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Escocia mágica (IV): El Lago Ness y las Highlands

Grotescos sombreritos tocados con el monstruo verde, pubs bautizados en alusión al bicho del Lago Ness e infinidad de libros que ilustran al mayor de los seres que habitan en las Highlands escocesas invitan al visitante, que suele pasar más días en Edimburgo o Glasgow, a adentrarse en el norte del país en busca del olor al brezo, el tacto del cardo y el resbalón del hielo.

Para visitar el norte escocés las opciones son, básicamente, tres. Una es alquilar un coche si se tiene pericia suficiente como para manejarse al revés de todo el mundo. La segunda, tomar un tren hasta Inverness (caro). La otra, la que yo decidí, apuntarse a un tour de un día (los hay de más duración) que te enseña a salto de mata todo lo visible de un territorio poco poblado para su extensión.

Desde la falda del castillo de Edimburgo y relativamente temprano, a las ocho y cuarto, salen los microbuses de la compañía Timberbush. El guía y chófer, Patrick se llamaba, era un escocés sesentón y clásico. Ataviado con su tradicional kilt y el Sgian Dubh, el pequeño puñal que se oculta en los largos calcetines que completan el traje típico. Es lícito llevarlo a pesar de la estricta legislación sobre las armas que rige en Gran Bretaña.

El calor y lo confortable del microbús (marca Mercedes) unidos al madrugón tientan a una cabezada. Caí, lo que provocó que de mi paso por Stirling -lugar de la mítica batalla vencida por William Wallace- transcurriese entre tinieblas. Me decepcioné, no obstante, que el tour no se detuviera un rato allí.

Los peludos hamish y Glen Coe

Sí se detuvo en las inmediaciones de Argyle, un pequeño pueblo cuya principal atracción turística consiste en la presencia de los imponentes hamish. Un hamish es una mezcla de toro y yak con un pelaje y unos cuernos que hacen que se agradezca su quietud. Se les puede dar verduras y patatas que venden en la tienda próxima, pero en lo que a mí respecta el intensísimo frío -el momento de mayor congelación de toda mi semana- me obligó a parapetarme dentro de la tienda de recuerdos y a desear con todas mis fuerzas un cuchillo y pericia para robarles su preciado abrigo.

Después del momento animal, la ruta se retoma rumbo a los valles o Glens que jalonan el fabuloso paisaje septentrional. El más famoso, no lejos del Ben Nevis -la montaña que sobresale sobre el resto- Glen Coe. Un paraje de una belleza epatante y en el que también se produjo un hecho trascendental para la historia de Escocia. Allí tuvo lugar en 1692 la que se conoce como Masacre de Glencoe -el guía escocés, que no paró de hablar durante todo el trayecto y que era notoriamente nacionalista, casi nos la hace aprender de memoria- , en la que 38 miembros del clan Mac Donald, el más importante aún hoy en la región, fueron masacrados por las huestes del felón rey inglés Guillermo de Orange que habían sido invitadas por ellos a un convite. El motivo, que se entiende dentro de las guerras jacobitas, fue que rindieron pleitesía tarde a su señor. De ahí uno deduce la importancia de lo de la puntualidad británica.

El Lago Ness

Dos paradas más hace la ruta antes de llegar al Lago Ness. Una, a las 12, para comer en un sitio que se precia, como casi todos en Escocia, de ser un museo del whisky. La otra delante de un monumento a los célebres comandos de Highlanders que con heroísmo se batieron en la Segunda Guerra Mundial (seguro que fue una petición expresa de Patrick el furibundo escocés).

Por fin se ve por primera vez el Lago Ness por la tarde. La primera impresión no resulta excesivamente llamativa. Mucha agua, sí, pero unas vistas nada significativas con respecto al resto del entorno. Todo cambia cuando se llega al castillo de Urquhart. Sus ruinas, románticas, evocan y contextualizan lo que está por llegar. Un par de kilómetros más allá se toma el ferry que recorre el lago de punta a cabo. Montado y con frío viento de cara, uno sí se puede imaginar a una familia de plesiosaurios campando a sus anchas encerrados en su pleistoceno perpetuo. Las aguas, turbias como cerveza Guiness, ocultan un secreto que la presencia de un sonar en el pequeño esquife contribuye a aumentar. Un santo, Columba, fue quien por primera vez en 565 dejó escrito alguna referencia al animalazo. Sorprende que tuvieran que pasar tantos siglos para que Nessie volviera a dejarse ver. Fue en 1933 cuando una pareja que iba de turismo por la vera del Loch realizara una fotografía que aún hoy es la más nítida que se tiene de lo que sea. Realmente fue un hijo de la pareja quien avisó al padre. Uno se imagina la estampa familiar en plan “niño, deja de dar el coñazo”.

Monstruo como animal no se ve, pero monstruoso es el partido que le sacan los lugareños al asunto. A la sombra de varias estatuas a la criatura se sostiene un hotel, varios albergues, un puñado de tiendas de recuerdos y varios restaurantes. Es muy probable que sin Nessie aquello no pasara de ser otro de los encantadores parajes verdes de la escarpada, intrincada e inolvidable geografía escocesa. Pero así es el turismo: uno ve lo que le cuentan y luego cuenta lo que ve.

P.S: Me quedé con ganas de visitar la Isla de Skye. La dejo para, si se tercia, una ulterior visita.

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