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Las mujeres que llaman a las camareras “niñas”

Ayer decidí superar el agobio existencial de cada domingo -sobre todo cuando la noche del sábado es ligeramente toledana- tapeando con un amigo malagueño en un bar de un bulevar cercano a mi casa. Hacía sol y la temperatura era perfecta, por lo que optamos por sentarnos en la terraza del local para, de paso, contemplar el monocromático panorama social que pinta Córdoba, sobre todo en su zona centro. La mayoría de las mesas estaban ocupadas y las únicas dos camareras no eran capaces de dar a basto con tantísima demanda de peticiones.

“Una de salmorejo”; “la tapa la queremos de pinchitos”; “a mí me pones una sin y al niño una coca cola...” Los domingos son, por lo general, días en los que se tira de paciencia. Casi nadie tiene mucho que hacer y el tiempo, sobre todo en Andalucía, se disfruta pausadamente. Hacía, escrito ha quedado, una magnífica mañana de sol y soplaba una agradable brisa. Al cabo de un rato, escuchamos desde una mesa aledaña una voz bastante aguda que, en un tono impertinente, chillaba: “Niña, niña, haz el favor de venir ya”.

No tuve que girarme para describir quién podía emitir un mensaje tan desagradable, rompiendo la armonía del momento. Era una de esas señoras de esa edad. Una entre los cincuenta y pocos y los sesenta y tantos que tienen en la falta de modales santo y seña de su personalidad. Suelen ser (más en el barrio en el que vivo) mujeres de clase alta, de maridos con profesiones liberales o que han heredado una fortuna excesiva para sus méritos. Suelen presumir de cuantos bienes materiales acaparan, sin importarles de ningún modo dar una sensación plena de vacuidad. “Que fulanita se ha comprado un bolso de Louis Vuitton... pues yo voy al Corte y me agencio uno de Chanel”. Gozan despotricando con sorna contra familiares que no adoptan las convenciones socialmente admitidas y exageran -no por orgullo ajeno sino propio- los méritos de sus vástagos, a los cuales -generalmente- convierten en pequeños engendros que oscilan entre lo rancio, lo fascista y lo delirante.

Estas mujeres que tantas ínfulas tienen alardean de haber viajado por medio mundo por el mero hecho de presumir de un dinero que nunca han merecido recibir. Pelos de peluquería y uñas nacaradas. Gafas de sol con o sin sol. Labios pronunciados y semblante, siempre, recio. Cigarrillo, claro, en mano. Joyas y plumas. Nada. Esas mismas señoronas son las mismas que se cuelan en el supermercado. Que hablan a gritos en el tren por sus teléfonos móviles simplemente para contar el tiempo tan eh-tu-pen-do que les ha hecho en la playa.

Una de esas supuestas damas fue la que ayer, de forma despreciativa, se dirigió a una camarera saturada al grito de “niña”. La podía haber llamado “sierva”, “esclava”, “vasalla”. Mi amigo se quedó asombrado. Yo me giré y, simplemente, le resumí: “Es de esas señoras”.

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