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El rincón de las ánimas

(Artículo publicado el 7 de marzo en la sección El Otro Partido de El Día de Córdoba sobre el partido Córdoba-Numancia)

Hay una zona del estadio no muy bien delimitada que se puede llamar como el rincón de las ánimas. Se ubica en la parte alta de la intersección entre el fondo norte (bueno, el único) y la tribuna. Allí, cuando un partido –sea el que sea– entra en la recta final se congregan buena parte de los seguidores del Córdoba más impacientes. Aquellos que no quieren padecer los rigores de los tercermundistas accesos del recinto y, por ello, prefieren sacrificar la comodidad de su asiento en pos de la rapidez a la hora de tomar el caminito de vuelta al hogar por el albero del Arenal. Allá donde les espera el consuelo o la bufa. O ambas cosas a partes iguales casi siempre.

Ayer, como siempre, ese sector heterogéneo se volvió a saturar de cordobesistas. Tal vez más que nunca. El resultado parecía incierto, pero las expectativas de que cambiase eran mínimas. Las miradas, sin mucho interés, se apretaban en complicado ejercicio visual sobre el horizonte del cráneo del vecino para intentar empujar mentalmente en un último achuchón de furia a su equipo. De puntillas, los más pequeños ofrecían una estampa de fútbol de otra época, cuando los recintos –ajenos a tantos millones– se delimitaban con vallas de madera y el cuero y los borceguíes mandaban.

Nada. Todos las ánimas del rincón se fueron desbandando sin orden ni concierto antes de que el árbitro Gil Manzano ordenase a los protagonistas que dejaran de correr. Esta vez incluso se largaban sin demasiada premura, como lo que parecen: almas en pena condenadas a la eterna espera de una redención deportiva. Todas musitaban imprecaciones del mismo orden: "Es que ni una vez. Ni una nos podemos ilusionar. Si está hasta el Girona ahí arriba. Es que nunca nos van a dar una alegría". Y otros adjetivos calificativos de toda corte extraordinariamente descriptivos en un lenguaje de germanía.

Antes, como era Carnaval (casi siempre es un poco Carnaval en El Arcángel), un señor se paseó por tribuna disfrazado de pene. Alguien debió reflexionar: "¿Es que este hombre no tiene hijos?". Luego estuvo, como siempre, Paíllo disfrazado de Paíllo. Un espectáculo fascinante a los ojos del puñado de seguidores sorianos presentes. También se vio a otro señor disfrazado de político llamado Rafael Gómez. Su parecido era tan fantástico que cualquiera podría decir que realmente era el otrora presidente y ahora hombre normal con inquietudes sociales. Un tupido tupé desafiante a la gravedad, el mismo bigote blanco nuclear que luce desde hace tanto tiempo que le hace (y le hará) inmortal. Atemporal. Un anacronismo, o no. Una paradoja. Ha sido un retruécano de los designios de la pelota el que le ha colocado en la antesala de unas elecciones en la grada de su equipo favorito. Él, que tan lejos ha estado del Córdoba por mil motivos, se vuelve a pasar por el campo para sumar votos y para volver –como en los viejos tiempos– a sentir aquella impotencia colectiva que a él, que es y se siente poderoso, le apena y al mismo tiempo le concede crédito electoral (al igual que antaño se lo otorgaba, eso y sus millones, para ocupar la poltrona del club).

Gómez, el hombre disfrazado de miembro y el resto de miembros y miembras (Pajín manda) asistieron al desenlace final del encuentro como anestesiados. Habían pasado en una semana y en noventa minutos del cielo al suelo. De la cal a la arena. De la paja mental al gatillazo total. En estos días, como en una sucesión concatenada de fenómenos imprevisibles, el Córdoba que nunca había estado en Primera ha vuelto a parecer demasiado de Segunda. El club que nunca había estado realmente vendido ha vuelto a ser puesto a subasta pública para que nadie lo quiera comprar.

Ayer las crónicas se sobreescribían a las de la semana pasada. Entonces se contaba que los sueños están tan lejos como lo que uno tarda en soñarlos. Bueno, pues aquí se ve lo realmente lejos que están. Ahora a los del rincón de las ánimas, al del pene, a Gómez y al resto les toca seguir soñando para y trabajando vivir. Y a otros, a quienes sean, pagar la cuenta de los que tienen que arreglar tanto desencanto. Tal vez, por si acaso y porque nos lo están avisando desde tantos sitios y ángulos que hasta acongoja, sería mucho más inteligente dejar de pensar en que el zapato encaje en el pie de la princesa y hacer que el pie encaje en cualquier zapato. O eso o que Dios pille a todo este tinglado confesado.

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