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Atlántico

Me siento mediterráneo por convicción y por nacimiento. Desde pequeño he pisado el agua que tan bien han glosado -de tan distinta manera- el recientemente fallecido Baltasar Porcel en su gran libro Mediterráneo y el director Antonio Mercero en la entrañable Verano Azul.

Sin embargo, todos los años le pongo los cuernos a nuestro mar (eso decían los romanos y yo les creo) con el proceloso vecino del otro lado del estrecho. El Atlántico, por definición, es misterioso. Del Atlántico, dicen, la Atlántida. En el Timeo, Platón nos cuenta que los atlantes eran tan cool que perecieron ante, claro está, los buenos de la película que eran los griegos, de propia soberbia.

Porque si el Mediterráneo es tranquilo el Atlántico oculta algo inexplicable.

En el se debe caminar por sus infinitas playas de arena colada y tibia. Sondear la costa como Miguel de la Cuadra Salcedo en busca de una calita donde evitar al dominguero de tupper y loro a máxima potencia y, si es ya demasiado atrevido, hasta ponerse como Dios le trajo al mundo (inexacto, como Dios le trajo al mundo con unos cuantos años más).

El sol parece que golpea a otro ritmo el Atlántico. Semeja que le está calentando a fuego lento y que alguien (o algo) sopla desde arriba para luego devorarlo. Así se entienden las bruscas oscilaciones de una marea ramera que descubre sensual sus piernas para luego, en un descuido, recuperar su entereza devorando todo lo que se encuentre a su paso.

La tarde, cuando cae, le sienta bien al Atlántico. El brillo del mar es satén y lyra que le visten. Carmín bienoliente. Porque el aroma que desprenden los pueblos que se nutren de su presencia es inequívocamente suyo. Sin ataduras ni convenciones. Único.

Este fin de semana cumplí, en Conil y Tarifa, mi tradición rodeado de muy buena gente. Mi peaje, claro está, un sensacional desfase de mis ciclos circadianos y unos cuantos cortes en tobillo y pies por efecto de las traviesas rocas. Aún así, y por siempre: Mis respetos los máximos, Atlántico. Seguro que nos volvemos a ver.

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