenos cronistas (al menos los del periódico para el que trabajo sí que lo hacen) cuenten historias que deben remover el alma de los acérrimos seguidores de todo este ritual.

Todo este ejercicio de pasión, como tal, me parece dignísimo y loable. Más teniendo en cuenta que todo un año de dedicación puede irse al garete si la climatología se pone traviesa.

Además, si bien como todos los españoles soy católico culturalmente, no me identifico con los cánones de esta religión (realmente, con los de ninguna). Así que puedo observar con cierta asepsia (y por televisión) las lágrimas ajenas, los quejíos, las saetas y la sangre en los cilicios humeantes. Por supuesto, no lo comprendo puesto que ningún Padre -y Cristo a fin de cuentas eran tan Hijo como Padre y Dios para los cristianos- desearía el dolor y el llanto para sus vástagos. Ni en el día de su muerte (sobre todo cuando después el Testamento explica que resucitó).

Pero son dogmas, y los dogmas han de ser entendidos únicamente desde la fe del que cree. Otro apartado absolutamente libre del ser humano. Quien quiera castigarse, debe tener su cuerpo a su entera disposición para hacerlo.

Tengo un sentido excesivamente lúdico de la vida. Hedonista. Desde prácticamente mi nacimiento he pasado mis semanas santas entre arena y mar. Tomando el sol y mis primeras cervezas. Ese ha sido mi ritual durante tanto tiempo que por eso me sitúo en una postura diametralmente opuesta a la de los que defienden el incienso y la cera.

Y, sin embargo, nunca apoyaré actos como el de los ateos de Madrid que desean manifestarse el jueves Santo para exponer sus -eso sí- justas protestas acerca de la Iglesia. Porque, queriéndolo o sin querer, están manchando un sentimiento que, como yo, desconocen. Y a nadie le gusta que un ufano en la materia ensucie lo que más desea. Como si a mí me dicen que disfrutar en la playa fuese pecado. Aunque a mí me lo traería al fresco.

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