La sonrisa de un niño
(ARTÍCULO PUBLICADO EN EL PERIÓDICO OFICIAL DEL CÓRDOBA, CCFP, PARA EL ENCUENTRO CÓRDOBA-NÀSTIC DEL 11 DE MAYO)
El otro día estuvo en CCFR el coach Pepe Cabello. Su trabajo, para los profanos en la materia y aunque a él no le guste que lo resuman así, consiste en motivar a los profesionales para que se vean capacitados para llevar a cabo una tarea. Puede ser para que los futbolistas de élite marquen goles o para que usted -fontanero, abogado o sexador de pollos- realice su labor con una sonrisa en el rostro y buen tino.
Bien, pues contó Cabello que había un jugador de baloncesto -no quiso decir el nombre- que siempre se motivaba del mismo modo antes de cada partido de competición. Una vez que se había vestido ya de corto, buscaba con la mirada la del espectador más joven que hubiese en las gradas. Entonces, se concentraba en esos ojos inocentes y los hacía suyos. Esa ingenuidad le cargaba de energía antes de competir. Él anotaba por ese niño. Él llegó a ser un grande aupado en el latido de unas pupilas limpias de maldad.
Háganlo. Ahora que estamos todos un poquito desesperanzados, que vemos tan cerca y tan lejos ese ascenso que -en realidad- está a la misma distancia que la semana pasada... ahora que, en suma, nos cuesta creer... ahora, digo, es el momento de mirar en nuestro propio espejo y escrutar nuestros ojos de niños. Los mismos que nos hicieron enamorarnos de estos colores. Los mismos que, en mi caso y en el de muchos de ustedes, nunca los han visto en Primera. Y que por nuestros ojos o por los de los hijos que tendremos (o que tengan) creamos con más fuerza en que el sueño es posible. Que sean esos ojos dilatados e ilusionados los que hoy iluminen el camino.
Dejó escrito el novelista austriaco del XIX Rilke: “He rezado por mi niñez, y ha vuelto a mí, y siento que sigue siendo tan pesada como antes, y que no ha servido de nada hacerme mayor”. Sean niños hoy. Y no dejen de joder con la pelotita. Nunca.
La cosa real
No creo que la familia real sea de peor ralea ahora que en 1986 o en 2000. Dudo mucho que las andanzas de Su Majestad en África, los coqueteos de Marichalar o Urdangarín con la ilegalidad, los divorcios escandalosos, los pijos prepotentes y demás cortesanos repelentes que los lisonjean sean un producto de esta década ni de estos tiempos.
Los Borbones -originarios de un pequeño pueblecito francés- siempre apostaron por el pragmatismo desde el primero de sus parientes que reinó. Enrique IV fue aquel que, cediendo a las pretensiones de Felipe II, dejó el calvinismo para pasar al catolicismo. “París bien vale una misa”, dijo. Únicamente así, y con el permiso de España, lograron los Borbones llegar a ser reyes en Francia. Recordando aquello, no asusta pensar las múltiples componendas que han debido hacer para seguir ocupando (cuatrocientos y pico años después) el trono español que arrebataron a los Austrias.
Por eso, dentro de esa carambola que les devolvió el poder tras la huida del medroso Alfonso XIII en 1931 (se marchó después de ganar -pírricamente, pero ganar- unas elecciones que tampoco eran un referendum sobre su continuidad) tenían un cuidadoso plan de limpieza de imagen orquestado y bien planificado.
Durante mucho tiempo nadie recordó que Borbones fueron Carlos IV y Fernando VII. Acaso los reyes más tontos y malos -no necesariamente por ese orden- que hayan mandado en España. Otra frase para el recuerdo de un Borbón (el felón Fernando): “Marchemos francamente todos juntos y yo el primero, por la senda constitucional”. Al poco ordenó que los Cien Mil Hijos de San Luis (que no eran tantos) se merendasen el gobierno vigente para que él gobernara (en connivencia con el rancio clero) con su despotismo que le caracterizaba.
Pero llegó Juan Carlos (que iba a ser el breve) al poder de la mano de Franco y, como nos dio lo que nos dio, nadie reparó en que vino de donde vino. Por eso y porque, durante décadas, los periodistas glosaban con regodeo su campechanía. Que alguien me diga qué tiene de campechano el navegar en yates, cazar elefantes (lo hacía también su padre Juan, que fue hijo y padre de Rey, pero no reinó, un caso único) o conducir motos de alta cilindrada para visitar amantes-vedettes.
La prensa rosa (y la blanca) tapaba chismes bien fundados por fidelidad a la corona. Como si el simple hecho de cuestionar la figura del monarca fuese delito de lesa majestad. Incluso llegaron a secuestrar una revista de humor (El Jueves) por una portada soez, sí, pero que no hubiera sido raptada si en lugar de caricaturizar a los príncipes retratara por ejemplo al presidente de Gobierno (democráticamente elegido).
Ahora no sé si por una conjura mediática o porque nos estamos hartando el pueblo está abriendo ligeramente los ojos. En las peluquerías, como si hubiésemos retornado dos siglos en el tiempo, se habla de la amante del Rey, de las travesuras o barbaridades del infante (tiene huevos que eleven al grado de normal que un niño se pegue un tiro con una escopeta) y de la sinvergonzonería del golfo del balonmanista.
España, país rancio y monárquico, inquisitorial y servil, se empieza a plantear al menos si merece decidir quién ha de ser su soberano. No se trata de ser republicano o monárquico. La cosa va de poder votar si queremos o no esta forma de gobierno. Mientras no salga de las urnas, por muchos 23-F, Juan Carlos siempre será aquel chaval rubio que no consentía que se hablara mal de Franco en su presencia.
La apariencia
Me cuenta una amiga que no quiere ir a una boda. Le pregunto por qué y me explica que la novia, íntima suya, le ha censurado que el vestido se lo comprase en Zara en lugar de en Juana Martín. Es más, requiere supervisar personalmente los zapatos a juego. Le pregunto el por qué de tal actitud (es algo que se me escapa) y la respuesta vuelve al comienzo de la conversación: “¿Ves? Por eso no quiero ir a la boda”.
Los enlaces matrimonales son nada más que la ola más evidente del mar de apariencias en el que vivimos. Una boda reúne todos los elementos que marcan nuestro carácter como seres humanos. Es decir, como indeseables. El primero, la hipocresía. La ceremonia, generalmente religiosa sin fe, se convierte en un mero formulismo rodeado de gasas y tules. Los congregados, con la mente puesta en el atracón posterior, repiten salmodias mientras ellas censuran a cualquiera que brilla más que la contrayente (ellos,a esas mismas, las alaban y luego en el servicio del convite las recordarán).
Una vez lanzado el arroz posan para los fotógrafos presentes familias que pueden o no detestarse unidas por el azar, la casualidad o un bombo. Se juntan conocidos y desconocidos atados por la obligación o por un grado mayor o menor de parentesco. Todos sonríen, aunque pocos desean hacerlo.
Llega la hora de comer y beber y aparece otro mal endémico: la gula. Como si no hubiera un mañana, los invitados se arriman a la mesa más caliente para compensar su dispendio económico. Es una proporción inversa: los que menos apoquinan son los que más jalan. Algunas ensucian sus vestidos carísimos de manchas de grasa. Otros apuran sus copas de vino hasta arriba mientras sonríen con la boca llena de frituras variadas. La cornucopia rebosante. El exceso. Almax llamando a la puerta del paraíso.
Ya hartos de comer, llega la hora de comer. Antes siempre cóctel de gambas, ahora inevitablemente alguna crema semideconstruída (medio tributo a los nuevos genios de la nouvelle cuisine). Tres o cuatro platos después -por fin- parece que se llegará a la barra libre, pero nunca es así. Se ha puesto de moda ostentar años de felicidad en común. En un desfile -siempre cursi, siempre prescindible, siempre kitsch- de imágenes se expone la vida en común de los amantes de Teruel de turno. Todas parecen tiznadas de rosa y púrpura. Desprenden cierta nostalgia del pasado de libertad que dejan. No hay nada de romántico y sí mucho de despedida de soltero/a en cada diapositiva. No son fotos, sino lágrimas que van a dar al mar que es el morir (el casarse).
Deprimidos y cansados, el beber cubalibres o gintonics y fumar puros se convierte en una necesidad de primer orden. Los rijosos ven frustradas (vemos frustradas) siempre sus lascivas intenciones al comprobar que la mayoría de las mujeres presentes van emparejadas o, simplemente, han sido enternecidas hasta el tuétano por el espectáculo previo y prefieren a un padre antes que a un amante (en las bodas la familia se impone al coito, siempre).
Así comienza el desfile lento e inexorable hacia el final de la apariencia. Las mejillas ruborizadas, el sudor empapando axilas y bajos. Baco juntando en desiguales grupos intergeneracionales a personas que por naturaleza se repugnarían. Todo armonizado por música siempre mala. Nunca hay tiempo para irse a otro lugar. Nunca hay tiempo para disfrutar la noche. Sólo para aborrecer un acto en el que, al final, casi todos caemos. Así es, volviendo al título de esta reflexión, nuestra condición humana: pura apariencia.
Yo estuve allí
(ARTÍCULO PUBLICADO EN CCFP -PERIÓDICO OFICIAL DEL CÓRDOBA C.F.-CON MOTIVO DEL CINCUENTENARIO DEL ASCENSO DEL 1 DE ABRIL DE 1962)
Yo estaba allí. Recuerdo perfectamente aquel primer día de abril del 62 como si fuera hoy. Mi padre me había invitado a los toros, que era la feria de Sevilla, pero le dije que ni chalado me iba a perder el ascenso de mi Córdoba. Había hecho a medias con mi compinche “El Pesquis” una pancarta con una sábana que afané en un patio de vecinos . Ponía: “Primera División por fin”. No era muy grande, pero sujetada por el palo de una escoba partida por la mitad quedaba muy aparente.
Nos montamos en el coche del padre de mi compinche (a mi madre le molestó mucho porque era una cobardica y prefería que me hubiera ido en el tren que salía a las cinco y cuarto de la mañana, pero yo odiaba madrugar) y nos pusimos morados con el fino que nos regalaron a mitad de caminos los de Bodegas Campos, que habían puesto un barril en el arcén de la carretera.
Las seis horas que tardamos se nos pasaron voladas conforme el efecto del alcohol se subía a nuestras cabezas. “El Pesquis”, su padre y yo nos quedamos pasmados cuando vimos la cantidad de camaradas que había en las gradas. El paisanaje de Huelva no se atrevía a mirarnos ni siquiera, aunque luego los ánimos se fueran calentando conforme vieron como fieras a los nuestros de blanco inmaculado y pantalón verde esperanza y fueron llegando los goles.
¡Y qué goles! ¡Qué derroche¡ Teníamos que empatar por lo menos para que no nos pasara el Málaga y nos sobró tiempo. Miralles coló tres y Homar el otro. Ni tiempo de tomar las pipas y los altramuces que llevábamos tuvimos. Cuando nos dimos cuenta, estábamos en mitad del campo llevando a hombros a Roque Olsen. Camino de los vestuarios vi abrazarse al presidente Salinas con el gobernador Mateu de Ros. Vi llorar a Benegas y saltar casi desnudado por la multitud a Juanín.
No tuvimos tiempo para dormir. Nos quedamos dando vueltas por las tabernas de Huelva en busca de compañía femenina, pero sabíamos que no debíamos demorarnos mucho porque en Córdoba se estaba liando monumental. Y al día siguiente, en la vuelta, no tuvimos ni que esperar a llegar al Meliá. Hasta La Carlota llegaban las colas de tartanas, vespinos, simcas, Fiats 126 y seíllas. En Vallellano había una pancarta que rezaba: “Córdoba saluda y felicita a su equipo”.
Cuando pudimos dejar nuestro coche a buen resguardo nos fuimos corriendo hacia la calle Calvo Sotelo. Allí, delante del Ayuntamiento, no cabía ni un alma. El alcalde Cruz Conde fue compartiendo impresiones con los protagonistas mientras una banda de música tocaba marchas deportivas que todos seguíamos divertidos.
Muchas horas después, embriagado de felicidad y de morapio, regresaba a casa donde mi madre -a la que se le había pasado el cabreo cuando comprobó la que se había liado en la ciudad- me había preparado un caldo caliente. Nunca olvidaré lo que me dijo: “Ea, ya estaréis contentos, ya tenéis a vuestro Córdoba en Primera, ¿no?”
P.S: Nunca estuve en Huelva en el 62. Todos los cordobesistas estuvimos en Huelva en el 62.
La felicidad
Buscamos con denuedo la felicidad. Y vivimos en la perpetua esperanza de encontrarla . Pero si la esperanza es esa cosa con plumas para Emily Dickinson (Woody Allen prefiere pensar en su “Sin Plumas” que esa cosa con plumas era su sobrino al que debía llevar a un especialista en Zürich), la felicidad debe ser algo tan etéreo e inalcanzable que tal vez haya que buscarla en cosas más cotidianas.
Vivimos en perpetuo agobio por su culpa. Se puede decir, de hecho, que la felicidad es la causa de todas las infelicidades. Emile Cioran -alguien que parece imposible que no se suicidara a tenor de sus escritos- concluye que lo que se sabe mata lo que se desea. Por eso, como no sabemos cómo llegar a ser felices es por lo que siempre buscamos llegar a serlo por todos los medios.
La felicidad nos resulta aquella amante perfecta que todos imaginamos cuando copulamos con otras. Es esa novia invisible. Aquella a la que nunca se besó ni se besará. Es la constante sensación de finitud que percibimos los pesimistas cuando estamos pasando un gran día. Esa puesta de sol en la playa, que al mismo tiempo nos seduce por su esplendor mientras nos conduce a la melancolía porque supone el final de la jornada.
No podemos conocer los días en los que realmente somos felices, porque nunca lo somos en plenitud. Por naturaleza, siempre albergamos en nuestro interior la esperanza (con o sin plumas) de llegar a ser a un estado aún más pleno. Abderramán III intentó contar los días en los que fue feliz durante sus setenta años de vida. A él le salieron catorce (y supongo que porque no tendría que pagar hipoteca ni las madrazas de sus veintisiete vástagos).
En cualquier caso, considero que cualquier camino es lícito para buscar esa codiciada sensación. Bien sea como Lou Reed caminando por el lado salvaje para llegar al día perfecto, bien como Santa Teresa de Jesús con sus extáticos momentos de oración. Que cada cual tenga suerte en su búsqueda. Mientras tanto, viva el prozac y viva el vino.
Y a todo esto, una buena noticia (creo):
http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/20/espana/1332241522.html
No somos
Lo he leído en el libro 13,99 euros de Fredéric Beigbeder: “el hombre moderno busca estar en un lugar en el que no se encuentra”. Constantemente nos evadimos del momento y de las circunstancias en las que tenemos que vivir.
No me refiero aquí al vuelo que generan las sustancias estupefacientes, tan antiguas como el propio ser humano y eternas compañeras en nuestro inevitable viaje hacia la muerte a lo largo de miles de generaciones.
Hablo más bien de nuestro cotidiano quehacer. Nos aterroriza tanto aburrirnos que buscamos entretenimientos ruidosos, coloristas o ambas cosas. Encendemos el televisor o nuestro equipo de música como si sin él no se entendiera nuestro sillón. El hogar no es tal si alguien o algo no nos está insinuando cualquier trivialidad a través de un altavoz.
En nuestros momentos de soledad y aislamiento, nos conectamos a través de internet a otras almas solitarias. Hablamos con nuestros amigos, novias o amantes a través de una pantalla y hasta hay quien copula intelectualmente en una suerte de moderno sexo tántrico.
El otro ya no se ha convertido en una opción sino en una referencia. Twitter, facebook... publicamos nuestra vida con alegría esperando -siempre- una aprobación. Todo con tal de ser a base de no ser. Con tal de entretenernos desnudamos nuestra alma. Nos sinceramos. Nos pedimos voluntarios para agolparnos en una informe masa como japoneses en el metro en hora punta.
Usamos el móvil como salvavidas. Sin él, no valdría la pena el oxígeno que respiramos. El humano ya no es un ser social, sino supersocial. No le basta con reconocerse en la mirada del otro, necesita saberse una referencia para el amigo y para el enemigo.
No podemos aburrirnos. No podemos ser. No somos. Beigbeder entiende como conclusión que la diversión ha sustituido a Dios. Me atrevo a matizar que Dios para muchos y en estos tiempos, son los otros.
Dejo de filosofar. Voy a hacer público este texto. Voy a ser.
Ser andaluz
Mañana se celebra el día de Andalucía. Ser andaluz en estos momentos es un reto difícil de asumir para la mayoría que lo son. No supone una prueba de entereza moral ni un desafío mortal (nadie recuerda -desgraciadamente- a José Manuel García Caparrós, el manifestante asesinado por la policía en Málaga en el 77 por demandar la autonomía).
También estamos lejos del folklorismo de otras latitudes de este Estado en las que cada baile o festejo se convierte en un alegato independentista. Aquí no celebramos para disgregar sino por el puro placer de burlar a la muerte mientras se pueda vivir.
Entonces, y en ese contexto, ¿qué significa ser andaluz en 2012? Para mí, implica superar viejos complejos y mirar orgullosos nuestro común pasado. Tratar de buscar lo que nos puede unir más allá de nuestras seculares diferencias el occidente y el oriente de nuestra Tartessos.
Supone, igualmente, fomentar la educación para que salgamos de una vez del recurso del PER, el bocadillo mitinero, el Cristiano Ronaldo o Messi de turno y las risas carpetovetónicas de mujeres menopaúsicas en el programa de Juan y Medio (o Imedio, no sé cómo es).
Ser andaluz debería ser reivindicar las bondades de nuestra nación allá donde se vaya. Sin escatimar una sonrisa cuando piden un chiste, pero apostillando que en nuestra tierra se ríe, pero se trabaja. Se sufre como en todas partes por conseguir lo que se quiere porque, de hecho, tan difícil lo hemos tenido siempre que hemos debido buscarnos las habichuelas en climas y ambientes sumamente hostiles, enriqueciendo -de paso- a otros que ahora nos desprecian.
Ser andaluz, creo, es una tarea que se presta a tanta manipulación política como cualquier sentimiento añejo y potencialmente poderoso. Pero por encima de la humareda política y el barro oscuro que arrastra, entiendo que lo mejor que puede hacer cualquier andaluz para festejar el 28-F debería ser sentirse plenamente orgulloso de pertenecer a la región más privilegiada de la Tierra. Y quien os escribe ha viajado mucho para poder considerarla como tal. Feliz día de Andalucía a todos.
San Valentín
(colaboración para el blog amigo: encordobes.blogspot.com )
No se sabe a ciencia cierta cómo murió San Valentín para los católicos. Si exitió fue martirizado, eso seguro, pero se desconoce si era un médico o un sacerdote. Únicamente si fuera lo segundo tendría sentido que se le invocara cada 14 de febrero para celebrar el amor, porque habría perdido la cabeza (literalmente) por casar clandestinamente a los primeros cristianos en la Roma de las persecuciones.
De cualquier modo, lo que está claro es que San Valentín no es sino una evolución del dios romano Cupido y éste del griego Eros. Una deformación que se entiende teniendo en cuenta la ñoñería con la que el purismo conservador cristiano ha maltratado el amor sexual para hacerlo pecaminoso e irreconocible.
Esta festividad comercialmente dura muchísimo más que el día del Padre y de la Madre (mucho más pingües serán sus beneficios para los grandes almacenes). Tiñe durante un par de semanas de colores rosa y rojo las calles y los comercios; los restaurantes y hasta el vestuario de los incautos que siguen presumiendo de lo colorado de su sangre y su pasión.
Todo el mundo habla durante este periodo de apareamiento de los pájaros (es otro motivo por el cual se puede festejar este día catorce) del amor sin tener muy claro de qué se trata. Porque amor es tanto el de un vástago para con su padre como el de- incluso y en determinados momentos- el de una prostituta hacia un cliente.
Nadie aclara si en esa noche de cenas y velas se ensalza el cariño o el deseo. La pasión o la ternura. La cama o la cuna. Si primase lo erótico -parece lo más normal- la cursilería y el rococó sobran. Si, por el contrario, fuese la versión más pura la triunfadora lo que sobrarían serían los anuncios de preservativos y de champán.
Podrida está la sociedad que no conoce verdaderamente si desea querer o poseer. Si en un día concreto anhela abrazar o copular.
Más que nada porque luego llega la hora de la verdad y nadie sabe muy bien lo que es o lo que debe ser en el juego de la pareja. Y llegan las frustraciones. Feliz San Valentín a quien lo desee vivir en plenitud.
El sueño
(ARTÍCULO PUBLICADO EN EL CCFP -PERIÓDICO OFICIAL DEL CÓRDOBA C.F.- 108 CORRESPONDIENTE AL ENCUENTRO CÓRDOBA-VALLADOLID DEL 11 DE FEBRERO)
Un día tuve un sueño. Me veía a mi mismo en la parte delantera de un autocar, vestido con los colores de mi equipo favorito. Contemplaba durante el rodar del vehículo a unos centenares de camaradas enarbolando banderas y bufandas a nuestro paso. Besando el escudo que yo también consideraba como mío. Con entusiasmo. Con los ojos encendidos en un fuego de ilusión que nunca antes habían sentido. Con orgullo.
Miré con curiosidad creciente un ejemplar de un periódico deportivo mientras nos acercábamos a un estadio. Los nuestros eran, según el redactor, candidatos al ascenso a la máxima división, jugaban de una forma espectacular y el choque era catalogado como el más atractivo de la jornada. En el sueño, me llevaba las manos a la cabeza pensando en que no hacía mucho esos mismos, los nuestros, parecían condenados a vivir en una infinita lucha por no caer a la tercera categoría. Comprendí entonces el entusiasmo de los de fuera. Comprendí su locura.
Recuerdo que, encima, durante mi episodio onírico yo formaba parte de esa expedición. En ese mismo autocar en el que viajaba lo hacían el cuerpo técnico y la plantilla que defendían mis mismos intereses. Que yo entraba en su vestuario. Que compartía con ellos viajes. Que tenía la inmensa suerte de sentirme plenamente partícipe de sus glorias y de sus fracasos. En primera persona. Un privilegiado.
Mi subconsciente me trasladaba de repente también delante de un micrófono. Contaba los partidos de los nuestros a un grupo de seguidores que querían reír y llorar conmigo. Que apelaban a mis ojos y mi garganta para transmitirles -con mayor o peor fortuna- lo que estaba haciendo su equipo.Para alegrarles o entristecerles un poco el fin de semana.
Entonces desperté únicamente para comprobar que a veces los sueños se cumplen. Su sueño y el mío está claro: ganar hoy, ganar siempre, jugar un play-off y subir de una puñetera vez. Si les sirve de algo mi experiencia personal, les puedo decir que los sueños se pueden cumplir. ¿Por qué narices no se va a cumplir uno que merecemos tanto.
El Mirandés y la luna
“La luna era una metáfora de lo inalcanzable”, escribió Carl Sagan una vez que el satélite ya había sido conquistado. El Mirandés, de tercera categoría, ha bailado al son de la luna en el lugar más sagrado del fútbol español. Ha jugado con honor por llegar a la final de la Copa del Rey. Ha competido obviando millones de impedimentos (de euros). Y ha vencido, aunque haya perdido.
Periodistas de toda España se han rendido y se rendirán a sus pies. Han glosado, glosan y glosarán con palabras mayúsculas la gesta de un puñado de semiprofesionales. Retratarán a Pablo Infante, el calvo de visión de juego privilegiado que trabaja en la banca. Describirán con todo detalle el añejo feudo de Anduva, tirando de todos los tópicos que abundan en el fútbol.
Hoy. Mañana. Con suerte durante un par de semanas.
Luego, todo volverá a ser el Madrid y el Barcelona.
Pero aún cabe un espacio para la esperanza. Todos los que amamos a equipos modestos, los que propugnamos la pasión innata por el sufrimiento, por la emoción de empatarle a un rival superior o de salvarse en un descuento... todos los que, en suma, preferimos optar por el camino más complicado en este deporte sabemos que el Mirandés le ha dado pastillas de ilusión a miles de personas. A millones.
Cuando la pelota circulaba con fluidez de una bota a otra en posesión de los jugadores burgaleses muchos ignorantes descoyuntaban sus mandíbulas, incrédulos, como diciendo: “Si saben jugar al fútbol...”. Otros, orgullosos, les mirábamos sintiéndonos suyos y considerándolos nuestros.
Puede que el Mirandés no haya hecho que cambie España. Desde luego España ha hecho que cambie el Mirandés. De cualquier modo, la gesta de aquel equipo modesto que tocó la luna una noche de febrero no podrá ser comparada en el recuerdo por ninguno de sus seguidores en San Mamés con nada en el mundo. Ni una Champions, ni una Uefa, ni un Mundial...
Las gestas de los modestos, por raras, son mucho más intensas. Por eso recomiendo salir de los tópicos, porque a la luna es mejor llegar sin estrellas. El camino sabe mejor.



