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Tonicruz

París

Estuve en París hace un par de semanas. Albergaba serias dudas acerca de este destino. La tenía por capital triste, decadente, caduca. De molinos con alas apagadas y con regusto a absenta desnaturalizada. Únicamente la había visitado hacía quince años en un viaje surrealista de final de bachillerato. Como suele pasar en esos encuentros de adolescentes de voz cambiante y sebo incipiente por todo el rostro, lo de menos parecía la ciudad. Estuve, pues, pero apenas recordaba las anécdotas (deliciosas, claro, como las de cualquier retazo de libertad recién conquistada).

Por eso, en esta vuelta más serena he disfrutado mucho mejor de esta ciudad. Sigo teniéndola por una urbe incómoda. A pesar de que el metro funciona perfectamente, las distancias siguen siendo inabarcables y el orden y concierto que tanto gustaba en otras épocas siguen siendo -en mi particularísimo criterio urbanístico- pesada losa para la originalidad. Nada en París me pareció diferente. La Torre de Eiffel está tan estampada que cansa al poco de ser vista. Cuando cae la noche, resulta singular contemplarla iluminada. Pero incluso eso parece hasta previsible. El romanticismo enlatado de los Bateaux Parisiennes se comprende por el gélido Sena de finales de invierno. Y turistas, y turistas, y turistas. Sin ser verano, colas para subir. Colas para bajar. Bullicio insulso y cateto y Campos Elíseos menos ostentosos que horteras. Por París se mueve gente bien vestida -la de allí- y mal -el resto-.

Lo chic se ha debido fugar al extrarradio. A la Defense, tal vez. O al Barrio Latino. Allí sí se respira otra cosa, es como el último reducto ligeramente bohemio de la capital. Con cuentagotas, aún se puede disfrutar de algo diferente. De la única cerveza barata de la capital (tal vez una Tampay belga a cinco euros). De un concierto de Jazz que parece gratis, pero no lo es. Sobre todo si en Le Caveau de la Huchette un sex on the beach cuesta doce. En esa sala un empresario parisino camelaba a su amante o prostituta. Ella viste de largo. Ríe más de lo que debiera y se protege del frío que aún guarda en su perfecto cuerpo rubio desde hace un rato. Él, entretenido, no pasa frío. Ni él ni la cantante con nariz de Depardieu ni el resto de los hombres del bar, que la miran sin pudor y con hambre.

Luego está Montmartre. Pretendida meca de la intelectualidad y hoy cieno de pintores fracasados (los más) y drogadictos que pretenden cobrar veinte euros por un retrato en papel y a tijera tamaño carnet. Regateando, nos sacó cuatro. Ni eso vale. Pero los merdellóns fuimos nosotros.

Pero si me ha impactado algo, dejando al margen toda la comida (toda, hasta el último de los sandwiches), ha sido el misterioso tapiz que conserva, expone y vende como nadie el Museo de Cluny. En un recinto es epatante (en su día termas galorromanas), la sala destinada a albergar La Dama del Unicornio (nombre que se le dio a la obra), choca. En mitad de la oscuridad, cinco obras magníficas que representan -con misterio- cada uno de los cinco sentidos gracias al coqueteo de una mujer con el mitológico animal. Hay un sexto en el que el autor afirma con fineza: A mon seul désir (por mi único deseo). El significado, siglos después, es un misterio. Y lo será siempre.

Hay más, claro: El Louvre, el sensacional museo que guardan Los Inválidos, las mazmorras de la Conciergerie, la tienda Adidas del final de los Campos Elíseos...Así que si alguien me vuelve a preguntar por París le recomendaré que vaya. Dos veces.

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