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Tonicruz

El capitán

El hombre de los últimos días está siendo Francesco Schettino, el capitán del Costa Concordia, barco que naufragó en el Tirreno causando la muerte de -al menos- once personas y que, de paso, hundió las acciones de las compañías de cruceros de medio mundo.

Al parecer, Schettino decidió acercar su embarcación a la pequeña isla de Giglio como forma de homenajear a un miembro de su tripulación. Creo que he escuchado que a un cocinero. Ya hizo lo mismo en agosto para honrar al antiguo capitán. Una vez producido el siniestro, huyó oculto entre los pasajeros en un bote salvavidas sin preocuparse de nada más que de su trasero.

No conozco al señor Schettino, pero lo puedo imaginar bien después de ver su foto y escuchar su patética conversación con un oficial de la capitanía del puerto que organizaba las gestiones de rescate de supervivientes. Le veo tocado con toda la pompa propia de los carabinieri. Con un aporcinamiento facial incipiente, pero adornado con un tostado rayos uva impropio de las fechas y una sonrisa y unos caracolillos en la nuca que, a buen seguro, humedecieron a más de una pasajera cincuentona divorciada.

No seré hipócrita ni le juzgaré por su condición de mujeriego (de hecho, lo único por lo que alabé a Berlusconi fue precisamente por eso). Tampoco quiero estigmatizar a todos los italianos que se visten de uniforme, por mucho que en tiempos recientes hayan corrido en tantísimos sitios hasta conseguir que en la guerra civil les compusieran un cántico nada elogioso (recuerden Guadalajara por aquí y, si no, Grecia, Egipto...)

Lo verdaderamente censurable de este sujeto es su incapacidad de asumir su culpa. Su incapacidad -más allá de no haber abandonado el último el barco como manda la deontología de su profesión- para reconocer el error, mirar por encima de sus caracolillos humedecidos por el sudor y el salitre y afrontar las consecuencias tratando de resolver el entuerto mortal en el que había colocado a tantos miles de incautos que no conocían sus tejemanejes.

Dicen que podría estaba drogado. Cuentan que podría estar alcoholizado. A mí, más allá de todo eso y después de escucharle mentir varias veces me gustaría conocer cuál será su actitud cuando entre en la cárcel. Puede que le caigan quince años. Entonces, en la oscuridad de su celda, seguro que le volverá a la cabeza la respuesta que le escupió el oficial del puerto a la pregunta de “¿Cuántos cadáveres hay?”: “¡No lo sé! ¡No lo sé! ¡Uno seguro! ¡Santo Cristo, debería decírmelo usted!”.  

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