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11-S, ¿dónde estabas tú?

Hoy se cumple una década de un atentado que supuso un golpe de timón a la historia. Fue una fecha absolutamente señalada. La Sura 9-11 del Corán reza: “Combatid a los jefes de la infidelidad. Ellos no cumplen sus juramentos”; once es un número maldito para el judeocristianismo: la hora de las tinieblas para los que andan perdidos según la Biblia; las cifras de once de septiembre de 2001 suman once; después de ese día quedan otros 111 para acabar el año; once es el número del estado de Nueva York; once suman las cifras del año de la muerte de Mahoma... 

Es imposible olvidar lo vivido aquella jornada. Los recuerdos de aquella sobremesa se agolpan de manera personal en la mente de toda la civilización occidental. Desde un académico hasta un cani es capaz de repasar dónde se encontraba y cómo vivió ese pasaje de la historia. 

Yo estaba, qué raro, delante de mi ordenador. Mi madre me avisó con cierta urgencia: “Antonio, mira, mira...qué curioso, una avioneta se ha estrellado en Nueva York contra un rascacielos”. Pensando en la típica información de relleno de telediario post-vacacional dejé el despacho de mi padre para, con modorra, ir al salón. No me despegué de la televisión durante más de doce horas. 

Lo siguiente que recuerdo fue la voz quebrada de Matías Prats: “¡La otra torre, la otra torre! Oh, Dios Santo, otro avión”. Su diálogo con el tristemente fallecido Ricardo Ortega es, por su frescura e inmediatez, un retrato de todos nosotros. De nuestra pérdida colectiva de la inocencia. Del nuevo temor milenarista. Del rostro descubierto del nuevo enemigo de occidente. Conforme el tiempo y las detonaciones consumían las dos torres el estremecimiento las retinas se llenaban de cenizas. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cómo? 

El resto de aquel día fue un zapping continuo. CNN, BBC, TVE...Las cadenas se esmeraron recopilando información. Se sucedían los rumores. ¿Dónde estaba Bush? En el momento clave, el líder del mundo leía un cuento tomándolo del revés a unos escolares. Creo que era sobre un burro. Si, como la versión oficial sostiene, no estaba al tanto de lo que podía pasar, demostró que era tonto. Si, como la oficiosa apunta, conocía de antemano el drama, descubrió su faceta de hijo de la grandísima puta. La historia le ha pintado con el tiempo como ambas cosas. 

Atacaron también Washington. Nadie se creyó desde un principio que el avión UA-93 se estrellase por error en Pennsylvania. Fue derribado, con casi total seguridad, para impedir su impacto en la Casa Blanca. El Pentágono no tuvo tanta suerte y aún hoy se puede ver, a lo lejos porque no te permiten acercarte demasiado, el producto del odio sobre el terreno. 

¿Qué queda de todo aquello en nosotros? En mi caso, la sensación de vulnerabilidad. Como se demostró tres años después en Madrid, el terrorismo se globalizó desde esa tarde hasta convertirse en enemigo universal de la humanidad. La estulticia y la avaricia de nuestros gobernantes (ya he hablado de Bush, pero no menos ineptos e impotentes resultaron Blair y Aznar por poner dos ejemplos) no ayudó ni ayuda a paliar este mal que ahora, una década después, sigue siendo alfa y omega de una nueva era. 

Eso y los engorrosos trámites cada vez que se viaja en avión. El 11-S caricatura diez años después a nuestra compleja civilización cada vez que alguien tiene que quitarse el cinturón. Cada vez que es requisado un bote de espuma de afeitar.  

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