19/11/2009
El cable y el corte
Hoy tenía que comprar un cable de red para mi ordenador. Como me pilla cerca, decidí buscarlo en El Corte Inglés.
Después de equivocarme y acudir a la sección de televisores en lugar de la de informática, conseguí ponerme en una cola para que me atendieran en el lugar idóneo. Allí, después de esperar pacientemente a que empaquetaran un portátil, un encargado con pinta desabrida me señaló el lugar donde estaba el bien que requería. Cuando, después de dudar, por fin escogí, tuve que volver a esperar otra vez en otra cola. Al terminarla, el desabrido de antes me preguntó si tenía una tarjeta llamada doble cero. Con ella, al parecer, puedes conseguir puntos por compras. Yo la tenía, oculta y roída, en el fondo de mi cartera. Como era previsible, el plástico no era reconocido en la maquinita y el empleado me recomendó (no, me conminó) a que fuese a atención al cliente para que me diesen una nueva.
Fui. Esperé otra cola y, cuando me tocó, una señorita me atendió con una sonrisa cordobesa. Malévola. Como queriendo ocultar sus verdaderas intenciones. Después de pasarle mi tarjeta gastada a otro fulano, me preguntó si yo tenía la del Corte Inglés. "Sí", respondí concisamente. Desde ese momento, la acelerada lengua de la vendedora se disparó hasta hacerme desembocar en una vorágine caótica. Según parecía, todo el universo humano ha renovado su tarjeta añadiéndole una cláusula de seguridad por robo. Casi sin escuchar mi respuesta ya estaba gestionando un seguro que me iba a costar 2, 40 euros por mes. Y sólo después de que, aún circunspecto, estampara mi contrato, se relajó la señorita. Incluso me preguntó mi profesión. "¿Periodista y abogado? Mmmm, qué interesante", dijo la agente comercial como Satán a alguien que acaba de vender su alma.
Una vez tuve en mi poder los papeles pertinentes, mi nueva tarjeta doble cero y, al parecer, un descuento del 30 por ciento en ciertas clínicas dentales, regresé a por mi cable. Como era previsible, el encargado que me tenía que cobrar el producto ya no estaba. Tras otros cinco minutos de descorazonadora espera surgió de entre las tinieblas y, súbitamente, me espetó: "Trae la tarjeta". Sin "caballero", sin "señor". Sólo "tráe la tarjeta". La pasó, debí acumular puntos e incluso por mi compra me dieron un vale para una tapa de paella en la cafetería del centro comercial.
Por supuesto no consumí el presente gastronómico. Ahora sólo espero, por favor, que alguien me robe la tarjeta. O me parta los dientes. O algo. Porque, si no, sentiré que el cable que fui a comprar, en menos de quince minutos y por obra y gracia de El Corte Satánico, es ahora un poco más soga.
10/11/2009
Don Ángel
Me he enterado de que murió el viernes quien fuese mi profesor de Educación Física durante unos cuantos años en La Salle, Ángel Ortiz (Don Ángel para sus alumnos). La noticia me ha causado una cierta conmoción. Hay personas que pasan por la vida de la gente para adoctrinarte. Para golpearte. Para hacer de introductores en el infierno en el que puede convertirse el día a día. Ángel Ortíz, obligándome una y otra vez a mirar de frente a la realidad, me convirtió, en parte, en lo que soy.
Él nunca me soportó. Para él era, supongo, el gordito que nunca saltaba el potro. El niño de papá que iba vestido de futbolista a sus clases, pero que era incapaz de dar dos volteretas o de correr más de quinientos metros sin echar el bofe. En aquellos momentos, claro, sus horas de instrucción eran las más largas de mis años de colegio. Aún tiemblo pensando en aquellos exámenes en los que, sin parangón, más vergüenza he pasado en mi vida. Mi mili particular.
Pero ahora, desde la madurez relativa de mis 31 años, le agradezco todo lo que hizo por mí. Quizás con más tipos como mi desabrido y siempre crítico profesor de Educación Física mi carácter se hubiese forjado aún más. Puede que ahora tolerase con mejor humor y más calma las críticas y que no necesitase con tanta frecuencia una palmadita en el hombro.
O puede que lo contrario, ¿quién sabe?
En todo caso, su recuerdo me hizo adelgazar (eso, el estirón y mi esfuerzo). Amo el deporte en casi todas sus dimensiones y entiendo que no se puede escribir ni vivir de él sin practicarlo al menos de forma aficionada. Y eso, en parte, se lo debo a él. Ahora le imagino en el cielo entrenando a angelitos rechonchos e hinchándoles a complejos para que, cuando dejen de ser querubines, puedan sacudírselos retando a cualquiera a una competición de michelines perdidos.
Ahora que me defiendo bien corriendo y que me preocupo de seguir haciéndolo no sé si estaría orgulloso de haberme conocido. Yo, desde luego, no siento el haberlo hecho. Que descanse en paz.
03/11/2009
Patrimonio nacional
Tenía en La Salle a un compañero un poco perturbado que, cuando se entregaban las medallas de honor a los mejores de la clase siempre trataba de boicotear el acto gritando: "Medalla de oro, representando a España, José Luis López Vázquez". Desconozco los motivos por los cuales el chaval, Adolfo de nombre, siempre mentaba al actor ante la sorpresa y el desconcierto de los presentes.
Él, como yo entonces, no habíamos vivido los sesenta. Ni siquiera éramos conscientes a finales de los setenta. Por eso, a nosotros el apellido López Vázquez nos sonaba a algo que decían nuestros padres. A una cosa que salía por la tele casi siempre entre risas (cuando había rombos en la esquina de la pantalla y nos mandaban para la cama).
Ahora, con ya un poco más de 30, todo lo que suena a recuerdo del pasado parece bendito. Porque López Vázquez no fue únicamente un grandísimo actor (uno de los mejores del país). Es, tras su muerte, un Patrimonio Nacional. En lo que a mí respecta abrió mis miras respecto al sexo. Sus cuentos sobre suecas que anunciaban un mundo mejor, más amable y menos rancio con respecto a las más sagradas pasiones. Retrató como nadie la apertura de España al mundo , aunque fuese a base de polvos. Pero también la angustia ante la llegada de la inminente transición en La Cabina. O la melancolía en La prima Angélica... Y, por supuesto, la dulzura (porque cuentan de él que era buena persona) en la saga de La Familia... Retrató genialmente al ricachón venido a menos haciendo de hijo del Marqués de Leguineche -mi personaje favorito-, aprovechando la genial dirección de Berlanga...
Mi compañero Adolfo dijo sin decir algo que todos los españoles han sentido hoy. López Vázquez se ha llevado la medalla de oro de un país en el que hacer reír es una quimera porque, como él dijo y hoy recoje en un magnífico obituario en El Mundo, "La carcajada aquí es algo negra". Gracita tenía razón: "Lo que diga el señorito".
26/10/2009
Mi abuela
Esta noche mi abuela no fue capaz de recordarme. Le pasa a veces, sólo por las noches, cuando mi madre se acuesta en la cama de al lado de su habitación para acompañarla. Yo me pregunto si esa suerte de amnesia pasajera no será, más allá de problemas de riego normales a los 91 años, una suerte de defensa pasajera de nuestra propia subsconsciencia.
Yo no sé lo que querré cuando tenga -si es que llego- la edad de mi abuela. Ella siempre ha leído. Siempre ha vivido. Siempre ha querido valerse por ella misma desde que el sol aparecía hasta que se ocultaba. Ahora, claro, no puede caminar sin ayuda de un bastón. Apenas ve, o ve mal. Ya no puede leer lo que escribo. Ya no puede, ni siquiera, a veces entender que redacto a través de una pantalla para que poca gente me lea (aunque lo pueda hacer todo el mundo).
Por eso, lo mismo me olvida únicamente por las noches porque no le queda más remedio que hacerlo. Porque su mente, cansada, no quiere almacenar más recuerdos que, llegados a un punto determinado, empiezan a sedimentarse como camino sin retorno.
Yo quiero mucho a mi abuela y me duele no poderme revelar ante su propia vejez. Pero lo mismo no sería justo que un cuerpo sea plenamente consciente de que ya no le cabe más que aprender. Más que almacenar. Más que soñar despierto.
Cuando mi abuela me pregunta que quién soy, algo que sólo le pasa por las noches cuando el sol ya no la alumbra, yo le doy un beso y le respondo que sigo siendo yo. Su nieto. El mismo de siempre, al que acunaba hacía treinta años. Aunque sea mentira.
19/10/2009
Andrés Montes, el dandy
Cuando alguien se muere todo el mundo ha sido su amigo. Todo el mundo le ha conocido y todo el mundo se ha tomado mil copas con él. Yo nunca conocí, creo, a Andrés Montes. Ni siquiera cuando estuve en Madrid y comprobé -más o menos- cómo funciona el periodismo deportivo capitalino coincidí en una farra con ese hombre.
Sin embargo, sí que me he podido crear una imagen tanto profesional como personal del periclitado compañero de profesión. Y creo que lo que mejor definía su personalidad era su pajarita. Cualquiera que, como el Reginald de Saki, sea capaz de vestir de una manera anacrónica demuestra ser un valiente. Un dandy.
Y, como dandy, buscaba perpetuamente -era su condena- la distinción. Eso, en un país tan mediocre como España en lo intelectual, rechina. Hay quienes quitaban el sonido de la tele para escuchar la radio hasta que él empezó a narrar. Otros le cogieron tirria a sus indefiniciones y sus momentos de confusión motivados porque él era un locutor de basket reconvertido a pelotero. Nadie entendía eso en una órbita tan oscura como la del "júrgol".
No era zafio. No era grosero. No abusaba de los chistes tópicos ni se reía de la incultura como algunos compañeros de las ondas que se regocijan porque en su pueblo no sepan pronunciar el nombre de un futbolista alemán o uzbeko.A él le echaron de una cadena a pesar de ser más sabio, tener más elegancia y personalidad que cualquiera de los demás narradores que ahora triunfan (sobre todo e insisto...más que ciertas estrellas catetas de las ondas).
Aún no se sabe de qué murió. Pero yo sí que sé de lo que no lo hizo. De vulgaridad. Por eso, por ser distinto, gracias de un colega (que se lo cree) que nunca te conoció.
15/10/2009
3 más 1
Acabo de cumplir 31 años. Hace apenas dos horas he pasado la frontera de la treintena. ¿Traumatizado? No. ¿Inmune? Tampoco. Creo que es de personas sensatas -mejor: inquietas- echar la cabeza hacia delante y hacia atrás cuando uno lanza un calendario más a la basura. Más cuando uno pasa la década.
Y, aunque sé que habrá quien me quiera pegar por esta boutade porque cada vez aguantamos más, hay que mirar desde ya a la muerte como algo que tendrá que llegar por su propia inevitabilidad. Lejos, cerca...quién sabe. Recuerdo una tira de Mafalda en la que la protagonista, despreocupada, cantaba a viva voz: "Qué bien, llegó la primavera". Al lado, en un banco, un viejito y al mismo tiempo, decía: "Qué bien, llegué a la primavera".
La vida- la muerte- no tiene más que el sentido de haberla disfrutado. De haberla vivido. Tengo la conciencia muy tranquila de que, a pesar de no tener un trabajo estable, a pesar de no estar casado, a pesar de no tener hijos... he vivido. He viajado, he conocido gentes, parajes, sensaciones diversas... He escrito banalidades que muchos han leído y otras cosas más profundas que muchos menos han contemplado.
Si yo muriera mañana me gustaría que quien se acordara de mí pensara: "Ha vivido". Sería un gran epitafio. Porque ha sido esa y no otra mi mayor preocupación durante la mayor parte de mis 31 años. Habrá quien me tilde de hedonista. No le culpo. Habrá quien advierta que mi suerte -la del mecenazgo-patronazgo de mis familiares- es una rara avis en un mundo cada vez más egoísta. Tampoco irán desencaminados.
Pero conozco también a muchos para quien la vida no tiene más que el sentido de laborar, casarse y procrear. Insulsas hormiguitas compiladoras de billetes y huérfanas de vivencias. Que ni han salido ni saldrán, por mucho que se apunten a viajes organizados, de su cascarón de huevo. Si me dan a elegir entre vivir mucho y vivir a secas me quedo con vivir, como diría Escohotado. Porque vivir, cuando es vida, es bonito. Cuando no, es como cumplir años... que no sirve más que para que la gente te recuerde porque les suena el aviso de su móvil o de su tuenti.
En todo caso, gracias a quienes me tengan presente hoy. Si os veo y me reconocéis, no dudéis en recordarme que os debo una ronda de lo que sea.
12/10/2009
Un cuento breve
Se me ha ocurrido mientras trotaba esta noche. Perdón por anticipado.
Un hombre, pongamos que se llama Sobota, está casado felicísimamente con una mujer lo suficientemente inteligente como para no envidiar demasiado el físico de todas las demás. Tiene dos hijos, pero de tanto en cuando le da por echar una canita al aire. Una noche se justifica diciendo que va a echar gasolina y a dar una vuelta cuando en realidad conduce sus pasos a un prostíbulo. No va, por norma, dos veces consecutivas al mismo. Tampoco al más cercano. Cuestión de ética racional, supone en su foro interno.
Llega a la barra, adopta la típica pose que se supone homologada en los lupanares (codo ligeramente apoyado en barra, cintura apuntando con denodado esfuerzo hacia la mercancía y barriga encogida como queriendo decir: "No lo necesito, pero estoy aquí"). Apura su cerveza mientras aparta encarminadas rameras que le tientan con desigual tino y similares tretas. Todas son, dicen, calientes. Todas las mejores. Todas huelen su dinero y sus ganas.
Cuando iba a arrojar la toalla, Sobota observa cómo se forma una suerte de neblina al fondo del local. La entrada de una mujer en escena coincide con el momento en el que un anónimo cliente, desde un ángulo oscuro, expulsa el humo de su cigarro con énfasis desenfocando el rostro de un cuerpo inexplicablemente sensacional. Caderas bizcas, culo prieto. Elegancia, soltura, pose y presumible tersura que hacen babear al desenfrenado cliente. Conforme se acerca la prostituta, cada vez tiene más claro Sobota que va a querer contratarla. Sigue reparando en sus curvas, cada vez más cercanas y evidentes hasta que, cuando ya está a un palmo, observa con una mezcla de repulsión e hipnotismo cómo el humo que ocultaba temporalmente su rostro no se ha ido. Que la mujer, perfecta en todo, no tiene rostro.
Absorto, trata de trabar una conversación que nace de algún lado que no controla. Intenta mirar algo que le centre. Poco después, sin dilación en la negociación, sube al reservado y copula con la mujer sin faz. Mientras lo hace, piensa en lo que ha sido de su esencia. Alma perdida en noches de pecado. Negligente caminar de puntillas por la superficialidad, se dice sin decírselo mientras hace el amor con fruición.
Al despedirse, besa sin saber muy bien dónde la cara sin cara. El tacto de esa nebulosa es como algodón de azúcar. Si quisiera, podría dormir el sueño de los justos sobre él. Sobota no sabe cómo llega a su casa. Ni cómo se acuesta en su cama. Sólo que a la mañana siguiente siente un poderoso alivio cuando escucha de boca de su casi perfecta esposa que el desayuno ya estaba servido. Lástima que luego, al zafarse de su pereza e ir en su búsqueda para abrazarla comprobara, mirando su imagen reflejada en un espejo, que los ojos, la boca y todas las facciones de su compañera de cama se hubieran diluido en un delicado esfumato leonardesco. Para siempre.
05/10/2009
Madrid, 2016, siempre
Viví en Madrid siete años. Viví Madrid siete años. Por eso, y por muchas cosas más, la votación del otro día en Copenhague tuvo mucho de sentimental para mí. Me dolió mucho que no ganara. Que no ganásemos. Porque si algo de bueno tiene Madrid –al menos yo lo siento así- es que te agarra por los machos y por el corazón cuando llevas un tiempo.
Al principio, como una amante rebelde, agobia. Aturulla. Sientes el metro como una cotidianeidad insoportable. Afrontas los largos desplazamientos, desde la mentalidad provinciana, como un vía crucis.
Pero luego, cuando uno se va, añora la libertad. El anonimato. El caminar sonriente por no temer una mirada hostil de un conocido o desconocido. Un paseo por el Prado, un sándwich de Rodilla, un café en La Latina, una copa en cualquier garito…
Nunca me he sentido tan libre como en Madrid. Nunca volveré a sentirme tan libre como cuando vivía en Madrid.
Por eso, y porque tampoco he vuelto a hacer (y créanme que sigo haciendo deporte) tanto ejercicio como cuando estuve allí residiendo, el otro día me coloqué una gorra alusiva el evento que nunca se producirá y crucé los dedos.
La política mundial, una vez más, se conflagró contra una de las capitales del mundo. Y digo bien. Porque quien conozca Madrid de noche y la sufra luego de día sabrá que es imposible concebir la universalidad sin disfrutar de la más cercana de las universalidades. Esa que, para un imbécil provinciano como era (y sigo siendo) yo cuando llegué a mi Colegio Mayor Aquinas, representaba la ciudad más grande de mi nación. Mi libertad. Mi vida. Mi todo. Gracias una vez más, Madrid.
01/10/2009
Limpísimos
Ahora se nos pide que nos limpiemos. Periódicamente, asiduamente -como diría Escohotado-. Que podemos caer sin darnos cuenta en las peligrosísimas redes de la gripe A (una dolencia que no ha matado a nadie en comparación con las grandes pandemias de la gripe común) si no nos frotamos bien las manos... O si no nos tapamos la boca al estornudar.
Dejando al margen que nunca está de más frotarse y que la higiene es la base de la sociedad moderna -también de las alergias modernas- son todo chorradas. Fórmulas que vienen fenomenal para fomentar la compra de productos tales como limpiador de manos sin agua, que es una suerte de botecito de alcohol que huele regular y que cuesta...cinco eurazos.
Parches que no alivian. Remiendos de un mal que, de tener sentido, sólo lo tiene para la industria farmaceútica. Les recomiendo un breve documental (http://www.youtube.com/watch?v=u5Ti4I-jeUI ) en el que se cuenta la clave de todo este embrollo. Los cerdos, los mismos animales benditos y malditos que ponen como cerdos a los despreocupados occidentales sebosos y fanegosos, son la clave de una componenda a nivel mundial. Así, enriquecen a los cerdos. Es normal.
Lo mismo es que ellos, los cerdos, se pusieron malitos por no frotarse bien las pezuñas. Será eso.
21/09/2009
Temporalidad y estupidez
Después de un periodo sabático retomo mis encuentros conmigo mismo -prácticamente soy el único que me leo y eso me agrada particularmente porque no tengo así quien ponga en duda mi opinión- con un pensamiento sobre la temporalidad del amor, de los sentimientos y de la felicidad.
Hace cuatro siglos era absolutamente común, sobre todo en los Balcanes ocupados por la Sublime Puerta Otomana, que los comerciantes europeos que arribasen a esas tierras ignotas y menos evolucionadas entonces contrayesen matrimonio con las hijas más jóvenes de familias musulmanas (e incluso católicas). Era un matrimonio temporal. La joven esposa -normalmente rondaban a duras penas la pubertad- se comprometía a cambio de una buena dote a serl fiel a su adinerado marido durante el tiempo que él pasase en su región. Una vez que se fuera, la mujer quedaba enriquecida en lo personal y en lo económico y sin ningún estigma que la comprometiese con su comunidad (es más, quedaba en un estatus como de viuda y solía contraer matrimonio posterior con su verdadero amor gracias al dinero conseguido en su primer enlace).
Bien. Córdoba en el presente. Aún hoy hay mujeres que se creen eso de que el amor es eterno y incuestionable. Que un "no" equivale a un quizás. A un "podría ser". Que son ellas -y nunca ellos- los dueños del destino de ambos dos miembros de la pareja. Se equivocan al no pretender quedarse, simplemente y eso no es poco, con lo que de enriquecidas salgan de su propio pasado. Así, se permiten negar el saludo, como si haciéndolo causasen dolor. No lo consiguen. Antes bien, muestran su propia debilidad. Su fragilidad anímica y su pobre autoestima. Allá ellas.
Otras son, simplemente, estúpidas. Pretenden -os juro que es así- hacerse dueñas del terreno por el que pisan y conquistarlo como poniendo su bandera. Son capaces -es verídico y literal- de apropiarse de su propio entorno con frases como: "Iros de aquí". A esas, las que causan verdadero pánico entre los calzonazos y labran una fama colectiva muy negra, habría que hacerles sentir el desprecio más absoluto. La vergüenza. El pánico al vacío y a la propia falta de autoestima. Estúpidas. Engreídas. Enlacadas furcias de poco fuste y menos realengo. Que os den.
¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? A mí no me miréis. Yo únicamente estoy aquí para dejaros pensar libremente. No me pidáis justificación.
